Lados flacos

Para la Comadreja el desenlace de la romería fue delicioso: comenzaron a

llover gotas anchas cuando ya se aproximaba la noche, y vino el capitán

mercante a ofrecerle el brazo y un paraguas. A la luz de los faroles de

la calle, que rielaba en el mojado pavimento, Amparo vio alejarse a la

pareja y quedose poseída de una especie de tristeza interior que rara

vez domina a los temperamentos sanguíneos, alegres de suyo. Aquella

melancolía atacaba a la Tribuna desde que no alimentaba su viva

imaginación con espectáculos políticos y desde que al bullicio de la

Unión del Norte sucedió la habitual y uniforme vida obrera de antes, sin

asomo de conspiración ni de otros romancescos incidentes. Por

distraerse, habló más con Ana de amoríos y menos de política. Ana se

prestaba gustosa a semejantes coloquios. Llegó la Tribuna a saber de

memoria al capitán de la _Bella Luisa_, sus hábitos, sus viajes, sus

caprichos, y el eterno proyecto de matrimonio, diferido siempre por

altas razones de conveniencia, que explicaba Ana con sumo juicio y

cordura. Si ella se quisiese casar con algún _artista_ de esos

ordinarios, un zapatero, verbigracia, cansada estaría de tener marido;

pero ¿para qué? Para cargarse de familia, para vivir esclava, para

sufrir a un hombre sin educación. No en sus días.

--¿Y si te deja plantada Raimundo?--preguntaba Amparo nombrando al galán

de su amiga, como lo hacía esta, por el nombre de pila.

--¡Qué ha de dejar, mujer... qué ha de dejar! ¡Diez años de relaciones!

Y luego, aquel señorío de estar tanto tiempo con un chico fino, eso no

me lo quita nadie.

Amparo protestó: ella no entraba por cosas de ese jaez; quería poder

enseñar la cara en cualquier parte; quería, como dijeron los señores de

la Unión, moral y honradez ante todo.

--¿Si pensarás tú--replicó Ana viperinamente--que el de Sobrado venía a

casarse contigo?

--¿El de Sobrado? ¿Y qué tengo yo que ver con el de Sobrado?

--Anduvo tras de ti, y si no estuviese fuera, sabe Dios.... No digas,

mujer, no digas, que bastantes veces lo encontré yo por los alrededores

de la Fábrica.

--Bueno, bueno, ¿y qué? ¿Por qué, un suponer, no se había de casar

conmigo? Yo seré de igual madera que otras que pertenecían a mi clase, y

ahora.... Tú bien conoces a la de Negrero... aquella tan guapa que lleva

abrigo de terciopelo y capota de tul blanco.... Pues, hija mía,

sardinera del muelle primero, cigarrera después, y luego la vino Dios a

ver con ese marido tan rico.... ¿Y la de Álvarez? A esa la acuerdan aquí

liando puros, y en el día tiene una casa de tres pisos y un buen

comercio en la calle de San Efrén.... ¿Y la que casó con aquel coronel

del regimiento de Zaragoza?... Una chiquilla, que también hacía

pitillos.... En la actualidad, para más, hay el aquel de que las clases

son iguales; ese rey que trajeron dice que da la mano a todo el mundo, y

la mujer abrazó en Madrí a una lavandera; y si viene la federal,

entonces....

--Sí, sí, vele con eso a doña Dolores, la de Sobrado.

--¡Pues.... Jesús, Ave María! ¡No se allegue usted, que mancho! Me

parece a mí que los de Sobrado no son de allá de la aristocracia, ni del

barrio de Arriba. Aún hay quien los vio cargando fardos en el almacén de

Freixé, el catalán; que por ahí empezaron, ¡repelo! Hijos del trabajo,

como tú y como yo.

--Pero, mujer, si ya se sabe que son así; nada y nada, y vanidá que les

parte el alma. Como el hijo es de tropa piensan que sólo la Princesa de

Asturias sirve para él.... Mira tú como ahora que las de García pierden

el pleito están medio reñidas con ellas.... Y eso que la mayor de

Sobrado, la Lolita, no quiso apartarse de la amiga y sigue yendo

allá....

--Bien; pues ellos no nos querrán a los demás, pero los demás bien nos

valemos sin ellos.... Para comer yo no les he de pedir. Y el hijo, si me

quiere decir algo, ha de ser con el cura de la mano, que si no....

Echose a reír la Comadreja y le citó ejemplos dentro de la misma

Fábrica: ¿qué les había sucedido a Antonia, a Pepita, a Leocadia?, y

eran las que más hablaban y más cosas decían. La que se conformaba con

los de su clase, aún menos mal; pero la que andaba con señores.... Esas

cosas--añadía la Comadreja--no tienen remedio; nos hacen ver lo negro

blanco....

--Si me quisiera perder--exclamó ofendida Amparo--no me faltaría por

dónde, como a todas.

--¡Bueno! No cuadró, mujer, que lo demás.... También no te gustarían los

que se te pusieron delante, porque hay hombres que se tiraría uno a la

bahía por ellos, y otros que ni forrados de onzas.... Y a veces los que

le chistan a uno no se dan por entendidos.... Y al fin y al cabo, hija,

¿qué se gana con vivir mártir? Nadie cree en la dinidá de una pobre.

--¿Y por qué ha de ser así? ¡Esa no es ley de Dios!

--No, pero... ¿qué quieres tú?

Quedábase Amparo pensativa. Cuantas sugestiones de inmoralidad trae

consigo la vida fabril, el contacto forzoso de las miserias humanas;

cuantas reflexiones de enervante fatalismo dicta el convencimiento de

hallarse indefenso ante el mal, de verse empujado por circunstancias

invencibles al precipicio, pesaban entonces sobre la cabeza gallarda de

la Tribuna. Acaso, acaso tenía sobrada razón la Comadreja. ¿De qué sirve

ser un santo si al fin la gente no lo cree ni lo estima; si por más que

uno se empeñe, no saldrá en toda la vida de ganar un jornal miserable;

si no le ha de reportar el sacrificio honra ni provecho? ¿Qué han de

hacer las pobres, despreciadas de todo el mundo, sin tener quien mire

por ellas, más que perderse? ¡Cuántas chicas bonitas, y buenas al

principio, había visto ella sucumbir en la batalla, desde que entró en

su taller! Pero... vamos a cuentas--añadía para su sayo la oradora--:

diga lo que quiera Ana, ¿no conozco yo muchachas de bien aquí? ¡Está esa

Guardiana, que es más pobre que las arañas y más limpia que el sol! Y de

fea no tiene nada; es así delgadita.... Ella se confiesa a menudo...

dice que el confesor le aconseja bien....

Amparo se quedó cada vez más pensativa después de esta observación.

--Yo, confesar, me confesaría.... Pero luego... si el cura sabe que me

meto en política.... ¡Bah! Bien basta en Semana Santa.... Tampoco yo,

gracias a Dios, no soy ninguna perdida... ¡me parece!

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La Tribuna · 第 30 / 42 题