¿Es o no es?
=--I--=
¡Generoso señor aquel que evitó a Isidora la angustia y el bochorno de
la sala común, apresurándose a pagar la miserable cuota! ¿Quién era
aquel ser benéfico que practicaba la caridad tan oportuna y noblemente?
La agraciada no le conocía más que de haberle visto dos o tres veces en
el cuarto de su vecina (una tal Antoñita Surupa, que por ciertos
porrazos, calificados de lesiones graves, estaba en la casa purgando la
impetuosidad de su naturaleza meridional), y por lo mismo que era tan
superficial el conocimiento, era mayor su gratitud. Al día siguiente de
aquel rasgo, merecedor de los mayores encomios, el autor de él,
Frasquito Surupa, a quien por mote llamaban _Gaitica_ en círculos que
apenas es lícito nombrar, visitó solemnemente a Isidora.
Según él mismo dio a entender, era persona notable y acaudalada, hombre
de gran mérito, que todo se lo debía a sí mismo, pues abandonado de sus
nobles padres y desheredado por sus nobilísimos abuelos (¡miserias y
bribonadas del mundo y de la ley!), había tenido que crearse una
posición con su ingenio y su trabajo. Motivos diferentes halló Isidora
en su nuevo amigo para sentir hacia él simpatía y antipatía, en
porciones casi iguales, porque si bien aquello de ser hijo natural y
abandonado, víctima del egoísmo de sus padres, le hacía sobremanera
interesante, en cambio sus modales y su lenguaje eran de lo más soez y
chabacano que imaginarse podría. Su figura hermosa, juvenil y hasta
cierto punto elegante, que recordaba la de Joaquín Pez, perdía todas sus
ventajas con lo que del alma salía a los labios de tan singular
criatura, en esa florescencia del ser que se llama conversación. Por
momentos Isidora le encontraba agradable, por momentos aborrecible. Él,
hablando sin cesar de las injusticias humanas y contando los martirios y
persecuciones de que había sido víctima, cautivaba más la atención de la
prisionera.
La soledad de Isidora era cada vez mayor. Emilia y Castaño no la
visitaban ya; Bou había roto con ella; Miquis iba muy rara vez. Sólo
eran constantes D. José y _la Sanguijuelera_, que llevaba a _Riquín_.
Joaquín Pez, cuyo trato en aquella soledad habría sido muy grato a
Isidora, estaba en la Habana, desde donde le había escrito algunas
cartas cariñosas. _Riquín_, Encarnación y Relimpio eran, pues, los
únicos que llevaban la alegría, la distracción y la esperanza a la
triste celda durante un rato, que se alargaba todo lo posible, contando
con la bondad de la celadora.
Miquis fue a verla un día para anunciarle la visita definitiva de Muñoz
y Nones.
«Oye tú, gran mujer--le dijo--: mañana viene mi querido suegro. Recíbelo
como se merece. Le hablé de ti y viene dispuesto a favorecerte todo lo
posible. Te hablará largo de tu pleito y de tu causa criminal, y
poniendo las cosas en su verdadero lugar, te las hará ver claras y sin
telarañas. No te asustes de su franqueza. Es un hombre que dice las
cosas como las siente. Dice a veces barbaridades; pero sus barbaridades
valen más que el oro, la plata y las piedras preciosas, porque son
verdad pura. Lo que él te diga tómalo como el Evangelio. Si trata de
encarrilarte por el camino _A_ o el camino _B_ (aquí de nuestro
_Ipecacuana_), marcha adelante con los ojos cerrados. Deja el orgullo a
un lado, como se deja una corona de teatro después de acabada la
representación. Así como se hace examen de conciencia antes de confesar,
haz ahora examen de tonterías para que las abjures todas. Acopia sentido
común y ensáyate toda esta noche en apreciar la extensión verdadera, el
número y peso exacto de las cosas humanas. Siempre que tu fantasía
quiera llevarte a una apreciación falsa de la realidad, date un gran
pellizco..., y por último, no coquetees delante de mi suegro, porque,
aunque muy bueno, es medianamente aficionado a las muchachas guapas, y
podría suceder...».
