Joaquín empeoró. La ira al conocer que se había desnudado el alma ante
Helena, y el despecho por la manera como ésta le rechazó, en que vió
claro que le despreciaba, acabó de enconarle el ánimo. Mas se dominó
buscando en su mujer y en su hija consuelo y remedio. Ensombreciósele
aun más su vida de hogar; se le agrió el humor.
Tenía entonces en casa una criada muy devota, que procuraba oir misa
diaria y se pasaba las horas que el servicio le dejaba libre, encerrada
en su cuarto haciendo sus devociones. Andaba con los ojos bajos, fijos
en el suelo, y respondía a todo con la mayor mansedumbre y en voz algo
gangosa. Joaquín no podía resistirla y la regañaba con cualquier
pretexto. «Tiene razón el señor», solía decirle ella.
--Cómo que tengo razón?--exclamó una vez, ya perdida la paciencia, él,
el amo.--No, ahora no tengo razón!
--Bueno, señor, no se enfade, no la tendrá.
--Y nada más?
--No le entiendo, señor.
--Cómo que no me entiendes, gazmoña, hipócrita? Por qué no te defiendes?
Por qué, no me replicas? Por qué no te rebelas?
--Rebelarme yo? Dios y la Santísima Virgen me defiendan de ello, señor.
--Pero quieres más--intervino Antonia--sino que reconozca sus faltas?
--No, no las reconoce. Está llena de soberbia!
--De soberbia yo, señor?
--Lo ves? Es la hipócrita soberbia de no reconocerla. Es que está
haciendo conmigo, a mi costa, ejercicios de humildad y de paciencia; es
que toma mis accesos de mal humor como cilicios para ejercitarse en la
virtud de la paciencia. Y a mi costa, no! No, no y no! A mi costa, no!
A mí no se me toma de instrumento para hacer méritos para el cielo. Eso
es hipocresía!
La criadita lloraba, rezando entre dientes.
--Pero y si es verdad, Joaquín--dijo Antonia--que realmente es
humilde... Por qué va a rebelarse? Si se hubiese rebelado te habrías
irritado aún más.
--No! Es una canallada tomar las flaquezas del prójimo como medio para
ejercitarnos en la virtud. Que me replique, que se insolente, que sea
persona... y no criada...
--Entonces, Joaquín, te irritaría más.
--No, lo que más me irrita son esas pretensiones a mayor perfección.
--Se equivoca usted, señor--dijo la criada, sin levantar los ojos del
suelo;--yo no me creo mejor que nadie.
--No, eh? Pues yo sí! Y el que no se crea mejor que otro, es un
mentecato. Tú te creerás la más pecadora de las mujeres, es eso? Anda,
responde!
--Esas cosas no se preguntan, señor.
--Anda, responde, que también San Luis Gonzaga dicen que se creía el
más pecador de los hombres; responde: te crees, sí o no, la más pecadora
de las mujeres?
--Los pecados de las otras no van a mi cuenta, señor.
--Idiota, más que idiota. Vete de ahí!
--Dios le perdone, como yo le perdono, señor.
--De qué? Ven y dímelo, de qué? De qué me tiene que perdonar Dios? Anda,
dilo.
--Bueno, señora, lo siento por usted, pero me voy de esta casa.
--Por ahí debiste empezar--concluyó Joaquín.
Y luego, a solas con su mujer, le decía:
--Y no irá diciendo esta gatita muerta que estoy loco? No lo estoy
acaso, Antonia? Dime, estoy loco, sí o no?
--Por Dios, Joaquín, no te pongas así...
--Sí, sí creo estar loco... Enciérrame. Esto va a acabar conmigo.
--Acaba tú con ello.