Capítulo XIV

De aquellas cosas que pasan...

=--I--=

Desde que Mariano empezó a entonarse, su tía Encarnación no podía hacer

carrera de él. Halagos y amenazas, blanduras y rigores, eran igualmente

ineficaces contra él. Más le habría gustado a la buena mujer verle

travieso, enredador e indomable como en su niñez, que observar aquella

indolencia taciturna, aquella tétrica quietud, semejante al acecho de

las bestias carnívoras, en las cuales la paciencia es precursora de la

ferocidad.

«¿En qué piensas, animal?--le decía bruscamente--. ¿Vas a inventar la

pólvora o qué? Eres un talego. ¿Por qué te estás dos horas mirando al

suelo? Mira siquiera al cielo estrellado, y aprende para zaragozano,

¡puñales! ¿Vas a hacer el Almanaque del empedrado? ¡Qué poste! Tu

hermana, de tanto mirar arriba, se ha perdido. Tú llevas otro camino,

pero llegarás al mismo fin. ¿Por qué no trabajas?

--Porque no me da la gana..., _hala_...--respondía Mariano saliendo de

su somnolencia intelectual por la virtud de un pellizco.

--Pues ve a que te mantenga el obispo.

--No necesito que usted me mantenga. Tengo de acá.

--¡Anda, anda, chaval desorejado!... ¡Y con qué tipos te ajuntarás tú

para allegar eso! ¿Qué diabluras haces? ¿En qué te ocupas por las

noches? ¿Qué llevas aquí debajo de la blusa?

--El copón.

--¡Jo... sús! ¡Qué blasfemias dices! Mira, mira, tú y yo haremos malas

migas. Si sigues así, desocupa, hijo, desocupa y deja la casa. El día en

que te den garrote iré a verte.

--_¡Aur!..._»--murmuró _Pecado_ con gutural sonido.

Y se marchó despacio, las manos en los bolsillos, la gorra encasquetada,

la mirada vagabunda y sin fijeza, como su andar y pensamiento. Algunos

días, dando a su teórico paseo una dirección determinada, íbase a casa

de Juan Bou, no a pedir trabajo, sino a charlar un poco con el maestro,

por quien conservaba ligera inclinación, parecida al afecto. Llegó al

taller un día (enero del 77) y encontró al buen catalán festivo y

engolfado en el trabajo, como en sus buenos tiempos.

«Hola, tagarote, ¿qué buscas por aquí?--le dijo, tocado de aquella

verbosidad que fuera indeterminable si no le entrecortara la tos--.

Siéntate. Pues todavía mejoras poco. Hombre, a ver si echas de una vez

ese pelo. Tienes la cabeza como la de un ratón acabado de nacer... Te

digo que te sientes y que te pongas la gorra. Aquí no se gastan

cumplidos. Conque cuéntame: ¿trabajas o no?».

Mariano quiso contestar que no trabajaría más a jornal; pero Bou tenía

tantas ganas de decir algo, que le cortó la palabra con la suya

inagotable, diciéndole así:

«Aprovecho esta ocasión para decirte que tu hermana es una loca, una mal

agradecida, una mujer ligera, una tonta, una disipadora, una cabeza

destornillada. Yo la quise como yo sé querer, y me hubiera casado con

ella. ¡_Voto va Deu_, de buena me he librado! Porque tu hermana es una

calamidad. Ahí la tienes en la cárcel por terca, porque se ha empeñado

en que es marquesa. Tan marquesa es ella como yo subdiácono. En fin,

ella lo quiere, con su pan se lo coma. Bien se ha comido el mío; y no

creas lo que dicen por ahí, no; no es cierto que yo me gastara con ella

lo que me saqué a la lotería y la herencia de mi tío. En total, no me

pellizcó arriba de dos mil duros, porque como la Justicia me la quitó de

entre las manos cuando menos lo pensaba... Digan lo que quieran, chico,

hay Providencia. Mi dinero se salvó en un papel, el auto de prisión;

porque trapitos por aquí, trapitos por allá, el caprichito _A_, la

chuchería _B_, ello es que se me evaporaron diez o doce mil reales en

una mañana. Tu hermana es una liquidadora como no se ha visto. En su

corazón, lleno de apetitos, está escrito con letras de oro «¡abajo los

ricos!». Buena pieza, sí. Es un tigre para el bolsillo ajeno. Quien ve

aquella cara, ¿cómo ha de sospechar lo que hay dentro? Quien ve aquellos

ojos divinos, donde tienen su madriguera los ángeles, ¡cómo ha de pensar

que estos ángeles son una cuadrilla de secuestradores!... Yo estaba

ciego, yo estaba tonto. Cuando me mandó la primera carta con su padrino,

pidiéndome socorros, me pareció que se me abrían las puertas del cielo.

