Al oír el estrépito, y, más que nada, la ruda interjección de Luis,
Boncamí volvió la cabeza.
—¡Eh, cuidado, hombre; que se va usted a lastimar! ¿Qué demonios ha
hecho usted?
—Nada, que he metido el pie no sé dónde.
—En un bastidor; lo ha roto usted.
—Creo que sí y por poco más me rompo la cabeza.
—¿Quieren ustedes hacer el favor de callarse? —gritó una voz
aguardentosa desde el escenario—. Así no hay ensayo posible. Voy a
prohibir terminantemente la entrada. ¡Esto es insoportable!
Los dos amigos, conteniendo la risa a duras penas, volvieron sobre sus
pasos y se refugiaron en el ángulo oscuro, detrás del bastidor, desde
donde siguieron observando.
—¿Ve usted a Perico?
—Sí, allí está sentado con Cañete, pero cualquiera le llama ahora. Ese
animal de Bermúdez sería capaz de echarnos a la calle.
—¿Y qué hacemos?
—¿Qué quiere usted que hagamos...? Esperar.
En la escena el ensayo continuaba. Elena Samper, con el velillo del
sombrero recogido en la frente, recitaba monótona, jugando distraída
con su boa de piel:
Y últimamente a ti, ¿qué te se importa?
Bermúdez, delante de ella, sin mirarla, continuó:
—No me digas que tú eres madrileña,
Ni que en las venas te circula sangre,
Ni que tienes decoro ni vergüenza...
—Oiga usted —interrumpió de pronto mirando a Castro—. Repito lo que
dije ayer; esta escena me pesa mucho. Es preciso cortarla.
Castro se levantó indignado, agitando los brazos en el aire con
descompasados movimientos:
—¡Pues no la corto, ea, no me da la gana! He dicho que no la corto, y
no la corto. La escena está así bien.
Bermúdez se encogió de hombros.
—Bueno, pues si la patean que la pateen. La culpa la tengo yo por
meterme a dar consejos. Después de todo, a mí...
—Eso —interrumpió Elena con cómica entonación—. Últimamente, a ti ¿qué
te se importa?
La ocurrencia fue muy celebrada. Todos los presentes, incluso Castro,
se echaron a reír.
—Bueno, bueno —exclamó Bermúdez algo amostazado—; estamos perdiendo
tiempo; se nos viene la tarde encima. ¿Qué ensayamos ahora? Yo creo que
la letra está ya sabida.
—¡Pche!
—Pasemos a la música. ¿Quieren ustedes que ensayemos el dúo?
—Sí, sí, el dúo —dijo a su vez Cañete levantándose también de la
silla—. Vamos a ver si sale mejor que ayer. Ayer fue una calamidad.
Pero, ¿dónde demonios está la orquesta? ¿Dónde están esos músicos? ¡Eh,
maestro! ¡Maestroooo!
Aprovechando la confusión, Gener y Boncamí abandonaron su escondrijo y
entraron resueltamente en el escenario. Castro les salió al encuentro.
—Hombre, me alegro muchísimo verte —exclamó dirigiéndose a Luis y
tendiéndole la mano—. Precisamente te iba a escribir esta noche
citándote. Tengo que hablarte de un asunto de importancia. Mira, haz el
favor de bajar a las butacas y esperarme allí; yo iré en seguida, en
cuanto termine este lío. Estoy loco, muchachos. Hoy debía haber sido
el ensayo general, y ya veis. ¡Os digo que estoy ya más harto! ¡Me
están dando unas tentaciones de retirar la obra y mandarlos a todos a
escardar cebollinos!
La figura escuálida de Filiberto Pons, el director de orquesta, se
destacó por el pasillo de butacas.
—¿Quién me llamaba? —preguntó con su voz gangosa, elevando las inmensas
narices por encima de la batería.
—Yo, maestro. ¿Podríamos ensayar el dúo?
