En el Modelo

=--I--=

La irritación y la vergüenza, unidas a un desorden nervioso que casi la

privaba de sensibilidad, tuvieron a Isidora toda aquella tarde y noche

en un estado parecido al sonambulismo. Veía las cosas, las tocaba,

preguntaba, y aun respondía como cediendo a una fuerza mecánica. No

estaba segura de hallarse despierta, ni de que fuese realidad lo que le

pasaba; iba y venía medio ciega, mareada, con algo en el cerebro, entre

jaqueca y manía, sorprendiéndose de ver cómo brillaban instantáneas,

sobre la densa lobreguez de su pena, algunos relámpagos de alegría.

Rindiola el cansancio después de medianoche; se acostó vestida, cerró

los ojos tratando de adormecer el dolor de cabeza, y entonces revivió

bajo su cráneo, entre la vibración de los nervios encefálicos, todo lo

acaecido desde que el escribano se presentó en su casa para prenderla.

Veíase en el coche de alquiler que los condujo a la calle de Quiñones,

donde está el vulgar y triste edificio llamado _Modelo_ con descarada

impropiedad; el coche paraba junto a una puerta en la cual había un

soldado de guardia, y más a la izquierda un grupo de pobres disputándose

las sobras del rancho de las presas.

Isidora y el escribano entraban en un vestíbulo nada espacioso; salía a

recibirlos un empleado con gorra galoneada, traspasaban un cancel de

cristales, y volviendo un poco a la derecha, encaraban con una puerta de

pesados cerrojos, sobre la cual se leía en letras negras la palabra

_Rastrillo_. Una mujer de edad madura abría la puerta, Isidora pasaba,

subía por la gran escalera blanqueada, y al llegar a lo alto miraba el

letrero de la _Sala primera_; y echando la vista por el hueco, veía un

claustro grande y luminoso, en cuya capacidad sesteaba, tomando el sol,

el más bullicioso y pintoresco ganado femenino que se pudiera imaginar.

La idea sola de tener que vivir entre aquella gente había horrorizado a

la de Rufete. Pero ella tenía fondos; ella pagaría una habitación

decente, y viviría con ciertas comodidades y completo decoro los pocos

días que, a su parecer, habría de permanecer en aquel tremendo asilo.

Una señora mayor, bondadosa y amable, la acompañaba, y precedíala una

celadora, cabo femenino o presidiaria distinguida, de aspecto gitanesco

y hombruno. Hacia la izquierda estaba el aposento que a Isidora se

destinaba, el cual tenía una ventana enrejada a la calle, un camastrón

de hierro, mesa y dos sillas... La dejaban sola; poco después entraba la

celadora, quien, con formas de adulación artera y llamándola _señorita_,

ofreció servirla y acompañarla. Isidora la miraba con repulsión. Llegada

la noche le servían una cena, que no quiso probar, y al fin, sola,

encerrada, abrumada por la pena, el cansancio y la jaqueca, se recostó

en la cama, donde su cerebro le reprodujo una, dos, tres veces o más, la

serie de impresiones y sucesos que hemos referido.

Por la mañana, despertáronla los gritos y desaforadas blasfemias de una

mujer que moraba al otro lado del tabique de su cuarto, el graznido de

un ave domesticada, el ruido de la calle, el bullicio de la próxima

_Sala primera_, y el _tan tan_ de la campana de Montserrat, iglesia del

convento que hoy es prisión del bello sexo. Y si el alma humana en las

situaciones de gran tribulación se ve siempre sacudida por ráfagas de

inexplicable alegría, que más bien parecen protesta aislada de algún

nervio rebelde contra el dolor, en Isidora había un motivo para que

aquellas ráfagas de alegría fueran algo más duraderas y eficaces, porque

la prisión, con ser tan odiosa, había venido a librarla de otra

esclavitud atrozmente repulsiva.

«Casi me alegro de esto--decía--, porque si no estuviera aquí estaría ya

muerta de horror y asco...».

