—Es un chiquillo —dijo Perico Castro limpiándose los labios con la
servilleta—, un niño mimado, que hasta ahora ha tenido la suerte de no
necesitar de nada ni de nadie. Pero, deje usted, que arrieritos somos...
Boncamí, muy atareado en partir un trozo de bistec, no contestó.
—Con menos presunción y menos tontería —siguió diciendo Castro— es
indudable que Gener llegaría a ser algo. Le sobran condiciones, talento
claro, ingenio fino, observación profunda, ilustración vastísima,
cultura sólida, demasiado sólida quizá; yo temo que le perjudique.
Siempre he creído que ese chico tiene demasiada cultura.
—Eso no perjudica nunca.
—A él sí, porque con esa manera tan particularísima de ver las
cosas, el arte especialmente, resulta que no le gusta nada de lo que
se hace; todos los escritores de ahora somos unos imbéciles, unos
viles imitadores que nos pasamos la vida copiando: este argumento es
de Shakespeare; este símil lo utilizó ya Esquilo; esta frase es de
Goethe; este pensamiento lo desarrolló Leopardi en un soneto. Y a
continuación, ¡pum!, ¡pum!, le suelta a usted el soneto íntegro, porque
eso sí, el hombre tiene una memoria privilegiada. ¿Y usted cree que es
posible trabajar de este modo? ¿Usted cree que es posible escribir una
línea bajo la presión de estas preocupaciones? Yo, por mi parte, le
confieso a usted ingenuamente que no podría, no, no podría, me sería
completamente imposible.
Callose un momento para llevarse a la boca unas cuantas patatas fritas
y después continuó:
—¿Pues y las cuestiones de estilo? Una asonancia le descompone, una
cacofonía le vuelve loco, tres monosílabos seguidos... ¡Jesús qué
horror! ¿Y la busca y captura del adjetivo?, el adjetivo justo,
preciso, _que dé la sensación_ y al mismo tiempo que no rompa el ritmo
de la frase, la augusta sonoridad del párrafo... ¡Figúrese usted, si
uno fuera a preocuparse de estas cosas! Nada, nada, créame usted, ese
chico está loco, no hará nada en la vida.
Boncamí, aunque tímidamente, se atrevió a protestar.
—Hombre, yo no entiendo de estas cosas, pero a mí, la verdad, me parece
todo lo contrario. Yo creo que precisamente por este modo de trabajar
y sentir el arte, el día que acierte, como acertará con una obra
original, acertará de golpe.
—¿Usted lo cree?
—Sí; estoy convencido de que Gener ha de triunfar. No sé cuándo ni
cómo, pero estoy seguro de que ha de hacer algo, no sé el qué, pero
algo muy grande.
—¿Con esos procedimientos?
—Por ellos precisamente.
Ambos amigos callaron un instante. El camarero retiró el servicio y
sirvió los postres.
—No se come mal, ¿verdad? Por dos pesetas, después de todo, ¿qué
va usted a pedir? —dijo Castro. Luego, volviendo a reanudar la
conversación sobre Gener, añadió—: Además, ese muchacho tiene
un carácter muy especial, un orgullo desmedido, una presunción
intolerable. Cree que todo se lo merece. Ya le ha visto usted hoy. Otro
cualquiera, con lo que yo le he ofrecido, se hubiera vuelto loco de
contento; él..., ya oyó usted..., no sé, veremos..., no me seduce el
periodismo.
—Sí, eso es cierto.
—En todo es igual. El año pasado, cuando hice _La colcha de damasco_,
la zarzuela que más dinero me ha dado a ganar, fui a buscarle para que
la escribiéramos juntos. El asunto era mío, los asuntos son siempre
míos; ahora que, como no sé dialogar, necesito colaborador. Pues
bien, a las primeras de cambio me dijo que el argumento le parecía un
disparate, y como viera que yo, cediendo en mi amor propio, consentía
incluso en reformarle, acabó por decirme: «Mira, no te molestes; yo no
me prostituyo con el género chico». Como es natural, tuve que mandarle
a paseo. Pedrosa fue el que salió ganando con estos desplantes, porque
se metió bonitamente un puñado de duros en el bolsillo sin comerlo ni
beberlo, porque después de todo no hizo más que dialogar la obra. El
asunto era mío.
