Llegó el día del banquete. Joaquín no durmió la noche de la víspera.
--Voy a la batalla, Antonia--le dijo a su mujer al salir de casa.
--Que Dios te ilumine y te guíe, Joaquín.
--Quiero ver a la niña, a la pobre Joaquinita...
--Sí, ven, mírala... está dormida...
--Pobrecilla! No sabe lo que es el demonio! Pero yo te juro, Antonia,
que sabré arrancármelo. Me lo arrancaré, lo estrangularé y lo echaré a
los pies de Abel. Le daría un beso si no fuese que temo despertarla...
---No, no! Bésala!
Inclinóse el padre y besó a la niña dormida, que sonrió al sentirse
besada en sueños.
--Ves, Joaquín, también ella te bendice.
--Adiós, mujer!--Y le dió un beso largo, muy largo.
Ella se fué a rezar ante la imagen de la Virgen.
Corría una maliciosa expectación por debajo de las conversaciones
mantenidas durante el banquete. Joaquín, sentado a la derecha de Abel, e
intensamente pálido, apenas comía ni hablaba. Abel mismo empezó a temer
algo.
A los postres se oyeron siseos, empezó a cuajar el silencio, y alguien
dijo: «Que hable!» Levantóse Joaquín. Su voz empezó temblona y sorda,
pero pronto se aclaró y vibraba con un acento nuevo. No se oía más que
su voz, que llenaba el silencio. El asombro era general. Jamás se había
pronunciado un elogio más férvido, más encendido, más lleno de
admiración y de cariño a la obra y a su autor. Sintieron muchos
asomárseles las lágrimas cuando Joaquín evocó aquellos días de su común
infancia con Abel, cuando ni uno ni otro soñaban lo que habrían de ser.
«Nadie le ha conocido más adentro que yo--decía;--creo conocerte mejor
que me conozco a mí mismo, más puramente, porque de nosotros mismos no
vemos en nuestras entrañas sino el fango de que hemos sido hechos. Es en
otros donde vemos lo mejor de nosotros y lo amamos, y eso es la
admiración. El ha hecho en su arte lo que yo habría querido hacer en el
mío, y por eso es uno de mis modelos; su gloria es un acicate para mi
trabajo y es un consuelo de la gloria que no he podido adquirir. El es
nuestro, de todos, él es mío sobre todo, y yo, gozando su obra, la hago
tan mía como él la hizo suya creándola. Y me consuelo de verme sujeto a
mi medianía...»
Su voz lloraba a las veces. El público estaba subyugado, vislumbrando
oscuramente la lucha gigantesca de aquel alma con su demonio.
«Y ved la figura de Caín--decía Joaquín dejando gotear las ardientes
palabras,--del trágico Caín, del labrador errante, del primero que
fundó ciudades, del padre de la industria, de la envidia y de la vida
civil, vedla! Ved con qué cariño, con qué compasión, con qué amor al
desgraciado está pintada. Pobre Caín! Nuestro Abel Sánchez admira a Caín
como Milton admiraba a Satán, está enamorado de su Caín como Milton lo
estuvo de su Satán, porque admirar es amar y amar es compadecer. Nuestro
Abel ha sentido toda la miseria, toda la desgracia inmerecida del que
mató al primer Abel, del que trajo, según la leyenda bíblica, la muerte
al mundo. Nuestro Abel nos hace comprender la culpa de Caín, porque hubo
culpa, y compadecerle y amarle... Este cuadro es un acto de amor!»
Cuando acabó Joaquín de hablar medió un silencio espeso, hasta que
estalló una salva de aplausos. Levantóse entonces Abel y, pálido,
convulso, tartamudeante, con lágrimas en los ojos, le dijo a su amigo:
--Joaquín, lo que acabas de decir vale más, mucho más que mi cuadro, más
que todos los cuadros que he pintado, más que todos los que pintaré...
Eso, eso es una obra de arte y de corazón. Yo no sabía lo que he hecho
hasta que te he oído. Tú y no yo has hecho mi cuadro, tú!
Y abrazáronse llorando los dos amigos de siempre entre los clamorosos
aplausos y vivas de la concurrencia puesta en pie. Y al abrazarse le
dijo a Joaquín su demonio: «Si pudieses ahora ahogarle en tus
brazos...!»
--Estupendo!--decían.--Qué orador! Qué discurso! Quién podía haber
esperado esto? Lástima que no se haya traído taquígrafos!
--Esto es prodigioso--decía uno.--No espero volver a oir cosa igual.
--A mí--añadía otro--me corrían escalofríos al oirlo.
--Pero mírale, mírale qué pálido está!
Y así era. Joaquín, sintiéndose, después de su victoria, vencido, sentía
hundirse en una sima de tristeza. No, su demonio no estaba muerto. Aquel
discurso fué un éxito como no lo había tenido, como no volvería a
tenerlo, y le hizo concebir la idea de dedicarse a la oratoria para
adquirir en ella gloria con que oscurecer la de su amigo en la pintura.
--Has visto cómo lloraba Abel?--decía uno al salir.
--Es que este discurso de Joaquín vale por todos los cuadros del otro.
El discurso ha hecho el cuadro. Habrá que llamarle el cuadro del
discurso. Quita el discurso y qué queda del cuadro? Nada! A pesar del
primer premio.
Cuando Joaquín llegó a casa, Antonia salió a abrirle la puerta y a
abrazarle:
--Ya lo sé, ya me lo han dicho. Así, así! Vales más que él, mucho más
que él; que sepa que si su cuadro vale será por tu discurso.
--Es verdad, Antonia, es verdad, pero...
--Pero qué? Todavía...
--Todavía, sí. No quiero decirte las cosas que el demonio, mi demonio,
me decía mientras nos abrazábamos...
--No, no me las digas, cállate!
--Pues tápame la boca.
Y ella se la tapó con un beso largo, cálido, húmedo, mientras se le
nublaban de lágrimas los ojos.
--A ver si así me sacas el demonio, Antonia, a ver si me lo sorbes.
--Sí, para quedarme con él, no es eso?--y procuraba reirse la pobre.
--Sí, sórbemelo, que a ti no puede hacerte daño, que en ti se morirá, se
ahogará en tu sangre como en agua bendita...
Y cuando Abel se encontró en su casa, a solas con su Helena, ésta le
dijo:
--Ya han venido a contarme lo del discurso de Joaquín. Ha tenido que
tragar tu triunfo... ha tenido que tragarte...!
--No hables así, mujer, que no le has oído.
--Como si le hubiese oído,
--Le salía del corazón. Me ha conmovido. Te digo que ni yo sé lo que he
pintado hasta que no le he oído a él explicárnoslo.
--No te fíes... no te fíes de él... cuando tanto le ha elogiado, por
algo será...
--Y no puede haber dicho lo que sentía?
---Tú sabes que está muerto de envidia de ti...
--Cállate.
--Muerto, sí, muertito de envidia de ti...
--Cállate, cállate, mujer, cállate!
--No, no son celos, porque él ya no me quiere, si es que me quiso... es
envidia... envidia...
--Cállate! Cállate!--rugió Abel.
--Bueno, me callo, pero tú verás...
--Ya he visto y he oído y me basta. Cállate, digo!