Las palabras de Isabelilla punzaban su corazón como alfileres
agudísimos. Esa mujer no te quiere, no te hagas ilusiones, no te
quiere; si te quisiera, no habría dejado que te marcharas. Este
argumento brutal, frío y cortante más que el viento que le daba en la
cara, enseñoreándose poco a poco de su cerebro, se había posesionado
con tal fuerza de él, convenciéndole de tal modo, que todas las excusas
y atenuantes le parecían ya ridículas y falsas.
No te hagas ilusiones, no te quiere; todo ha sido un juego. Se
ha burlado de ti; no te quiere; si te quisiera, no te habría
dejado marchar. El brutal argumento se revolvía dentro del cráneo
retorciéndose, agrandándose, extendiéndose, aprisionando las demás
ideas que en vano se esforzaban por defender a la hipócrita. No te
quiere; todo es mentira; su amor mentira, su virtud mentira, su
heroísmo mentira. Solo el orgullo triunfa en ella y la vanidad y el
amor propio. Si te quisiera, te habría abierto los brazos y te hubiera
dicho: Soy tuya, pobre y rico, soy tuya, con dinero y sin dinero, con
tristeza y con alegría. No te quiere. Si te quisiera, te habría dicho:
¡Qué me importa a mí el mundo, si mi mundo eres tú! ¡Qué me importa la
tranquilidad de mi conciencia, si pierdo al no verte la tranquilidad
de mi alma...! No te quiere. Si te quisiera, su amor habría vencido
por encima de todo; no habría razonado, que el amor que razona no es
verdadero amor... No te quiere.
Ante esta idea, un sentimiento de profundo odio se apoderaba de él, y
crispando los puños atravesaba rápido calles y más calles taconeando
sobre los charcos que se quebraban con salpicaduras de lodo. Sin que
pudiera explicárselo, se encontró delante de su casa, mejor dicho, de
la casa de _ella_. Instintivamente alzó los ojos y miró los balcones.
Estaban oscuros, cerrados, con las persianas a medio levantar. En el
piso de encima brillaba vivamente la faja de luz de una rendija. Las
nubes seguían corriendo veloces por el cielo negro, ante el lívido
cadáver de la luna.
Durante un cuarto de hora permaneció en el portal de la casa de
enfrente, mirando con grande atención aquellos balcones herméticamente
cerrados, queriendo adivinar lo que tras ellos sucedía, esperando
un movimiento, una luz, un indicio cualquiera que le sacara de sus
incertidumbres. Su imaginación atravesaba las persianas, los cristales,
las recias maderas, pisaba la alfombra, rozaba los muebles, y entrando
en la alcoba, veía a María dormida en la cama, tranquila, indiferente,
mientras él permanecía clavado en la acera, tiritando de frío.
Después, como observase que el farolillo del sereno avanzaba hacia
él, huyó bruscamente, temeroso de ser reconocido. Y siguió de nuevo su
excursión por las calles. Algunas hembras de vida alegre le sujetaban
del brazo al pasar junto a ellas, tratando de retenerle en su camino;
él, sin mirarlas, se sacudía brutalmente y seguía avanzando, siempre
avanzando, por las calles húmedas. En un reloj de torre sonó una
campanada, una media; ¿las dos y media? ¿las tres y media? ¿las cuatro
y media? No sabía. Había perdido la noción del tiempo.
En la calle de la Montera un nuevo chaparrón le obligó a guarecerse
en el vestíbulo, todavía abierto, del pequeño café del Brillante;
pero pareciéndole que las camareras se burlaban de él, abandonó aquel
refugio, y volviendo sobre sus pasos, siguió aceleradamente por la
calle del Caballero de Gracia, sin importarle el agua que le azotaba el
rostro con frialdad de nieve.
Asaltole la idea de que todo el mundo, los serenos, los cocheros, los
guardias de orden público guarecidos en el hueco de las puertas, los
escasos transeúntes que pasaban con sus paraguas en la mano, se fijaban
en él, en sus pantalones llenos de lodo y en su sombrero chorreando
agua, y dominado por esta preocupación, bajaba la cabeza y apretaba el
paso para llegar cuanto antes al café de Fornos, donde había resuelto
esperar el día. Después ya determinaría lo más conveniente.
Al tratar de abrir la trampilla de la puerta, un individuo que salía
al mismo tiempo, le dio tan fuerte encontronazo, que estuvo a punto de
derribarle.
—¡Bárbaro! ¿No ve usted donde pone los ojos?
—Eso digo yo, ¿dónde mira usted? Pero, calle..., ¡Gener!...
—¡Boncamí!
—¡Quién iba a pensar! ¿Dónde demonios va usted a estas horas?
—A tomar chocolate.
—Hombre, si no tardara usted mucho, le acompañaría.
—No sé... Quizá esté toda la noche.
—¡Cómo! ¿no va usted a casa?
—Hoy no tengo casa.
—¿Qué dice usted?
—Pues, eso... Que esta noche no tengo dónde dormir.
—Ah, vamos, ya comprendo. Es decir, no comprendo nada. Pero, por lo
pronto, si no tiene usted casa, véngase a la mía. Mañana ya hablaremos.
Abrió el paraguas y cogió a Luis del brazo; pero viendo que aquel era
insuficiente para dos personas y que la lluvia arreciaba, cambió de
parecer y llamó a un simón.
—Tomaremos un coche, ¡qué demonio! Un día es un día. Por una vez,
seamos generosos.