Además, la prisión no podía durar, porque los jueces, ¡cosa evidente!,

habrían de convencerse pronto de la inocencia de la pobrecita

demandante. Dios le había deparado sin duda aquel trance para probarla y

darle de improviso, cuando más afligida estuviese, el alegrón de ganar

el pleito y confundir a su implacable abuela. Pero donde la hallamos más

en carácter es en aquel punto y hora en que echaba mano de su cualidad

de idealizar las cosas para obtener los más dulces confortamientos. ¿No

ennoblece el martirio a las criaturas? Si los culpables, cuando son

perseguidos, inspiran lástima, los inocentes que sufren tormento de la

Justicia, ¡cuánto no se avaloran y subliman en el concepto de las almas

sensibles! Era inocente, sufría persecuciones inauditas; luego tenía

bastante motivo para erigirse en criatura celestial. Poco le faltaba

aquella mañana para figurarse que todo Madrid la compadecía, que era el

ídolo de multitudes, que se hacía interesantísima, que era un tipo

novelesco, y aun que salían por aquí y por allá bravos caballeros

dispuestos a hacer cualquier barrabasada por sacarla de aquel mal paso.

¡Pero qué feo, qué desmantelado el cuarto! ¡Qué cama, que muebles, qué

desnudas paredes! Era cosa de morirse de abatimiento. Y no obstante,

como ella, para hacer frente a un hecho, siempre tenía pronta una idea,

amparose de una bellísima, que le valió de mucho para consolarse. ¿Con

quién creerá el lector que se comparó? Con María Antonieta en la

Conserjería. Era ni más ni menos que una reina injuriada por la canalla.

Determinó, pues, imitar en todos sus actos y palabras, hasta donde la

realidad lo permitiese, la dignidad de aquella infelicísima señora, con

lo que se crecía a sus propios ojos, y se veía idealizada por el

martirio, grande en la humildad, rica en la pobreza y purificada en los

padecimientos. El día lo pasó en estas cavilaciones, acordándose mucho

del Delfín, de Joaquín Pez y de otras personas. Mandáronle ropas, y Juan

Bou, a quien pidió un libro de entretenimiento, le envió _Los

Girondinos_, de Lamartine, y un gran ramo de flores. Isidora leyó en el

libro y deshojó las flores, dándose el gusto de pisotearlas. Le

recordaban cosas muy desagradables la osadía y desparpajo de la canalla

profanadora.