—Todo lo que ustedes quieran. A ver —añadió sentándose en el sillón y
palmoteando furiosamente—. ¡Caballeros, a trabajar!
Elena se había dejado caer sobre una silla y charlaba en voz baja con
Avelino Suárez, el colaborador de Cañete, un músico nuevo en quien se
tenía grandes esperanzas. El hombre rompía su primera lanza con esta
obra, y a pesar de los ánimos y alientos que sinceramente le daba todo
el mundo, permanecía arrinconado sin atreverse a hablar. Únicamente
cuando Elena, tratando de halagarle, le dijo sonriendo: «La música de
usted es preciosa, maestro; hacía tiempo que no cantaba yo nada tan
bonito», el hombre protestó indignado.
—Ah, ¿pero usted cree sinceramente que esta música es buena? ¿Usted
cree que yo me he molestado en hacer música buena para Eslava? Pues
está usted en un error. El día que yo haga música buena, crea usted que
no será seguramente para Eslava ni para una revista, no por Dios, no.
Estaba magnífico, con sus redondos lentes montados triunfalmente en las
narices y su negra melena despeinada.
—Vamos maestro, ni tanto ni tan calvo; demasiado sabe usted que el dúo
es bonito.
—Bonito..., ¡pche!..., pase lo de bonito. Delicadillo, tierno,
pegajoso..., _chantilly_ y huevos hilados, créame usted.
Bermúdez paseaba a grandes zancadas con las manos metidas en los
bolsillos de su enorme gabán. En uno de estos paseos tropezó con
Antonio Bedmar, que entraba en aquel momento, y cogiéndole bruscamente
de un brazo, le dijo al oído con tono misterioso: «¿Ha visto usted en
la vida una obra peor que esta? ¡Menuda pateadura nos van a dar!».
Bedmar, por toda contestación, se encogió de hombros y siguió andando,
buscando con sus ojos miopes a Elenita Samper. En un principio pensó
saludarla; pero viéndola tan entretenida con Suárez, a quien no trataba
personalmente, cambió de parecer y fue a sentarse al lado de Pedrosa,
que en el ángulo oscuro, casi pegado al telón de fondo, repartía
amablemente a varias coristas el contenido de dos cafeteras abolladas.
—Hombre, llegas a tiempo de echar un sorbo; únicamente que como no hay
más vasos, tendrás que tomarlo en la cafetera.
Los músicos, sentados ya delante de los atriles, afinaban los
instrumentos. Todas las conversaciones cesaron. Elenita se levantó y
fue a colocarse al lado de Bermúdez. Luis y Boncamí se despidieron de
Castro.
—Te esperamos en las butacas, ¿eh?
—Sí, sí, allá iré yo en seguida. Pero ¿dónde vais? Bajad por aquí, por
la orquesta; ¿qué necesidad tenéis de dar rodeos?
El dúo comenzó. A las primeras notas, Gener y Boncamí se miraron con
extrañeza.
—¡Caramba! ¿Sabe usted que esto es muy bonito?
—Muy bonito.
Y acomodándose en la butaca escucharon con atención. Era un dúo
delicado y tierno, de corte finísimo, primorosamente instrumentado con
arpegios de violín y trinos de flauta que se deshacían en el aire como
blandos suspiros; una música dulce, quejumbrosa, con cadencias de
sollozos...
—¡Lástima de música para ese pato de Bermúdez!
—En efecto; en cambio, Elena...
—Sí, ella está bien, canta bien esa chica.
El dúo concluía con una nota larga, perezosa que se iba apagando
lentamente, tristemente como un eco vago.
—¡Bravo! ¡Muy bien! ¡Muy bien, maestro!
Todo el mundo felicitó a Suárez y a Elena. Únicamente Bermúdez se
permitió hacer observaciones.
—Sí, el dúo es bonito, muy bonito, solo que...
—¿Qué?
