Enteróse Joaquín de que Abel andaba enredado con una antigua modelo, y
esto le corroboró en su aprensión de que no se había casado con Helena
por amor. «Se casaron--decíase--por humillarme.» Y luego se añadía: «Ni
ella, ni Helena le quiere, ni puede quererle... ella no quiere a nadie,
es incapaz de cariño, no es más que un hermoso estuche de vanidad... Por
vanidad, y por desdén a mí, se casó, y por vanidad o por capricho es
capaz de faltar a su marido... Y hasta con el mismo a quien no quiso
para marido...» Surgíale a la vez de entre pavesas una brasa que creía
apagada al hielo de su odio, y era su antiguo amor a Helena. Seguía,
sí, a pesar de todo, enamorado de la pava real, de la coqueta, de la
modelo de su marido. Antonia le era muy superior, sin duda, pero la otra
era la otra. Y luego, la venganza... es tan dulce la venganza! Tan tibia
para un corazón helado!
A los pocos días fué a casa de Abel, acechando la hora en que éste se
hallara fuera de ella. Encontró a Helena sola con el niño, a aquella
Helena, a cuya imagen divinizada había en vano pedido protección y
salvación.
--Ya me ha dicho Abel--le dijo su prima--que ahora te ha dado por la
iglesia. Es que Antonia te ha llevado a ella, o es que vas huyendo de
Antonia?
--Pues?
--Porque los hombres soléis haceros beatos o a rastras de la mujer o
escapando de ella...
--Hay quien escapa de la mujer, y no para ir a la iglesia precisamente.
--Sí, eh?
--Sí, pero tu marido, que te ha venido con el cuento ese, no sabe algo
más, y es que no sólo rezo en la iglesia...
--Es claro! Todo hombre devoto debe hacer sus devociones en casa.
--Y las hago. Y la principal es pedir a la Virgen que me proteja y me
salve.
--Me parece muy bien.
--Y sabes ante qué imagen pido eso?
--Si tú no me lo dices...
--Ante la que pintó tu marido...
Helena volvió la cara de pronto, enrojecida, al niño que dormía en un
rincón del gabinete. La brusca violencia del ataque la desconcertó. Mas
reponiéndose dijo:
--Eso me parece una impiedad de tu parte y prueba, Joaquín, que tu nueva
devoción no es más que una farsa y algo peor...
--Te juro, Helena...
--El segundo: no jurar su santo nombre en vano.
--Pues te juro, Helena, que mi conversión fué verdadera, es decir que he
querido creer, que he querido defenderme con la fe de una pasión que me
devora...
--Sí, conozco tu pasión.
--No, no la conoces!
--La conozco. No puedes sufrir a Abel.
--Pero por qué no puedo sufrirle?
--Eso tú lo sabrás. No has podido sufrirle nunca, ni aun antes de que me
le presentases.
--Falso!... Falso!
--Verdad! Verdad!
--Y por qué no he de poder sufrirle?
--Pues porque adquiere fama, porque tiene renombre... No tienes tú
clientela? No ganas con ella?
--Pues mira, Helena, voy a decirte la verdad, toda la verdad. No me
basta con eso! Yo querría haberme hecho famoso, haber hallado algo nuevo
en mi ciencia, haber unido mi nombre a algún descubrimiento
científico...
--Pues ponte a ello, que talento no te falta.
--Ponerme a ello... ponerme a ello... Habríame puesto a ello, sí,
Helena, si hubiese podido haber puesto esa gloria a tus pies...
--Y por qué no a los de Antonia?
--No hablemos de ella!
--Ah, pero has venido a esto? Has espiado el que mi Abel--y recalcó el
_mi_--estuviese fuera para venir a esto?
--Tu Abel... tu Abel... valiente caso hace de ti tu Abel!
--Qué? También delator, acusique, soplón?
--Tu Abel tiene otros modelos que tú.
--Y qué?--exclamó Helena, irguiéndose.--Y qué si las tiene? Señal de que
sabe ganarlas! O es que también de eso le tienes envidia? Es que no
tienes más remedio que contentarte con... tu Antonia? Ah, y porque él ha
sabido buscarse otra vienes tú aquí hoy a buscarte otra también? Y
vienes así, con chismes de estos? No te da vergüenza, Joaquín? Quítate,
quítate de ahí, que me da bascas sólo el verte.
--Por Dios, Helena, que me estás matando... que me estás matando!
--Anda, vete, vete a la iglesia, hipócrita, envidioso; vete a que tu
mujer te cure, que estás muy malo.
--Helena, Helena, que tú sola puedes curarme! Por cuanto más quieras,
Helena, mira que pierdes para siempre a un hombre!
--Ah, y quieres que por salvarte a ti pierda a otro, al mío?
--A ese no le pierdes; le tienes ya perdido. Nada le importa de ti. Es
incapaz de quererte. Yo, yo soy el que te quiero, con toda mi alma, con
un cariño como no puedes soñar.
Helena se levantó, fué al niño y despertándolo, cojiólo en brazos, y
volviendo a Joaquín le dijo: «Vete! Es éste, el hijo de Abel, quien te
echa de su casa; vete!»