II

Al llegar a la esquina del café de Fornos, se detuvo un instante,

indeciso.

Por la calle de Alcalá subía, con dirección al Prado y Recoletos,

inmenso gentío, masa enorme cuyas oleadas aumentaban de minuto en

minuto, muchedumbre abigarrada y caprichosa, apiñado conjunto de

cabezas dominadas por la misma fiebre de curiosidad, por el mismo afán

de ver y divertirse, constante flujo y reflujo que barría la ancha

calle extendiéndose de acera a acera entre empujones y codazos, bajo el

polvo de la atmósfera que el sol hacía resplandecer como lluvia de oro,

en tanto que los carruajes, en fila, caminaban con lentitud uno tras

otro como eslabones de inmensa cadena.

También él pensaba subir a Recoletos, pero más tarde, cuando cesase

la avalancha. Tomaría un coche a pagar a medias con cualquier amigo y

se llegarían hasta la estatua de Colón con objeto de darse cuenta del

aspecto de las tribunas y contemplar un instante las carrozas. Ahora lo

sensato era entrar en Fornos y aguardar tranquilamente que cesase el

torbellino.

Con gran sorpresa encontró «su mesa» vacía.

—¡Cómo! ¿No ha venido nadie?

—Sí, señor, han venido todos, pero se han marchado ya —le contestó

Paco, el mozo.

—¿Manolo también?

—No, Manolo es el único que no ha venido.

—Entonces, ¿quiénes son todos?

—Pues, todos... Castro, Pedrosa, Cañete, Bedmar —Paco los trataba a

todos con gran familiaridad. Inconvenientes del crédito, que decía

Bedmar filosóficamente—. Sí, señor —añadió vertiendo unas gotas de agua

en la mesa y restregándola después con el paño—, se han marchado a ver

las máscaras. Digo yo, porque como está el día tan hermoso..., ¡qué

tiempo este de Madrid, ¿eh?, ayer lloviendo y hoy un sol de gloria!

¿Qué va a ser?

—Una copa de _kirsch_.

—No tome usted eso; irrita y, además, es caro.

Paco se permitía interesarse por la salud y por el dinero de sus

parroquianos.

—Es que tengo el estómago malucho, hombre.

—¡Claro!, habrá usted bebido anoche demasiado en el baile. ¡Qué

jóvenes, qué jóvenes! Le voy a traer a usted una tacita de té con

aguardiente. Eso le sentará muy bien.

Y sin esperar contestación, Paco se marchó a la cocina satisfechísimo

por haber evitado que un parroquiano suyo tomase aquella bebida tan

cara y tan irritante.

El sol se filtraba por las ventanas de colores, cayendo en haces rojos,

en rayos amarillos, en hilos verdes sobre el mármol pulido de las

mesas, haciendo resaltar la porcelana y la cristalería, abrillantando

las negras estatuas que como esfinges mudas se erguían rígidas e

inmóviles bajo los macizos candelabros. Lucían las pinturas de los

techos cual si estuviesen recién barnizadas, y los dorados destacaban

sus notas alegres del fondo uniforme del artesonado, mientras que allá,

cerca del mostrador, en los saloncitos interiores, la luz difusa,

amortiguada por la claraboya, confundía los tonos, borraba los matices,

fundía en uno solo todos los colores, la gama toda de los verdes, el

verde oscuro de los divanes, el verde esmeralda de las columnas, el

verde pajizo de los capiteles, el verde azulado de los techos, sin más

nota alegre que la misma claraboya, donde un pájaro heráldico extendía

en un cielo de cristal esmerilado sus alas policromas.

Enfrente de él un grupo numeroso, tan numeroso que ocupaba tres mesas,

discutía acaloradamente sobre algo muy importante, a juzgar por las

interjecciones y las palabras sueltas que se oían. A la derecha un

caballero leía atentamente _El Imparcial_; otro hojeaba el _Anuario

del Comercio_ tomando notas y buscando señas que apuntaba luego en

un pequeño cuaderno. Más allá dos jóvenes, dos niños casi, charlaban

en voz baja, y en la última mesa, en el rincón del saloncito,

completamente solo delante de su mesa vacía y su copa de agua con

aguardiente que el sol hacía brillar como ópalo inmenso, un individuo

escribía afanoso cuartillas y cuartillas. Era un tipo extraño. Podía

tener treinta años y podía tener cincuenta. Su barba rubia, hirsuta

y mal cuidada, demasiado poblada en las mejillas, daba a su cara

venerable aspecto de apóstol, que contrastaba con la mirada dura y fría

de sus ojos azules. A pesar de ir mal vestido, pobre y desaliñadamente

vestido, había en su persona un no se sabe qué de distinción y de

elegancia. Estaba por completo enfrascado en su trabajo, del que apenas

levantaba los ojos, escribiendo despacio, pausadamente, con trazos

duros, sin dudas ni tachones ni enmiendas, como hombre reflexivo que

sabe lo que escribe, cuartillas para imprenta, no cabía duda; bastaba

ver el título con grandes letras subrayadas y los asteriscos que

separaban los capítulos.