La primera impresión de Isidora al ver entrar a Muñoz y Nones fue muy
grata, porque el notario era un hombre admirablemente dotado por la
Naturaleza en figura, modales, gracia de expresión y don de gentes. Su
edad no pasaba de cincuenta años, y vestía con pulcritud y corrección.
Gran calva lustrosa, bajo la cual actuaba sin cesar el prurito de la
fundación de una _Penitenciaría para jóvenes delincuentes_, le
caracterizaba, en primer término. Era además hombre que miraba con
extraordinaria penetración a las personas con quienes hablaba, y que
para aprobar y afirmar decía siempre: _Mucho, mucho_, y para negar
empleaba irrevocablemente la frase _no hay tal cosa, ni ese es el
camino_. No usaba más que una comparación. Para él, todo era... _como la
luz del mediodía_. Si la costumbre de usar chalecos blancos, aun en
invierno, significaba algo, Muñoz y Nones era un hombre singularísimo en
esta materia. Si el deseo de no parecer barrigudo distingue a un hombre
grueso de otro, Muñoz y Nones debe ser puesto en la categoría de los que
viven decididos a morirse esbeltos. Decir que era un tanto presumido y
un mucho simpático, acabará de pintarle por fuera. Su franqueza le había
valido algunos disgustos, pero también grandes triunfos, porque el culto
de la verdad, proclamando la honradez, trae siempre ventajas, las cuales
no se concretan a la conciencia y a la moral, sino que se extienden a la
esfera utilitaria de la vida. Por esto, y relacionando sus virtudes con
sus éxitos, decía el gran notario que _también la honradez es negocio_.
«La señora marquesa--dijo Muñoz después de los saludos--está en las
mejores disposiciones respecto a usted. No sé si sabrá usted que esa
señora es un ángel, una criatura celestial. Si no lo sabe, se lo digo
yo, y basta. Imagínese usted el ser más bondadoso, más prudente, más
sensible y cariñoso, y lo que resulte de ese esfuerzo de la imaginación
será siempre inferior a la marquesa de Aransis.
--No lo dudo--replicó Isidora, contrariada, porque habría querido oír
hablar mal de su abuela, dado que lo fuese--. La señora marquesa será
muy buena, aunque en este caso mío...
--Pero, criatura--dijo Muñoz sin poderse contener--, ¿todavía no se ha
curado usted de la enfermedad de esa idea absurda?... ¿Todavía cree
usted pertenecer a la casa de Aransis?
--¿Acaso me han probado lo contrario?
--¡Probado!... ¡Si está más claro que la luz del mediodía! No se trata
ya del pleito de filiación, ni Ese es el camino. Eso es cosa juzgada.
Empéñese usted en seguirlo adelante, y consumirá su vida, su dinero y su
salud inútilmente».
Isidora sudaba.
«¿De modo--dijo esforzándose en vencer su abatimiento y espolear sus
ánimos decaídos--, de modo que usted cree en esa gran paparrucha de la
falsificación?
--¿Conque paparrucha?... ¡Ay niña, niña, usted no sabe lo que se dice!
La falsificación es tan clara, tan evidente como la luz del mediodía. El
Tribunal lo ha declarado categóricamente. El pleito de filiación carece
de base y se cae, como un castillo de naipes».
Isidora sintió que se mareaba, que se le iba la vista, que el cuarto
daba vueltas, que Muñoz y Nones se reproducía en infinitas imágenes o
copias del mismo Muñoz y Nones.
«Explíquese usted...--balbució con voz dolorida, cerrando los ojos--No
puedo entender...
--Pues muy sencillo... ¿Pero se pone usted mala? Un vasito de agua...
--No es nada. Usted qué entiende de estas cosas...
--Mucho, mucho. La falsificación existe. Que usted no es autora de ella,
no tiene duda, pues se perpetró ese delito, según todas las apariencias,
cuando usted tenía tres años.
--Entonces...
--Su padre de usted, Tomás Rufete, era un hombre ligero, de costumbres
desordenadas. Le conocí, le tuve de escribiente. Muchas veces le presté
dinero que no me devolvió; pero esto no hace al caso ni ese es el
camino...
--¡Mi padre!... ¿Usted está seguro de que era mi padre?--exclamó Isidora
sacando fuerzas no se sabe de dónde--. Estas cosas no se pueden apreciar
así, señor mío.