Esta es la mía, dije, y con dos o tres cartas, yo proponiendo, ella

aceptando, nos arreglamos. La puse en una fonda mientras arreglábamos

una casita; yo estaba embobado; quería probar las delicias del mundo,

cuando la Justicia..., ya sabes... Este animal de Bou se quedó con la

copa en los labios... Ahora me alegro. Con los pocos tragos que gusté,

tengo lo bastante para poder decir: conozco el mundo, señores, conozco

sus delicias mentirosas, sus dulzuras y sus quebrantos; sé lo que

cuestan los goces. Desde la sobriedad del pobre a la disipación inmoral

de los ricos, todo lo conozco, todo es canalla, canalla arriba, canalla

abajo. ¿Se hace el bien?, pues nadie lo agradece. ¿Se hace el mal?, pues

nadie lo censura. Mal y bien todo es igual. Si amas te desprecian; si

eres rico te adulan; si eres pobre te escupen. O si no, observa lo que

ha hecho tu hermana conmigo. La saqué de la miseria, la vestí, la calcé,

le di regalo, comodidades, cuanto pudiera apetecer. Ella abría la boca y

yo abría el bolsillo, y _palante_ siempre. Pues mira el pago. Dice que

soy un bruto, que le repugno, que le doy asco. Le mando un ramo de

flores y lo pisotea. Le escribo cartas y no me contesta. Voy a verla y

me recibe con un gesto... En fin, la he mandado a paseo. Te digo estas

cosas para que se lo cuentes a ella. Anda, anda, dile todo; no me

importa. Veremos lo que hace cuando se le acabe el dinero y no tenga con

qué pagar el cuarto en la cárcel. La pondrán en aquellas grandiosas

salas, donde podrá pasearse y comer y dormir con aquellas lindas

duquesas y baronesas que están allá por hurtos, lesiones y otras

gracias. Bien merecido. Ella no te preguntará por mí. Si te pregunta, le

dices que el señor _Ipecacuana_ (así me llama) está contento de haberla

perdido de vista, que ha hecho las paces con su bolsillo y con el

sentido común, y que le va tan lindamente. Dile que trabajo como antes,

que buscaré una mujer de bien con quien casarme; que, como hijo del

pueblo, me río de su aristocracia estúpida, y que me alegraría de que

todos los aristócratas y chupadores juntos no tuvieran más que un solo

pescuezo para ahorcarlos a todos de una vez».

Más hubiera dicho, pero la tos, que por lo homérica, tenía cierta

semejanza con la risa de los dioses, le invadió de súbito y allí fue

Troya. Concluido el acceso, el ojo rotatorio derramó abundante lloro,

mientras el otro, más cerrado que arca de avaro, no daba señales de

existencia.

«Y ahora--continuó Bou, gozoso del mutismo de Mariano--, si quieres que

te dé consejos, te los daré. Porque tú tan callado, tú tan sombrío, no

vienes a que te dé trabajo, ni dinero, sino un buen consejo, que valga

millones. Oye bien. Si quieres trabajar, trabaja; si no quieres

trabajar, no trabajes. En este mundo, el que más trabaja tiene

probabilidades de morirse de hambre, si no viene en su ayuda la lotería

o alguna herencia. Tú eres listo; busca un negocio atrevido, emprende

algo, especula con la candidez de los demás. Yo he visto mucho mundo, y

sé que los más pillos son los que tienen más dinero. Cuando tú lo

tengas, gástalo, que hay tontos que al verte tirar tu dinero te darán el

suyo; así es el mundo. Haz cosas atrevidas, date a conocer, aunque sea

con un gran escándalo; procura que tu nombre suene, aunque sea para

decir: «¡Qué bárbaro es!». Aquí hay dos papeles, el de víctima o el de

verdugo. ¿Cuál vale más? El de verdugo. Chupar y chupar todo lo que se

pueda. El pueblo está sacrificado. Los grandes se comen todo lo que hay

en la nación. No hay más que dos caminos: o acabar de una vez con todos

los grandes, lo cual no es fácil, o meterse entre ellos y aprender sus

marrullerías y latrocinios. Escoge, toma tus medidas y echa a andar

_palantito_.

--Yo--dijo Mariano con súbita animación--quiero que se hable de mí.