Empezó el sumario. Cuando bajaba a prestar declaración a la salita de

rojo dosel, que está junto al despacho del alcaide, Isidora contestaba a

las preguntas del juez con serenidad tranquila, con confianza en su

derecho y al mismo tiempo con un aire de superioridad que cautivaba,

preciso es decirlo, al mismo señor juez dignísimo y al escribano. En

todo el trayecto desde su cuarto a la salita, lo mismo al subir que al

bajar, la Rufete era gran incentivo a la curiosidad de las presas, que

se agolpaban a la puerta de la Sala para verla pasar, y luego estaban

comentándola tres o cuatro horas. Quién aseguraba que era una duquesa

perseguida por su marido; quién la tenía por una cualquiera de esas

calles de Dios; y alguna, que la conocía verdaderamente, refería parte

de su vida y milagros, añadiendo maliciosas invenciones. Y ella, a

solas, sumergida en hondas perplejidades y tristezas, repetía en su

mente las preguntas del juez, deploraba no haber dado tal o cual

contestación, revolvía lo cierto con lo dudoso, la acusación de la ley

con los datos de su memoria, el testimonio de su conciencia con ciertas

presunciones y sospechas, para tratar de sondear aquel antro obscuro

que, desde la acusación por falsificadora, se había abierto ante sus

ojos. Negaba con toda su alma, y al negar, su conciencia mostrábase en

la plenitud de la verdad. Los documentos se le habían entregado tal y

como estaban; y ella no había añadido ni quitado cosa alguna, ni tenía

noticia de que nadie lo hubiera hecho. No era posible que su tío el

Canónigo alterase los tales papeles, y en cuanto al primitivo poseedor

de ellos, Tomás Rufete... Al llegar a este punto de su cavilación,

Isidora fruncía el ceño y ahondaba, ahondaba en aquel mar inmenso de lo

dudoso. ¿Pero a qué martirizar el pensamiento? Los jueces, la ley, la

marquesa de Aransis, la curia infame y el señorío prepotente eran los

verdaderos autores de aquel embrollo, con el inicuo fin de desposeer a

una huérfana noble, a un ángel desvalido. Pero Dios los castigaría, Dios

volvería por los fueros de la verdad y de la inocencia. ¡Pues no faltaba

más!

Durante el sumario, la incomunicación no fue tan rigurosa como la ley

ordena, porque los cerrojos de nuestras cárceles se ablandan fácilmente.

Isidora, como persona de aspecto decente y algo adinerada, se captó las

simpatías de las compasivas mujeres que guardaban a sus compañeras. Así

pudo tener el gusto de ver, aunque por cortos ratos, a _Riquín_ y a D.

José, a su tía _la Sanguijuelera_ y a Miquis. El día mismo en que cesó

la incomunicación fue este a verla, y tuvo con su amiga largo y

substancioso coloquio. El simpático doctor sintió viva emoción cuando

vio aparecer detrás de las dobles rejas del locutorio aquella figura

hermosa, aquel rostro pálido, con expresión de noble conformidad.

«Isidora, gran mujer--le dijo fingiendo burlas para ocultar emociones--.

Estás guapa. Eres el soborno de la ley y la sustancia corrosiva del

Código penal. Como sigas así, la curia, en vez de tomarte declaraciones,

te las hará, y vas a pisar una alfombra de togas y a subir por una

escalera de birretes.

--Déjate de tonterías--replicó ella apoyando los codos en la reja

interior y sosteniendo la cabeza entre las palmas de las manos, actitud

de aburrimiento que tomaba siempre que estaba largo rato en el

locutorio--. ¡Ay, Miquis, esto es morir!

--Con tu permiso, eso es vivir. ¿Pues qué creías tú?... La vida toda es

cárcel, sólo que en unas partes hay rejas y en otras no. Unos están

entre hierros y otros entre las paredes azules del firmamento... Pero

vamos a otra cosa, gran mujer. Hoy vengo a darte noticias que serán para

ti alegres o tristes, según como las tomes.

--Dímelas pronto.

--Mi suegro me ha hablado de ti, me ha hablado también de la marquesa».

Isidora, sin decir nada, demostraba inmenso interés.

«La marquesa llegó ayer, de paso para Córdoba. La buena señora se pone

nerviosa y triste siempre que le hablan de este pleito y de tu prisión».

«Muñoz y Nones--dijo la señora a mi suegro--, yo quiero que usted

arregle esto. Tómelo usted por su cuenta, hable a esa desgraciada,

demuéstrele lo inútil de su tenacidad, y ofrézcale en mi nombre lo que a

usted le parezca, con tal que me deje en paz».

--¿Eso le dijo?...

--Sí; ya sabes que el documento falso, porque la existencia de la

falsificación ya no ofrece duda, aparece otorgado por Andréu, compañero

y amigo de mi suegro. ¿Sabes lo que mi suegro dice? Que la falsificación

no está hecha por ti».

Isidora callaba. Hasta que el diálogo tomó otro giro, estuvo como una

estatua, fijos en Miquis los ojos:

«Oyes. ¿Sabes que te me estás pareciendo a la pantera del Retiro? ¿Por

qué me miras así y no dices nada? Pues bien: mi suegro, que es notario

de la casa de Aransis, vendrá a hablarte; te anuncio esa grata visita.