--¿Pues no se han de poder apreciar, señora mía? Yo me contento con
decir que la casa de Aransis no ha tenido parte mínima en echarla a
usted al mundo. Dos chicos nacieron de una señorita desgraciada...
--¿Usted la conoció?--dijo Isidora con energía apelando a un recurso de
gran efecto.
--Sí.
--¿Me ha mirado usted bien?».
Muñoz y Nones, que ya la había mirado bien, consecuente con la dulce
afición declarada por Miquis, la volvió a mirar.
«En efecto--dijo sonriendo--, es usted muy guapa.
--¿Y no halla usted semejanza...?
--En la Naturaleza--replicó Muñoz muy serio--se observan fenómenos de
semejanza... Sin embargo, usted y Virginia sólo se parecen como dos
mujeres hermosas. El cabello..., efectivamente. En los ojos hay algo...,
pero no, no es tal la semejanza que pueda inducir a suponer parentesco».
Isidora no pudo contener su dolor. Se echó a llorar.
«Aunque se aflija, para mí la verdad es lo primero. No hay semejanza ni
ese es el camino.
--¡Oh! Señor Muñoz--dijo ella con extraordinario énfasis--; si usted en
esto que me dice, en esto que hace, no procede de buena fe, declaro que
es usted el hombre más malo, el mayor monstruo...
--Crea usted lo que quiera. ¿Tengo yo fama de monstruo?
--No, no. Diré a usted...».
Impaciente, inquieta en su asiento, como si por todas partes estuviese
rodeada de púas, movía los brazos queriendo expresar con ellos una
convicción más enérgica que la que expresaban los labios.
«De modo que según usted, según usted, señor Nones, yo soy, yo soy...
una cualquiera.
--Según lo que usted entienda por _una cualquiera_. Lo que yo afirmo es
que al declararse usted sucesora de la casa de Aransis, ha sido víctima
de un gran engaño. Las indagaciones que hemos hecho nos han llevado a
averiguar que el autor de esa execrable comedia fue Tomás Rufete,
logrando engañar primero a D. Santiago Quijano y después a su hija...
--¿Conoció usted a mi tío el Canónigo?
--Mucho, mucho, y tengo que decir a usted que era uno de los hombres más
sencillos, hablemos claramente, más tonto que han comido pan en el
mundo. Le traté mucho. ¡Qué hombre, Santo Dios! Una vez le hicimos creer
que con miga de pan se quitaban las canas, y andaba con la cabeza hecha
una panadería. También le hicimos creer que la baba del conejo era
venenosa, y consultó cuatro médicos y se cauterizó un brazo. Se le daban
las bromas más extraordinarias que usted pueda figurarse. Era poco
valiente, como usted sabe, pero pundonoroso. Armábamos una camorra por
cualquier tontería. Uno de nosotros se fingía agraviado. Los demás
acalorábamos la disputa. No había más remedio que batirse. Quijano hacía
de tripas corazón. Le llevábamos al campo del honor, donde con mucho
miedo, pero con tesón muy grande, apuntaba al pecho de su contrario; mas
como las pistolas estaban cargadas con sal, no pasaba nada... Lo extraño
es que siendo medianamente instruido, creyese en influencias de las
estrellas, en barruntos y aun en maleficios. Escribía clásicamente, leía
novelas, era muy apasionado de las cosas aristocráticas, se sabía de
memoria el _Becerro_, y tenía en la punta de la uña todos los linajes de
España. Juzgue usted si ese santo varón era que ni pintado para sostener
un bromazo que Tomás Rufete quiso dar a sus hijos.
--Esas historias, señor Nones--dijo Isidora aparentando una firmeza que
no tenía--, nada me prueban.
--Mucho, mucho. Pero son datos preciosos. Vamos a otra cosa. Un coronel
de Artillería, cuya nombre debe usted saber, se presentó en el despacho
de Andréu, primo y compañero mío, hace quince años, y le habló de un
asunto penoso y delicado. Al día siguiente Andréu había extendido un
documento que llamamos _acta de reconocimiento_. En él reconocía como
hijos suyos a una niña... (paciencia..., déjeme usted concluir), a una
niña y un niño, nacidos de quien usted sabe, de aquella desventurada
joven que, digámoslo otra vez, no tiene con usted semejanza de
fisonomía, ni ese es el camino. Adelante. En el mismo documento hacía
constar que confiaba ambos mocosos al cuidado de un antiguo criado y
deudo suyo, retirado de la Guardia civil, el cual vivía... ¿sabe usted
dónde?
