Le dió Antonia a Joaquín una hija. «Una hija--se dijo--y él un hijo!»
Mas pronto se repuso de esta nueva treta de su demonio. Y empezó a
querer a su hija con toda la fuerza de su pasión y por ella a la madre.
«Será mi vengadora»--se dijo primero, sin saber de qué habría de
vengarle, y luego: «Será mi purificadora».
«Empecé a escribir esto--dejó escrito en su _Confesión_--más tarde para
mi hija, para que ella, después de yo muerto, pudiese conocer a su pobre
padre y compadecerle y quererle. Mirándola dormir en la cuna, soñando su
inocencia, pensaba que para criarla y educarla pura tenía yo que
purificarme de mi pasión, limpiarme de la lepra de mi alma. Y decidí
hacerle que amase a todos y sobre todo a ellos. Y allí, sobre la
inocencia de su sueño, juré libertarme de mi infernal cadena. Tenía que
ser yo el mayor heraldo de la gloria de Abel.»
Y sucedió que habiendo Abel Sánchez acabado su cuadro, lo llevó a una
Exposición, donde obtuvo un aplauso general y fué admirado como
estupenda obra maestra, y se le dió la medalla de honor.
Joaquín iba a la sala de la Exposición a contemplar el cuadro y a mirar
en él, como si mirase en un espejo, al Caín de la pintura y a espiar en
los ojos de las gentes si le miraban a él, después de haber mirado al
otro.
«Torturábame la sospecha--escribió en su _Confesión_--de que Abel
hubiese pensado en mí al pintar su Caín, de que hubiese descubierto
todas las insondables negruras de la conversación que con él mantuve en
su casa cuando me anunció su propósito de pintarlo y cuando me leyó los
pasajes del Génesis, y yo me olvidé tanto de él y pensé tanto en mí
mismo, que puse al desnudo mi alma enferma. Pero no! No había en el Caín
de Abel el menor parecido conmigo, no pensó en mí al pintarlo, es decir,
no me despreció, no lo pintó desdeñándome, ni Helena debió de decirle
nada de mí. Les bastaba con saborear el futuro triunfo, el que
esperaban. Ni siquiera pensaban en mí!
»Y esta idea de que ni siquiera pensasen en mí, de que no me odiaran,
torturábame aun más que lo otro. Ser odiado por él con un odio como el
que yo le tenía, era algo y podía haber sido mi salvación.»
Y fué más allá, o entró más dentro de sí Joaquín, y fué que lanzó la
idea de dar un banquete a Abel para celebrar su triunfo y que él, su
amigo de siempre, su amigo de antes de conocerse, le ofrecería el
banquete.
Joaquín gozaba de cierta fama de orador. En la Academia de Medicina y
Ciencias era el que dominaba a los demás con su palabra cortante y fría,
precisa y sarcástica de ordinario. Sus discursos solían ser chorros de
agua fría sobre los entusiasmos de los principiantes, acres lecciones de
escepticismo pesimista. Su tesis ordinaria que nada se sabía de cierto
en Medicina, que todo era hipótesis y un continuo tejer y destejer, que
lo más seguro era la desconfianza. Por esto, al saberse que era él,
Joaquín, quien ofrecería el banquete, echáronse los más a esperar
alborozados un discurso de doble filo, una disección despiadada, bajo
apariencias de elogio, de la pintura científica y documentada, o bien un
encomio sarcástico de ella. Y un regocijo malévolo corría por los
corazones de todos los que habían oído alguna vez hablar a Joaquín del
arte de Abel. Apercibiéronle a éste del peligro.
--Os equivocáis--les dijo Abel.--Conozco a Joaquín y no le creo capaz de
eso. Sé algo de lo que le pasa, pero tiene un profundo sentido artístico
y dirá cosas que valga la pena de oirlas. Y ahora quiero hacerle un
retrato...
--Un retrato?
--Sí, vosotros no le conocéis como yo. Es un alma de fuego,
tormentosa...
--Hombre más frío...
--Por fuera. Y en todo caso dicen que el fuego quema. Es una figura que
ni a posta...
Y este juicio de Abel llegó a oídos del juzgado, de Joaquín, y le sumió
más en sus cavilaciones. «Qué pensará en realidad de mí?», se
decía.--«Será cierto que me tiene así, por un alma de fuego, tormentosa?
Será cierto que me reconoce víctima del capricho de la suerte?»
Llegó en esto a algo de que tuvo que avergonzarse hondamente, y fué que,
recibida en su casa una criada que había servido en la de Abel, la
requirió de ambiguas familiaridades aun sin comprometerse, no más que
para inquirir de ella lo que en la otra casa hubiera oído decir de él.
--Pero, vamos, dime, es que no les oíste nunca nada de mí?
--Nada, señorito, nada.
--Pero no hablaban alguna vez de mí?
--Como hablar, sí, creo que sí, pero no decían nada.
--Nada, nunca nada?
--Yo no les oía hablar. En la mesa, mientras yo les servía, hablaban
poco y cosas de esas de que se habla en la mesa. De los cuadros de
él...
--Lo comprendo. Pero nada, nunca nada de mí?
--No me acuerdo.
Y al separarse de la criada sintió Joaquín entrañada aversión a sí
mismo. «Me estoy idiotizando--se dijo.--Qué pensará de mí esta
muchacha!» Y tanto le acongojó esto que hizo que con un pretexto
cualquiera se le despachase a aquella criada. «Y si ahora va--se dijo
luego--y vuelve a servir a Abel y le cuenta esto?» Por lo que estuvo a
punto de pedir a su mujer que volviera a llamarla. Mas no se atrevió. E
iba siempre temblando de encontrarla por la calle.