Los temores del doctor Núñez se confirmaron, por desgracia. La
enfermedad que aquejaba al pobre tío Tomás progresaba rápidamente.
El dolor no desaparecía, los esputos no menguaban, la fiebre, lejos
de ceder, se hizo más constante, más continua, recrudeciéndose con
alarmante intensidad en los crepúsculos. Parecía imposible que
el cuerpo pudiera soportarla. A simple vista, sin necesidad de
conocimientos patológicos, se comprendía claramente que aquella
naturaleza envejecida y quebrantada no podía resistir mucho tiempo,
que en la terrible lucha con la muerte, la muerte tenía que ser la
vencedora.
—¡Valiente hazaña! —añadía el doctor Núñez a guisa de comentario—.
Triunfar de un cuerpo aniquilado y destruido. ¡Ah, si contáramos con
un poco, nada más que con un poco de energía, ya le diría yo a usted,
señora intrusa! Pero así no es posible, no es posible, no hay que
hacerse ilusiones.
—De modo que...
—Que esto es cosa perdida. Se nos va, amigos míos, se nos va y mucho
antes de lo que ustedes imaginan. Quizá mañana, quizá esta misma
noche. Si ustedes quieren, para tranquilidad de su conciencia, que le
vea otro médico, un especialista, yo no solo no tengo inconveniente,
sino que, por el contrario, me alegraré muchísimo. Pero repito que es
inútil; esto está perdido, completamente perdido.
—¿De manera que no se puede hacer nada?
El doctor calló un momento; bajó al suelo los ojos, frunció el
entrecejo y con la tristeza del hombre que tiene que reconocer su
impotencia, con la vergüenza del que se ve forzado a reconocer su
ignorancia, con el abatimiento del que en un instante comprende toda la
inutilidad de su ciencia, la esterilidad de treinta años de trabajo y
de estudio, contestó sordamente:
—Nada.
Luego, cambiando de tono, en voz baja, ya cerca de la puerta, cuando
Luis salió a despedirle, añadió todavía como para destruir toda
esperanza:
—Si este señor tiene que disponer algo, aconséjele usted que lo
haga pronto. —Y como observase en el rostro del joven un gesto de
contrariedad, se encogió de hombros y le dijo—: En fin, eso allá usted;
yo cumplo con mi deber advirtiéndolo.
Dio dos fuertes chupadas al cigarro, que brilló en la penumbra, y echó
pausadamente escaleras abajo.
Luis quedó anonadado. Esperaba el desenlace, pero no tan pronto;
confiaba en que algún remedio heroico, algún recurso de última hora,
podrían prolongar la lucha, aunque la lucha fuera la agonía. Y he
aquí que la ciencia se cruzaba de brazos y le contestaba con brutal
sinceridad:
—Nada, no es posible hacer nada, se muere.
¡Se muere! Y ante el poder sugestivo de esta idea que retumbaba en
su cerebro con vibración inacabable, todas las demás ideas callaron
aturdidas; doloroso abatimiento se apoderó de su espíritu y los
músculos le flaquearon hasta el punto de tener que apoyarse en la pared
para no caerse. En esta actitud le sorprendió María.
—¿Qué te ha dicho Núñez?
—Tú lo oíste: que se muere.
—Sí, se muere; lo sé desde ayer. Cuando ayer Núñez dudaba todavía, yo
estaba ya segura. Sí, se muere. ¡Pobre Tomás! Él es el único que no
lo sabe; confía como un niño en fuerzas que no tiene y lucha como ha
luchado siempre: heroico y tenaz. ¡Pobre Tomás!
Plegó las manos con religiosa compasión y quedó largo rato pensativa.
Luego, balbuciendo, como si le costara gran esfuerzo, dijo:
—Yo quisiera que se confesara, ¿sabes?; pero no me atrevo a
indicárselo. A ti te hace más caso. ¿Por qué no se lo indicas tú?