Te ofrecerá la libertad, la declaración de tu inocencia, y _ainda mais_,

una gratificación, un socorro. Pobrecita, has sido víctima de un grande

y tremendo engaño. Broma más pesada no se ha dado ni se dará. Quién fue

el autor de ella, tú lo sabrás... Pero qué, ¿te has vuelto muda? ¿Eres

de piedra? ¿A dónde miras? ¿Estas gozando de alguna visión? ¿Estás en

éxtasis?».

Él también se callaba y la miraba. Metió la mano por la reja exterior e

hizo algunas castañetas con los dedos, como cuando se trata de llamar la

atención a un animal perezoso. Ni por esas. Isidora no decía nada.

«Voy a hablarte de otra cosa--añadió Miquis--. Ayer he tenido una grata

sorpresa. Iba por la calle de Preciados cuando oí una voz que decía:

«Señorito Miquis, señorito Miquis». Volvime y vi a tu tía, la sin par

_Sanguijuelera_. «¿No sabe usted--me dijo--que hemos encontrado a la

fiera perdida?...». «¿A quién?». «A _Pecado_». Allá en su lengua

especial me contó que le habían dado noticias de tu hermano otros

muchachos. Ha vivido algún tiempo en un tejar detrás de la nueva Plaza

de Toros. ¡Pobre chico! Fuimos allá, y dos mujeres que encontramos y que

no se recomiendan por su fisonomía, nos dijeron que, habiendo caído

enfermo con calenturas, le habían llevado al hospital.

--¡Al hospital!--repitió Isidora saliendo de su letargo.

--Corrimos al momento al Hospital General, y le encontramos

convaleciente. La enfermedad debe haber sido terrible, porque está poco

menos que idiota, y tan desmejorado como puedes suponer. De su vida en

el tejar y de sus correrías y altas hazañas, antes de caer enfermo,

supimos algo que contaremos cuando tengas más tranquilidad de

espíritu... Y ahora voy a hablarte de una tercera cosa, de Juan Bou.

Dice que le haces muchos desaires, que no contestas a sus cartas, que

pisoteas los ramos que te regala... Dice que eres la ingratitud misma.

--Augusto--murmuró Isidora gravemente, apartándose de la reja--, es la

hora de reglamento. Dispénsame que te despida. Estoy fatigada. Adiós.

Vuelve mañana».

Y se marchó _como una reina_, según dijo Miquis para sí, viéndola

internarse en la cárcel. Y él se salió a la calle: repitiendo: «¡Gran

mujer, gran mujer!».

=--II--=

¡Falsificación! ¡Profanación de aquella santa escritura de la cual

emanaba el más santo de los derechos! Si había delito, ¿quién era el

autor de él? ¿El Canónigo o Tomás Rufete? ¡Enorme, endiablada

confusión!... Pero lo que puso remate a la duda y trastorno de la

infeliz presa fue que su abogado le dijo un día estas palabras:

«Desde el tanto de culpa la cuestión ha variado por completo. La casa de

Aransis y el Sr. Muñoz y Nones tratan de probar la falsedad de un

documento que es la base de nuestra demanda. Si la prueban, nos

quedaremos en el aire, hija mía. El pleito toma un giro tal que

difícilmente podremos obtener un resultado satisfactorio. Haremos los

mayores esfuerzos, y llegaremos hasta donde se pueda llegar. En caso de

que la falsificación resulte evidente, creo fácil probar que no ha sido

usted la falsificadora, y que en este asunto ha procedido de buena fe.

En resumen: seguridades de éxito en la causa criminal; seguridades de un

fracaso en el pleito de filiación. Ya sabe usted que en la prueba hemos

estado muy flojos, por no conservar usted recuerdos de la niñez que nos

favorecieran, y por resultar muy débiles los testimonios de otras

personas».

Y dicho esto, el abogado, frío, honrado y cruel, se despidió dando un

suspiro, último tributo de la ley al volverse hostil.

