Y vino al mundo el hijo de Abelín y de Joaquina, en quien se mezclaron
las sangres de Abel Sánchez y de Joaquín Monegro.
La primer batalla fué la del nombre que había de ponérsele; su madre
quería que Joaquín; Helena, que Abel, y Abel, su hijo Abelín y Antonia,
remitieron la decisión a Joaquín, que sería quien le diese nombre. Y fué
un combate en el alma de Monegro. Un acto tan sencillo como es dar
nombre a un hombre nuevo, tomaba para él tamaño de algo agorero, de un
sortilegio fatídico. Era como si se decidiera el porvenir del nuevo
espíritu.
«Joaquín--se decía éste,--Joaquín, sí, como yo, y luego será Joaquín S.
Monegro y hasta borrará la ese, la ese a que se le reducirá ese odioso
Sánchez, y desaparecerá su nombre, el de su hijo, y su linaje quedará
anegado en el mío... Pero no, es mejor que sea Abel Monegro. Abel S.
Monegro, y se redima así el Abel? Abel es su abuelo, pero Abel es
también su padre, mi yerno, mi hijo, que es ya mío, un Abel mío, que he
hecho yo. Y qué más da que se llame Abel si él, el otro, su otro abuelo,
no será Abel ni nadie le conocerá por tal, sino será como yo le llame en
las _Memorias_, con el nombre con que le marque en la frente con fuego?
Pero no...»
Y, mientras, así dudaba, fué Abel Sánchez, el pintor, quien decidió la
cuestión, diciendo:
--Que se llame Joaquín. Abel el abuelo, Abel el padre, Abel el hijo,
tres Abeles... son muchos! Además, no me gusta, es nombre de víctima...
--Pues bien dejaste ponérselo a tu hijo--objetó Helena.
--Sí, fué un empeño tuyo, y por no oponerme... Pero figúrate que en vez
de haberse dedicado a médico se dedica a pintor, pues... Abel Sánchez
el Viejo y Abel Sánchez el Joven...
--Y Abel Sánchez no puede haber más que uno--añadió Joaquín,
sotorriéndose.
--Por mí que haya ciento--replicó aquél. Yo siempre he de ser yo.
--Y quién lo duda?--dijo su amigo.
--Nada, nada, que le llamen Joaquín, decidido!
--Y que no se dedique a la pintura, eh?
--Ni a la medicina!--concluyó Abel, fingiendo seguir la fingida broma.
Y Joaquín se llamó el niño.