Boncamí tuvo tentaciones de darle con la botella en las narices. Sin
embargo, se contentó con decir:
—Sí, el asunto..., el argumento..., es claro... Siga usted.
—Siente un desprecio profundo por el género chico, un desprecio que
raya en odio. Según él, todos los autores cómicos debíamos estar en la
cárcel. No hacemos más que profanar el arte, embrutecer al público,
estropear su paladar. ¡Como si el público entendiera de arte! Váyale
usted al publiquito de Apolo con arte y prosa rítmica, verá usted qué
pateo le mete. Y es natural, señor. Cada cosa en su sitio. Quédese
el arte para esos libritos de papel _couché_, que se editan para
regalarlos a los amigos porque no hay quien los compre, y que nos dejen
a nosotros con nuestros chistes y nuestras burradas que son las que
divierten y las que dan dinero. ¿No es verdad?
—Sí, hombre, sí; habla usted como un sabio.
—¡Pues es claro! ¿Por qué ese odio contra el género chico? ¿Cuál es el
objeto del género chico? Entretener. ¿Lo consigue? Pues entonces no
es tan malo. Y sobre todo, si no existiera el género chico, ¿de qué
viviríamos nosotros?
Lo dijo con tan ruda franqueza que Boncamí se le quedó mirando. «Este
hombre —pensó— o es un gran imbécil, o es un gran sinvergüenza».
Castro, sin alterarse, prosiguió con tono convencido:
—Hay que ser prácticos y dejarse de tonterías. Las teorías de Luis son
muy bellas, pero inadmisibles. Con arte no se come, y lo primero a que
hay que atender es al estómago. Hay que hacer dinero. Después, cuando
se posea, es cuando uno puede permitirse el lujo del arte, un deporte
como otro cualquiera. Lo demás es salirse del tiesto y vivir fuera de
la realidad, como vive Luis.
—Pues si tan iluso le cree usted —dijo Boncamí, que no pudo
contenerse—, ¿por qué ha ido usted a solicitarle?
—Hombre, le diré a usted. En primer lugar, yo no he negado nunca que
Luis tenga talento; al contrario, estoy convencido de que lo tiene,
de que en un periódico puede ser un elemento útil; en segundo lugar,
yo podré censurarle como artista, pero le querré siempre como amigo.
Me explicaré —añadió, al ver que Boncamí le miraba asombrado—: Luis,
hoy por hoy, no necesita trabajar para comer. Vive con su tío, que
está bastante bien y, por lo tanto, nada le hace falta. Pero ¿y el día
que su tío muera, lo cual puede suceder de un momento a otro, porque
el pobre señor está muy malo, qué será de ese chico? Sin carrera, sin
fortuna, sin medios de vida, con ese carácter tan especial que Dios le
ha dado...
Boncamí empezaba a comprender. Apoyó los codos sobre la mesa y se puso
a escuchar a Castro con marcada atención.
—Luis quedó huérfano de madre, muy niño. Su padre, que por lo visto era
también un señor algo especial, le metió en un colegio francés hasta
los dieciocho años, y de allí le envió a estudiar la carrera de Derecho
a la Universidad de Bolonia. Cuando se hallaba en el tercer año, le
sorprendió la muerte de su padre. Vino a España a recoger la herencia
que le correspondía, unos cuarenta mil duros, y como nada le tiraba en
su tierra ni en ella tenía cariños ni afecciones, cogió el dinero y
se marchó a París, donde se dio tal prisa a gastarse los cuarenta mil
duros, que de no ocurrir la catástrofe de su primo, que le obligó a
venir precipitadamente a Madrid, hubiera tenido que pedir limosna por
las calles. Pero, de todos modos, el viaje solo fue un compás de espera
en su ruina, una larga, porque lo que no se tragaron los _cabarets_ de
Montmartre y los _restaurants_ de los bulevares, se lo engulleron La
Bombilla y los reservados de Fornos. Total, que hoy Luis no tiene más
capital ni más fortuna que una casa en su tierra, una casucha de mala
muerte que ha querido conservar en un acceso de sentimentalismo, porque
en ella nació él y en ella acabó sus días su pobre madre.
—Pero ¿y su tío? ¿No dice usted que está bien? Pues el día que se
muera, Luis volverá a heredar.