--¿Yo qué he de saber?»--replicó Isidora con desvío y detestable humor.
Muñoz y Nones se levantó. Dirigiéndose a la reja, y mirando hacia la
calle, señaló una casa de la acera de enfrente hacia la plazuela de las
Comendadoras.
«¿Quién vivía en aquella casa?
--Yo.
--Tomás Rufete tenía por vecino en el piso tercero a un licenciado de la
Guardia civil. ¿Se acuerda usted?
--Yo no.
--¿Tampoco recuerda usted cuando se quemó esa casa?
--De eso tengo una idea; era yo muy niña. Mi hermanito empezaba a andar
entonces.
--Mucho, mucho. Cuando se quemó la casa, Nicolás Font...
--¿El guardia civil?
--Estaba enfermo de gravedad. Lo que pasó aquel día no lo sé. Font muere
más tarde; la niña también; la viuda se va a vivir a Getafe; el niño es
recogido más adelante por la marquesa de Aransis. Pasa el tiempo y se
presenta usted con sus pretensiones apoyadas en el testimonio de su
padre difunto, en una tradición de familia y en varios documentos. Las
partidas de bautismo de los dos hijos del coronel nada prueban. Debieron
de ser substraídas de casa de Font el día del incendio. Pero hay otro
documento: el acta hecha por Andréu. En ella aparece una novedad y es
que el nombre de Nicolás Font aparece sustituido por el de Tomás Rufete.
La falsificación está hecha con suma habilidad, y las circunstancias le
favorecen. Ha fallecido en Filipinas el coronel a quien usted tiene por
su papá, y que es tan papá de usted como mío; han muerto la mujer de
Font y los tres testigos; pero por fortuna vive Andréu. Se busca en el
protocolo la matriz, y se encuentra la misma sustitución o enmienda.
Tomás Rufete vivió en gran intimidad con un escribiente de mi
compañero... ¿Va usted atando cabos?...
--Yo no ato ningún cabo, ni ese es el camino, Sr. Nones--dijo Isidora,
dándose, en su despecho, el gusto de remedar un poco el estilo del
notario.
--Ahora lo veremos. Se busca al cómplice de Tomás Rufete, a quien Andréu
despidió hace años por infiel. Es medio químico y muy hábil; pero su
principal habilidad está en huir de la justicia. Se entrega el documento
original a los peritos calígrafos y químicos, y al instante la falsedad
salta a la vista. Hecha con precipitación, es mucho más grosera que la
de la copia. El Tribunal ve claro, y como usted en el pleito de
filiación ha presentado testimonios tan débiles; como la prueba ha sido
tan flojísima; como ninguno de los recuerdos de su infancia favorece a
usted, es casi seguro que irá a presidio por delito de usurpación de
estado civil.
--Yo no soy falsificadora--afirmó Isidora quedándose como una muerta...
--¡Qué gracia! No es usted falsificadora de un papel; pero lo es de un
derecho, y con testimonios débiles y documentos apócrifos trata de
usurpar un puesto que no le corresponde».
La de Rufete estaba humillada y abatida. Difícilmente entraba en su
cabeza la idea de no ser quien pensaba, y de la lucha que con sus dudas
sostenía, resultaba un decaimiento parecido a la agonía de morir. Nones
la miraba en silencio, esperando una palabra.
«Dígame usted--murmuró ella al fin con temor--, ¿qué tengo que hacer
para evitar... eso de ir a presidio?
--Declarar que ha sido engañada; descargar su responsabilidad sobre su
señor papaíto, reconocer que no tiene derecho alguno...
--¿Y quién me asegura que no lo tengo?...»--volvió a decir,
reaccionándose.
El instinto de conservación de su error era tan grande, que este
necesitaba muchos y muy fuertes golpes para someterse. Muñoz y Nones
tomó su sombrero.
