VI

Los temores del doctor Núñez se confirmaron, por desgracia. La

enfermedad que aquejaba al pobre tío Tomás progresaba rápidamente.

El dolor no desaparecía, los esputos no menguaban, la fiebre, lejos

de ceder, se hizo más constante, más continua, recrudeciéndose con

alarmante intensidad en los crepúsculos. Parecía imposible que

el cuerpo pudiera soportarla. A simple vista, sin necesidad de

conocimientos patológicos, se comprendía claramente que aquella

naturaleza envejecida y quebrantada no podía resistir mucho tiempo,

que en la terrible lucha con la muerte, la muerte tenía que ser la

vencedora.

—¡Valiente hazaña! —añadía el doctor Núñez a guisa de comentario—.

Triunfar de un cuerpo aniquilado y destruido. ¡Ah, si contáramos con

un poco, nada más que con un poco de energía, ya le diría yo a usted,

señora intrusa! Pero así no es posible, no es posible, no hay que

hacerse ilusiones.

—De modo que...

—Que esto es cosa perdida. Se nos va, amigos míos, se nos va y mucho

antes de lo que ustedes imaginan. Quizá mañana, quizá esta misma

noche. Si ustedes quieren, para tranquilidad de su conciencia, que le

vea otro médico, un especialista, yo no solo no tengo inconveniente,

sino que, por el contrario, me alegraré muchísimo. Pero repito que es

inútil; esto está perdido, completamente perdido.

—¿De manera que no se puede hacer nada?

El doctor calló un momento; bajó al suelo los ojos, frunció el

entrecejo y con la tristeza del hombre que tiene que reconocer su

impotencia, con la vergüenza del que se ve forzado a reconocer su

ignorancia, con el abatimiento del que en un instante comprende toda la

inutilidad de su ciencia, la esterilidad de treinta años de trabajo y

de estudio, contestó sordamente:

—Nada.

Luego, cambiando de tono, en voz baja, ya cerca de la puerta, cuando

Luis salió a despedirle, añadió todavía como para destruir toda

esperanza:

—Si este señor tiene que disponer algo, aconséjele usted que lo

haga pronto. —Y como observase en el rostro del joven un gesto de

contrariedad, se encogió de hombros y le dijo—: En fin, eso allá usted;

yo cumplo con mi deber advirtiéndolo.

Dio dos fuertes chupadas al cigarro, que brilló en la penumbra, y echó

pausadamente escaleras abajo.

Luis quedó anonadado. Esperaba el desenlace, pero no tan pronto;

confiaba en que algún remedio heroico, algún recurso de última hora,

podrían prolongar la lucha, aunque la lucha fuera la agonía. Y he

aquí que la ciencia se cruzaba de brazos y le contestaba con brutal

sinceridad:

—Nada, no es posible hacer nada, se muere.

¡Se muere! Y ante el poder sugestivo de esta idea que retumbaba en

su cerebro con vibración inacabable, todas las demás ideas callaron

aturdidas; doloroso abatimiento se apoderó de su espíritu y los

músculos le flaquearon hasta el punto de tener que apoyarse en la pared

para no caerse. En esta actitud le sorprendió María.

—¿Qué te ha dicho Núñez?

—Tú lo oíste: que se muere.

—Sí, se muere; lo sé desde ayer. Cuando ayer Núñez dudaba todavía, yo

estaba ya segura. Sí, se muere. ¡Pobre Tomás! Él es el único que no

lo sabe; confía como un niño en fuerzas que no tiene y lucha como ha

luchado siempre: heroico y tenaz. ¡Pobre Tomás!

Plegó las manos con religiosa compasión y quedó largo rato pensativa.

Luego, balbuciendo, como si le costara gran esfuerzo, dijo:

—Yo quisiera que se confesara, ¿sabes?; pero no me atrevo a

indicárselo. A ti te hace más caso. ¿Por qué no se lo indicas tú?

