XII

Las palabras de Isabelilla punzaban su corazón como alfileres

agudísimos. Esa mujer no te quiere, no te hagas ilusiones, no te

quiere; si te quisiera, no habría dejado que te marcharas. Este

argumento brutal, frío y cortante más que el viento que le daba en la

cara, enseñoreándose poco a poco de su cerebro, se había posesionado

con tal fuerza de él, convenciéndole de tal modo, que todas las excusas

y atenuantes le parecían ya ridículas y falsas.

No te hagas ilusiones, no te quiere; todo ha sido un juego. Se

ha burlado de ti; no te quiere; si te quisiera, no te habría

dejado marchar. El brutal argumento se revolvía dentro del cráneo

retorciéndose, agrandándose, extendiéndose, aprisionando las demás

ideas que en vano se esforzaban por defender a la hipócrita. No te

quiere; todo es mentira; su amor mentira, su virtud mentira, su

heroísmo mentira. Solo el orgullo triunfa en ella y la vanidad y el

amor propio. Si te quisiera, te habría abierto los brazos y te hubiera

dicho: Soy tuya, pobre y rico, soy tuya, con dinero y sin dinero, con

tristeza y con alegría. No te quiere. Si te quisiera, te habría dicho:

¡Qué me importa a mí el mundo, si mi mundo eres tú! ¡Qué me importa la

tranquilidad de mi conciencia, si pierdo al no verte la tranquilidad

de mi alma...! No te quiere. Si te quisiera, su amor habría vencido

por encima de todo; no habría razonado, que el amor que razona no es

verdadero amor... No te quiere.

Ante esta idea, un sentimiento de profundo odio se apoderaba de él, y

crispando los puños atravesaba rápido calles y más calles taconeando

sobre los charcos que se quebraban con salpicaduras de lodo. Sin que

pudiera explicárselo, se encontró delante de su casa, mejor dicho, de

la casa de _ella_. Instintivamente alzó los ojos y miró los balcones.

Estaban oscuros, cerrados, con las persianas a medio levantar. En el

piso de encima brillaba vivamente la faja de luz de una rendija. Las

nubes seguían corriendo veloces por el cielo negro, ante el lívido

cadáver de la luna.

Durante un cuarto de hora permaneció en el portal de la casa de

enfrente, mirando con grande atención aquellos balcones herméticamente

cerrados, queriendo adivinar lo que tras ellos sucedía, esperando

un movimiento, una luz, un indicio cualquiera que le sacara de sus

incertidumbres. Su imaginación atravesaba las persianas, los cristales,

las recias maderas, pisaba la alfombra, rozaba los muebles, y entrando

en la alcoba, veía a María dormida en la cama, tranquila, indiferente,

mientras él permanecía clavado en la acera, tiritando de frío.

Después, como observase que el farolillo del sereno avanzaba hacia

él, huyó bruscamente, temeroso de ser reconocido. Y siguió de nuevo su

excursión por las calles. Algunas hembras de vida alegre le sujetaban

del brazo al pasar junto a ellas, tratando de retenerle en su camino;

él, sin mirarlas, se sacudía brutalmente y seguía avanzando, siempre

avanzando, por las calles húmedas. En un reloj de torre sonó una

campanada, una media; ¿las dos y media? ¿las tres y media? ¿las cuatro

y media? No sabía. Había perdido la noción del tiempo.

En la calle de la Montera un nuevo chaparrón le obligó a guarecerse

en el vestíbulo, todavía abierto, del pequeño café del Brillante;

pero pareciéndole que las camareras se burlaban de él, abandonó aquel

refugio, y volviendo sobre sus pasos, siguió aceleradamente por la

calle del Caballero de Gracia, sin importarle el agua que le azotaba el

rostro con frialdad de nieve.

Asaltole la idea de que todo el mundo, los serenos, los cocheros, los

guardias de orden público guarecidos en el hueco de las puertas, los

escasos transeúntes que pasaban con sus paraguas en la mano, se fijaban

en él, en sus pantalones llenos de lodo y en su sombrero chorreando

agua, y dominado por esta preocupación, bajaba la cabeza y apretaba el

paso para llegar cuanto antes al café de Fornos, donde había resuelto

esperar el día. Después ya determinaría lo más conveniente.

Al tratar de abrir la trampilla de la puerta, un individuo que salía

al mismo tiempo, le dio tan fuerte encontronazo, que estuvo a punto de

derribarle.

—¡Bárbaro! ¿No ve usted donde pone los ojos?

—Eso digo yo, ¿dónde mira usted? Pero, calle..., ¡Gener!...

—¡Boncamí!

—¡Quién iba a pensar! ¿Dónde demonios va usted a estas horas?

—A tomar chocolate.

—Hombre, si no tardara usted mucho, le acompañaría.

—No sé... Quizá esté toda la noche.

—¡Cómo! ¿no va usted a casa?

—Hoy no tengo casa.

—¿Qué dice usted?

—Pues, eso... Que esta noche no tengo dónde dormir.

—Ah, vamos, ya comprendo. Es decir, no comprendo nada. Pero, por lo

pronto, si no tiene usted casa, véngase a la mía. Mañana ya hablaremos.

Abrió el paraguas y cogió a Luis del brazo; pero viendo que aquel era

insuficiente para dos personas y que la lluvia arreciaba, cambió de

parecer y llamó a un simón.

—Tomaremos un coche, ¡qué demonio! Un día es un día. Por una vez,

seamos generosos.

Ganarás el pan... · 第 29 / 52 题