—¡Ca! Don Tomás Gener es de los que se llevan la llave de la despensa.
Hoy no le falta nada porque cobra cincuenta mil reales como ministro
del Tribunal de Cuentas, porque es consejero de varias Compañías que
le siguen pagando en recuerdo y agradecimiento de pasados servicios,
porque ahora el pobre señor no sirve para nada; desde la catástrofe de
su hijo es hombre perdido.
—¡Caramba! —dijo Boncamí, curioso—. Por dos veces le he oído a usted
pronunciar la misma frase. ¿Qué catástrofe es esa?
—¡Pero cómo! —contestó Castro, admirado—, ¿no conoce usted la historia?
—Hombre, no —contestó Boncamí no menos admirado—, no la conozco.
—Pues, hijo, es usted el único; todo Madrid lo sabe. Una historia
terrible. Se la contaré a usted.
Sorbió el café que quedaba en la taza, lió un pitillo, se acomodó en la
silla, y como el que se dispone a una larga relación, dijo:
—Era don Tomás Gener, el tío de Luis, hombre de carácter campechano
y alegre, francote en sus ideas, natural en sus modales, ducho en
el conocimiento del mundo, y amigo, según se decía, de aventuras y
trapicheos. Estaba viudo y tan encantado con su viudez que se ponía
nervioso cuando se hablaba de matrimonio en su presencia. Y no es que
no le gustasen el amor y las mujeres, nada de eso; la vida alegre
que llevaba, demostraba todo lo contrario. Tampoco podía ser por
experiencia adquirida en su primer matrimonio, pues todos aseguraban
que le había tocado en suerte una de las más honradas, virtuosas y
discretas mujeres de este mundo. Y tampoco podía ser por recuerdo a
la memoria de esta, pues si bien es cierto que don Tomás la quiso y
respetó mientras la tuvo a su lado, no estuvo jamás enamorado de ella.
Su memoria debilitola pronto el tiempo, y si después de muerta la
recordaba alguna vez, era solo para alabarla como mujer de su casa,
hacendosa, callada y buena, nada más. Una sola causa podía haber, pues,
que justificara este odio al matrimonio. Su hijo, la única pasión de
su alma, Carlos. La idea de que otra persona pudiera tener autoridad
sobre el muchacho le descomponía; la duda solo de que otra persona
pudiera arrebatarle su cariño, le desconcertaba. Y no quiero decir
a usted si esa persona en vez de quererle le hubiera odiado: ¡ah!,
entonces todas las venganzas del mundo hubieran parecido pocas a Gener.
»Conocidos estos antecedentes, fácil le será a usted comprender la
horrible lucha que en su alma se agitaba. Enamorado de una mujer con
toda la pasión y la vehemencia de la segunda edad, mucho más terrible
que la primera, porque no puede existir, no existe la confianza en el
futuro; porque la razón y la experiencia están en su apogeo, y por
tanto, no pueden, no deben ser vencidas por el sentimiento y la fe, sus
enemigos que pasaron ya; porque en esta edad los placeres matrimoniales
hállanse más sabrosos que nunca, quizá porque el cuerpo no puede ya
soportarlos; porque una negativa, en fin, no es una desilusión, un
desengaño, es mucho más, es la muerte del alma, es el asesinato del
corazón. Por otra parte, el cariño imperioso que sentía por Carlos le
hacía considerar este amor como una locura, una tontería, un disparate
indigno de sus años. En su conciencia de padre desaparecía la mujer
querida, llena de bondad y de ternura, y quedaba solo la madrastra,
fría, severa, orgullosa, insensible. Recriminábase entonces, prometía
ser fuerte y desterrar lejos de sí aquel amor que solo podía ser
pasajero capricho, brutal deseo, desbordamiento de lujuria. Pero
este amor crecía, se agrandaba ante los obstáculos como se agrandan
las olas ante el dique que quiere contenerlas. Un día, por fin, la
tentación fue demasiado grande. Carlos no estaba en Madrid. Aquella
mujer se le aparecía sonriente y enamorada, brindándole un amor dichoso
y tranquilo. Perdió la voluntad, se sintió débil y como una mariposa
cegada por la luz se precipita en ella, él se cegó también y se casó.