Infantil curiosidad se apoderó de Luis. ¿Quién sería aquel tipo?

¿Qué escribiría? Hubiera dado cualquier cosa por apoderarse de las

cuartillas y leerlas.

Tan preocupado estaba que no se dio cuenta de que su amigo Boncamí

había entrado en el café, hasta que le tuvo delante. Vicente Boncamí,

un pintor catalán muy francote y muy buena persona. El hombre venía

desesperado.

—Figúrese usted, que he tardado una hora en atravesar Recoletos. No

sé, no me explico con qué derecho se puede prohibir la circulación de

los ciudadanos pacíficos so pretexto de que unos cuantos imbéciles se

diviertan, si divertirse es disfrazarse de mamarracho y salir danzando

por esos paseos dando saltos y aullidos. Porque ¿se ha fijado usted en

que no hay una sola máscara artística? Han pasado delante de mí más de

trescientas y ni una sola he visto que revelase buen gusto. Ni una.

¿Pues y las comparsas esas de lisiados en calzoncillos, qué me dice

usted? Yo los fusilaba, palabra de honor.

—Sí, en efecto, debían prohibirlas.

—No, hombre, no, fusilarlos, créame usted, fusilarlos por leso delito

de estética. Qué, ¿estuvo usted anoche en el baile? —preguntó variando

bruscamente la conversación.

—Sí, ¿y usted?

—¿Yo?, no. No tenía billete, ni dinero, ni frac. Y aunque los hubiera

tenido; me pasa con los bailes de máscara lo que a Ventura de la

Vega con el Dante. Esa sucesión de saltitos, meneos y cabriolas me

ha parecido toda la vida cosa ridícula, rebajamiento de la dignidad

humana. Sí, ya sé lo que me va usted a decir: que lo que menos se hace

en esos bailes es bailar. Pero es que cuando no se baila se bebe, lo

cual es todavía mucho más estúpido y mucho más indigno.

—Déjese usted de filosofías. ¡Había cada mujer! ¡Qué mujeres, querido,

qué mujeres!

—También me lo figuro. Media docena de hembras superiores con sus

respectivos caballeros que las defenderían a capa y espada, y otra

media docena de gatas para los aficionados.

—Sí, gatas, gatas... Pregúntele usted a Manolo Ruiz si eran gatas.

—Manolo Ruiz es un imbécil. En cuanto una escoba con faldas le dice dos

veces seguidas que le quiere, ya está loco perdido.

—¡Pobre Manolo!

—No, si no le compadezco; todo lo contrario: le admiro, le envidio y le

venero. Feliz mortal, que tiene la inmensa dicha de idealizar cuanto le

rodea. Eterno Midas que convierte en oro puro cuanto sus manos tocan.

¡Lástima grande que no pueda hacer lo mismo con sus obras!

—Ahí ya no le admira usted, ¿verdad?

—Ni le compadezco tampoco. Le odio a muerte. Porque cuidado que el

hombre es malito de veras.

—Pues vea usted, gana dinero.

—¡Ya lo creo! Como que no hay semanario ilustrado que no publique un

dibujito suyo. ¡Y qué dibujos! Acabaditos, lamiditos, manoseaditos...,

¡monísimos! ¡Qué ojos aquellos tan bonitos, tan redondos, ni hechos

a bigotera! ¡Qué bocas!, siempre sonriendo, siempre enseñando los

dientes, iguales, pequeños, oliendo a elixir benedictino. ¡Qué manos!

Me río yo de las manos de Botticelli.

—Pues gustan, querido, gustan.

—¡Toma!, gustan los versos de Pedrosa...

—No compare usted.

—¿Por qué no? También se publican en todos los periódicos.

—Aunque así sea, Pedrosa es un imbécil.

—Y Ruiz, otro.

—Hombre, no; los dibujos siquiera están bien hechos.