«¡También, también me han corrompido a mi abogado!--exclamó Isidora

cuando se quedó sola--. ¡Bien, seré mártir; que me maten de una vez, que

acaben conmigo, que me lleven al cadalso!».

Pasada la crisis de ira, estuvo dos días sin salir del lecho; apenas

hablaba; no tenía fuerzas para nada; sentíase también algo idiota como

su hermano, convaleciente de intensa fiebre. A ratos injuriaba con dura

frase a la justicia humana, exaltándose, para caer después prontamente

en el desánimo y derramar abundantes lágrimas. Su sueño era entonces

breve, erizado de pesadillas, como un camino incierto y tortuoso, lleno

de obstáculos. Unas veces se le aparecía _Riquín_, ladeando con gracia

la enorme cabeza bonita, fusil al hombro, marchando al paso de soldado.

Y el pícaro Anticristo la miraba, echándose el fusilillo a la cara con

infantil gracejo, y ¡zas!, disparaba un tiro que la dejaba muerta en el

acto; acudían otros chicos, camaradas de _Riquín_, y entre risotadas y

gritos la cogían y la arrastraban por las calles. Gran algazara y befa

de la multitud, que decía: «¡La marquesa, la marquesa!».

Otras veces era gran señora, y estaba en su palacio, cuando de repente

veía aparecer un esqueleto de niño, con la cabeza muy abultada, y los

huesos todos muy finos y limpios, cual si fueran de marfil. El esqueleto

traía su fusilito al hombro y marchaba con paso militar. Llegándose

ella, movía la gran cabeza y se reía y hablaba. Pero Isidora, sin poder

entender sus palabras, temblaba de espanto al oírlas. Luego se borraba

el niño del campo de los sueños, y aparecía Joaquín en mitad de una

orgía, ebrio de felicidad y de Champagne. Por delante de la mesa se

paseaba una sombra andrajosa: era ella, Isidora. Todos la miraban y

prorrumpían en carcajadas. Ella se reía también; pero, ¡cosa rara!, se

reía de hambre. La debilidad contraía sus músculos haciéndola reír..., y

por aquí seguía de disparate en disparate hasta que despertaba y volvía

al tormento de la realidad, no menos cruel que el de los sueños.

A los tres meses de aquella tristísima vida, a la cual llegó a

acostumbrarse, porque es ley que nos acostumbremos a todo, sus

guardianes le aplicaban con mucha laxitud el reglamento del Modelo,

permitiéndole visitas largas, sin bajar al departamento de comunicación.

La conducta de Isidora en la cárcel era irreprensible: no daba

escándalos; trataba a las celadoras con urbanidad y miramientos; se

había hecho querer de todas, y las presas que pudieron gozar de su

intimidad, se hacían lenguas de su buen corazón, finura y agradable

trato. No tenía poca parte en esto la generosidad de la procesada y su

prontitud obsequiosa en remunerar cuantos servicios se le hacían. Lo

peor de esto era que el dinero, mermado velozmente de día en día,

marchaba a su completa extinción y acabamiento. Siempre que en esto

pensaba, Isidora sentía trasudores y congojas, y echaba una sonda a lo

futuro para ver si por alguna parte había señales de cosa metálica.

Grande fuera su pena si no la distrajeran a ratos los amigos. Juan Bou

iba ya pocas veces, porque la franqueza con que la ingrata demostraba su

antipatía, era lento antídoto del veneno de la pasión de él, y así, o

por dignidad o por enfriamiento, el buen hombre se retraía y apartaba de

aquel gran peligro de su vida.

«Calavera de un día--decía para sí--, vuelve a tu choza y no pierdas la

chaveta. Bastante has gozado; ya supiste lo que es la vida de esas

infames sanguijuelas... Vamos, que si no meten a esa divinidad en la

cárcel, ¡pobre Juan Bou, infeliz obrero!... Sigamos ahora siendo pueblo

llano, independiente, liberal, y cuando caiga otra breva, veremos si

conviene ser pueblo o echar una cana al aire en el mundo de los

burgueses. ¡Valientes pillos! Pero aquello es vivir...».