Castro calló un momento para ver el efecto que en Boncamí producía su
estilo brillante; pero como el pintor, más atento al interés del fondo
que a las bellezas de la forma, nada le contestara, encendió de nuevo
el pitillo que se había apagado y prosiguió:
—Los primeros meses de matrimonio transcurrieron para don Tomás
dichosos y felices. Su mujer le respetaba y le quería. Amante y
tierna, había cumplido cuanto de su ternura y de su bondad podía
esperarse, y por lo que se refiere a los temores que abrigaba acerca
del recibimiento que Carlos pudiera dispensar a su nueva madre,
habían todos desaparecido. Era feliz, completamente feliz. Pero a
partir de este momento, un nuevo pesar que se fue agrandando poco a
poco, vino a turbar la paz que disfrutaba. Su hijo, aquel muchacho
antojadizo y voluntarioso, se había vuelto de pronto, de decidor y
alegre que era, en pensativo, malhumorado y triste. Apenas salía de
casa. Presa de una inexplicable melancolía, procuraba huir de todo
aquello que a fiesta y diversión se asemejasen. Llegó hasta olvidar
sus habituales ocupaciones. Su mirada había adquirido un brillo
extraño, intenso, casi fosforescente, que daba miedo. Su voz era
temblona, pausada, hueca, sus ideas incoherentes, su modo de ser...
inexplicable. Permanecía sentado horas y horas tras los visillos del
balcón, con la frente apoyada en los pálidos dedos por los cuales se
filtraban raudales de lágrimas, la mirada perdida en el vacío y el
oído atento, como prestando atención a algún rumor imaginario. Desde
los principios de su enfermedad, Carlos se había negado rotundamente
a ser visitado por ningún médico, pretextando que no valía la pena de
ser estudiada ni atendida. Atribuíala a una gran excitación nerviosa, a
una irritabilidad de los sentidos, de la que tardaría poco en curarse,
producida por alguna causa moral que fingía ignorar. Y que esta causa
moral existía, no cabía duda. Todos estábamos convencidos de ella.
Pero cuantas preguntas se le hacían resultaban inútiles, todas se
estrellaban ante la respuesta inevitable: «No tengo nada». Una noche
después de cenar y cuando el matrimonio se disponía a acostarse,
escucharon con terror un tiro; acudieron al cuarto de Carlos y le
encontraron con la cabeza destrozada.
—¡Qué barbaridad!
—¿No le decía yo a usted que era una historia horrible? Pues ya verá
usted, ya verá usted. ¿Quiere que tomemos una copa de coñac?
—Como usted quiera.
—¡Mozo!, dos copas de coñac. Bueno, pues, verá usted... —encendió otro
pitillo y continuó—: Como si la vida de Carlos fuese necesaria para la
suya propia, don Tomás fue perdiendo las fuerzas poco a poco. Aquella
energía, principal distintivo de su carácter, se fue debilitando;
aquel cerebro sano y pletórico, fácil en pensar y en discurrir, se
vio invadido por ideas confusas, atropelladas, incoherentes, por
terribles sacudidas nerviosas, violentas crisis que le dejaban abatido.
Postrado en el sillón, pasábase la mayor parte de las noches en vela,
devanándose los sesos con extrañas investigaciones, batallando con su
conciencia, para dar con la causa, para él inexplicable, del suicidio
de Carlos. —Interrumpiose para tomar un sorbo de coñac y prosiguió—:
Estas terribles luchas, minando poco a poco su existencia, concluyeron
por dejarle en un estado de postración imposible. Las crisis nerviosas
más violentas y frecuentes de día en día, se hicieron periódicas y
concluyeron con una hemiplejia que, si no le causó la muerte, le dejó
imposibilitado del lado derecho. Llegó a ser solo un cuerpo, una masa
animada únicamente por una idea, por aquella idea que se agitaba,
haciéndolas vibrar, entre las células de la indagación y del análisis,
que debía darle la explicación del suicidio de Carlos. Una mañana en
que, después de una noche de insomnio y de fatiga, procuraba arrancar
de sus ojos una lágrima más de resignación y de esperanza, se acercó
su mujer y se lo contó todo. Carlos se había enamorado de ella. Ella,
¡es claro!, le había rechazado, primero porque era un hombre, después
porque era su hijo. Un día Carlos le aseguró que si no le correspondía
se suicidaba, a lo cual no hizo caso, creyéndolo una de las muchas
exageraciones con que se declaraba siempre. Yo no sé lo que don Tomás
contestaría, pero lo cierto es que desde aquel momento tomó a su mujer
un odio a muerte, tanto más terrible cuanto que se veía imposibilitado
de vengarse. Impotente para poder ahogarla entre sus manos, ha
concentrado todo su odio en la lengua, y con ella le escupe a la cara
los insultos más soeces, las frases más dolorosas para la dignidad de
una mujer.
