Extramuros, al pie de las fortificaciones de Marineda, celébrase todos
los años una fiesta conocida por _las Comiditas_, fiesta peculiar y
característica de las cigarreras, que aquel día sacan el fondo del cofre
a relucir y disponen una colación más o menos suculenta para despacharla
en el campo; campo mezquino, árido, donde sólo vegetan cardos
borriqueros y ortigas. Desde el lavadero público hasta el alto de Agua
santa, ameno y risueño, se había esparcido la gente, sentándose, si
podía, a la sombra de un vallado o en la pendiente de un ribazo, y si
no, donde Dios quería, al raso, sin paraguas ni quitasol. Y cuenta que
ambos chismes podrían ser igualmente necesarios, porque el astro diurno,
encapotado por nubarrones que amenazaban chubasquina, despedía claridad
lívida y sorda, y a veces por la ahogada calma de la atmósfera
atravesaban soplos de aire encendido, bocanadas de solano que amagaban
tempestad.
No por eso había menos corros de baile y canto, menos puestos de
rosquillas y jinetes, menos meriendas y comilonas. Aquí se escuchaba el
rasgueo de guitarras y bandurrias, más adelante retumbaba el bombo, y la
gaita exhalaba su aguda y penetrante queja. Un ciego daba vueltas a una
_zanfona_ que sonaba como el obstinado zumbido del moscardón, y al mismo
tiempo vendía romances de guapezas y crímenes. A pocos pasos de la gente
que comía, mendigos asquerosos imploraban la caridad; un elefancíaco
enseñaba su rostro bulboso, un herpético descubría el cráneo pelado y
lleno de pústulas, este tendía una mano seca, aquel señalaba a un muslo
ulcerado, invocando a Santa Margarita para que nos libre de «males
extraños». En un carretoncillo, un fenómeno sin piernas, sin brazos, con
enorme cabezón envuelto en trapos viejos, y gafas verdes, exhalaba un
grito ronco y suplicante, mientras una mocetona, de pie al lado del
vehículo, recogía las limosnas. En el aire flotaban los efluvios de dos
toneles de vino que ya iban quedando exangües, y el vaho del estofado, y
el olor de las viandas frías. Oíanse canciones entonadas con voz vinosa,
y llantos de niños, de los cuales nadie se cuidaba.
Componíase el círculo en que figuraba Amparo de muchachas alegres, que
habían esgrimido briosamente los dientes contra una razonable merienda.
Allí estaba la Comadreja, a quien no era posible aguantar de puro
satisfecha y vana, porque tenía en Marineda al capitán de la _Bella
Luisa_, y si él no había querido convidarse a merendar «por el aquel del
bien parecer», contaba con que la acompañaría al final de la función.
Allí también Guardiana, penetrada de alegría por otra causa diversa:
porque había traído consigo a dos de sus pequeños, el escrofuloso y la
sordo-mudita; en cuanto al mayor, ni se podía soñar en llevarlo a sitio
alguno donde hubiese gente, porque le entraba enseguida la «aflición».
La niña sordo-muda miraba alrededor, con ojos reflexivos, aquel mundo
del cual sólo le llegaban las imágenes visibles; por su parte el niño,
que ya tendría sus trece años, y que hubiera sido gracioso a no
desfigurarlo los lamparones y la hipertrofia de los labios, gozaba mucho
de la fiesta, y se sonreía con la sonrisa inocente, semi-bestial, de los
_bobos_ de Velázquez. Guardiana no se mostró muy comedora: los mejores
bocados los reservó para sus hermanos, y ella manifestó poco apetito.
--¿Qué tienes, Guardia?--le preguntó la radiante Ana.
--Mujer, algunos días parece que estoy así... cansada. He de ir a que me
levanten la paletilla, porque imposible que no se me cayese.
--Aprensiones, aprensiones. Canta el _Joven Telémaco_, Amparo.
Amparo, y otras dos o tres del taller de cigarrillos, rendidas de calor
y ahítas de comida, se habían tendido en una pequeña explanada, que
formaba el glacis de la fortificación, adoptando diversas posturas, más
o menos cómodas. Unas, desabrochándose el corpiño, se hacían aire con el
pañuelo de seda doblado; otras, tumbadas boca abajo, sostenían el cuerpo
en los codos y la barba en las palmas de las manos; otras, sentadas a la
turca, alzaban cuándo la pierna izquierda, cuándo la derecha, para
evitar los calambres. Por la seca hierba andaban esparcidos tapones de
botellas, papeles engrasados, espinas de merluza, cascos de vaso roto,
un pañuelo de seda, una servilleta gorda.
