Tomaba al niño su abuela Antonia, que era quien le cuidaba, y
apechugándolo como para ampararlo y cual si presintiese alguna
desgracia, le decía: «Duerme, hijo mío, duerme, que cuanto más duermas,
mejor. Así crecerás sano y fuerte. Y luego también, mejor dormido que
despierto, sobre todo en esta casa. Qué va a ser de ti? Dios quiera que
no riñan en ti tus dos sangres!» Y dormido el niño, ella, teniéndole en
brazos, rezaba y rezaba.
Y el niño crecía a la par que la _Confesión_ y las _Memorias_ de su
abuelo de madre y que la fama de pintor de su abuelo de padre. Pues
nunca fué más grande la reputación de Abel que en este tiempo. El cual,
por su parte, parecía preocuparse muy poco de toda otra cosa que no
fuese su reputación.
Una vez se fijó más intensamente en el nietecillo, y fué que al verle
una mañana dormido exclamó: «Qué precioso apunte!» Y tomando un álbum se
puso a hacer un bosquejo a lápiz del niño dormido.
---Qué lástima--exclamó--no tener aquí mi paleta y mis colores! Ese
juego de la luz en la mejilla, que parece como de melocotón, es
encantador. Y el color del pelo! Si parecen rayos del sol los rizos!
--Y luego--le dijo Joaquín,--cómo le llamarías al cuadro? Inocencia?
--Eso de poner títulos a los cuadros se queda para los literatos, como
para los médicos el poner nombres a las enfermedades, aunque no se
curen.
--Y quién te ha dicho, Abel, que sea lo propio de la medicina curar las
enfermedades?
--Entonces, qué es?
--Conocerlas. El fin de la ciencia es conocer.
--Yo creí que conocer para curar. De qué nos serviría haber probado del
fruto de la ciencia del bien y del mal si no era para librarnos de éste?
--Y el fin del arte, cuál es? Cuál es el fin de ese dibujo de nuestro
nieto que acabas de hacer?
--Eso tiene su fin en sí. Es una cosa bonita y basta.
--Qué es lo bonito? Tu dibujo o nuestro nieto?
--Los dos!
--Acaso crees que tu dibujo es más hermoso que él, que Joaquinito?
--Ya estás en las tuyas! Joaquín! Joaquín!
Y vino Antonia, la abuela, y cojió al niño de la cuna y se lo llevó como
para defenderlo de uno y de otro abuelo. Y le decía: «Ay, hijo, hijito,
hijo mío, corderito de Dios, sol de la casa, angelito sin culpa, que no
te retraten, que no te curen! No seas modelo de pintor, no seas enfermo
de médico... Déjales, déjales con su arte y con su ciencia y vente con
tu abuelita, tú, vida, vida, vidita, vidita mía! Tú eres mi vida; tú
eres nuestra vida; tú eres el sol de esta casa. Yo te enseñaré a rezar
por tus abuelos y Dios te oirá. Vente conmigo, vidita, vida, corderito
sin mancha, corderito de Dios!» Y no quiso Antonia ver el apunte de
Abel.