«No se vaya usted, no--dijo ella, temiendo quedarse sola con sus fieras
dudas--. Hábleme algo más. No estoy convencida, pero dudo. ¡Oh! Si me
muriese hoy mismo, si me muriese antes que empezara a destruirse esta
fe, ¡qué dichosa sería! Señor Nones, usted es un hombre honrado. Augusto
lo ha dicho. Usted no es capaz de fingir, ni de mentir, ni de engañar.
Júreme usted por Dios, por su madre, por sus hijos, que no cree en mi
derecho; jureme usted que lo que dice es verdad, y entonces quizás pueda
yo empezar a acostumbrarme a esta idea...
--¡Jurar! Eso es anticuado. Basta la palabra de un hombre de bien... No
hay motivo para tanta aflicción ni ese es el camino. Una existencia
humilde y sin los desasosiegos de la ambición, puede hacerla a usted
dichosa. La señora marquesa me ha autorizado para ofrecer a usted un
auxilio siempre que se preste a dar a esta enojosa cuestión un corte
rápido y decisivo. La señora está disgustadísima; aborrece el escándalo
y llora mucho al ver que el nombre de su pobre hija es traído y llevado
por las lenguas que gozan en resucitar deshonras pasadas. La señora no
duda, ni puede dudar del resultado del pleito. Si usted espera aún,
consulte a todos los abogados de Madrid, y como haya uno que aliente sus
esperanzas, me dejo cortar la cabeza. Pero nuestras leyes favorecen a
los pleiteantes tercos, y usted, empeñándose en seguir adelante, puede
prolongar el litigio sin ningún fruto para usted y con cien
probabilidades contra ninguna de ser condenada a presidio... Me retiro y
le doy a usted unos días de término para que lo piense bien. Mi yerno me
ha dicho qué tiene usted buen fondo y clara inteligencia, aunque
ofuscada por desvaríos y falsas apreciaciones de la vida. Si usted
lograra ver cada cosa como es realmente, estábamos de la otra parte.
Conque... ánimo. Y para concluir: sé que tiene usted un hermanito que es
una alhaja. Yo le prometo a usted darle la primera plaza cuando
inauguremos la _Penitenciaría para jóvenes delincuentes_. Le
reformaremos, y usted... trate de reformarse».
=--II--=
¿Soy o no soy? Esta pregunta fue para Isidora, desde aquella entrevista,
el eje de todos sus pensamientos, de todo el sentir y obrar de su vida.
Olvidada de molestias y humillaciones de la cárcel, no tenía seso ni
corazón más que para raciocinar sobre aquel problema y dolerse de él;
porque sí, era un problema semejante a una llaga, un problema que la
enloquecía como un logogrifo indescifrable, y la lastimaba como una
úlcera abierta en lo más delicado y profundo de sus entrañas. La
pavorosa duda tenía alternativas y lances de batalla. Ya vencía la
convicción, y echaba bravatas de pueril orgullo; ya, por el contrario,
triunfaba la sospecha, proclamando con gemidos de amargura la derrota de
sus vanas grandezas. Con ser tan abultados los autos, no contenían
tantas ideas, tantas fórmulas de investigación, tantos ni tan variados
argumentos como los que ella febrilmente acumulaba en su cerebro aquella
tarde, aquella noche, y en las horas claras y obscuras de tres días
sucesivos. Porque diabólica era ciertamente la claridad e insistencia
conque surgían en su mente todos los argumentos negativos de su derecho.
Ella quería rechazarlos, y ellos crecían fortaleciéndose, vestidos con
la inmaculada vestidura de lo evidente. Sí, su tío el Canónigo era
tonto. ¿No podía dar ella mil testimonios de sus necias credulidades?
Ella misma le había imbuido algunas veces ideas sumamente extrañas.
Como D. José, su tío el Canónigo daba calor en su entendimiento a las
ideas más absurdas, las fomentaba y se engreía con ellas. Su tío,
engañado por Rufete, había representado con ella la comedia funesta que
tan desgraciada la había hecho. ¡Cuántas veces en las noches del
invierno él la embelesaba diciéndole que sería marquesa, que tendría
palacio, coches, lacayos, lujos sin fin, y riquezas semejantes a las de
_Las mil y una noches_! Él la había enseñado a no trabajar, a esperarlo
todo de una herencia, a soñar con grandezas locas, a enamorarse de
fantasmagorías. Habíale llenado la cabeza de frivolidades, habíale
educado en la contemplación mental de un orden de vida muy superior a su
verdadero estado. Él, cuando ella se cansaba, le decía: «Tendrás coche».