—Que no acaba.
—¿Cómo que no acaba? —preguntó Suárez, sorprendido, empinándose como un
gallo y afianzándose los lentes—. ¿Cómo que no acaba? ¿Qué quiere usted
decir?
—Pues, eso; que no acaba.
Suárez giró sobre sus talones, cogió la partitura y presentándola a
Bermúdez le dijo tranquilamente, sin alterarse lo más mínimo:
—¿Ve usted esta nota? Pues aquí empieza el dúo. ¿Ve usted esta otra?
Pues aquí acaba. ¿Ve usted cómo sí acaba?
—Bermúdez quiere decir... —intervino Elenita.
—Sí, ya sé lo que quiere decir, que falta un calderón, ¿no es eso? Pues
bien, yo creo que no falta, y por eso no lo pongo.
Cañete intervino también. ¿Qué inconveniente había, después de todo,
en reformar el dúo? Tenía razón Bermúdez; resultaba un poco lánguido.
¿Por qué no terminar con un efecto? Al fin y al cabo, ¿no es lo que
gusta al público?
—Oye, ¿a ti te gustan las ostras?
—Hombre, sí —contestó Cañete, desconcertado por aquella pregunta
extemporánea.
—Bueno, pues a mí no —y volviéndole la espalda sin más explicaciones,
se sentó de nuevo en la silla.
El ensayo continuó.
Luis, en tanto, explicaba a Boncamí la historia de Suárez. Era gallego.
Pensionado en un principio por la Diputación de Orense y abandonado
más tarde a sus propios esfuerzos, pudo terminar la carrera en Madrid
a fuerza de constancia y sacrificios, ayudándose con lecciones
particulares y entreteniendo por las noches con valses y polquitas a
los parroquianos del café de San Millán. Allí le descubrió Pedrosa un
día en que...
No pudo continuar porque Castro, aproximándose a ellos, le interrumpió:
—Aquí me tienes. Vamos a hablar. No se vaya usted, hombre —agregó
reteniendo a Boncamí, que había hecho discretamente ademán de
marcharse—. No es ningún secreto, y aunque lo fuera, ¡caramba!, usted
siempre podría oírlo. Se trata de lo siguiente: Sánchez Cortina tiene
el propósito de fundar un periódico, un gran periódico rotativo, a la
moderna, un periódico de lucha y de batalla; muchas noticias, mucha
información, mucha independencia, en fin, un gran periódico. Dentro
de veinte días se montarán las máquinas, una Marinoni encargada
expresamente, y una americana, monísima, de lance, una maravilla que
suelta treinta mil ejemplares por hora a tiro forzado. Se quiere que el
periódico salga inmediatamente. Yo tengo el encargo de ir buscando bajo
cuerda el personal de redacción, y, como es natural, me he acordado en
seguida de ti. Supongo que serás de los nuestros.
Luis quedó pensativo.
—Hombre, te diré... —exclamó sorprendido por lo brusco de la
proposición—, te diré.
Y como en el momento no se le ocurría decir nada, sacó la petaca,
ofreció a cada uno un cigarro, lió él otro, le encendió pausadamente y
como hombre que ha tenido ya tiempo de reflexionar, prosiguió:
—Mira, puesto que la cosa después de todo no es inmediata, te
agradeceré que me dejes un par de días para pensarlo. La verdad, no me
seduce el periodismo. Me revienta la política, me cansa la información,
me molesta esa literatura chabacana y grosera hecha de prisa, bajo el
apremio del tiempo y de la columna, con ideas ajenas y pensamientos
prestados, ese diario trabajo anónimo que no deshonra, pero que
embrutece, no te quepa duda, embrutece. Empieza uno por escribir de
buena fe, y concluye por convertirse en máquina de sueltos y noticias.