—Y los versos están bien rimados.

—Pero son huecos.

—Esa es la palabra, sí, señor, huecos, completamente huecos, como la

música de Cañete, como los artículos de Castro, como los discursos de

Sánchez Cortina. Paco, tráeme café.

El individuo de las cuartillas había terminado su trabajo. Metió

los papeles en el bolsillo y se puso a mover tranquilamente con la

cucharilla el agua de la copa. Al levantar los ojos vio a Boncamí y le

saludó afectuosamente.

—¡Hombre! ¿conoce usted a ese?

—Mucho; es Federico Mínguez.

—¿El anarquista?

—Eso dicen y eso dice él. Pero no lo crea usted. Es sencillamente un

soñador y un idealista, muy culto, muy ilustrado, muy listo y muy buen

sujeto. ¿Quiere usted que le llame?

—No, no, déjele; me es antipático ese hombre.

—Antipático, ¿por qué? Es un infeliz. Alma primitiva, no admite

injusticias ni desigualdades; espíritu sencillo, cree en el bien como

nosotros creemos en la belleza y en el arte.

—Sin embargo, tiene una mirada...

—Llena de odio cuando mira a los poderosos y a los fuertes; llena de

dolor cuando ve las imperfecciones de los hombres; llena de amor cuando

contempla a los débiles y a los oprimidos.

—Me parece que usted también es algo anarquista.

—¿Yo? Tal vez sí.

Y se puso a desleír el azúcar en el café con leche.

Mínguez había sacado de nuevo las cuartillas y las repasaba

cuidadosamente, haciendo en ellas pequeñas enmiendas.

—Usted no tendrá veinte duros, ¿verdad? —preguntó bruscamente Boncamí

sin levantar los ojos de la taza humeante.

—¡Hombre, no!

—¡Claro! ¡Cualquiera tiene veinte duros! Pero tendrá usted diez, o

cinco, o dos o uno...

—Tengo tres.

—¿Puede usted prestármelos hasta fin de mes? Así ya no tendré que

buscar más que diecisiete. Gracias, Gener, muchas gracias; me hace

usted un gran favor.

Y a continuación le explicó detalladamente para qué los quería. Tenía

que hacer un retrato, un gran retrato, y no disponía de una peseta

para comprar lienzos ni pinturas. No le fiaban ya en ninguna tienda

y no se atrevía a pedir dinero adelantado, tanto para no inspirar

desconfianzas, cuanto porque estaba seguro de que si hubieran conocido

su precaria situación, se habrían aprovechado de ella para pagarle

menos. Menudo tío era quien le había encargado la obra. Ulzurrun, el

banquero, un retrato de su querida Rose d’Ivern, una _cocotte_ ya

jamona...

—Los conozco. Estaban anoche en el baile.

—Ha sido un contrato muy célebre. Hemos regateado como si fueran

judías. Yo pedí mil quinientas pesetas, él me ofreció ochocientas,

subió él, bajé yo, y tira de aquí y aumenta de allá, hemos quedado en

mil ciento veinticinco, a condición de que yo tengo que poner el marco.

¡Ah!, y de que no lo admite si no está parecido.

—Eso ya me parece más grave.

—A mí no, es lo que menos me preocupa. El retrato será bueno.

Había tal convicción en estas palabras, que Luis no se atrevió a

insistir por miedo de ofender su dignidad.

—Sí, por Dios, será un buen retrato. Casualmente tenía yo deseos de

hacer un buen retrato, un retrato a lo Velázquez o a lo Van Dyck. Y

Rose se presta para ello, tiene una cabeza admirable.

Después le explanó sus proyectos. Con las mil pesetas que, poco más o

menos, le quedarían libres, se trasladaría a un estudio más amplio,

compraría un gran lienzo y empezaría un cuadro, una obra grande para la

Exposición, donde estaba seguro de triunfar. Un cuadro que va a dejar

a todo el mundo así —y extendía la mano en el aire, a la altura de su

rodillas—. Luego se marcharía a París, a trabajar y a hacer dinero.

En Madrid no se podía vivir. ¡Qué gana, qué gana tenía de perderle de

vista!