—Eso me aconsejó Núñez; pero yo, la verdad, no me atrevo. Como tú misma
has dicho, él no cree que se muere. La presencia de un cura sería la
destrucción de esa esperanza, sería la notificación de su sentencia,
sería..., sería terrible. No me atrevo, María, no me atrevo; yo no le
quito a mi tío una hora de vida.
—Pero, ¿y su alma, Luis, y su alma? ¿Y la tranquilidad de nuestras
conciencias?
—La mía lo está; yo estoy seguro de cumplir con mi deber de hombre
honrado, no turbando en el instante supremo de la muerte la paz de su
alma, no destruyendo su ignorancia, que es en este caso su felicidad.
No quiero entrar a analizar si hago mal o hago bien obrando de esta
manera: creo que hago bien y así obro.
—Pues yo te aseguro que haces mal, muy mal, Luis. Tú crees que nuestra
misión ha terminado, y nuestra misión empieza ahora. Hemos hecho cuanto
ha sido posible por salvar su cuerpo; hagamos lo mismo por salvar su
alma.
Y como Luis callase, ella prosiguió con mística exaltación:
—El alma no es nuestra, Luis; es un depósito que Dios nos entrega al
enviarnos a este mundo y del cual tenemos que darle estrecha cuenta
el día que en su presencia nos hallemos. Dios quiere que ese día nos
encontremos limpios y sin mancha. Por eso, en su misericordia infinita,
concede hasta a los más malos un instante de arrepentimiento: que un
solo instante de contrición, si es sincera, basta y sobra para borrar
todos los errores y purificar todos los pecados. Luis, Luis, piensa
bien lo que vas a hacer, medita la grave responsabilidad moral que
puedes adquirir, quitándole a tu tío, por una compasión mal entendida,
la verdadera tranquilidad de su espíritu, tal vez la salvación eterna.
—Quizá tengas razón, no lo discuto. En estas cosas no discuto nunca.
Malas o buenas, tengo mis ideas; tú tienes las tuyas; yo las respeto.
¿Crees que debe confesar? Pues aconséjaselo.
—¿Yo? Bien sabes que esto no es posible. Bastaría que yo se lo dijera
para que hiciese lo contrario. No es por mí por quien temo, es por él.
—Pues yo, la verdad, no me atrevo, no me atrevo, María.
Ella se aproximó más aún; le estrechó suavemente las manos, y
envolviéndole en la dulce mirada de sus ojos azules, le dijo en voz
baja:
—¿Y si yo te lo pidiera?
—Sentiría decirte lo mismo.
—Pues bien, a pesar de eso, te lo suplico.
—¡María!
—Te lo ruego, te lo suplico, ¿ves?, así, de rodillas.
—Levanta.
—No; mientras no accedas a mis súplicas, no. Es un favor que yo te
pido. Hazlo por mí.
—Bien, pero levanta.
—¿Lo harás?
—Sí.
—Gracias, Luis, muchas gracias. Dios te lo pagará.
Y huyó como una sombra.
Luis vaciló todavía un instante. Después, paso a paso, con el
abatimiento del hombre que tiene que comunicar una sentencia, penetró
en la alcoba y se sentó a la cabecera de la cama. Pero por más que
estrujaba el cerebro, no daba con la fórmula de la proposición.
¡Demonio, demonio, sí eran difíciles estas cosas!
—¿Qué, cómo te encuentras? —preguntó por empezar de algún modo.
—Bien, bien, mucho mejor; lo que es esta vez, la muerte se fastidia; me
escapo.
¡Vaya usted a decirle a un hombre que opina de este modo que es preciso
confesarse!
—Sí, sí, mucho mejor —continuó animadamente—; no me duele nada; respiro
muy bien. Mañana le pediré permiso a Núñez para sentarme un rato en el
sillón. No quiero estar en la cama. Me debilita mucho.