—Eso me aconsejó Núñez; pero yo, la verdad, no me atrevo. Como tú misma

has dicho, él no cree que se muere. La presencia de un cura sería la

destrucción de esa esperanza, sería la notificación de su sentencia,

sería..., sería terrible. No me atrevo, María, no me atrevo; yo no le

quito a mi tío una hora de vida.

—Pero, ¿y su alma, Luis, y su alma? ¿Y la tranquilidad de nuestras

conciencias?

—La mía lo está; yo estoy seguro de cumplir con mi deber de hombre

honrado, no turbando en el instante supremo de la muerte la paz de su

alma, no destruyendo su ignorancia, que es en este caso su felicidad.

No quiero entrar a analizar si hago mal o hago bien obrando de esta

manera: creo que hago bien y así obro.

—Pues yo te aseguro que haces mal, muy mal, Luis. Tú crees que nuestra

misión ha terminado, y nuestra misión empieza ahora. Hemos hecho cuanto

ha sido posible por salvar su cuerpo; hagamos lo mismo por salvar su

alma.

Y como Luis callase, ella prosiguió con mística exaltación:

—El alma no es nuestra, Luis; es un depósito que Dios nos entrega al

enviarnos a este mundo y del cual tenemos que darle estrecha cuenta

el día que en su presencia nos hallemos. Dios quiere que ese día nos

encontremos limpios y sin mancha. Por eso, en su misericordia infinita,

concede hasta a los más malos un instante de arrepentimiento: que un

solo instante de contrición, si es sincera, basta y sobra para borrar

todos los errores y purificar todos los pecados. Luis, Luis, piensa

bien lo que vas a hacer, medita la grave responsabilidad moral que

puedes adquirir, quitándole a tu tío, por una compasión mal entendida,

la verdadera tranquilidad de su espíritu, tal vez la salvación eterna.

—Quizá tengas razón, no lo discuto. En estas cosas no discuto nunca.

Malas o buenas, tengo mis ideas; tú tienes las tuyas; yo las respeto.

¿Crees que debe confesar? Pues aconséjaselo.

—¿Yo? Bien sabes que esto no es posible. Bastaría que yo se lo dijera

para que hiciese lo contrario. No es por mí por quien temo, es por él.

—Pues yo, la verdad, no me atrevo, no me atrevo, María.

Ella se aproximó más aún; le estrechó suavemente las manos, y

envolviéndole en la dulce mirada de sus ojos azules, le dijo en voz

baja:

—¿Y si yo te lo pidiera?

—Sentiría decirte lo mismo.

—Pues bien, a pesar de eso, te lo suplico.

—¡María!

—Te lo ruego, te lo suplico, ¿ves?, así, de rodillas.

—Levanta.

—No; mientras no accedas a mis súplicas, no. Es un favor que yo te

pido. Hazlo por mí.

—Bien, pero levanta.

—¿Lo harás?

—Sí.

—Gracias, Luis, muchas gracias. Dios te lo pagará.

Y huyó como una sombra.

Luis vaciló todavía un instante. Después, paso a paso, con el

abatimiento del hombre que tiene que comunicar una sentencia, penetró

en la alcoba y se sentó a la cabecera de la cama. Pero por más que

estrujaba el cerebro, no daba con la fórmula de la proposición.

¡Demonio, demonio, sí eran difíciles estas cosas!

—¿Qué, cómo te encuentras? —preguntó por empezar de algún modo.

—Bien, bien, mucho mejor; lo que es esta vez, la muerte se fastidia; me

escapo.

¡Vaya usted a decirle a un hombre que opina de este modo que es preciso

confesarse!

—Sí, sí, mucho mejor —continuó animadamente—; no me duele nada; respiro

muy bien. Mañana le pediré permiso a Núñez para sentarme un rato en el

sillón. No quiero estar en la cama. Me debilita mucho.

Pidió a su sobrino que le ayudase a volverse del otro lado y se durmió.