—Créame usted que siento profundo desprecio por mi patria, por las dos,

por la chica y por la grande. La primera es un puñado de burgueses

ensoberbecidos. ¿La segunda? Tenían razón los que la tachaban de nación

moribunda. Sí, la España aventurera y gloriosa de otros tiempos había

dado de sí todo lo que podía. No debía esperarse nada de ella, nada,

ni energías, ni gloria, ni trabajo, ni regeneración. ¿Se había hecho

algo por conseguirlo después de la catástrofe? Nada; todo seguía igual,

es decir, peor. La política, campo de ambiciones y envidias; el arte,

convertido en comercio; la industria, viviendo de viles imitaciones;

la aristocracia, anémica; el pueblo, inculto; la clase media

postrándose a los pies del becerro de oro, subyugada por el lujo, por

la ostentación y la apariencia, la lucha diaria del quiero y no puedo;

y como consecuencia de todo esto, los negocios de mala fe, el agio en

todas su manifestaciones, el soborno, el chanchullo, las quiebras, las

deudas, las ruinas inesperadas... ¿Y todo por qué? Por esta atmósfera

de holgazanería que pesa sobre todos nosotros y nos impide alzar un

dedo para trabajar. ¡Ah, la holgazanería, la tremenda enfermedad

nacional, más espantosa y más terrible que todas las epidemias juntas,

enfermedad crónica que todos padecemos, ricos y pobres, artistas y

burgueses!

Luis, arrellanado en el diván, le escuchaba sonriendo. Era delicioso y

entretenido este Boncamí. Él, impávido, seguía hablando, exaltándose

poco a poco sin darse cuenta.

—En todas las manifestaciones del arte y de la ciencia marchábamos a

la cola de los pueblos cultos. ¿Dónde estaban nuestros hombres, dónde

estaban nuestros genios? En poesía nadie había llenado aún el vacío que

dejaran Zorrilla y Campoamor. En el teatro, el género chico acababa

sin esfuerzos con los efectismos del grande. De filosofía no hablemos,

no había un solo filósofo. En música teníamos que contentarnos con el

talento sin inspiración de Bretón, y la inspiración sin talento de

Chapí. El único literato, Valera, no trabajaba. Palacio trabajaba poco.

Galdós, el gran Galdós, el inmenso Galdós, fracasado en sus últimas

novelas _Nazarín_, _Halma_ y, sobre todo, en _Misericordia_, había

tenido que recurrir por cuarta vez a sus _Episodios nacionales_. Solo

en pintura marchábamos medianamente, medianamente nada más, porque si

bien es cierto que en dibujo y colorido había verdaderos maestros,

carecían de ideas, y los pocos que las tenían no sabían pintar. Era

muy curioso lo que había sucedido con la pintura. Toda ella giraba

alrededor de tres o cuatro ideas fundamentales. El Olimpo nos dio

tema para millones de obras. El cristianismo nos inundó de vírgenes

y santos. Agotada la religión y la mitología, los pintores buscaron

sus asuntos en César Cantú. Efectistas ante todo, no vimos por todas

partes más que crímenes, asesinatos, batallas y demás barbaridades

por el estilo. Hoy dicen que los asuntos históricos están gastados, y

ahí tiene usted a los pintores con los pinceles secos sin saber qué

hacer. Las luchas del socialismo han abierto un pequeño campo, las

del anarquismo vendrán también y desaparecerán en seguida porque las

tendencias en arte viven únicamente lo que vive el inventor. Aquí, la

mayoría se ha concretado a emborracharse de color y de luz. ¿Y sabe

usted por qué? Pues porque nuestros pintores carecen de ideas, porque

no piensan, porque creen que para hacer una obra de arte basta con

saber dibujo y colorido, con copiar fielmente la naturaleza. Y no es

eso, no, ¡canastos!; para crear una obra de arte no basta con copiar

la naturaleza, no basta mirarla, es necesario verla, sentirla y al

trasladarla al lienzo darle un sello de personalidad, algo de vida.

Dios con ser Dios, cuando creó al hombre, le dio un pedazo de su propia

alma. Una puesta de sol, una marina, un campo de trigo que brilla

como el oro a los ardientes rayos de un sol de julio, unos marineros

cosiendo una vela, pueden ser cosas muy bonitas, no cabe duda, pero

que nada expresan. Es necesario más, algo más. Nuestro público ya no

se contenta con sentir, necesita sentir y pensar; por eso no le gusta

la música italiana, por eso no lee la novela romántica, por eso no

quiere el efectismo en el teatro, por eso desprecia el impresionismo

en la pintura. Ideas, faltan ideas, faltan energías, falta vida, ya

que la vida al fin y al cabo solo es una lucha de fuerzas. Antes,

para conquistar la gloria, bastaba con sacrificar un corazón; hoy es

necesario arrojar un cerebro... Sí, ya sé que estas ideas no son las

de usted; que usted cree precisamente todo lo contrario. Usted funda

el arte en la exageración de la sensibilidad, en la sensación intensa

que emociona y pasa; yo en la vida que queda. Usted quiere que triunfe

el sentimiento, y yo que venza la razón. ¿Cuál de los dos está en lo

firme? Quizá los dos..., quizá ninguno.