Pidió a su sobrino que le ayudase a volverse del otro lado y se durmió.
Luis se inclinó sobre la almohada y contempló con ansiosa curiosidad el
rostro del enfermo. ¿Se habría equivocado Núñez? ¿Persistiría el alivio
o, por el contrario, sería este alivio la mejoría de la muerte?
La ilusión duró poco. Violento acceso de tos despertó bruscamente al
enfermo. Sus manos golpearon la sábana y su frente se contrajo con
dolorosa crispación...
—Me ahogo..., me ahogo..., esta tos me mata.
Una cucharada de jarabe pareció calmarle un poco; pero los movimientos
de su pecho siguieron continuos, jadeantes, extendiéndose hasta los
hombros descarnados, que se elevaban y se hundían con continuo vaivén
regulador y acompasado. Ronco gemido silbaba en su garganta. Pidió
trabajosamente el balón de oxígeno que, a prevención, había recetado
Núñez, y aspiró con avidez algunas bocanadas. Esto y otra cucharada de
jarabe, le tranquilizaron por completo.
—¿Estás mejor?
—Sí, no tosiendo... Lo que me fatiga es la tos... Si no fuera por
ella, mañana me podría ya levantar, no me duele nada, no tengo fiebre;
mira —extendió su mano húmeda buscando la de Luis y prosiguió—: ¿ves
cómo no tengo fiebre?
Era falso; tenía fiebre y mucha; su piel abrasaba; el pulso en la
muñeca latía apresurado.
—Siento la cabeza algo pesada; pero esto es de la misma debilidad.
Estoy muy débil, muy débil, y la culpa la tenéis vosotros, que no
queréis que me levante. No sabéis lo que debilita la cama. Mañana me
levanto, sí, me levanto, queráis o no queráis.
Luego, temiendo que si seguía hablando le acometiera otro acceso de
tos, calló y cerró los ojos.
Viéndole tan tranquilo y queriendo evitar, por otra parte,
explicaciones con María, Luis se marchó a su cuarto y se acostó. Cuando
se levantó (cerca del mediodía), el enfermo había recaído mucho. Su
voluntad, no obstante, continuaba luchando con heroica tenacidad por
ahuyentar la idea de la muerte, resistiéndose a ella, queriendo a todo
trance conservar la miserable vida. Empeñábase en que Núñez se había
equivocado y pedía a gritos que le trajeran un médico de fama, un
especialista, recordando curas maravillosas realizadas en amigos suyos.
Después habló de sus proyectos para cuando se restableciera.
—Nos mudaremos —decía— a un cuarto bajo; tomaré un abono de berlina,
y los días que estén buenos, Rafael (el ordenanza del Tribunal de
Cuentas) y tú me subiréis en el coche y me iré a dar un paseo por la
Moncloa.
Después, conforme la tarde fue cayendo, sus energías decayeron
también. Cesó de hablar. Sus ojos se cerraron. Únicamente sus dedos
crispados seguían golpeando y arañando el embozo con constante y
nervioso movimiento. A eso de las seis llamó a su sobrino; le obligó a
reclinarse sobre él, y cuando le tuvo cerca de su rostro, muy cerca, le
preguntó en voz baja:
—Oye, ¿tú crees que me voy a morir?
Luis se estremeció. Todo el día había estado esperando esta frase, y
ahora que la frase llegaba, no sabía qué contestar.
—¿Por qué me dices eso? —preguntó a su vez, confuso y aturdido.
—Porque si crees que me voy a morir quiero que me lo digas; quiero
saberlo; tengo que arreglar muchas cosas.
—Pues bien; no estás en peligro ni muchísimo menos; pero puesto que tú
mismo provocas la cuestión, creo sinceramente que si tienes algo que
disponer, puedes hacerlo.
—¡Ah!, tú crees... ¡Ah!
Sus dedos crispados dejaron de arañar la sábana; nervioso sacudimiento
recorrió su carne; sepultó la cabeza en las almohadas y quedó rígido.