Fuese efecto de la comida y del vinillo del país, ligero y alegre como
unas pascuas, o del aire solano, que tiene especial virtud excitante de
los nervios, hallábanse las muchachas alborotadas, deseosas de meterse
con alguien, de gritar, de hacer ruido. Estaban ebrias, no del escaso
mosto, sino del vaivén y mareo de la romería, de los colores chillones,
de los sonidos discordantes: sólo la sordo-muda permanecía indiferente,
con su límpida mirada infantil. La casualidad proporcionó a las briosas
mozas un desahogo que tuvo mucho de cómico y pudo tener algo de
dramático.
Es el caso que vieron adelantarse y dirigirse hacia ellas un individuo
de extraña catadura, alto y delgado, vestido con larga hopalanda negra,
y acompañado de otro que formaba con él perfecto contraste, pues era
rechoncho, pequeño y sanguíneo, y llevaba americana gris rabicorta. Al
aspecto de la donosa pareja llovieron los comentarios.
--El del gabanón parece un cura--dijo Guardiana.
--No es cura--afirmó la Comadreja--. ¿No le ves unas patillitas como las
de un padronés?
--Pero, mujer, si lleva alzacuello.
--¡Qué alzacuello! Corbata negra.
--El gordo es un _inguilis_.
--¡Ay Jesús; parece que le pintaron la barba con azafrán!
--¿Y aquello qué es? ¡Madre mía de la Guardia!; un anteojo en un ojo
solo, y colgado en el aire; ¡mira, mira!
--Callar, que vienen para acá.
--Vienen aquí en derechura.
--No, mujer.
--¡Dale! Vienen y vienen. ¿Te convences, porfiosa?
--Es que les gustaste tú.
--No, tú. El del azafrán viene a casarse contigo.
--Pues a ti te mira mucho el clérigo mal comparado.
--¡Chssss! Callar, que están cerca, alborotadoras de Judas.
--¡Callaban! Que callen ellos si les da la gana.
Y Amparo y Ana cantaron a dúo:
_Me gusta el gallo,_
_Me gusta el gallo,_
_Me gusta el gallo_
_Con azafrán..._
No obstante estos primeros indicios de hostilidad, los dos graves
personajes se aproximaban al corro, con mucha prosopopeya. El de la
hopalanda, no bien se acercó lo suficiente, pronunció un «a los pies de
ustedes, zeñoras», que hubiera provocado una explosión de carcajadas, si
al pronto no pudiese más la curiosidad que la risa. ¡Tenía el bueno del
hombre una voz tan rara, ceceosa a la andaluza, y una pronunciación tan
recalcada!
--Tengo el honor--prosiguió, metiendo las manos en los bolsillos de su
inmenso tabardo--de ofrecer a ustedes un librito de lectura muy
provechoza para el espíritu, y espero me dispenzarán el obsequio de
repazarlo con atención. Yo le ruego reflezionen sobre el contenío de
estos imprezo, zeñoras mías.
Diciendo y haciendo, les presentaba tres o cuatro volúmenes empastados,
y un haz de hojas volantes. Nadie estiró la mano para recoger los
_imprezo_, y él fue depositando suavemente en los regazos de las
muchachas el alijo. El inglés tripudo observaba el reparto con su
fulgurante monóculo.
--¡Así Dios me salve (Ana fue la primera en hablar), yo conozco a estos
pajarracos! Oyes tú, Bárbara, ¿este no es el que puso la capilla en la
cuadra?
--El mismo... es el que berrea allí por las tardes.
--¿El que le dio los cuartos a la Píntiga?
--Sí, mujer.
--Y este, ¿no dice que fue cura?
--Dice que sí, allá en su país, y que ahora es cura de ellos, y está
casado....
--¡Casado!!!
--Bueno, está... con una viuda. Ya tienen...--y la muchacha remedó
burlescamente el llanto de un recién nacido.
--¿Y el otro bazuncho?
--Es el que...--y frotó el índice con el pulgar, ademán expresivo que
significa en todas partes soltar dinero.
Mientras duraban estas explicaciones en voz baja, Amparo había leído el
título de algunos folletos: _«La verdadera Iglesia de Jesús.... La
redención del alma.... Cristo y Babilonia.... La fe del cristiano
purificada de errores.... Roma a la luz de la razón...»_. Entre los
retazos del diálogo que llegaban a sus oídos y los fragmentos de hoja
impresa en que fijaba la vista, penetró el misterio. Levantose grave,
determinada, como el día que peroró en el banquete del Círculo Rojo.