Cuando ella trataba de arreglarse un vestidillo, le decía: «Tendrás
veinte modistas a tus órdenes». Decíale: «¡Qué palacio el tuyo!», y
otras expresiones que encendían más y más en ella el volcán de ambición
que ardía en su pecho... Sí, su tío era tonto, tonto rematado, un hombre
calamitoso, en su buena fe, un hombre sin seso, un maestro contra la
realidad, el apóstol de todo lo extravagante, ficticio y convencional
que engendra en su estado morboso el pensamiento humano.
Luego pensaba en su padre. Sí, sí, Tomás Rufete era un hombre
desordenado, un hombre de insaciables apetitos y devorado por la
envidia. Bien podía ser verdad lo que Nones decía, y Tomás autor de
aquel dramático sainete, por satisfacer su codicia, o simplemente por
obtener de la marquesa, mediante un pleito enojoso, cualquier suma, en
calidad de transacción. Esto era razonable. ¿Qué demonio de lógica se
escondía dentro de estas ideas, dándoles cuerpo y vida?... También
pensaba en su madre. ¿Por qué siempre que Tomás Rufete hablaba de la
marquesa, de los niños de la marquesa y de la indudable herencia y
estado de estos niños, Francisca Guillén bajaba la cabeza, se ponía de
mal humor y no añadía palabra alguna a las expresiones de su marido? Su
madre, pues indudablemente debía darle ya este nombre, era una mujer
honrada. Rufete la atormentaba y la dominaba. Él le había impuesto su
infame comedia, y ella, por miedo y quizás por la ilusión de que sus
hijos fueran marqueses, aunque usurpadores, callaba. ¿Por qué su tía
(pues ya no había duda de que era su tía) se burlaba siempre del
marquesado y de las ideas ambiciosas de Rufete? Y D. José, que en la
declaración de la prueba había dado por amor a ella testimonio
favorable, también dudaba, sí, o tal vez estaba seguro de la farsa. Bien
se le conocía al tenedor de libros que no tenía fe en lo de Aransis,
porque hablaba poco de esto y siempre en términos indecisos.
Al tercer día de andar en brega con estas dudas y sospechas, tomando muy
poco alimento, sin dormir, llena de fiebre y medio trastornada, Isidora
llegó al colmo de la crisis. Una noche, hallándose sola, corrió furiosa
a la reja, se agarró a ella, deseosa de hacerla pedazos, y a gritos, que
alborotaron la calle, decía:
«Y, sin embargo, soy noble. ¡Jueces, notarios, abuela, gente toda que me
tenéis aquí, yo soy noble!».
Luego recorría de un ángulo a otro el cuarto con las manos en la cabeza,
gritando:
«Soy noble, soy noble. No me quitaréis mi nobleza, porque es mi esencia,
y yo no puedo ser sin ella, ni ese es el camino, ni ese es el camino».
Entraron la celadora y dos amigas y quisieron calmarla, Trajéronle algo
de comer para combatir el desvarío combatiendo la debilidad; pero ella
tiró los platos y despidió a las mujeres.
«A mí no se me presenta ese bodrio. Eso no es para mí--exclamaba--. Que
me traigan mi baño. ¡Yo no puedo vivir sin baño! Que me saquen de esta
pocilga; que me traigan mis vestidos, mi coche; que venga Joaquín...».
Todo fue inútil para calmarla; pero al fin el exceso de la irritación
trajo a la mañana siguiente el agotamiento y con él la remisión de un
mal tan penoso. No obstante, era de todo punto imposible hacerle tomar
alimento. Se quitó el vestido, diciendo que no podía tener encima tales
harapos, y pidió una y otra vez su baño, su querido baño. Por último, le
trajeron a _Riquín_, y viéndole y acariciándole, descendió lentamente,
en alas del cariño materno, de las borrascosas alturas en que su razón
estaba tan nublada.