VIII

Los días que siguieron a la muerte del tío Tomás los empleó Luis en el

arreglo y clasificación de las cartas y documentos que el buen señor

tenía guardados; tarea en verdad bastante entretenida, pues eran tantos

los papeles y tal el desconcierto que en ellos reinaba, que no había

más remedio que repasarlos cuidadosamente para saber cuáles podían

romperse y cuáles debían guardarse. Encomendó a la chimenea el trabajo

de reducir los primeros a cenizas, y guardó ordenadamente los segundos

en coquetonas carpetas de cartón, bien sujetas por oficinesco balduque.

Púsoles, con su más hermosa letra redondilla, grandes y claras

etiquetas y las sepultó en las profundidades del estante, prometiéndose

leerlos con detenimiento cuando dispusiera de mejor humor. Entretanto

quedáronse haciendo amigable compañía a la Colección legislativa,

Sentencias del Tribunal Supremo y demás tomos de legislación que en

las polvorientas tablas del estante amarilleaban ya bajo la patina del

tiempo. Únicamente salváronse de la condena los títulos de los destinos

y demás documentos oficiales que María necesitaba para incoar en Clases

Pasivas el expediente de viudedad.

Boncamí iba todas las noches un par de horas a charlar con él y a

ponerle de paso al corriente de las cosas que en el mundo ocurrían,

esas cosas pequeñas e insignificantes que, por lo general, tanto nos

interesan. Contábale que el público seguía aplaudiendo en Eslava

la revista _Madrid se divierte_, con gran satisfacción de Castro,

Pedrosa, Cañete y Suárez, que estaban ya seguros de mantenerla en

el cartel la temporada entera. Todo el mundo convenía en que la tal

revista era de lo más disparatado que se había escrito; pero a pesar

de ello iban a verla, a reír un rato con las payasadas de Bermúdez y

a aplaudir frenéticamente a Elenita Samper que, dicho sea en honor

de la verdad, estaba encantadora. Es una lástima que no pueda usted

ir a verla. Parece mentira lo que ha aprendido esa muchacha en poco

tiempo; ¡qué sal tan fina, qué desenvoltura tan natural, qué manera tan

personalísima de moverse en escena! Ahora es cuando yo me he convencido

de que esa mujer tiene talento. No le quepa a usted duda, tiene mucho

talento, pero mucho. Cuidado que el tango de _los Pucheritos_, como

le llaman por ahí, es estúpido y canallesco, de lo más canallesco

y estúpido que darse puede; pues bien: lo canta con una gracia y

una intención, y haciendo unos gestos, y tomando unas actitudes tan

requetemonísimas, que el público se marea, y se vuelve loco, y se pone

de pie, y le dice: «¡Viva tu madre!», y no le tira los sombreros al

escenario yo no sé por qué. Todas las noches tiene que repetirlo dos

o tres veces, y lo notable del caso es que al final de cada ovación

salen al escenario los cuatro zagalones de los autores, cogiditos de la

mano, a dar cabezadas de agradecimiento. El público, como es natural,

les toma el pelo, pero, ¡que si quieres!, ellos, sin enterarse,

siguen cabeceando agradecidos. Anoche no pude por menos de decírselo

a Pedrosa: «¡Por Dios, hombre, no salgáis! ¿No comprendéis que estáis

haciendo el ridículo, que esos aplausos no son para vosotros?». Bueno:

¿pues creerá usted que se ofendió?

—Sí, es tan imbécil como todo eso.

—¿Sabe usted, en cambio, quién me parece que vale? Suárez. ¡Qué dos

números más bonitos ha escrito! Especialmente un dúo, delicadísimo.

—Le oí la tarde del ensayo; es un primor, una filigrana. Habrá gustado

mucho, ¿verdad?

—¡Quia!, no señor; no se ha repetido ni una vez siquiera. Entre la

orquesta que lo toca mal, los cómicos que lo cantan peor y el público

que no entiende de filigranas, ha pasado casi inadvertido.

—¡Qué lástima!, porque es lo mejor de la obra.

—¡Qué quiere usted!; el público es idiota.

—No, no es el público quien tiene la culpa. El público se acostumbra a

lo que le dan, se educa a lo que le enseñan; le han educado a música de

organillo, con platillos y bombo, y calderones y gorgoritos, y, claro

está, no le gustan las filigranas, no las entiende. Es como si a un

gañán acostumbrado a patatas y judías le da usted de pronto ostras y

mortadela: no le gustan. La culpa no es de él, créame usted; es de esos

canallas de Cañete y Compañía, que le han estropeado el paladar.

—Yo creo que Suárez ha de llegar.

—Y yo también. Es un artista, uno de los pocos hombres verdaderamente

artistas que yo conozco; bien desgraciado por cierto; porque, defensor

como ninguno del arte por el arte, tiene que vivir de él, que dar su

alma para ganar el pan.

