Solía ir Helena a casa de su nuera, de sus hijos, para introducir un
poco de gusto más fino, de mayor elegancia, en aquel hogar de burgueses
sin distinción, para corregir--así lo creía ella--los defectos de la
educación de la pobre Joaquina, criada por aquel padre lleno de una
soberbia sin fundamento y por aquella pobre madre que había tenido que
cargar con el hombre que otra desdeñó. Y cada día dictaba alguna lección
de buen tono y de escojidas maneras.
--Bien, como quieras!--solía decirle Antonia.
Y Joaquina, aunque recomiéndose, resignábase. Pero dispuesta a
rebelarse un día. Y si no lo hizo fué por los ruegos de su marido.
--Como usted quiera, señora--le dijo una vez y recalcando el _usted_,
que no habían logrado lo dejase al hablarle;--yo no entiendo de esas
cosas ni me importa. En todo eso se hará su gusto...
--Pero si no es mi gusto, hija, si es...
--Lo mismo da! Yo me he criado en la casa de un médico, que es ésta, y
cuando se trate de higiene, de salubridad, y luego que nos llegue el
hijo, de criarle, sé lo que he de hacer, pero ahora, en estas cosas que
llama usted de gusto, de distinción, me someto a quien se ha formado en
casa de un artista.
--Pero no te pongas así, chicuela...
--No, si no me pongo. Es que siempre nos está usted echando en cara que
si esto no se hace así, que si se hace asá. Después de todo no vamos a
dar saraos ni tés danzantes.
--No sé de dónde te ha venido, hija, ese fingido desprecio, fingido, sí,
fingido, lo repito, fingido...
--Pero si yo no he dicho nada, señora...
--Ese fingido desprecio a las buenas formas, a las conveniencias
sociales. Aviados estaríamos sin ellas...! No se podría vivir!
Como a Joaquina le habían recomendado su padre y su marido que se
pasease, que airease y solease la sangre que iba dando al hijo que
vendría, y como ellos no podían siempre acompañarla, y Antonia no
gustaba de salir de casa, escoltábala Helena, su suegra. Y se complacía
en ello, en llevarla al lado como a una hermana menor, pues por tal la
tomaban los que no las conocían, en hacerle sombra con su espléndida
hermosura casi intacta por los años. A su lado su nuera se borraba a los
ojos precipitados de los transeuntes. El encanto de Joaquina era para
paladeado lentamente por los ojos, mientras que Helena se ataviaba para
barrer las miradas de los distraídos. «Me quedo con la madre!»--oyó que
una vez decía un mocetón, a modo de chicoleo, cuando al pasar ellas le
oyó que llamaba _hija_ a Joaquina, y respiró más fuerte, humedeciéndose
con la punta de la lengua los labios.
--Mira, hija--solía decirle a Joaquina,--haz lo más por disimular tu
estado, es muy feo eso de que se conozca que una muchacha está
encinta... es así como una petulancia...
--Lo que yo hago, madre, es andar cómoda y no cuidarme de lo que crean o
no crean... Aunque estoy en lo que los cursis llaman estado interesante,
no me hago la tal como otras se habrán hecho y se hacen. No me preocupo
de esas cosas.
--Pues hay que preocuparse; se vive en el mundo.
--Y qué más da que lo conozcan...? O es que no le gusta a usted, madre,
que sepan que va para abuela?--añadió con sorna.
Helena se escocía al oir la palabra odiosa: abuela, pero se contuvo.
--Pues mira, lo que es por edad...--dijo, picada.
--Sí, por edad podía usted ser madre de nuevo--repuso la nuera,
hiriéndola en lo vivo.
--Claro, claro...--dijo Helena, sofocada y sorprendida, inerme por el
brusco ataque.--Pero eso de que se te queden mirando...
--No; esté tranquila, pues a usted es más bien a la que miran. Se
acuerdan de aquel magnífico retrato, de aquella obra de arte...
--Pues yo en tu caso...--empezó la suegra.
--Usted en mi caso, madre, y si pudiese acompañarme en mi estado mismo,
entonces?
--Mira, niña, si sigues así nos volvemos en seguida y no vuelvo a salir
contigo ni a pisar tu casa... es decir, la de tu padre.
--La mía, señora, la mía, y la de mi marido y la de usted...!
--Pero de dónde has sacado ese geniecillo, niña?
--Geniecillo? Ah, sí, el genio es de otros!
--Miren, miren la mosquita muerta... la que se iba a ir monja antes de
que su padre le pescase a mi hijo...
--Le he dicho a usted ya, señora, que no vuelva a mentarme eso. Yo sé lo
que me hice.
--Y mi hijo también.
--Sí, sabe también lo que se hizo, y no hablemos más de ello.