—¿Y ella? —preguntó Boncamí, conmovido.
—Pues, nada, ella sufre y calla y lo tolera llena de compasión. Y es
ella la que ahora pasa noches en vela, cuidándole y consolándole, llena
de inmensa, de santa caridad.
—¡Pobre mujer! —dijo Boncamí.
—Sí, ¡pobre mujer! —añadió Perico.
Y ambos quedaron pensativos y tristes ante sus copas de coñac, que el
gas hacía brillar como grandes topacios.
V
Al volver a casa se encontró Luis con la desagradable noticia de que su
tío Tomás estaba enfermo.
—En cuanto te marchaste —le dijo su tía—, le entró un frío muy grande,
con temblor en todo el cuerpo y castañeteo de dientes. Le di una taza
de flor de malva y llamé al médico.
—Has hecho perfectamente. Y él ¿de qué se queja?
—Dice que le duele mucho el costado y la cabeza. Tiene, además,
bastante calentura.
Hasta las nueve y media no vino el doctor Núñez; reconoció
detenidamente al enfermo y dijo que padecía un catarro pulmonar.
—La cosa en sí no es de cuidado; pero dada la edad de este caballero,
su naturaleza gastada y, sobre todo, su estado, cualquier complicación
podría revestir gravedad. No quiere decir esto que hoy exista, nada de
eso; pero hay que tener poca confianza, muy poca.
—Bueno, pero en resumen, ¿usted, cómo le encuentra?
—Pues, la verdad...
No se atrevía a anticipar juicio alguno concreto. Recetó varios
medicamentos y se despidió hasta el día siguiente.
El tío Tomás se encontraba muy abatido; la respiración era cortada,
fatigosa, interrumpida a cada instante por violentos accesos de tos que
le obligaban a incorporarse trabajosamente sobre el brazo izquierdo.
Debía tener mucha fiebre. No obstante, conservaba íntegras sus
facultades mentales.
—¿Por qué no te acuestas? —dijo de pronto al ver a su sobrino sentado
en un sillón cerca de él—; debes tener sueño. Anda, vete a la cama;
María se quedará cuidándome.
A pesar del tono cariñoso con que estas palabras habían sido dichas,
Luis creyó notar en ellas una intención perversa, algo así como deseo
de mortificar a su mujer. Ella debió pensar lo mismo, porque amarga
sonrisa se dibujó en sus labios; pero recogiéndola en seguida, contestó:
—Sí, Luis, acuéstate. Yo me quedaré.
—Pero, mujer, ¿cómo te vas a quedar toda la noche, con el frío que hace?
—Sí, yo me quedo. Vete tú a la cama. —Y como Luis vacilara, insistió—:
Túmbate por lo menos en el sofá. Si haces falta, yo te llamaré.
Y le obligó a acostarse en la _chaise longue_, después de ponerle una
almohada y taparle ella misma con maternal solicitud.
Luis, realmente preocupado, no opuso resistencia. Mil ideas lúgubres se
apoderaron de su cerebro en cuanto se vio solo. ¿Qué sería de él si su
tío llegaba a morirse? Sin recursos, sin fortuna, sin medios de vida,
¿qué le esperaba?, la miseria, esa miseria horrible que no pueden
remediar la caridad ni la limosna. Tan negro vio el porvenir, que,
por un momento, le pareció el suicidio la cosa más lógica y natural;
pero rechazó en seguida este pensamiento como indigno de un hombre de
valor. Un hombre de valor tiene la obligación de luchar por la vida;
lucharía hasta donde pudiera. Si triunfaba, ¡qué gran satisfacción para
la vanidad! Si sucumbía, ¡qué tranquilidad en la conciencia! ¿Y por qué
había de sucumbir? ¿Acaso no tenía tanto talento, bastante más talento
que muchísimos que el público aplaudía a diario? Sí, él trabajaría
para subir y llegaría, ¿qué duda cabía de eso? Súbitamente recordó las
palabras de Boncamí: «si algún día hace usted algo, hágalo grande, no
se empequeñezca». Sí, lo haría, lo haría grande, tan grande, que su
cerebro, hasta entonces anónimo, se destacara de un golpe cien codos
por encima de todos los demás. Ignoraba aún qué cosa sería esta, pero
tenía la convicción de realizarla. Los asuntos existen, no hay más que
buscarlos —pensó, recordando la frase del pintor—; y se quedó mirando
al techo esperando que en él apareciera el glorioso asunto.