—Hombre, no, eso les pasa solo a los imbéciles. Además, si no te
gusta el reporterismo ni la política, puedes dedicarte a otras cosas,
por ejemplo, críticas teatrales, crónicas literarias, en fin, lo que
tú quieras. Yo creo que con eso no pierdes nada, al contrario. ¡Qué
demonio!, siempre es conveniente mover la firma en un gran rotativo.
¡Quién sabe si el día de mañana te será esto útil! Porque hay que tener
en cuenta que si el periodismo, como fin, es en España una estupidez,
como medio no hay otro mejor. ¡Cuántos adoquines se han elevado sobre
sus columnas! ¡Cuántos cerebros huecos se han visto glorificados
gracias a los bombos de la prensa!
Boncamí, moviendo la cabeza, asentía en silencio; Luis continuaba
pensativo.
—No sé, no sé..., veremos.
En la escena el ensayo continuaba. Las coristas extendidas en abanico
delante de Bermúdez, cantaban al unísono balanceando las caderas y
moviendo los brazos a compás, como muñecos de resorte. Los demás
actores charlaban en voz baja esperando su turno.
Castro insistió todavía.
—Creo que es una ligereza no aceptar; una ligereza de la cual puedes
arrepentirte. Es muy difícil que vuelva a presentarse una ocasión tan
bonita como esta. Un gran rotativo no se encuentra todos los días.
¡Cuántos muchachos que valen se darían con un canto en los pechos por
escribir en él, aun cuando fuera gratis: sí, aun cuando fuera gratis...!
Boncamí era de la misma opinión.
—Indudablemente debe usted aceptar. En todo caso, siempre hay tiempo
para dejarlo si no conviene. Aunque yo creo que sí conviene. Hay que
trabajar, hay que darse a conocer, que salir de esta atonía, que
procurar ser algo... Un hombre debe tener aspiraciones.
Luis no acababa de decidirse.
—No sé, no sé..., veremos...
—Bueno, pues mira, piénsalo —dijo Castro, molesto por tanta terquedad,
levantándose de la butaca. Boncamí hizo lo mismo.
—Oiga usted, Castro, un momento; yo también tengo que hablarle a usted.
Enlazose a su brazo y ambos echaron a andar por el pasillo de butacas.
Luis quedó solo. La proposición de Castro le preocupaba. Por un
lado, como antes dijera, el periodismo no le seducía. Le encontraba
humillante y agotador. Por otro, la idea de tener una tribuna donde
exponer libremente sus tendencias le encantaba; un sitio donde desfogar
a sus anchas todo el odio que sentía contra los miserables detractores
del arte, contra los imbéciles que le falsean, contra los mercachifles
que le venden, contra los burgueses que le compran, contra los
canallas que le prostituyen, contra todos los que a su costa viven,
convirtiéndole en materia de lucro y especulación y escarnio y befa.
Sí, eso sí, eso lo haría gustoso. Una crítica fría, razonada, libre
de prejuicios y ajena de amistades. Pero esto, ¿podría hacerse? ¿Le
asegurarían para ello la suficiente independencia? ¿No vendrían después
el director y los accionistas y los mismos compañeros con imposiciones
exigentes y molestas recomendaciones? Si era así, renunciaba desde
luego. O una absoluta libertad, o nada.
La inesperada presencia de Manolo Ruiz sacole bruscamente de sus
meditaciones.
—Me ha dicho Boncamí que estás aquí y vengo a saludarte.
—Ya iba siendo hora. Dichosos los ojos, hombre.
—Estoy allí arriba, en un palco, con Petrita, ya sabes, aquella
muchacha del Real.
—Sí, ya sé.
—La he traído a que viera esto, porque como todos creíamos que hoy era
el ensayo general...
—Pero, Manolo, ¿te atreves a traer mujeres a estos sitios?
—¿Por qué? ¿Qué tiene eso de particular? No la ve nadie; pero aunque
la vieran, ¿qué? Es una muchacha que puede presentarse en cualquier
lado. Te advierto que no es la máscara que tú conociste; con el traje
de calle está desconocida; tiene un aspecto de mujer honrada, que da un
chasco a cualquiera.
