Regresó Baltasar de Navarra y las Provincias firmemente resuelto a
estrujar la vida, como si fuese un limón, para exprimirle bien el zumo.
Habiendo visto de cerca la guerra civil, comprendió que no hacía sino
empezar y que prometía ser encarnizada y duradera, a pesar de que la
_Gaceta_ anunciaba diariamente la dispersión de las últimas partidas y
la presentación del postrer cabecilla. Desde luego Baltasar traía un
grado más, y ganas de precipitarse en algún abismo cubierto de flores,
ya que las balas carlistas se lo toleraban. Vista de lejos, la opinión
pública de su ciudad natal le pareció mucho menos temible, y resolviose
a arrostrarla, en caso de necesidad, si bien con maña y no provocándola
de frente.
Más de una vez, en la ligera tienda de campaña o en algún caserío
vascongado, se acordó de la Tribuna y creyó verla con el rojo mantón de
Manila o con el traje blanco y azul de grumete. Las mujeres que
encontraba por aquellos países no le distrajeron, porque eran la mayor
parte toscas aldeanas curtidas del sol, y si tropezó con alguna beldad
_éuskara_, esta, en vez de sonreír al oficial amadeísta, le echó mil
maldiciones. Además, Baltasar, frío y concentrado, no era de los que
toman por asalto un corazón en un par de horas. De suerte que al volver
a Marineda, en vez de rondar la Fábrica, como antes, se resolvió, desde
el primer día, a acompañar a Amparo cuando la viese salir; y ejecutó el
propósito con su serenidad habitual. Mucho le favoreció para estos
acompañamientos el cambio de domicilio de la muchacha, que vivía cerca
del alto de la cuesta de San Hilario, en una casita que daba a la
Olmeda, desde que faltando el señor Rosendo y Chinto, el bajo de la
calle de los Castros se hizo muy caro y muy lujoso para dos mujeres
solas. Como la Olmeda puede decirse que es un rincón campestre, prestose
al naciente idilio con el género de complacencia que hace de la
naturaleza amiga perenne de todos los enamorados, hasta de los menos
poéticos y soñadores.
Febrero vio la aurora de aquel amor en un día clásico, el de la
Candelaria, en que, según el dicho popular, celebran los pajaritos sus
bodas sobre las ramas todavía desnudas de los árboles, para que con la
llegada de la primavera coincida la fabricación del nido. Las vísperas
de la fiesta eran muy señaladas en la Fábrica: andaban esparcidos por
las estanterías, sobre los altares, ocultos en los justillos de las
mujeres, mezclados con la hoja, haces de rama de romero, y su perfume
tónico y penetrante vencía al del tabaco mojado. En el centro de los
haces se hincaban candelicas de blanca cera, y había de otras candelas
largas y amarillas, compradas por varas y que se cortaban en trozos para
hacer cuantas luces se quisiese; siendo el origen de traer estas
candelas la creencia de que los niños muertos antes del bautismo y
sepultados en las tinieblas del limbo sólo el día de la Candelaria ven
un rayo de claridad, la de la luz que encienden, pensando en ellos, sus
madres. Al día siguiente, en la iglesia, envueltas en el romero bendito,
habían de arder todas las velitas microscópicas.
Ya se comprende que entre las cigarreras marinedinas--cuatro mil mujeres
al fin y al cabo--había muchas que querían enviar a sus hijos difuntos
aquella caricia de ultratumba, fundir el hielo de la muerte al calor de
la pobre candelilla; por otra parte, aun las que no tenían niños vivos
ni difuntos habían comprado romero gustándoles su olor, y propuestas a
llevarlo a la misa de la Candelaria, que al fin, como decía la señora
Porcona con tono sentencioso, era «un día de los más grandes,
hiiiigas... porque fue cuando la Virgen sintió el primer dolorito, por
razón de que un cura que le llamaban Simeón le anunció lo que tenía que
pasar Cristo en el mundo». La tarde de la Candelaria, Amparo, llevando
el romero bendito oculto en el pecho, despedía un aroma balsámico, que
pudiera tomarse por suyo propio; tal era la lozanía y vigor de su
organismo, cuya robustez, vencedora en la lucha con el medio ambiente,
había crecido en razón directa de los mismos peligros y combates. Si la
labor sedentaria, la viciada atmósfera, el alimento frío, pobre y
escaso, eran parte a que en la Fábrica hiciesen estragos anemia y
clorosis, el individuo que lograba triunfar de estas malas condiciones
ostentaba doble fuerza y salud. Así le acontecía a la Tribuna.