En el reloj del gabinete dieron las doce, y como respondiendo a mágico
conjuro, la bombilla eléctrica se encendió de pronto iluminando la
alcoba. Por la abertura que dejaban los cortinones de terciopelo azul,
vio a María acercarse a la cabecera del enfermo y darle una cucharada
de medicina. Después, la luz apagose de nuevo y la alcoba volvió a
quedar sumida en la oscuridad y en el reposo.
No había más remedio que trabajar, que salir de aquella situación
terrible y angustiosa, calmar la fiebre que sentía de amor, de gloria,
y, ¿por qué no decirlo?, de dinero.
De pronto tuvo una visión deliciosa. Estrenábase un drama suyo. El
público, de pie, pedía entusiasmado el nombre del autor. Díaz de
Mendoza, que representaba el papel de protagonista, se adelantaba al
proscenio y los aplausos cesaban un instante para volver a sonar otra
vez con más fuerza apenas pronunciada la última sílaba de su apellido.
¡Que salga! ¡que salga!, gritaba entusiasmado el público, y él salía
entre Mendoza y María Guerrero. El telón subía y bajaba y volvía a
subir, siempre en medio de aplausos delirantes, de aclamaciones de
entusiasmo. Bruscamente, la visión del teatro desaparecía y solo
quedaba un palco, un palco principal, donde una mujer joven y hermosa
aplaudía frenéticamente. Después, el palco desaparecía también y la
mujer quedaba aplaudiendo, aplaudiendo siempre. Y esta mujer era María,
la mujer de su tío.
Trató de rechazar estas ideas y cerró los ojos; pero la visión apareció
con más fuerza, aferrándose a su cerebro con la terquedad de una
obsesión.
¿Qué la diría si no triunfaba? ¿Con qué cara se presentaría ante
ella, él, que soñaba con hacerla suya el día que la muerte rompiese
los lazos que la unían a su tío Tomás? ¿Cómo iba a decirle: renuncia
a tu viudedad, cásate conmigo, resígnate a ser pobre; cuando todos
los tesoros del mundo le parecían pocos para dárselos? Y queriéndola
como la quería, con este amor puro, santo, hermoso, ¿iba a descender
a proponerle brutal amancebamiento? Ni él osaría jamás proponérselo,
ni ella sería capaz de aceptarlo. La conocía; por eso precisamente la
adoraba, por eso la quería, porque estaba seguro de que era honrada y
buena, porque ahíto de poseer cuerpos, necesitaba la posesión de un
alma. ¿Y qué alma más deseable que la de aquella mujer, víctima del
deber, esclava de los convencionalismos sociales, de aquella mujer
condenada a ocultar sus deseos, a refrenar sus pasiones, a esconder
sus afectos, a estar continuamente en lucha con su temperamento y su
juventud? ¡Pobre alma ansiosa de luz, de vida y de alegría, condenada
a sufrir en silencio las torturas de un amor imposible! Porque ella
también le quería, ¿qué duda cabía de eso?; le quería mucho, muchísimo;
solo que era tan orgullosa, que antes que reprocharse, no ya ante la
sociedad, ante su propia conciencia, de una falta, preferiría morir. Y
sufría y callaba y resistía a su pasión, a esa pasión que a veces se
presentaba avasalladora e imponente.
