—Aquí ha estado Mínguez esperándole a usted.
—¡Pobre hombre! Me figuro a lo que habrá venido.
—A pedirle a usted dinero. No tenía para comer mañana. ¡Me ha causado
una pena! Le he dado dos pesetas, las únicas que me quedaban.
Boncamí palideció.
—¡Cómo! ¿Se ha quedado usted sin dinero?
—¡Qué iba a hacer! ¿Iba a consentir que no comiera?
—Pero, desgraciado; usted ignora que los que no vamos a comer mañana
somos nosotros.
—¿Qué dice usted?
—Pues, eso; que yo tampoco tengo una peseta. No le he dicho a usted
nada estos días porque confiaba en que usted tenía recursos.
—Lo mismo creía yo.
—¡Pues nos hemos divertido!
Lo dijo con tono tan compungido, que Luis no pudo por menos de echarse
a reír.
—Sí, ríase usted; la cosa es, ¡vive Dios!, para tomarla a risa. No
tenemos un cuarto. Se nos echa encima la miseria. Por lo pronto, no sé
mañana cómo ni dónde comeremos.
—Vamos, hombre, no se apure usted; no faltará un alma caritativa que
nos preste dos duros.
—A usted sí, a mí no; he abusado de todos los amigos; me da vergüenza
molestarlos más.
—A mí también, pero, ¡qué demonio!, no hay más remedio.
—Y aun así: con dos duros resolveremos el problema de mañana y el de
pasado mañana; pero, ¿y el otro?: porque supongo que no tendrá usted la
intención de vivir de sablazos —exclamó brutalmente, con su franqueza
acostumbrada.
Luis bajó la cabeza; el argumento no tenía vuelta de hoja.
—Sí, en efecto; tiene usted razón; nuestra situación es bastante triste.
—Bueno, bueno, dejémonos de lamentaciones; por lo pronto, lo que urge
es estudiar el modo de que salgamos de ella. Vamos a ver: ¿por qué no
le pide usted dinero a su tía? Un préstamo, quince o veinte duros que
le devolveremos en cuanto me paguen el retrato.
Luis no le dejó acabar.
—¡Imposible! Antes pido limosna que solicitar nada de ella.
—Pues entonces, hijo, no veo solución.
Ambos callaron. Los rayos de la luna, penetrando por la ventana
abierta, iluminaban con blanco fulgor el lienzo abocetado. En la
penumbra del estudio, los cigarros encendidos brillaban cual gusanos de
luz.
—¿En qué piensa usted?
—Pienso en que si yo no hubiera sido Quijote, a estas horas podríamos
tener dinero.
Y le contó su conversación con Isabelilla.
—Hombre, claro está que ha sido usted un tonto; pero, afortunadamente,
eso tiene remedio. Vaya usted a verla esta noche.
—Oh, no; ya no puede ser; ha pasado la oportunidad. ¡Con qué cara voy a
pedir hoy lo que he rechazado hace cuatro días!
—Sí, es verdad, un poco violento resulta; pero ¡qué caramba!, la
dignidad es una cosa relativa; no creo que vaya usted a tener dignidad
con una mujer de esa clase.
Luis se resistía.
—La verdad, Boncamí, no me atrevo, no me parece decoroso.
—Déjese usted de tonterías. Ante el problema del estómago, no hay
decoro que valga. Veinte duros en las circunstancias actuales, son
nuestra salvación. Piénselo usted bien.
Luego, viendo que Luis, indeciso, callaba, agregó:
—¿Dónde vive esa mujer?
—¿Para qué quiere usted saberlo?
—Eso es cuenta mía. Usted limítese a contestar a mi pregunta: ¿dónde
vive esa mujer?
Luis le dio las señas. Boncamí cogió el abrigo y el sombrero y se
marchó.
Media hora después, regresaba con el rostro radiante de satisfacción y
de alegría.
—¡Ea, ya tenemos dinero! ¡Veinte duros! ¡Se ha salvado la situación!
¡Viva Isabelilla!
—¡Cómo! ¿Se los ha dado a usted?
—A las primeras de cambio. Le dije que no tenía usted una peseta, y
que por delicadeza no se atrevía usted a pedírsela. No me dejó acabar.