_La Sanguijuelera_ iba casi todos los días a ver a su sobrina. Cuando le

llevó a Mariano, Isidora se afligió grandemente, porque estaba tan

flaco, extenuado y consumido el chico, que apenas se le conocía. La

fiebre le había dejado en los puros huesos, y la piel se le

transparentaba. En sus modales, en su manera de hablar, en su espíritu

mismo, había dejado el mal huellas quizás más profundas, porque hablaba

poco, contestaba tardíamente, cual si necesitara mucho tiempo para

recoger y coordinar sus ideas desparramadas y fugitivas. Miraba a su

hermana con espantados ojos.

«Ya ves--dijo Isidora, sin saber qué términos emplear para dar una

explicación de su estado miserable--. Ya ves a dónde me han traído las

picardías, las infamias de nuestros enemigos... Para que vayas formando

idea de lo que es este mundo miserable, donde no hay justicia, ni ley...

Y tú, ¿qué has hecho? Cuéntame. ¡Has estado malo! ¿Ves? Si no hubieras

salido de casa de la tía, ella te habría cuidado bien. ¡Qué tremenda

lección!».

Mariano no decía nada, y con la barba hundida en el pecho, tan pronto

miraba al suelo como al rostro de su hermana.

«¿No me dices nada?--preguntó ella impaciente--. ¿Te has vuelto mudo?

Esa cara, ese mirar, ¿qué son?, ¿arrepentimiento o señal de mayor

barbarie? ¡Ah! Mariano, Mariano; el único consuelo que podría tener yo

ahora es verte corregido, verte caballero y persona decente. Levanta esa

cabeza, abre esa boca, mueve esa lengua, habla, contéstame...».

Y, dándole un golpe en la barba, le hizo alzar la cabeza.

«Su señoría gasta ahora pocas palabras--dijo Encarnación--. Le hemos de

poner dentro de un cántaro en un cuarto obscuro, como a las maricas,

para enseñarle a hablar... ¿Quieres ver tú que pronto se despabila el

pájaro? Pues enséñale el cañamón. Verás...».

Metiendo la mano en su bolsillo, sacó una peseta y la mostró al

muchacho, cuyos ojos soñolientos se reanimaron de súbito, y alzó la mano

hacía la moneda, diciendo con un gruñido:

«_Pa mí_.

--Sí, para ti estaba»--dijo, riendo _la Sanguijuelera_, guardándose la

moneda con más viveza que un prestidigitador.

Mariano miró a su hermana, la cual, compadecida, echó mano a la

faltriquera, y sacando dos pesetas dióselas al chico.

«Para ti..., pero con la condición de que has de contarme lo que has

hecho en todo este tiempo, cómo caíste enfermo, cómo has vivido, quién

te ha dado de comer...».

Con gran prontitud se guardó _Pecado_ su dinero, y alzando los hombros y

echando de sí un enorme suspiro, pronunció torpemente estas palabras:

«Yo... de aquellas cosas que pasan..., lo cual que me vi solo, y... no

me ha pasado nada.

--Nos hemos enterado.

--Tiene seco el entendimiento--indicó _la Sanguijuelera_--. La calentura

le abrasó los sesos. Dice el señorito Miquis que le dé baños en el río.

Oye tú--añadió alzando la voz, como cuando se habla con un sordo--:

¿quieres trabajar, quieres volver al taller del Sr. Bou?».

Como si nada oyera, Mariano se levantó desperezándose, y dijo:

«Me voy.

--Alto ahí, amiguito--replicó Encarnación siguiéndole--. Has de

arrastrar una calza como los pollos. No saldrás sin mi compañía».

Pero Mariano no le hacía caso y salió. La vieja fue detrás de él,

gritando:

«Aguarda, aguarda, mala sangre. No creas que te me escapas. Yo también

tengo buenos remos».