Boncamí calló un momento. Mínguez le aprovechó para acercarse a la mesa

y saludarle.

—Siéntese usted —le dijo el pintor—; ¿por qué no ha venido usted antes?

—Como los veía a ustedes tan..., tan animados, y no sabía de qué

trataban...

—Usted siempre tan correcto... Pues, nada, hablábamos de arte. Le

decía a este amigo mío, don Luis Gener, don Federico Mínguez —exclamó

presentándolos—, que nuestros pintores carecen de cultura y de ideas y

que por eso sus obras son tan malas. Sí, muy malas, muy malas. —Y de

nuevo se desató en tremendas diatribas contra los pobres pintores—. «No

hay nada nuevo, todo está gastado». Desde Salomón acá, y yo creo que

mucho antes, no se oye en el mundo otra cosa: Todo es viejo, todo está

gastado. ¡Mentira! el arte es eternamente nuevo; nosotros somos los

viejos, nuestros cerebros los gastados. Sí, amigos míos, hay asuntos,

sobran asuntos; lo que sucede es que hay que buscarlos, que trabajar,

que pensar, ¡qué demonio!, no se va a encontrar un asunto a la vuelta

de cada esquina. Yo lo que les aconsejo a ustedes es que si algún día

hacen algo, lo hagan grande, no se empequeñezcan. Una pirámide vale

tanto como una Venus. Y, sobre todo, inspírense en la realidad, siempre

en la realidad; la gran maestra. Dos medios hay de llegar a la cumbre:

uno volando como el águila, otro arrastrándose como el gusano. Yo,

¡qué quieren ustedes!, elijo el primero, porque, aun en el caso de no

llegar, prefiero estrellarme contra las rocas del camino, que morir

aplastado por las patas de un burro.

El sol se había retirado de las policromas vidrieras empañando los

mármoles, desluciendo los techos, amortiguando los dorados, haciendo

más negras las estatuas que, como esfinges mudas se erguían rígidas e

inmóviles bajos los macizos candelabros, fundiendo en un solo todos los

matices, mientras que allá en el fondo, en los saloncitos interiores,

las luces eléctricas, encendidas ya, arrancaban tonos brillantes de los

capiteles y del artesonado.

—¿Trabaja usted mucho ahora? —preguntó Boncamí a Mínguez.

—Sí, bastante. Dentro de unos días me iré a Barcelona. Vamos a empezar

una activa campaña de propaganda por todo el litoral. —Y les relató

minuciosos detalles de lo que proyectaban, mítines, reuniones...—. Hay

que trabajar mucho, mucho...

—Tenga usted cuidado. A ver si le meten en la cárcel.

Mínguez se encogió de hombros.

¡Bah! ¡Qué más daba! Si le prendían a él, otros se encargarían de

proseguir la tarea. Es lo bueno que tienen las ideas cuando son justas

y grandes: aunque los hombres desaparezcan, ellas quedan siempre. Y

siguió relatando sus proyectos. Conforme iba hablando, la aversión que

en un principio sintiera Luis por él, se transformaba en simpatía.

Aquel hombre era sincero, no cabía duda; le había calificado bien

Boncamí cuando le llamó alma primitiva y espíritu sencillo. Creía muy

convencido en el triunfo de la santa causa y daba por bien empleados

cuantas persecuciones y atropellos sufría que no eran pocos.

—Ahí está Bedmar —interrumpió Boncamí señalando la puerta.

—¡Eh, Antoñito! —agregó Luis poniéndose de pie y llamándole.

Antoñito Bedmar se aproximó a la mesa tarda y pesadamente.

—¡Hola, muchachos! ¿cómo estáis? ¿Y Manolo?

—No ha venido. Cualquiera sabe dónde está ese.

—Lo siento, quería verle. Vengo rendido. Pedrosa y Cañete me han

llevado a Recoletos a ver las máscaras. ¡Qué barbaridad! ¡Cuánta gente!

Me he mareado. Traigo una sed abrasadora. Paco, una copa de coñac.