--¡Que hablen de ti!..., pues mete ruido.

--Lo que es ruido..., ya lo meto--replicó Mariano.

--¿Cómo? ¿Con un cencerro?

--Con esto--dijo Mariano mostrando un canuto.

--¡Ah! ¡Tunante!...--exclamó Bou muy asombrado de ver el instrumento

músico que el chico mostraba--. Conque tú te ocupas... Pues mira: desde

hoy perdemos las amistades, porque con esa clase de armas no se defiende

al pueblo. ¡Petardos, arma traidora de los perdidos, truhanes, jugadores

y demás escoria! Oye tú, mírame a la cara. ¿Me ves bien? Pues este que

aquí ves, este nieto de mi abuela, cuando quiere significar su desprecio

al Poder público; cuando quiere dar una bofetada a cualquiera que

represente la autoridad usurpada y la ley tiránica, lo hace cara a cara,

a pecho descubierto, poniéndose entre el peligro y la inmortalidad,

entre el verdugo y la gloria. ¡Pero disparar cohetes en la sombra,

asustar a las mujeres y desesperar a los de Orden público!...

Reflexiona, hijo mío--añadió, después de una pausa, con tonillo de

propaganda evangélica que sabía adoptar en ciertos casos--; reflexiona

en que si quieres educar tus virtudes cívicas, y llegar al grado de

estimación pública a que hemos llegado los que estamos llenos de

heridas, los que hemos ido de calabozo en calabozo, los que hemos comido

ratas...».

Dios sabe a dónde habría llegado por este brillante camino, si Mariano

no se hubiese levantado, anheloso de marcharse. En el singular estado

fisiológico en que se encontraba, su lúgubre atonía se interrumpió

bruscamente por impaciencias inexplicables. Con un poquillo de ironía

dio las gracias al maestro por sus consejos, y se fue a escape, como

alma que lleva el diablo.

«Este chico tiene algo»--dijo Bou para sí.

Olvidándose luego del muchacho, siguió pausadamente los pasos contados

de su metódica vida; paseó un poco por la tarde, comió después, fue al

café, regresó a su casa, y cuando se estaba acostando, ¡ay Dios!, oyose

un estrépito tal, que no parecía sino que reventaba una mina junto a la

casa y que esta se venía abajo de golpe. El estremecimiento y el ruido

dejaron a Bou parado y sin aliento, los vidrios estallaron en pedazos

mil, la puerta de la casa saltó del quicio, y el vecindario,

alarmadísimo, salía gritando a la calle con pánico horrible...

¡Ah pillete aristócrata!--dijo Bou serenándose al comprender lo que

era--. ¡Si te cojo!...».

=--II--=

Y algunos días después de esto, Mariano estaba en la encrucijada que

llaman las Cuatro Calles, mirando indeciso las vías que allí concurren,

sin saber cuál escoger para entrar por ella. Oigámosle:

«¿Iré a casa de mi tía? No, que llama a los de Orden público y me cogen.

¿Iré a ver a mi hermana? No, que estará allí _Gaitica_. ¿A dónde iré?...

Dejémonos ir. Por aquí, por la Carrera abajo, veré la gente que va a

paseo, veré los coches, subiré al Retiro, y me estaré allí toda la

tarde... Hace buen tiempo, tengo dos duros y no se me da cuidado de

nada... Ya empieza a pasar la pillería. Allá va un coche..., y otro y

otro. Toma, aquel es de ministro. _Chupa--gente_, ¿sabe el coche?

_Oigasté_, ¿y si le dijeran: «Suelte lo que no es suyo?...». Ahí va

otro. ¡Cuánto habrá robado ese hombre para llevar cocheros con tanto

galón!... Anda, anda, y allí va un cochero montado en el caballo de la

derecha, con su gorrete azul y charretera... ¡Eh!, y en el coche van dos

señoras... ¡Vaya unas tías, y cómo se revuelcan en los cojines! _Oigan

ustés_, ¿de dónde han sacado tanto encaje? Y qué abrigaditas con sus

pieles... Pues yo tuve anoche mucho frío, y ando con los zapatos rotos.

Paren, paren el coche, que voy a subir un ratito. Estoy cansado.

¡Valientes tías!... Subiré por el Dos de Mayo. Por aquí va mucha gente a

pie.

»Este Retiro es bonito; sólo que..., de aquellas cosas que pasan,

habiendo tantos que tienen frío, el pueblo debía venir aquí a cortar

leña... Entro por este paseo de los muñecos de piedra con las manos y

las narices rotas. ¡Qué feos son!... Hola, hola, ¿niñitos con guantes?