—De todos modos, Manolo, de todos modos, no está bien.
—¡Qué hipócritas sois!
—No es hipocresía, Manolo; es corrección.
—Para mí da lo mismo.
—En fin, allá tú. Yo lo que te digo y te repito es que no me parece
digno ni decoroso el ir constantemente con esta clase de mujeres.
—¡Bah! ¡Qué quieres! Son las más prácticas. Mira, chico, te voy a ser
franco. Yo tengo un temperamento muy especial; no puedo pasarme diez
días sin una mujer, y en cuanto la encuentro, no me puedo pasar diez
minutos sin idealizarla. Yo tengo la desgracia de idealizar cuanto me
rodea. Pues bien; estas mujeres, como tú dices, son las que menos
peligro ofrecen a un hombre, porque, como son viles amasijos de carne,
la idealización no se realiza nunca; en cuanto te ilusionas un poquito,
¡paf!, viene un jarro de agua y te quedas más fresco que una lechuga.
¿Comprendes?
Luis calló. Él, temiendo que no le hubiera comprendido, redobló sus
argumentos.
—Las mujeres honradas tienen muchísimos peligros: el primero de todos,
enamorarte; un hombre enamorado es un hombre al agua, porque, ¿qué
vas a hacer si te enamoras de una mujer honrada? Casarte, no te queda
otro camino. ¡Casarte! ¿Tú sabes lo que en la vida moderna significa
esto? ¡Demonio!, pues ahí es nada; casarse, atender a otro, cuando a
duras penas puede uno atender a sí mismo. Bueno, y si no te casas,
peor; tus relaciones se convierten en el suplicio de Tántalo. Aparte de
que con ello no resuelves nada, porque el gran problema, el problema
sexual, continúa en pie. ¿Que no te casas y seduces a la chica? Eso
es una canallada. Eso sí que lo considero yo infame, ¿ves tú? Y no te
quiero hablar de los disgustos con los padres, y con los hermanos, y
con tu familia, con todo el mundo. Y mucho menos lo que te ocurre si
un día te cansas de esa mujer y quieres dejarla. ¡Te has caído! No te
la quitas de en medio ni a tres tirones. Ya puedes decir que te ha
salido un grano vitalicio; no hay ungüento que le seque ni cirujano que
le extirpe. No hay nada más insoportable que una mujer honrada cuando
se enamora, ¡créemelo! No quiero nada con mujeres honradas. No, ¡por
Dios!, nada.
Luis le escuchaba sonriendo.
—Hay que convenir, Manolo, en que tienes muchísima gracia.
—¿Gracia? No lo creas; te estoy hablando con el corazón en la mano.
—Toma, pues por eso precisamente tienes gracia.
Los dos amigos callaron un momento. La orquesta preludiaba un vals,
un vals flexible, truhanesco, desvergonzado, con alegres escalas que
sonaban a risas y notas que parecían retintineo de cristales.
Elena Samper, encantadora, con el velillo recogido en la frente,
cantaba:
Anda, chiquilla; anda, chiquilla,
descorcha esa botella de manzanilla.
—¡Qué monísima es esa criatura!, ¿verdad?
—¡Deliciosa! —contestó Manolo, y en seguida, como dominado por una idea
fija, preguntó bruscamente:
—Oye, ¿por qué no te arreglas tú con Amalia?
—¿Yo? Porque no tengo dinero para sostener una mujer.
—¡Qué gracioso! Yo tampoco —y reclinándose en la butaca y bajando
la voz, le expuso el procedimiento para conseguirla, tratando de
convencerle—. Es una chiquilla preciosa; tengo la seguridad de que ha
de gustarte; es simpatiquísima. Está deseando tener un amante. Yo creo
que os entenderíais en seguida. He hablado del asunto con Petrita, y
Petrita está dispuesta a prepararte el terreno cuando tú quieras.