Se sentó en una silla y con el codo apoyado en la mesa y la cara en

la mano se quedó mirando a la muchedumbre que como sombras chinescas

pasaba tras las ventanas de colores.

Poco después llegaron Cañete, Pedrosa y Paco Gaitán, un estudiante de

medicina, alumno interno del Hospital Provincial, muy ocurrente y muy

gracioso.

—Pero, hombre, ¿dónde te has metido? —le preguntaron a Bedmar—. Te

hemos estado buscando por todo el paseo.

—Y hemos registrado todas las tabernas de los contornos.

—No sé; yo os perdí de vista en seguida.

—Pues no sabes tú lo hermoso que estaba aquello.

Y los tres, interrumpiéndose, objetándose, confirmándose y

contradiciéndose, relataron con colores vivos la fiesta del pueblo.

Estaba el paseo muy hermoso, sí por cierto, hermosísimo. Ningún año se

había derrochado más _confetti_ ni lanzado más serpentinas.

—Pues ¿y mujeres? Estoy seguro —decía Gaitán— que hoy no se ha quedado

una bonita en casa.

—Ni una —recalcaba Cañete.

—Es que no hay mujer que parezca fea con los dichosos papelillos. Hay

que ver cómo les sientan esos colorines en el pelo.

—Y máscaras, ¿qué tal?

—Pocas; desde que se ha hecho costumbre arrojar _confetti_, es sabido

que disminuyen las máscaras. Es natural. Con la excusa de los

papelitos se toca y se soba y se tienta a las muchachas, lo cual hay

que convenir que es mucho más entretenido y mucho más agradable. Yo,

por mi parte, puedo aseguraros que me he gastado cuatro pesetas en

ellos.

—Y yo tres.

—Y yo siete.

A pesar de su corrección, Mínguez no pudo ocultar un gesto de

desagrado. Luis lo notó y se echó a reír interiormente al comprender lo

que el otro estaba pensando: seguramente el número de panecillos que se

podrían comprar con el dinero gastado aquel día en los redondelitos de

papel.

—¡Qué quiere usted! —le dijo—; esta es la vida. Unos mucho y otros nada.

—Sí, esta es la vida —contestó Mínguez sombríamente, y dejó caer la

cabeza sobre el pecho.

Bedmar, con la mejilla siempre apoyada en la mano y el codo en la

mesa, contemplaba en silencio su copa de coñac, indiferente a la

conversación. Boncamí se había llevado a Gaitán al extremo de la mesa

y le hablaba en voz baja. Gaitán le dio dos duros. Después, con igual

fortuna, repitió la suerte con Cañete y Pedrosa. Con Bedmar y Mínguez

no lo intentó siquiera. ¿Para qué? estaba seguro de que ninguno de los

dos tenía un cuarto.

—¿Y esa revista? —preguntó Luis a Cañete—, ¿cuándo se estrena?

—El martes. Mañana por la tarde es el ensayo general. Supongo que no

faltarás, ¿eh?

—De ningún modo.

Era completamente de noche. El café estaba casi vacío.

—¿Vámonos? —dijo Boncamí—. Hace demasiado calor. Me duele la cabeza.

—Sí, vámonos, vámonos —contestaron todos levántandose, excepto Bedmar,

que continuó en la silla sin cambiar de postura.

En la puerta del café se detuvieron un instante. A lo lejos, al final

de la calle de Alcalá, avanzaban balanceándose enormes masas negras

coronadas de vivos resplandores.

—Son las carrozas, las carrozas.

Venían solemnes, majestuosas. Las luces y bengalas que en los costados

ardían, incendiaban las fachadas con ígneos tonos de esmeralda y

púrpura. Verdes y rojas eran también las nubes que flotaban sobre

ellas, las piedras sobre que lentas rodaban y hasta las caras y ropajes

de las personas que conducían. Primero pasó una arrastrada por cuatro

bueyes con gualdrapas amarillas y los cuernos dorados. Era un campo de

rubias espigas en medio de las cuales unas cuantas muchachas agitaban

sus capuchones de amapola. Detrás marchaba una obra de albañilería, una

casa en construcción, con máscaras vestidas con blusas y pantalones

blancos. Después otra figurando una cesta de frutas, luego otra y otra,

todas solemnes, majestuosas, balanceándose gallardas como navíos de

combate, incendiando las altas fachadas con sus bengalas de esmeralda

y púrpura, dejando tras sí una espesa humareda, pestilente olor de

pólvora quemada.

Ganarás el pan... · 第 21 / 52 题