Otra noche Boncamí le trajo un número de _La Abeja_ para que leyese los

últimos versos de Bedmar; una composición vaga, nebulosa, de un ritmo

encantador. ¡Qué lástima de chico! ¡Qué alma más grande de poeta! Y

con voz sonora y entonación vibrante, se puso a recitar otros versos

también suyos:

Era una hembra para amar nacida.

—¿Se acuerda usted de este soneto? ¡Qué hermoso!, ¿eh? «Era una

hembra para amar nacida...». Es que no es posible expresar más en un

endecasílabo. Se está viendo a la mujer, una mujer morena, con los ojos

negros... Y a propósito de mujeres y de Bedmar. ¿Sabe usted que estas

noches andan muy cariñosos Elena y él, así, como si deseasen volver a

entenderse?

—¡Ca, hombre!

—De veras. Especialmente Antoñito, no sale del escenario.

—Él, sí, pero ella...

—¿Ella? Lo único que yo puedo decir a usted es que, según me han

contado, la otra noche hubo una bronca horrible, porque dijeron en su

presencia que era un borracho. Se puso hecha una fiera. Se encaró con

todos los que había en el cuarto, un grupo de diez o doce autores y

periodistas, y después de llamarlos ruines, envidiosos, y qué sé yo

cuántas cosas más, les soltó que ninguno de ellos le servía a Bedmar

para ponerle en limpio las cuartillas; así, clarito. Y como Castro,

amostazado, le replicara: «Hija, ¡qué barbaridad!, ¡cómo se conoce que

ha sido tu querido!», se plantó en jarras en medio de la habitación, y

repuso: «Bueno, pues sí, ¿y qué? Lo ha sido y lo volverá a ser cuando

le dé la gana».

—¡Canastas! Me deja usted admirado.

—Sí, señor, no le quepa a usted duda; cualquier día los vemos cogiditos

del brazo.

—Lo sentiré; porque el pobre Antonio va de buena fe, y ella es una niña

caprichosa, sin corazón y sin entrañas, una mala hembra neurasténica

que todo le cansa y todo le aburre, que cree que las pasiones son

antojos, y el cariño, juguete que se tira cuando ya no distrae. ¡Oh,

la conozco mucho! Hará cuatro o cinco años, cuando yo tenía todavía

dinero, estuve con ella en relaciones. Entonces sí que era bonita,

monísima, enloquecedora; una de esas mujeres que se suben a la cabeza

como el vino viejo, a la primera toma. Traía todo Madrid revuelto. Pues

bien; a pesar de eso, de su juventud, de su hermosura, de su gracia,

de mi vanidad, sí, de mi vanidad, porque los amores con esta clase

de mujeres halagan siempre; a pesar de todo esto, ¿sabe usted cuánto

duraron nuestras relaciones? Quince días. Ni uno más. A los quince

días tuve que enviarla a paseo y decirle: «Anda y busca un mono que

te divierta, que yo no he servido todavía de pelele a nadie». Y tenga

usted en cuenta que hace cuatro años era yo un chiquillo, un bebé sin

experiencia.

—Pues a Bedmar sí le ha querido.

—Yo creo que esa mujer es incapaz de querer a nadie.

—Entonces, ¿cómo sus relaciones duraron tanto tiempo?

—¡Qué sé yo! Rarezas inexplicables de estas mujeres. Como son elementos

puramente pasivos, sin afecciones propias, cuando tropiezan con un alma

grande, una de esas almas vehementes, meridionales, apasionadas como la

de Bedmar, se sugestionan y se deslumbran; mientras dura el entusiasmo

de aquella alma, mientras su vibración se mantiene intensa, ellas

vibran también por afinidad y por simpatía, y parece que aman; pero

en cuanto el entusiasmo del alma grande decae, en cuanto su vibración

se apaga un momento, se desprende, y se hunden, y no hay quien las

levante. No sé si me explico bien.

—Sí, sí, perfectamente; es una cosa así como la tierra que produce

pájaros y flores, porque el sol la calienta, pero que si este calor le

faltase...

—Se enfriaría para siempre y se convertiría en astro muerto; eso es;

veo que me ha comprendido usted. Sí, señor; las relaciones de Elena

han durado más tiempo con Antonio que con todos los demás, porque

el entusiasmo de él era verdadero. A pesar de ello, ya ve usted lo

que pasó. Y Antonio era entonces sol meridional que vivifica cuanto

alumbra. Calcule usted lo que sucedería ahora, hoy que es sol de

invierno, hoy que el vicio y los desengaños han apagado ya su alma.

—¡Bah, quién sabe! Puede que el amor le regenere.

—Si fuese un amor sincero, sí; el de Elena, no. Mucho me temo, por el

contrario, que le embrutezca más. ¡Quiera Dios, quiera Dios que estas

coqueterías no acaben en sangre!

Lo dijo con tal convicción, que Boncamí quedó preocupado.