Al quedarse sola, Isidora estuvo largo tiempo pensando en su infeliz

hermano, y decía:

«¡Imbécil, imbécil!... Así no sentirá nada... Y yo, cada vez con más

talento para pensar, para comparar... ¡Qué desgraciada soy, y él qué

feliz!».

=--III--=

Tres días después volvió Mariano solo. Parecía más ágil, más

despabilado, más dueño de su pensamiento y de su palabra.

«¿Vienes solo?--le preguntó Isidora, asombrada de que no le acompañara

su tía.

--Solito.

--¿Y tu tía Encarnación?

--¿La vieja? En su casa. Yo soy hombre... De consiguiente, no necesito

que me lleven y me traigan.

--¿Has ido al trabajo?

--Sí.

--¡Mentiroso!

--Mira--dijo _Pecado_ abriendo su mano y mostrando algunas pesetas.

--¿Quién te ha dado eso?

--_Gaitica_.

--¿Gai...?

--Tica, tica. ¿No lo conoces? Es un caballero, un amigo mío.

--¿Y por qué te ha dado ese dinero?

--Porque me lo gané.

--¿Cómo?».

Mariano guardó las monedas para dejar desembarazada la mano, metió esta

luego por una abertura de su pantalón y...

«¿Aquí no nos ve nadie?...--preguntó receloso mirando a las paredes y a

la puerta.

--Nadie.

--Porque si me guipan...».

Y sacó del bolsillo un objeto cilíndrico, largo, como de media tercia,

de dos pulgadas de diámetro. Era un canuto fuertemente liado con

bramante.

«¿Qué es eso?

--Un petardo.

--¡Ah!, ¿eso que estalla?--exclamó Isidora con espanto--. ¡Y va a

estallar aquí!...

--Burra... no estalla mientras no se le enciende la mecha. Este es para

esta noche. Anoche puse uno en la puerta de la casa del duque, y cuando

reventó cayeron todos los cristales de dos casas.

--¿Y te ocupas en eso? ¡Bárbaro!... No lo digo porque me importe nada

que el palacio del duque salte en cuatrocientos mil pedazos. Yo pondría,

si pudiera, un petardo tan grande, que levantara hasta el cielo todos

los palacios de esa gente egoísta que nos quita lo nuestro.

--Lo pondremos--replicó Mariano, haciendo de la malignidad y de la

estupidez una sola expresión.

--Pero eso es juego de chicos... Es como armar guerra con cohetes en vez

de hacerla con cañones. ¿Qué resulta? Que suena mucho, que se asustan

los que pasan, que se rompen dos cristales, que se caen algunas

personas, y nada más. ¡Simplezas y pamplinas!

--Pondremos uno de este tamaño--dijo _Pecado_, expresando con la

distancia de una mano a otra la grandeza de sus planes de petardista--.

Hay en Madrid mucho pillo. Ellos guardan todo el dinero que debía ser

para nosotros, ¿eh?

--Lo de menos es que guarden el dinero. Lo peor es que nos quitan

nuestro nombre, nuestra representación social; nos meten en calabozos

inmundos, nos martirizan, y entretanto ellos gozan y se divierten con lo

que roban. El mundo está perdido. Si no sale alguien que le vuelva del

revés y ponga lo de arriba abajo y lo de abajo arriba...

--Lo de abajo arriba y lo de arriba abajo--repitió Mariano con el gozo

de quien ha encontrado la fórmula de un pensamiento que no ha sabido

expresar--. ¿Sabes?... ¡Cosas que pasan! Ayer he visto al señorito

Melchor en coche de dos caballos. Iba con dos señoras, dos tías, ¿eh?, y

un caballero. Parecía un marqués.

--No le nombres delante de mí--dijo Isidora cerrando los ojos.

--¡Cuánto ha robado!--exclamó el muchacho con cierta efusión--. ¡Y

nosotros tan pobres..., porque somos buenos, porque no robamos!