Como era día festivo, Baltasar no la esperó a la salida de la Fábrica,
sino en la Olmeda, a corta distancia de su casita. Había llegado
Baltasar al mayor número de pulsaciones que determinaba en él la
calentura amorosa. Su pasión, ni tierna, ni delicada, ni comedida, pero
imperiosa y dominante, podía definirse gráfica y simbólicamente
llamándola apetito de fumador que a toda costa aspira a fumar el más
codiciadero cigarro que jamás se produjo, no ya en la Fábrica de
Marineda, sino en todas las de la Península. Amparo, con su garganta
tornátil gallardamente puesta sobre los redondos hombros, con los tonos
de ámbar de su satinada, morena y suave tez, parecíale a Baltasar un
puro aromático y exquisito, elaborado con singular esmero, que estaba
diciendo: «Fumadme». Era imposible que desechase esta idea al contemplar
de cerca el rostro lozano, los brillantes ojos, los mil pormenores que
acrecentaban el mérito de tan preciosa _regalía_. Y para que la
similitud fuese más completa, el olor del cigarro había impregnado toda
la ropa de la Tribuna, y exhalábase de ella un perfume fuerte, poderoso
y embriagador, semejante al que se percibe al levantar el papel de seda
que cubre a los habanos en el cajón donde se guardan. Cuando por las
tardes Baltasar lograba acercarse algún tanto a Amparo e inclinaba la
cabeza para hablarle, sentíase envuelto en la penetrante ráfaga que se
desprendía de ella, causándole en el paladar la grata titilación del
humo de un rico veguero y el delicioso mareo de las primeras chupadas.
Eran dos tentaciones que suelen andar aisladas y que se habían unido,
dos vicios que formaban alianza ofensiva, la mujer y el cigarro
íntimamente enlazados y comunicándose encanto y prestigio para
trastornar una cabeza masculina.
El día espiraba tranquilamente en aquella alameda, que en hora y
estación semejante era casi un desierto. Sentáronse un rato Baltasar y
la Tribuna en el parapeto del camino, protegidos por el silencio que
reinaba en torno, y animados por la complicidad tácita del ocaso, del
paisaje, de la serenidad universal de las cosas, que los sepultaba en
profundo caimiento de ánimo, que relajaba sus fibras infundiéndoles
blanda pereza muy semejante a la indiferencia moral. El sol languidecía
como ellos; la naturaleza meditaba. Hasta la bahía se hallaba
aletargada; un gallardo queche blanco se mantenía inmóvil; dos paquetes
de vapor, con la negra y roja chimenea desprovista de su penacho de
humo, dormitaban, y solamente un frágil bote, una cascarita de nuez,
venía como una saeta desde la fronteriza playa de San Cosme, impulsado
por dos remeros, y el brillo del agua, a cada palada, le formaba movible
melena de chispas. Por donde no alcanzaban el último resplandor solar,
las olas estaban verdinegras y sombrías; al Poniente, dorada red de
movibles mallas parecía envolverlas.
A medida que avanzaba la sombra, levantábase del mar una brisa fresca,
que agitaba por instantes los picos del pañuelo de Amparo y los cabellos
rubios de Baltasar, en los cuales se detenían las postreras luces del
sol, haciendo de su cabeza una testa de oro. Presto la abandonaron sin
embargo, y asimismo las montañas del horizonte empezaron a confundirse
con el agua, mientras la concha blanca del caserío marinedino se
destacaba aún, pero perdiéndose más cada vez, como si al ausentarse la
claridad se llevase consigo el rosario de edificios y el encendido
fulgor de los cristales en las galerías. Marineda, la _Nautilia_ de los
romanos, se envolvía en una clámide de tinieblas. En breve comenzaron a
distinguirse algunas luces que oscilaban sobre la masa oscura de la
población, y presto se cubrió toda ella de puntos lucientes como
estrellas de oro en un celaje sombrío. La noche, que ya mostraba el
cuerpo entero, era de esas lácteas, pero frías, en que el equinoccio de
primavera se anuncia por no sé qué vaga trasparencia del cielo y del
aire, y en modo alguno por la temperatura, que más bien parece
recrudecerse. Baltasar y la muchacha, obligados quizá por el helado
ambiente, se aproximaban el uno al otro, hablando no obstante de cosas
indiferentes y poco importantes.