Luis, moviendo la cabeza, decía a todo que no.
—Pues mira, es una lástima, porque íbamos a pasar, los cuatro, ratos
deliciosísimos. Pero ¿por qué no quieres, vamos a ver? —agregó
intentando todavía convencerle—. A mí no me vengas con remilgos ni con
hipocresías. Después de todo, no sería esta la primera: acuérdate de
Isabelilla.
Luis protestó.
—Es falso. Yo no me he formalizado jamás con Isabelilla. La conozco, la
trato, me gusta, pero nada más. Soy únicamente un amigo suyo, como tú,
como este, como aquel, como lo pueda ser cualquiera.
—No mientas; tú has estado loco por esa mujer.
—Cuando yo tenía dinero, ¿por qué negarlo?, me ha gustado mucho
convidarla a cenar y llevármela a un baile y marcharme con ella de
juerga. Pero nada fijo, ¿eh?, nada de ataduras ni compromisos; yo por
mi camino y ella por el suyo.
—Pues mira tú lo que son las cosas; a mí me habían dicho...
—A ti te habrán dicho lo que quieras; pero la verdad es lo que digo yo.
Calló bruscamente. Manolo comprendió que no debía insistir y cambió de
conversación.
—¿Quieres subir a saludar a Petrita? Tengo muchas ganas de que la
conozcas, para que me des tu opinión. Anda, sube.
—Hombre, el caso es que estoy aguardando a Boncamí.
—¿A Boncamí? No le esperes. En mi presencia se ha citado con Castro
para ir juntos no sé adónde. Por cierto que al preguntarle por ti, me
ha dado un sablazo de tres duros, los únicos que llevaba encima.
—En ese caso...
Salieron. Petrita esperaba impaciente. A la primera mirada, Luis quedó
sorprendido. Manolo tenía razón. Parecía una muchacha honrada, una
señorita que acaba de dejar las faldas de mamá para ir con su hermano
al teatro. Su carita de virgen pequeña y sonrosada, tenía una dulzura
encantadora, un aire de inocencia que atraía. Hasta le pareció a Luis
que se ruborizaba cuando Manolo dijo:
—¿Ves tú qué chiquilla más rica?
Los músicos habían tenido que repetir el vals porque Elena no sabía una
palabra de la letra. A cada momento se equivocaba, le faltaba la frase,
y para no perder el compás seguía tarareando la música. Al fin acabó
por confesar que no había tenido tiempo de estudiarle.
—Esta tarde, en casa, lo aprenderé.
—Eso es —protestó Cañete malhumorado—. Y la obra se estrenará el día
del juicio.
—No, no, yo le prometo a usted que me le aprendo esta misma tarde; ¡si
es sencillísimo!
—Señor Cañete —dijo un portero entrando—, aquí hay un caballero que
quiere hablar con usted.
—Bien, dígale que tenga la bondad de esperar un momento. ¿Ensayamos el
tercer cuadro? —prosiguió dirigiéndose a Bermúdez.
—Como usted quiera.
—¿Vamos con el terceto?
Carmencita Cruz, la segunda tiple, se aproximó a ellos.
—Maestro, perdóneme usted, pero me es de todo punto imposible cantar;
pesqué anoche un catarro y ando muy mal de la garganta.
—¡Pero, mujer, por Dios, haga usted un esfuerzo...!
—Imposible, maestro, imposible; si canto ahora en el ensayo y por la
noche en la función y mañana por la tarde vuelvo a cantar, cuando
llegue el estreno estaré completamente afónica.
—Señor Cañete, ese caballero que desea verle a usted...
—Que se espere, y si no quiere esperarse que se vaya —exclamó el músico
desesperado—. Pues, señor, ¡estamos buenos!
