El hijo de Abel estudiaba Medicina, y su padre solía dar a Joaquín
noticias de la marcha de sus estudios. Habló Joaquín algunas veces con
el muchacho mismo y le cobró algún afecto; tan insignificante le
pareció.
--Y cómo le dedicas a médico y no a pintor?--le preguntó a su amigo.
--No le dedico yo, se dedica él. No siente vocación alguna por el
arte...
--Claro, y para estudiar Medicina no hace falta vocación...
--No he dicho eso. Tú siempre tan mal pensado. Y no sólo no siente
vocación por la pintura, pero ni curiosidad. Apenas si se detiene a ver
lo que pinto ni se informa de ello.
--Es mejor así acaso...
--Por qué?
--Porque si se hubiera dedicado a la pintura, o lo hacía mejor que tú, o
peor. Si peor, eso de ser Abel Sánchez, hijo, al que llamarían Abel
Sánchez el Malo o Sánchez el Malo o Abel el Malo, no está bien ni él lo
sufriría...
--Y si fuera mejor que yo?
--Entonces serías tú quien no lo sufriría.
--Piensa el ladrón que todos son de su condición.
--Sí, venme ahora a mí, a mí, con esas pamemas. Un artista no soporta la
gloria de otro, y menos si es su propio hijo o su hermano. Antes la de
un extraño. Eso de que uno de su sangre le supere... eso no! Cómo
explicarlo? Haces bien en dedicarle a la Medicina.
--Además, así ganará más.
--Pero quieres hacerme creer que no ganas mucho con la pintura?
--Bah, algo.
--Y además, gloria.
--Gloria? Para lo que dura...
--Menos dura el dinero.
--Pero es más sólido.
--No seas farsante, Abel, no finjas despreciar la gloria.
--Te aseguro que lo que hoy me preocupa es dejar una fortuna a mi hijo.
--Le dejarás un nombre.
--Los nombres no se cotizan.
--El tuyo, sí!
--Mi firma, pero es... Sánchez! Y menos mal si no le da por firmar Abel
S. Puig!--que le hagan marqués de Casa Sánchez. Y luego el Abel quita la
malicia al Sánchez. Abel Sánchez suena bien.