¡Y cuántos perifollos gasta esta familia! Con lo que lleva encima la

criada había para vestir a cuatro mil pobres... El papá debe de haber

robado mucho. Está gordo como un lechón... De consiguiente, que lo abran

en canal... Tomemos por aquí a la derecha, para ir a la Casa de

Fieras... Pero no entraré; estoy cansado de verlas. ¡Puño, cuánto coche!

Allá va D. Melchor acompañando a dos niñas. Sí, para ti estaban, bruto.

Son las niñas de Pez. Y el Sr. Pez va también con la gran tripa llena de

billetes de Banco, que ha tragado... Más coches, más coches, más. Bien

dice el maestro que lo bueno sería que toda esta gente no tuviera más

que un solo pescuezo para ahorcarla toda de una vez... De consiguiente,

todos viviríamos al pelo... Pero ¿qué es aquello que viene allí? ¡Ah!,

ya sé. Primero un batidor a caballo. Después el gran coche con seis

caballos... Puño, y toda esa gente de galones, ¿para qué sirve? Miale,

miale, cómo saluda a todo el mundo, sombrero en mano; y ella también

saluda, moviendo la cabeza. Descuidar, que alguno habrá que vus arregle.

Yo lo que digo es que muerto el perro se acabó la rabia, y que muerta la

cabeza, manos y pies se mueren... Miales, miales; dan vueltas para que

les vean mejor. Ahora vuelven para acá; ya vus hemos visto bien.

»¡Valientes perdularios! Si hubiera un hombre de corazón, ¿a dónde

iríais a parar todos? Todos os pasaríais al partido de los pobres.

¡Vivan los pobres! digo yo, y caiga el que caiga. ¡Abajo los

ladrones!... Puño, vienen más coches, todos con tías brujas o con mozas

guapas muy tiesas. Ya, ya; ¿sombrillita para que el sol no les queme las

caras? Pues yo, tías brujas, ando al sol y al aire, con los zapatos

rotos, y la blusa rota, muerto de frío; con que... ¡Eh!... ¿Quién es

aquel que va a caballo? ¿No es Gaitica? El mismo, un chulo vestido de

persona decente. Y saluda a dos que van en un coche. Todo porque estos

días ha ganado al juego muchos miles. Ladrón, ruletero, chulapo,

ordinario, canalla. Apuesto a que pasa por junto a mí y no me saluda;

¿apostamos? Aquí viene; me acercaré para que me vea. Le hablaré en

flamenco. «Buenas tardes, zeñó Zurupa».

Esto decía Mariano acercándose a un jinete que avanzaba por la orilla

del paseo, montado en un caballo español puro, de cuello corvo y

movimientos tan gallardos como pesados. El jinete vio al chico, y entre

bromas y veras, sacudió el siniestro brazo, y con el látigo, quizás sin

pensarlo, le cruzó la cara, diciéndole: «_Granujilla_...».

=--III--=

En una casa, que por su desordenado aspecto, la suciedad de sus muebles

y la catadura ordinaria de sus habitaciones, parecía ser la misma en que

Joaquín e Isidora pasaron las tristes horas que en otra parte de esta

historia quedan contadas, halláronse juntos otro día Mariano y el

caballero (llámase así porque iba a caballo) designado con el nombre de

_Gaitica_. Entró Mariano en el cuarto en que el tal estaba y sin

saludarle le dijo:

«Vengo _a_ por aquello.

--¡Ah!, que listo andas. Agradece que lo hay. Toma, roío niño».

Sacó tres duros del bolsillo y sin mirarle se los arrojó sobre la mesa.

«El otro día--dijo Mariano con timidez entre recelosa y salvaje--me dio

usted un latigazo.

--Niño, fue sin querer. Pues qué, ¿a un roío caballero como tú se le dan

latigazos?... ¡Taco, y qué orgullo vas echando!... ¡Roer! Átame esa

mosca. Por ahora no necesito de ti. Si algún día necesitas una roía

peseta, vente acá. Si algún día no tienes qué comer, no faltará acá un

roío pedazo de pan que darte. Comerás las sobras de la mesa. Eres un

roío gandul, un roío holgazán, un roío bergante, y acabarás en presidio.

--Como usted--dijo Mariano con descaro.