Luis se inclinó sobre la almohada y contempló con ansiosa curiosidad el

rostro del enfermo. ¿Se habría equivocado Núñez? ¿Persistiría el alivio

o, por el contrario, sería este alivio la mejoría de la muerte?

La ilusión duró poco. Violento acceso de tos despertó bruscamente al

enfermo. Sus manos golpearon la sábana y su frente se contrajo con

dolorosa crispación...

—Me ahogo..., me ahogo..., esta tos me mata.

Una cucharada de jarabe pareció calmarle un poco; pero los movimientos

de su pecho siguieron continuos, jadeantes, extendiéndose hasta los

hombros descarnados, que se elevaban y se hundían con continuo vaivén

regulador y acompasado. Ronco gemido silbaba en su garganta. Pidió

trabajosamente el balón de oxígeno que, a prevención, había recetado

Núñez, y aspiró con avidez algunas bocanadas. Esto y otra cucharada de

jarabe, le tranquilizaron por completo.

—¿Estás mejor?

—Sí, no tosiendo... Lo que me fatiga es la tos... Si no fuera por

ella, mañana me podría ya levantar, no me duele nada, no tengo fiebre;

mira —extendió su mano húmeda buscando la de Luis y prosiguió—: ¿ves

cómo no tengo fiebre?

Era falso; tenía fiebre y mucha; su piel abrasaba; el pulso en la

muñeca latía apresurado.

—Siento la cabeza algo pesada; pero esto es de la misma debilidad.

Estoy muy débil, muy débil, y la culpa la tenéis vosotros, que no

queréis que me levante. No sabéis lo que debilita la cama. Mañana me

levanto, sí, me levanto, queráis o no queráis.

Luego, temiendo que si seguía hablando le acometiera otro acceso de

tos, calló y cerró los ojos.

Viéndole tan tranquilo y queriendo evitar, por otra parte,

explicaciones con María, Luis se marchó a su cuarto y se acostó. Cuando

se levantó (cerca del mediodía), el enfermo había recaído mucho. Su

voluntad, no obstante, continuaba luchando con heroica tenacidad por

ahuyentar la idea de la muerte, resistiéndose a ella, queriendo a todo

trance conservar la miserable vida. Empeñábase en que Núñez se había

equivocado y pedía a gritos que le trajeran un médico de fama, un

especialista, recordando curas maravillosas realizadas en amigos suyos.

Después habló de sus proyectos para cuando se restableciera.

—Nos mudaremos —decía— a un cuarto bajo; tomaré un abono de berlina,

y los días que estén buenos, Rafael (el ordenanza del Tribunal de

Cuentas) y tú me subiréis en el coche y me iré a dar un paseo por la

Moncloa.

Después, conforme la tarde fue cayendo, sus energías decayeron

también. Cesó de hablar. Sus ojos se cerraron. Únicamente sus dedos

crispados seguían golpeando y arañando el embozo con constante y

nervioso movimiento. A eso de las seis llamó a su sobrino; le obligó a

reclinarse sobre él, y cuando le tuvo cerca de su rostro, muy cerca, le

preguntó en voz baja:

—Oye, ¿tú crees que me voy a morir?

Luis se estremeció. Todo el día había estado esperando esta frase, y

ahora que la frase llegaba, no sabía qué contestar.

—¿Por qué me dices eso? —preguntó a su vez, confuso y aturdido.

—Porque si crees que me voy a morir quiero que me lo digas; quiero

saberlo; tengo que arreglar muchas cosas.

—Pues bien; no estás en peligro ni muchísimo menos; pero puesto que tú

mismo provocas la cuestión, creo sinceramente que si tienes algo que

disponer, puedes hacerlo.

—¡Ah!, tú crees... ¡Ah!

Sus dedos crispados dejaron de arañar la sábana; nervioso sacudimiento

recorrió su carne; sepultó la cabeza en las almohadas y quedó rígido.

