VII

Amortajaron al cadáver con el hábito blanco de Santo Domingo y le

trasladaron al gabinete de María, no solo porque era habitación más

espaciosa, sino porque en él estaba el oratorio, un oratorio lindísimo,

una verdadera capilla con altar y todo; grandes tapices de damasco

cubrían el techo y las paredes; en la del fondo, bajo dosel de púrpura,

una copia al óleo de la Concepción de Murillo, se destacaba al débil

resplandor de dos lámparas de aceite colgadas del techo por cordones de

seda; sobre el altar agonizaba un Cristo.

Amigos, vecinos y parientes acudieron desde el primer momento; se

posesionaron de la casa y empezaron a dictar órdenes y disposiciones,

como si se encontraran en la suya; ellos fueron los que avisaron a

la funeraria, los que eligieron el féretro, los que le llenaron de

flores y los que redactaron las esquelas. María y Luis no tuvieron que

ocuparse de nada.

A las diez de la noche no se podía dar un paso por la sala; tal era el

número de amigos que acudieron a saludar a la viuda.

—Acabamos de leerlo en el periódico... ¡Pobre don Tomás! Pero, hombre,

¿Cómo ha sido eso?

Luis, al principio, los recibía muy amable, refiriéndoles detalles de

la enfermedad; pero harto al fin de repetir siempre la misma historia,

dejó a los parientes de su tío que se las arreglaran como mejor

pudieran y se refugió en su habitación con Boncamí, Manolo, Paco Gaitán

y algunos otros íntimos.

—Castro y Pedrosa me han encargado que te diera el pésame; es posible

que vengan luego, a la salida del teatro.

—Hombre, a propósito; decidme, porque yo con la enfermedad del pobre

tío no he salido estos días de casa ¿qué tal la revista? De las reseñas

de la prensa no he podido sacar nada en limpio...

—¿La revista? Pues verás tú; la noche del estreno anduvo aquello

bastante mal; el respetable público la encontró pesada y aburrida; en

el primer cuadro empezó a toser y a dar golpecitos con los bastones;

en el segundo la tomó a chirigota, y en el último, cuando algunos

bárbaros pedían muy convencidos la cabeza de los autores, los amigos y

la _claque_ logramos imponernos y salvamos la obra.

—¿De manera que ha sido un fracaso?

—¡Quia!, nada de eso; ¡verás tú! En cuanto terminó la representación,

cogieron la obra y se marcharon a la taberna de al lado Castro,

Pedrosa, Cañete, Bedmar, Martín López, Fernández Gay, Fonseca, ¡qué

se yo!, todos los percebes del saloncillo, y entre todos, corte por

aquí, arreglo por allá, un chiste por este lado, una tontería por el

otro, dejaron la revista que no la conocía ni el apuntador. Volvieron a

representarla, y no solo gustó, sino que el público de buena fe está

indignadísimo contra la prensa que ha dicho que es tan mala, y contra

los reventadores que la patearon la noche del estreno.

—No me parece mal.

De pronto, comprendiendo que no era aquella conversación la más a

propósito para una visita de pésame, cambiaron de tema y se pusieron a

hablar de la enfermedad del pobre don Tomás. Gaitán se empeñaba en que

el médico se había equivocado en el tratamiento; hacía mil preguntas

a Luis sobre el curso de la enfermedad y refería con gran lujo de

detalles los procedimientos modernos para curarla. A las doce se

marchó, porque, según dijo, estaba de guardia en el hospital.

—Me he escapado solo un momento para saludarte.

Manolo se marchó igualmente.

—He dejado en Apolo a Petrita y a Amalia, y tengo que ir a recogerlas.

Los demás, a excepción de Boncamí, le imitaron pretextando imperiosas

ocupaciones. En el salón quedaba también muy poca gente; dos primos

del muerto, varios vecinos y algunos amigos de confianza. Todos se

ofrecieron galantemente a velar el cadáver, pero con tal tibieza, que

desde luego se adivinaba que lo hacían por puro compromiso. A la una y

media solo quedaban los primos, Luis y Boncamí.

Entre los gases del muerto, la respiración de los vivos, el humo del

tabaco y las luces de los hachones, la atmósfera se había viciado poco

a poco, caldeándose y saturándose de olores nauseabundos. Fue preciso

abrir los balcones para renovarla. La noche estaba fría; nublado el

cielo; una bocanada de aire helado, húmedo, precursor de lluvia,

penetró sutil.

—¡Caramba! ¿Saben ustedes que hace mucho frío? Vamos a coger una

pulmonía.

Y para no cogerla decidieron marcharse al comedor y dejar solo al

muerto. Después de todo, con que uno entrara de cuando en cuando en el

gabinete a despabilar los cirios, había bastante. Rafael, el ordenanza

del Tribunal, se encargó de ello. Sirviéronles grandes jícaras de

chocolate con pan y manteca, y entre pitillo y pitillo se pasó la noche

charlando, animadamente, de mil cosas distintas. Al amanecer, Boncamí

y los primos se marcharon. Luis acostose hasta la hora del entierro.

Cuando se levantó, la casa estaba atestada de gente; había gente en el

comedor, en el despacho, en los pasillos, hasta en las alcobas; señoras

enlutadas, sentadas en semicírculo alrededor de la viuda; caballeros

graves, correctamente vestidos con levita negra, la mayoría hombres

de edad, que avanzaban de puntillas hasta la capilla ardiente, con el

sombrero en la mano, para contemplar un instante, por última vez, el

rostro del amigo perdido.

A pesar de la lluvia que constante caía de las plomizas nubes, el

acompañamiento fue muy numeroso hasta la Cuesta de la Vega; allí la

mayoría se despidió y solo unos cuantos coches continuaron hasta el

cementerio, chapoteando sobre los charcos de la carretera, convertidos

en lagunas de lodo, bajo el agua implacable que azotaba los vidrios.

Era casi de noche cuando regresaron a casa. Seguía diluviando. Los

balcones continuaban abiertos de par en par. En el rincón de la sala

veíanse plegados los caballetes de las coronas, los hacheros manchados

de cera, los negros paños festoneados de oro, dos o tres flores

esparcidas sobre la alfombra, mustias y deshojadas siemprevivas.

Y Luis en medio de estas habitaciones oscuras, solas, frías como

caserón deshabitado, impregnadas del húmedo olor de la tierra mojada,

sintiose dominado por una melancolía honda, muy honda y muy triste.

Avanzó buscando a María, y entre las cortinas del oratorio la vio de

rodillas delante del Cristo, llorando en silencio.

Volviose entonces hacia Boncamí que le seguía, y sin poderse contener

le dijo:

—¿Podría usted hacerme un favor?

—Todos los que usted quiera.

—¿Quiere usted hacerme compañía esta noche?

Boncamí le miró estupefacto.

Luis comprendió todo el valor de aquella mirada, y sonriendo

tristemente, repuso:

—No, amigo mío; no crea usted que tengo miedo; no me asustan los

muertos, son los vivos los que me asustan; los vivos que lloran.

Ganarás el pan... · 第 25 / 52 题