Y no pudiendo hacerla su amante ni su esposa, ¿iba a ser tan egoísta
que le impidiese la felicidad con otro hombre? ¿Iba a sacrificarla
a los estúpidos celos de un amor romántico? No; aquella mujer
tenía derecho al amor, al placer, a la maternidad, y no sería él,
seguramente, quien se atreviese a negárselo. Pero, por otra parte,
¿iba a ser tan necio, tan estúpido que después de haber estado
conteniéndose, reservándose para aquel día, consintiese que otro se
la arrebatara? ¿Iba a tolerar que aquellos ojos claros, dulcísimos,
serenos se retrataran en los de otro hombre? ¡Imposible! Aquella mujer
sería suya; si para poseerla era preciso el matrimonio, se casaría; si
para casarse necesitaba dinero, lo tendría; sí, lo tendría todo; dinero
para las necesidades de la vida, ternura para las exigencias del alma,
gloria para las satisfacciones del orgullo.
La luz eléctrica volvió a encenderse, y por la abertura de los pesados
cortinones vio de nuevo a María acercarse a la cabecera del enfermo. No
habrían pasado dos minutos, cuando una violenta interjección seguida de
un ruido como de loza que se rompe, le hicieron levantarse bruscamente
y penetrar en la alcoba.
—¿Qué es eso? ¿qué ha sucedido?
—Nada. Quise darle a tu tío una taza de caldo y la ha estrellado contra
la pared —dijo María recogiendo del suelo los cacharros.
—¡El caldo estaba frío, completamente frío... Me vais a matar! —rugía
Tomás incorporado en la cama, agitando nerviosamente el único brazo
disponible.
—¡Por Dios, Tomás, que te vas a poner peor...!, acuéstate.
—¡No me da la gana! Eres un animal..., vete, vete, no te quiero ver.
María bajó la cabeza y salió de la alcoba.
Luis quedó en ella ayudando a acostar a su tío, después de dar la
vuelta a la almohada que se había mojado con el caldo, y de arroparle
cuidadosamente. Cuando volvió al gabinete, encontró a María llorando
sobre la _chaise longue_.
—¡Ves qué genio, qué genio...!
—No hagas caso, mujer, ¡si ya le conoces!
—Es muy duro esto, Luis.
—Sí, tienes razón. ¡Pero qué vas a hacer...! Es su carácter..., no
hagas caso.
Y siguió dándole consejos, lleno de simpatía hacia aquella mujer
víctima de las brutalidades de su tío, escarnecida y ultrajada por el
único delito de haber sido buena.
—Vamos, no llores; no llores, María.
Realmente estaba conmovido, poseído de profunda compasión al verla tan
buena, tan desgraciada, tan poco comprendida. Sentose a su lado, y
oprimiéndole dulcemente la mano, trató de consolarla. Ella, no solo no
puso resistencia, sino que llorando, llorando siempre acongojada, se
refugió como niño mimado en los brazos de él, que amorosos se abrieron
para recibirla. En el silencio augusto de la noche, la fatigosa
respiración del tío Tomás sonaba lenta y acompasada como golpe de
péndulo. La luz eléctrica de la alcoba había quedado encendida, y por
la abertura de los pesados cortinones penetraban sus rayos, iluminando
el techo, abrillantando la lámpara central del gabinete, quebrándose
en la luna del armario y cayendo, en fin, sobre el terciopelo de la
_chaise longue_, sobre el cuerpo divino de María, haciendo resaltar
su cabellera rubia, sus mejillas pálidas, sus labios descoloridos, su
garganta de diosa, su pecho turgente, sus anchas caderas, sus manos
blanquísimas, hasta el pie que asomaba debajo de la falda, como asoman
a los ojos las tentaciones del deseo.
Ella reclinó la cabeza en el hombro de él y así, juntos, unidos,
tropezando sus pechos al respirar, mezclándose sus alientos,
permanecieron mucho rato, mucho, callados, silenciosos, confundidos por
el mismo afán, dominados por el infinito amor que a los dos consumía.
Por la calle pasó una estudiantina tocando una jota. Y a Luis
antojósele que aquella música viril, valiente, reflejo fiel de mal
contenidas pasiones, de deseos mal saciados, era un insulto a su
cortedad, una protesta de la juventud y del amor. Se acordó de que
tenía entre los brazos a la mujer a quien amaba, débil, indefensa; que
no tenía más que apretarlos un poco para estrecharla contra su corazón,
alargar la cabeza para recibir en los labios millones de besos. Y
le parecieron ridículos todos los respetos, estúpidas todas las
consideraciones. Era demasiado hermosa la felicidad para desperdiciar
la ocasión de gozarla. ¡Quién sabe si el día de mañana ya no sería
tiempo! Se inclinó sobre ella y la besó en los labios.