--Oiga usté--pronunció con tono despreciativo--, esto que nos ha dado
usté no nos hace falta, ni para nada lo queremos. Vaya usté a engañar
con ello a donde haya bobos.
--Zeñora, no ha zío mi ánimo....
--Pensará usté que somos como otras, infelices, que las compran ustés
por una triste peseta; pues sepa usté, repelo, que acá ni por las minas
del Potosí renegamos como San Judas.
--Zeñora... hermanas mía... tómense uzté la molestia de reflezionar, y
verán la puresa de mi intencionez, que zon darle a conosé la doctrina de
Jezú nuetro Zalvaor....
Pronta como un rayo, y con fuerzas que duplicaba la cólera, Amparo
desbarató la encuadernada Biblia, hizo añicos las hojas volantes, y lo
disparó todo a la cara afilada del catequista y a la rubicunda del
silencioso inglés, los cuales, habituados, sin duda, a tal género de
escenas, volvieron grupas y trataron de escurrirse lo más pronto posible
entre el concurso. Por su mal, era éste tan apretado y numeroso en aquel
sitio, que o tenían que retroceder, dar un rodeo y volver a cruzar ante
el grupo de muchachas, o aguardar una ocasión de enhebrarse por medio de
la gente. Optaron por lo primero, y avínoles mal, porque Amparo, como el
corcel de batalla que ha olido la sangre, dilatadas las fosas nasales,
brillantes los ojos, se preparaba a renovar la lid, animando a sus
compañeras.
--Son los protestantes. A correrlos.
--A correrlos: ¡viva!
--Van a pasar otra vez por aquí... ánimo... a ver quién les acierta
mejor.
--¡Que vengan, que vengan! ¡Ahora entra lo bueno! Recelosos, arrimados
el uno al otro, probaron a deslizarse los dos apóstoles sin ser
observados de las mozas, que ya los aguardaban haldas en cinta. Así que
los vieron a tiro, enarbolaron cuál medio pan, cuál un trozo de
empanada, cuál una pera, y Ana, rabiosa, no encontrando proyectil a
mano, cogió a puñados la tierra para arrojársela. Cayó la granizada
sobre los protestantes cuando menos se percataban de ello; un queso se
aplanó sobre la faz del inglés, rompiéndole el monóculo; un gajo de
cerezas despedido por el hermano de Guardiana se estrelló en la nuca del
ministro, embadurnándosela lastimosamente. Al par que bombardeaban,
denostaban las intrépidas muchachas al enemigo.--Tomar, a ver si
reventáis--chillaba la Comadreja.--De parte de Nuestra Señora--gritaba
Guardiana.--Para que volváis a dar dinero por hacer maldades--vociferaba
Amparo lanzando con notable acierto un tenedor de palo al cura. Cerrados
los puños como para boxear, inyectado el rostro, fieros los azules ojos,
vínose sobre el grupo el hijo de la Gran Bretaña, resuelto, sin duda, a
hacer destrozos en las heroínas; amenazadora actitud que redobló el
coraje de estas.
--Venga usté, venga usté, que aquí estamos, le decía Amparo con voz
vibrante, bella en su indignación como irritada leona, asiendo con la
diestra una botella; mientras Ana, pálida de ira, se apoderaba de la
cazuela en que había venido el guisado, y las restantes amazonas
buscaban armamento análogo. Pero ya, al ruido de la escaramuza, se
arremolinaba gente, y gente adversa a los catequistas, a quienes
conocían bastantes de los espectadores; y el ministro, verde de miedo,
con turbada lengua aconsejaba a su acompañante una prudente retirada.
--Éjelas, míter Ezmite... (Smith). Éjelas, que no zaben lo que jazen...
Éjelas, que aquí nadie noz efenderá, de eguro.... Yo debo ar ejemplo de
manzedumbre....
No hizo caso _míter Ezmite_, por demás mohíno y amostazado con el
bombardeo de comestibles; pero antes de que llegase al grupo cumpliose
la profecía del ministro, interponiéndose más de treinta personas, que
rodearon a los malaventurados apóstoles apretándolos en términos que no
les dejaban respirar. A poca distancia un agente de policía presenciaba
una rifa, y aunque harto veía con el rabo del ojo el motín, no dio el
más leve indicio de querer intervenir en él, y basta que vio a los dos
catequistas abrirse paso trabajosamente y huir como perro con maza,
perseguidos por la rechifla general, no volvió la cabeza ni se acercó,
preguntando al descuido: «¿Qué pasa aquí, señores?».
-XXVI-