Es una mujer simpatiquísima y bonita, ¡canastos!, una maravilla; no
sabía yo que se trataba usted con hembras tan hermosas. Bueno; ahora
es necesario que celebremos consejo de ministros; es preciso aprobar
la distribución de fondos del mes: no nos vaya a suceder otro fracaso
dentro de ocho días. Porque yo, al paso que vamos, no sé cuándo voy a
terminar el dichoso trabajo de Rose. Ya ve usted, hace tres días que no
viene al estudio...
Después, ya en el terreno de las confianzas, se atrevió a preguntar a
Gener qué proyectos tenía para el porvenir.
—Pues, no sé..., todavía ninguno. Aceptar lo que caiga... Por lo
pronto, confío en el periódico de Sánchez Cortina.
—¡Oh, no confíe usted en eso! Sabe Dios cuándo saldrá. Desde luego
puedo asegurarle que se ha desistido de que sea rotativo; se tirará en
máquina plana, ¡y gracias! Todo aquello de la información telegráfica,
de los corresponsales propios, se ha desvanecido; Fabra y Mencheta.
A juzgar por todo ello, hay que suponer que los sueldos no serán
sobrados. De manera que si no cuenta usted con otros recursos...
—Bedmar ha ofrecido publicarme en _La Abeja_ un trabajo semanal.
—Quince pesetas; tres por cuatro, doce duros al mes. Tampoco lo creo
solución.
—¿Y qué quiere usted que haga?
—¡Canastos! Qué sé yo..., algo más importante, algo que dé dinero y al
mismo tiempo gloria. A usted le sobran talento y energías para acometer
empresas de mayor fuste; no lo digo por halagarle, no; ya sabe usted
que yo para estas cosas soy muy franco. Usted es de los que tienen
condiciones para llegar; si no llega usted, será por pereza o por
holgazanería.
—¿Y qué quiere usted que haga? —volvió a repetir Luis.
—Hombre, eso lo sabrá usted que conoce sus aptitudes mejor que yo. Hay
mil caminos para un artista, la novela, el teatro, la tribuna...
Luis quedó pensativo.
—El teatro, sí..., ya había yo pensado en ello, el teatro grande, una
gran comedia... ¡Pero es el público tan exigente! ¡Han variado tanto
los tiempos! ¡Es tan difícil llegar hoy al corazón de la muchedumbre y
conmoverle y hacerle sentir! En un espacio de quince años el público ha
variado por completo. Antes era muy fácil hacer una comedia; con cuatro
situaciones efectistas y cuatro frases ingeniosas, se lograba, si no el
aplauso, por lo menos la benevolencia. Hoy es dificilísimo. El nivel de
cultura se ha elevado mucho; no habrá genios, pero cualquier espectador
tiene por lo menos tanto talento y tanta cultura como el autor de la
obra que se representa.
—Sin embargo, el que no se arriesga no pasa la mar. ¿Que hay
dificultades? Mejor; a mayor dificultad mayor triunfo.
—No, si le digo a usted que he pensado en ello y que intentaré hacerla,
quizás antes de lo que usted supone. Lo importante es dar con un
asunto; el asunto es el todo; porque, como antes decíamos, hoy no se
puede hacer tonterías. Tal como yo concibo el teatro y el público,
creo que no es posible llevar a la escena más que dos cosas: o un
estudio psicológico o un gran problema; o coger un alma y exhibirla
y desmenuzarla en todos sus afanes, y en todos sus secretos, y en
todas sus tristezas y en todas sus alegrías, mostrando lo más íntimo,
descendiendo a lo más pequeño, descubriendo lo más oculto, o un
problema moderno, un problema social o moral, palpitante o sugestivo,
que a todos nos interese y a todos nos importe.
Cuando al día siguiente se levantó Boncamí, encontró a su amigo
trabajando afanosamente detrás del biombo.
—¡Demonio! ¿qué hace usted tan trabajador?
—¿Qué hago? Mi comedia, ¡caramba! Anoche en la cama di con el asunto.
—Muy bien, me parece muy bien. Y ¿qué es ello? ¿El estudio del alma o
el gran problema?
—El gran problema.
—¿Y se titula?
—Se titula: _Ganarás el pan..._