Concentró entonces todo su ahinco en su hija, en criarla y educarla, en
mantenerla libre de las inmundicias morales del mundo.
--Mira--solía decirle a su mujer,--es una suerte que sea sola, que no
hayamos tenido más.
--No te habría gustado un hijo?
--No, no, es mejor hija, es más fácil aislarla del mundo indecente.
Además, si hubiésemos tenido dos, habrían nacido envidias entre ellos...
--O no!
--O sí. No se puede repartir el cariño igualmente entre varios: lo que
se le da al uno se le quita al otro. Cada uno pide todo para él y sólo
para él. No, no, no quisiera verme en el caso de Dios...
--Y cuál es ese caso?
--El de tener tantos hijos. No dicen que somos todos hijos de Dios?
--No digas esas cosas, Joaquín...
--Unos están sanos para que otros estén enfermos... Hay que ver el
reparto de las enfermedades...
No quería que su hija tratase con nadie. La llevó una maestra particular
a casa, y él mismo, en ratos de ocio, le enseñaba algo.
La pobre Joaquina adivinó en su padre a un paciente mientras recibía de
él una concepción tétrica del mundo y de la vida.
--Te digo--le decía Joaquín a su mujer--que es mejor, mucho mejor que
tengamos una hija sola, que no tengamos que repartir el cariño...
--Dicen que cuanto más se reparte crece más...
--No creas así. Te acuerdas de aquel pobre Ramírez, el procurador? Su
padre tenía dos hijos y dos hijas y pocos recursos. En su casa no se
comía sino sota, caballo y rey, cocido, pero no principio; sólo el
padre, Ramírez padre, tomaba principio, del cual daba alguna vez a uno
de los hijos y a una de las hijas, pero nunca a los otros. Cuando
repicaban gordo, en días señalados, había dos principios para todos y
otro además para él, para el amo de la casa, que en algo había de
distinguirse. Hay que conservar la jerarquía. Y a la noche, al recojerse
a dormir Ramírez padre daba siempre un beso a uno de los hijos y a una
de las hijas, pero no a los otros dos.
--Qué horror! Y por qué?
--Qué sé yo... Le parecerían más guapos los preferidos...
--Es como lo de Carvajal, que no puede ver a su hija menor...
--Es que le ha llegado la última, seis años después de la anterior y
cuando andaba mal de recursos. Es una nueva carga, e inesperada. Por eso
le llama la intrusa.
--Qué horrores, Dios mío!
--Así es la vida, Antonia, un semillero de horrores. Y bendigamos a
Dios el no tener que repartir nuestro cariño.
--Cállate!
--Cállome!
Y le hizo callar.