—¡Tomás! ¡Tomás! —sollozó María precipitándose sobre él.

Tomás abrió los ojos; miró alternativamente a su mujer y a su sobrino;

sus labios se agitaron como queriendo hablar, pero la frase no salió.

—El oxígeno, Luis, el oxígeno.

Era ya tarde; los dientes, entreabiertos, no supieron sujetar la

boquilla.

—¡Tomás! ¡Tomás!

—¡Tío!

Tomás no oía. Sus ojos se vidriaban con rapidez visible; el gemido de

su garganta enronquecía; sus manos se enfriaban.

María, loca de desesperación, llamó a los criados.

—¡Juliana! ¡Paca! ¡Rafael! —sus gritos se perdieron en el silencio del

pasillo...—. ¡Dios mío, Dios mío!, no hay nadie..., se han ido todos...,

y este hombre se muere... ¡Dios mío, qué horrible! —gritó sollozando,

sin pensar que el enfermo vivía aún y podía oírla.

Luego, mirando a Luis, lívida la faz, húmedos los ojos, las manos

suplicantes, en un ademán de inmenso dolor, siguió rogando:

—Un cura, es preciso que venga un cura..., es posible que todavía

lleguemos a tiempo... Luis, ¿por qué no vas tú?...

—¡Te quedas sola!

—¡Qué importa eso! Lo principal es que venga un cura... Anda, Luis, ve,

ve en seguida.

Luis echó a correr sin preocuparse siquiera de coger un abrigo. En el

portal encontró a las criadas.

—Suban ustedes en seguida con la señorita..., el tío se muere.

Y salió corriendo por la plaza de San Ildefonso. Afortunadamente, la

parroquia estaba cerca. En la tibia oscuridad de la sacristía, un

pobre cura de cabellos blancos y enflaquecido cuerpo dormía dulcemente

sobre ancho sillón de cuero de Córdoba. Al enterarse del objeto de

la visita, se puso prontamente en pie, y con toda la rapidez que sus

años le consentían, acabó de vestirse, sacó los santos óleos, llamó al

monaguillo y echó a andar detrás de Luis, arrastrando los pies.

—¿Dice usted que está muy grave? ¡Pobre señor, pobre señor!, con tal de

que lleguemos a tiempo...

Sí, llegaron; vivía aún. El cura, con piadosísima paciencia, le dio

la santa unción sin que él, perdido ya el conocimiento, se enterara

de nada. Vivía aún, pero era solamente su carne ya la que vivía. Su

espíritu, su pensamiento, su inteligencia, ¡quién sabe dónde estaban!

¿Quién ha sabido nunca, quién sabrá jamás —pensaba Luis—, lo que ocurre

en el cerebro de un agonizante?

Terrible fue la noche, inacabable y triste. ¡Pobre tío Tomás! La

agitación de su pecho escuálido era cada vez más fuerte; más continuo

cada vez el estertor que enronquecía su garganta. Su carne estaba

lívida, rígidos sus miembros, su frente empapada de helado sudor que

María, sentada a la cabecera del lecho, enjugaba caritativa.

En este estado pasó toda la noche y parte del día siguiente. A eso

de las cuatro, el estertor cesó, sustituyéndole lentas, acompasadas

aspiraciones, algunas tan largas que dos o tres veces creyeron que

había muerto; pero no, venía otra aspiración y otra y otra más.

Cuando menos lo esperaban, un temblor imperceptible sacudió su cuerpo;

su boca se abrió en una postrera aspiración, y expiró.

Luis, como si le hubieran quitado de encima un peso enorme, dio un

fuerte suspiro y se dejó caer rendido y destrozado sobre el sillón.

Ella continuó de pie, rígida, inmóvil, la mirada tranquila, clavada

en el pálido rostro del cadáver, con la serena impasibilidad de una

esfinge.

Ganarás el pan... · 第 24 / 52 题