Ella se irguió y silenciosamente se marchó a la alcoba.
Luis quedó en la _chaise longue_, avergonzado. ¡Que siempre había
de suceder lo mismo! ¡Siempre el espíritu sucumbiendo a la materia,
siempre la carne sobrepujando al alma! Maldito temperamento meridional,
que impide estar diez minutos a solas con una mujer sin que aparezcan
en seguida accesos sensuales, brutales ansias de posesión. Y sentía
odio contra sí mismo, contra esa incapacidad absoluta de sufrir y de
contenerse, de convertir en adoración ideal los torpes apetitos de la
lujuria. Encontrose a sí mismo despreciable, indigno de su amor, y una
inmensa tristeza se apoderó de él al pensar lo que ella podría creer,
de qué modo calificaría el arrebato.
Para acabar de desconcertarle, su tío le llamó en aquel momento.
—No te vayas —le dijo—, no me dejes solo. Muerto Carlos, tú eres la
única persona a quien quiero en el mundo, el único lazo que a la vida
me ata. No te marches. Siéntate aquí, a mi lado, que yo te vea... Eres
igual, completamente igual, las mismas ideas, los mismos sentimientos...
Le había cogido la mano y se la oprimía nerviosamente, atrayéndole
hacia sí. Y Luis ante la mirada de aquellos ojos negros que brillaban
en las profundidades de las órbitas, al contacto de aquella mano
pequeña, esquelética, llena de sudor, sentía angustia indecible, una
especie de repugnancia moral, digámoslo así. Su mirada se encontró
con la de María y la vio estremecerse. Por un momento le pareció que
su tío lo sabía todo y se complacía en mantener abierta la herida,
importándole, por lo demás, muy poco que fuera o no cierto, lleno de
indiferencia, de supremo desdén por todo lo existente; pero pronto se
convenció de que no había nada de esto y de que únicamente el recuerdo
de Carlos le hacía hablar así.
Y su conciencia rebelose entonces contra estas semejanzas que su
tío quería encontrar. No, él no era Carlos, ¡qué había de ser aquel
muchacho voluntarioso y antojadizo, para quien lo vedado era lo más
sabroso, lo prohibido lo más deseable! ¿Cómo iba a compararse la pasión
de Carlos con la suya, aun cuando las dos reconociesen por causa la
misma mujer? El amor de Carlos era un amor impuro, mientras que el
suyo, ¡ah, el suyo! Carlos se había enamorado de la mujer de anchas
caderas, de robusto seno; él de la mujer humillada, escarnecida, de
la enferma de amor. Si Carlos había soñado alguna vez con la posesión
del alma, fue supeditándola, seguramente, a la del cuerpo. Si a él le
acometían accesos sensuales, bien sabe Dios que era siempre contra su
voluntad y su razón. Y buena prueba de ello es que a pesar de ser este
cariño inmenso, jamás se había atrevido a decírselo. ¡Qué se iba a
atrever si le parecía una ofensa! Y ahora era cuando se explicaba la
larga resistencia de María, su energía indomable. ¡Pobre mujer! No eran
solo el orgullo y la virtud los que le obligaban a mantenerse firme. Es
que para sufrir cara a cara los ultrajes de su marido, para resistir
los insultos, necesitaba ser honrada.
El tío Tomás se había tranquilizado. La tos era menos frecuente.
Cesaron los esputos, la respiración fue menos fatigosa, desapareció la
rigidez del rostro y se quedó dormido.
De la calle subía el ruido del mercado de San Ildefonso; rodar de
carros, golpear de puertas, pregoneo de mercancías, un ruido infernal
de voces y gritos, entre los que descollaban los de un chico vendedor
de periódicos, continuos, acompasados como los martillazos de un
herrero; ruido inmenso que llenaba la calle, subiendo a lo largo de las
fachadas, penetrando en las habitaciones como un himno de vida y de
trabajo.
María se dirigió al balcón y abrió las maderas. Por los cristales entró
un rayo de sol que llenó el gabinete de luz y de alegría.