—Yo sé perfectamente lo que le pasa a Elena —continuó Luis—. En el

vacío de su alma echa de menos una pasión profunda, un afecto sincero;

sabe que Antonio es el único que en el mundo la ha querido de veras,

el único que con sus besos le ha dado su alma toda; recuerda los días

que pasó a su lado, los días felices de amor y de ternura, y quiere

repetirlos. Y no sabe que en amor los días que pasaron, pasaron para

siempre; que si segundas partes nunca fueron buenas, esta verdad en el

amor es un axioma. Antoñito no piensa nada; va sencillamente hacia ella

porque ella es su alma y su vida, y porque sin ella no puede vivir. Y

los dos por distintas causas se buscan mutuamente y se encontrarán,

y cuando se encuentren se harán más desgraciados todavía. Y de ese

retrato, ¿qué? —preguntó variando bruscamente la conversación.

—Pues de ese retrato, _na_. Cruzado de brazos, esperando que a Rose

d’Ivern le diera la gana de decidirse por una _toilette_. Es una tía

completamente loca. Cuando parece que le ha convencido una idea, puede

darse por seguro que está pensando en la contraria. Se ha querido

retratar de pie, sentada en un trono, acostada como la maja de Goya,

desnuda como Venus, con mantilla, con sombrero, con flores, sin flores,

con mantón de Manila, ¡qué se yo! ¡Le digo a usted que estoy más harto

de Rose y de retrato! ¡Si no fuera por las mil y pico! Y el caso es

que le estaban reventando, porque no se atrevía a emprender otra cosa.

Ya ve usted, hoy han venido a encargarme un techo para una tienda de

refrescos gaseosos; cuarenta duros y no me he atrevido a aceptar.

A los pocos días llegó muy contento, manifestando que Rose, siguiendo

sus consejos, se había por fin decidido a retratarse con el busto

desnudo medio velado por una gran mantilla negra. Es un retrato

que tiene la ventaja de que no pasa nunca de moda y además deja al

descubierto la garganta, los hombros y el nacimiento del pecho,

precisamente lo más bonito que la _cocotte_ tenía; una carne tierna y

sonrosada, que resaltaría muy bien entre la seda del encaje.

Aquel día estuvo también a verle Manolo Ruiz.

—Perdona, chico, si no he venido antes. Todos los días tenía el

propósito de hacerlo; pero, ya sabes, esta vida tan perra que lleva

uno... No tengo un momento libre; estoy trabajando muchísimo.

Y como Luis quedase admirado por estas repentinas energías, se echó a

reír y prosiguió:

—Necesito dinero, mucho dinero. Figúrate tú que a Petrita, ya la

conoces, le ha dado por colarse conmigo de tal manera, que desde el día

que me conoció no ha vuelto a hablar con nadie. Y como la muchacha

no tiene más renta que su persona, y esta no la vende y yo no voy a

consentir que se muera de hambre, no tengo más remedio que sostenerla.

—¡Manolo, Manolo, que vas a hacer el primo!

Manolo se indignó.

—¡Pero qué estúpidos sois todos! No veis más allá de vuestras narices.

¿Conoces tú acaso a Petrita? Pues si no la conoces, ¿por qué te atreves

a juzgarla? Pues sábete que Petrita no es como las demás mujeres, no,

señor, no hay que medirla por el mismo rasero. Esta es una infeliz, una

ingenua, sin malicia de ninguna clase, una desgraciada. Y la prueba

está en que por mí, que no puedo darle nada fijo, ni nada seguro, lo ha

dejado todo, todo, entre otras cosas un viejo que le pasaba todos los

domingos veinticinco duros. Y esto no lo sé por ella, sino por Amalia;

ya ves tú...

—Bueno, hombre, perdona.

—¡Pero si es que todos sois iguales! En cuanto veis que un hombre se

gasta diez pesetas con una mujer, ya estáis cacareando que hace el

primo. Pues bien; yo soy el primero que me duele gastar dinero; pero

hay veces en cambio, como esta, que lo que siento es no tener más para

dárselo.

Y ya en el terreno resbaladizo del entusiasmo, se puso a hacer la

apología de Petrita.

—¡Qué mujer, chiquillo, qué mujer más superior! Yo no he conocido en mi

vida una mujer como esta. Es que se te lleva de calle, que te vuelve

loco.

—¿Y Luisa?

—No sé nada de ella, ni quiero. Es una sinvergüenza, una golfa.

—Pues no hace mucho te parecía la mejor de las mujeres.

—Un tiempo lo fue, no te diré que no. Pero ahora, ahora se ha echado al

vicio de una manera indecente. Me han dicho que me está buscando por

todas partes, pero yo no quiero ya nada con ella. He dado orden en la

redacción para que digan que no estoy cuando vaya a preguntar por mí.

—Haces bien; porque esa te arma un escándalo.

—¡Toma si me lo arma!, no sería el primero. Pues por eso. No creas tú,

que me da cierto temor salir con Petrita, porque cualquier día nos

pilla cogidos del brazo; y como es tan animal y tan fiera, no te digo

lo que va a ocurrir. La voy a tener que dar dos palos en mitad de la

calle, y otros dos en mitad de la cabeza.

—Manolo, no hagas chistes. Bastante tenemos ya con los de Castro.

Ganarás el pan... · 第 26 / 52 题