--No, Bilbao no es más bonito... ni tampoco Santander, digan lo que
quieran los santanderinos, que son muy patriotas. ¿Sabe usted lo que ha
mejorado Marineda? ¿Y lo que está llamada a mejorar todavía? Esto crece
a cada paso; vamos a tener barrios nuevos, magníficos, a la americana,
ahí donde usted ve aquella lucecita... todo por ahí, a lo largo del
baluarte.
--¿Y Madrí? ¿Es mucho mejor que Marineda?--interrogó Amparo por decir
algo, enrollando un cabo de su pañuelo.
--¡Ah! Madrid, ya ve usted... al fin y al cabo, es la corte.... Sólo la
calle de Alcalá....
Este apacible diálogo encubría en Baltasar tempestuosos pensamientos;
pero como no carecía de penetración y sabía que la muchacha era honrada,
y orgullosa, y vivía de su trabajo, comprendió que no debía tratarla
como a cualquier criatura abyecta, sino empezar mostrándole cierta
deferencia y aun respeto, género de adulación a que es más sensible
todavía la mujer del pueblo que la dama de alto copete, habituada ya a
que todos le manifiesten cortesía y miramientos. Lisonjeó mucho a la
Tribuna el ver que se habían con ella lo mismo que con las señoritas, y
auguró bien del rendido galán. Mas tan luego como la noche cauta señoreó
absolutamente el escenario, Baltasar creyó poder apoderarse a hurto de
una mano morena, hoyosa y suave al tacto como la seda. Amparo pegó un
respingo.
--Estese usted quieto.... Y va de dos veces que se lo digo, caramba.
--¿Por qué me trata usted así?--preguntó con pena fingida Baltasar, que
en sus adentros renegaba de la virtud plebeya ¿Qué mal hay en...?
--¿Por qué?--repitió Amparo con sumo brío--. Porque no me conviene a mí
perderme por usted ni por nadie. ¡Sí que es uno tan bobo que no conozca
cuando quieren hacer burla de uno! Esas libertades se las toman ustedes
con las chicas de la Fábrica, que son tan buenas como cualquiera para
conservar la conducta. ¿A que no hace usted esto con la de García, ni
con las señoritas de la clase de usted?
--¡Diantre!--pensó Baltasar--: no es boba.
Y al punto, mudando de táctica, habló con gran rapidez, diciendo que
estaba enamorado, pero de veras; que para él no había categorías,
distinciones ni vallas sociales, encontrándose el amor de por medio; que
Amparo era tanto como la más encopetada señorita, y que su desliz no
provenía de falta de respeto, sino de sobra de cariño: todo lo cual
acompañó con mil dulces e insinuantes inflexiones de voz. Amparo
respondió estableciendo su credo y sus principios: ella no quería ser
como otras chicas conocidas suyas, que por fiarse de un pícaro allí
estaban perdidas: ella bien sabía lo que pasaba por el mundo, y cómo los
hombres pensaban que las hijas del pueblo las daba Dios para servirles
de juguete: lo que es ella, bien se había de librar de eso; bueno que se
hablase un rato, en lo cual no hay malicia; pero ciertas libertades, no;
ya podía saberlo el que se arrimase a ella. Baltasar juró y perjuró que
su amor era de la más probada y acendrada pureza, y que sólo limpios e
hidalgos propósitos cabían en él; y en el calor de la discusión, los dos
interlocutores se volvieron a hallar sentados en el parapeto, y la mano
antes esquiva se mostró más tratable, consintiendo que la prendiesen dos
manos ajenas.
--Hoy se casan los pajaritos--murmuró Baltasar después de un breve
instante de silencio.
--Día de la Candelaria.... Hoy se casan--repitió ella con turbada voz,
sintiendo en la palma de la mano el calor de la diestra de Baltasar, que
amorosamente la oprimía. Pero él fue discreto y no quiso abusar de la
victoria, por temor de perder las ventajas adquiridas, y también porque
empezaba a correr agudo frío en la solitaria alameda, y Amparo se
levantó quejándose del relente y del aire, que cortaba como un cuchillo.
Cruzáronse dos protestas de ternura, en voz baja, envueltas en el último
apretón de manos, delante de la casa de la pitillera.
-XXVIII-