—No se enfade usted, maestro —replicó Carmencita mimosamente—; yo le
aseguro a usted que me sé perfectamente la obra: ya lo verá usted la
noche del estreno.
—Lo que yo estoy viendo es que esto no se estrena en la vida.
Bermúdez se encogió de hombros. ¿Para qué enfadarse? Siempre sucedía lo
mismo.
—No perdamos tiempo —dijo—: puesto que Carmen no puede cantar,
ensayemos otra cosa. ¿Qué le parece a usted que ensayemos?
—Lo que a ustedes les dé la gana —contestó Cañete cada vez peor
malhumorado—; como si no quieren ensayar... Me da lo mismo.
—Vamos, maestro, un poco de paciencia...
—¿Paciencia? ¡Pero si esto es capaz de acabar con la de Job!
—Señor Cañete, ese caballero...
—¿Otra vez? Dígale usted que pase. Veamos quién es ese caballero que
tiene tanta prisa.
Un individuo vestido de negro asomó entre bastidores; avanzó
lentamente, cegado por la oscuridad, tropezó en una silla, se encaró
con Bermúdez, después con Castro, luego con Boncamí y por fin se quedó
parado en medio de la escena, mirando a todas partes. Cañete se acercó
a él.
—Usted dirá.
—Ah, perdone usted..., con esta oscuridad... ¿Es usted el señor Cañete?
Pues bien, yo soy un admirador de usted, un fervientísimo admirador...
Me he enterado de que estrena usted mañana una obra y, la verdad,
quisiera ir a aplaudirla.
—Pues apláudala usted —contestó groseramente Cañete—. ¡A mí qué me
importa!
El otro no se desconcertó.
—El caso es, ¿sabe usted? —añadió dando vueltas a su sombrero hongo—,
que yo lo que quería es que me diera usted una butaca..., perdone usted
mi atrevimiento..., soy un ferviente admirador de usted..., desearía
ver esta obra..., he visto todas las de usted...
—Pues hijo, lo siento muchísimo; pero no me queda ningún billete.
—Vamos, que alguno le quedará a usted...
—No, señor, no me queda ninguno...
—Bueno, ¡qué le vamos a hacer! Lo siento, lo siento mucho; es el primer
estreno de usted al que no asisto.
Iba a retirarse cuando Cañete le retuvo.
—¿Ve usted aquel caballero? Pues es el señor Suárez, el maestro Suárez,
mi colaborador, es muy posible que a él le queden butacas, véale usted.
—¡Oh, muchas gracias, señor, muchas gracias...! —replicó atentamente, y
se marchó en busca de Suárez.
—Estamos perdiendo tiempo —volvió a insistir Bermúdez—; ¿qué ensayamos?
—¿Qué quiere usted que ensayemos ya? Son cerca de las seis. La Cruz no
quiere cantar, la Samper no sabe una letra, los demás están deseando
irse a ver las máscaras, y yo mismo, yo mismo estoy ya harto de todos
ustedes.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Se aplaza el estreno?
Castro intervino.
—No, nada de aplazamientos, de ningún modo. Demasiados aplazamientos
llevamos ya. Si viene otro, retiro la obra.
Pedrosa fue también de la misma opinión.
—Nada de aplazamientos. La revista se estrena el miércoles. Después de
todo, si la han de patear que la pateen cuanto antes.
—Bueno, pues hasta el miércoles; el miércoles, ya lo saben ustedes:
ensayo general.
Todos se marcharon. Castro y Boncamí se quedaron en la puerta esperando
a Gener. Permanecieron allí largo rato aguardándole; pero cansados de
esperar, viendo que no venía, se fueron también.
—Es temprano —dijo Perico—; ¿quiere usted que nos lleguemos a Recoletos
a ver las máscaras? Daremos una vuelta y después vendrá usted a cenar
conmigo. Cambiaré un billete, y le daré los cuatro duros que le hacen
falta.