--¡Oh!--exclamó Isidora sintiendo un nudo en la garganta--. Dios nos

protegerá. Las persecuciones, los martirios, son nuestras coronas por

ahora...; pero esto ha de cambiar. ¿Quién sabe lo que pasará el mejor

día? Yo he leído que los soberbios serán humillados y los humildes

ensalzados».

Interpretación tan singular del texto evangélico cayó en el cerebro de

Mariano como semilla en tierra fecunda, y bien pronto nacieron y

fructificaron en él las ideas más extrañas.

«Ellos nos han quitado lo que es nuestro, ¿verdad, hermana?».

Isidora rompió a llorar.

«Sí, sí, sí--dijo entre lágrimas y sollozos--. Picardía tras picardía,

nos han quitado nuestro derecho, es decir, nos lo han negado... ¿Cómo?

Inventando mentiras, comprando la ley. La ley se vende, hijo. Tú y yo

tenemos derecho a una casa y a una herencia. Pues bien: nos la han

quitado. Mira lo que han hecho conmigo; meterme en una cárcel. Pues

contigo harán lo mismo, y nos ahorcarán, si pueden».

Oía Mariano absorto, y ella sacaba de su despecho admirables rasgos de

elocuencia.

«Un marquesado, una fortuna de millones es lo que nos pertenecía. Pues

ya ves: cárcel, infamia, pobreza. Tú y yo seremos mendigos o Dios sabe

qué. ¡Y Dios permite esto, y el cielo no se hunde, y todo sigue lo

mismo! Y clamamos a gritos, sin que nadie nos oiga. Al contrario, a

nuestros clamores responden con sus carcajadas, y nos llaman

pordioseros, envidiosos, y nos desprecian, nos injurian. De nada nos

vale invocar la ley. La ley es suya, porque teniendo ellos el dinero,

tienen la conciencia de los jueces... Que me den a mí el dinero, aunque

sólo sea por ocho días, y verán lo que soy. Pero estamos sin armas, y ya

ves, nos abrasan, nos matan. ¿Qué es la ley? Una engañifa, una farsa.

Los que la representan, ¿qué son sino ladrones? La autoridad..., ¡ah!,

¡qué gracia me hace a mí la autoridad! Es la comedia de las comedias,

mal representada para engañarnos, para explotarnos.

--Les pondremos un petardo, ¿eh?

--¿Uno? ¡Cuatro mil; un millón!... Tú eres un infeliz, chico, y no sabes

lo mala que es esa gente».

Siguieron hablando de esto, y al día siguiente hablaron de lo mismo,

porque Isidora, cuando tomaba en su boca este asunto, no lo soltaba

fácilmente. A medida que sus ilusiones decaían, determinábase en su alma

un cambio de sentimientos; simpatizaba más con el pueblo, a quien creía

oprimido, y le entraba un vivo aborrecimiento de la gente grande. Lo más

extraño era que, sin ceder en su vanidad ni en lo que pudiéramos llamar

coquetería de la desgracia, seguía encariñada con el bonito papel de

María Antonieta en la Conserjería. Pero en aquel caso la buena reina

estaba martirizada por la cruel y egoísta aristocracia, de donde venía

que simpatizase en principio con el vulgo, con el populacho, con los

descamisados; y decimos en principio, porque ninguna idea del mundo,

unida a todo el despecho de su corazón, le hubiera hecho tolerar la

grosería y suciedad de las personas bajas. Pensando en esto, ella daba

vida en su mente a una gallarda utopía, es decir, a la existencia

posible de un populacho fino o de una plebe elegante y bien vestida.

Pero esto, ¿no era una atrevida excursión al porvenir? Algo de genial

había en ella, porque, confundida y mareada de tanto pensar, solía poner

fin a sus cavilaciones sobre la plebe fina, diciendo: «¡Qué talento

tengo y qué cosas me ocurren!».

La desheredada · 第 75 / 87 题