--¡Roer!, no te me subas a las barbas, porque de un roío puntapié vas a

parar a Flandes. Yo soy una persona decente. Los holgazanes y gandules

me cargan, ¡taco! Porque la necesidad le obligue a uno a poner la

ruleta, no quiere decir que no sea persona decente. Ahora soy hombre

formal, y voy a comprar mulas para venderlas a la Artillería; hombre de

negocios, hombre que se puede poner delante del rey, sí, señor; porque

es un hombre que paga la contribución, un hombre de orden, de ley, que

no gusta de oír hablar del roío pueblo ni de la roía revolución; un

hombre, en fin, más honrado que Dios, más caritativo que la roía

Biblia».

Mariano le oía espantado y con despecho. ¡También _Gaitica_, aquel ser

de la última gradación moral, aquel hombre a quien _Pecado_ consideraba

como inferior, se sublimaba por la virtud de su pequeño capital,

adquirido en infames juegos de azar, y quería revestirse de la dignidad

del burgués pacífico, del propietario conservador, y clasificarse entre

los ciudadanos probos, que son base, sustento del orden social! Era lo

último que a Mariano le quedaba que ver.

«Sí--prosiguió aquel individuo, cuyo retrato no haremos porque una mano

más hábil lo hará después--, soy hombre caritativo. Sabes que he visto a

tu hermana, y que la he amparado. La he conocido estos días, cuando he

ido al Modelo a ver a una prima que está allí por unas roías lesiones...

Tu hermana es muy guapa. La he amparado; la vi muy afligida porque se le

había acabado el dinero y tenía que pasar a la sala común. ¡Roer!, ¡un

hombre como yo ver esas cosas!... Al momento arreglé con el alcaide el

pago del cuarto. Yo soy un hombre generoso, un caballero que sabe gastar

las roías pesetas en beneficio del pobre y necesitado... Tu hermana es

muy buena y muy señora. Voy a visitarla todos los días y a ofrecerle mis

servicios. ¡Oh!, no es como tú, que eres de lo que llaman un parásito,

la polilla del orden social, un vago. Tú y tus compañeros debéis ser

exterminados, porque la roía sociedad..., en fin, yo me entiendo.

Márchate. ¡Roer!, ¿qué haces ahí como una estatua? Tú no tienes

inteligencia, no comprendes lo que yo hablo... Abur».

En el cerebro de Mariano se repercutían, como vibraciones de una

campana, aquellos execrables conceptos, que son fiel copia de los textos

auténticos del célebre _Gaitica_. Conocido de todo Madrid, este tipo ha

venido a nuestra narración por la propia fuerza de la realidad. El

narrador no ha hecho más que limpiar todo lo posible su lenguaje al

transcribirlo, barriendo con la pluma tanta grosería y bestialidad, para

no dejar sino la escoria absolutamente precisa.

Cuando Mariano se retiró aquella noche a su miserable alojamiento,

después de vagar toda la tarde y parte de la noche por las calles sin

tomar alimento, sufrió un ataque epiléptico. Parecía que se desbarataba

en horrorosas convulsiones, y se mordió las manos y se golpeó todo,

quedándose maltrecho. Por fin le pasó, Dios sabe cómo, y al volver en sí

encontrose con una gran novedad en su cerebro: tenía una idea; pero una

idea grande, clara, categórica, sinceramente adherida a su inteligencia.

No durmió en toda la noche, no comió nada a la mañana siguiente. Tenía

momentos de gran temblor y confusión, y otros en que una actividad

febril obligábale a correr por las calles, sin ver a nadie, sin fijarse

en nada más que en los coches que iban y venían.

Tomaba un bocado en cualquier taberna, y paseaba, paseaba. Pasear era su

vida y el pasto de su idea. Rompió toda clase de relaciones, dejó de ver

a su hermana, a su tía, a Bou, a _Gaitica_, y con quien únicamente

cambiaba alguna palabra era con Modesto Rico, que vivía con él y estaba

casi siempre embriagado. Las noches siguientes las pasó también sin

dormir. Un malestar inexplicable que a veces tomaba formas como de

entusiasmo, a veces como de abatimiento letal, actuaba sin cesar dentro

de él, absorbiendo todas sus fuerzas y pensamiento. Repitiole el ataque

epiléptico, y cuando le pasó, disparataba cual si hubiera perdido la

razón. Durmió luego profundamente; levantose alegre, salió, y

dirigiéndose al Rastro detúvose en un puesto a comprar algo. Regateó con

discreción y tacto, y de vuelta en su casa con el objeto que había

comprado, lo escondió, lo agazapó debajo del colchón, diciendo estas

palabras:

«Estáte quieta, ahí, quieta».

La desheredada · 第 76 / 87 题