—¡Tomás! ¡Tomás! —sollozó María precipitándose sobre él.
Tomás abrió los ojos; miró alternativamente a su mujer y a su sobrino;
sus labios se agitaron como queriendo hablar, pero la frase no salió.
—El oxígeno, Luis, el oxígeno.
Era ya tarde; los dientes, entreabiertos, no supieron sujetar la
boquilla.
—¡Tomás! ¡Tomás!
—¡Tío!
Tomás no oía. Sus ojos se vidriaban con rapidez visible; el gemido de
su garganta enronquecía; sus manos se enfriaban.
María, loca de desesperación, llamó a los criados.
—¡Juliana! ¡Paca! ¡Rafael! —sus gritos se perdieron en el silencio del
pasillo...—. ¡Dios mío, Dios mío!, no hay nadie..., se han ido todos...,
y este hombre se muere... ¡Dios mío, qué horrible! —gritó sollozando,
sin pensar que el enfermo vivía aún y podía oírla.
Luego, mirando a Luis, lívida la faz, húmedos los ojos, las manos
suplicantes, en un ademán de inmenso dolor, siguió rogando:
—Un cura, es preciso que venga un cura..., es posible que todavía
lleguemos a tiempo... Luis, ¿por qué no vas tú?...
—¡Te quedas sola!
—¡Qué importa eso! Lo principal es que venga un cura... Anda, Luis, ve,
ve en seguida.
Luis echó a correr sin preocuparse siquiera de coger un abrigo. En el
portal encontró a las criadas.
—Suban ustedes en seguida con la señorita..., el tío se muere.
Y salió corriendo por la plaza de San Ildefonso. Afortunadamente, la
parroquia estaba cerca. En la tibia oscuridad de la sacristía, un
pobre cura de cabellos blancos y enflaquecido cuerpo dormía dulcemente
sobre ancho sillón de cuero de Córdoba. Al enterarse del objeto de
la visita, se puso prontamente en pie, y con toda la rapidez que sus
años le consentían, acabó de vestirse, sacó los santos óleos, llamó al
monaguillo y echó a andar detrás de Luis, arrastrando los pies.
—¿Dice usted que está muy grave? ¡Pobre señor, pobre señor!, con tal de
que lleguemos a tiempo...
Sí, llegaron; vivía aún. El cura, con piadosísima paciencia, le dio
la santa unción sin que él, perdido ya el conocimiento, se enterara
de nada. Vivía aún, pero era solamente su carne ya la que vivía. Su
espíritu, su pensamiento, su inteligencia, ¡quién sabe dónde estaban!
¿Quién ha sabido nunca, quién sabrá jamás —pensaba Luis—, lo que ocurre
en el cerebro de un agonizante?
Terrible fue la noche, inacabable y triste. ¡Pobre tío Tomás! La
agitación de su pecho escuálido era cada vez más fuerte; más continuo
cada vez el estertor que enronquecía su garganta. Su carne estaba
lívida, rígidos sus miembros, su frente empapada de helado sudor que
María, sentada a la cabecera del lecho, enjugaba caritativa.
En este estado pasó toda la noche y parte del día siguiente. A eso
de las cuatro, el estertor cesó, sustituyéndole lentas, acompasadas
aspiraciones, algunas tan largas que dos o tres veces creyeron que
había muerto; pero no, venía otra aspiración y otra y otra más.
Cuando menos lo esperaban, un temblor imperceptible sacudió su cuerpo;
su boca se abrió en una postrera aspiración, y expiró.
Luis, como si le hubieran quitado de encima un peso enorme, dio un
fuerte suspiro y se dejó caer rendido y destrozado sobre el sillón.
Ella continuó de pie, rígida, inmóvil, la mirada tranquila, clavada
en el pálido rostro del cadáver, con la serena impasibilidad de una
esfinge.