El conflicto religioso

Desde que las Cortes Constituyentes votaron la monarquía, Amparo y sus

correligionarias andaban furiosas. Corría el tiempo, y las esperanzas de

la Unión del Norte no se realizaban, ni se cumplían los pronósticos de

los diarios. ¡Que hoy!... ¡que mañana!... ¡que nunca, por lo visto! ¡En

vez de la suspirada federal, un rey, un tirano de fijo, y tal vez un

extranjero! Por estas razones en la Fábrica se hacía política pesimista

y se anunciaba y deseaba que al Gobierno «se lo llevase Judas». Dos

cosas sobre todo alteraban la bilis de las cigarreras: el incremento del

partido carlista y los ataques a la Virgen y a los Santos. A despecho de

la acusación de «echar contra Dios» lanzada por las campesinas a las

ciudadanas, la verdad es que, con contadísimas excepciones, todas las

cigarreras se manifestaban acordes y unánimes en achaques de devoción.

Ella sería más o menos ilustrada; pero allí había mucha y fervorosa

piedad. Es cierto que sobre el altar de pésimo gusto dórico existente en

cada taller depositaban las operarias sus mantones, sus paraguas, el

atillo de la comida; mas este género de familiaridad no revelaba falta

de respeto, sino la misma costumbre de ver allí el ara santa, ante la

cual nadie pasaba sin persignarse y hacer una genuflexión. Y es lo

curioso que a medida que la revolución se desencadenaba y el

republicanismo de la Fábrica crecía, aumentáronse también las prácticas

religiosas. El cepillo colocado al lado del altar, donde los días de

cobranza cada operaria echaba alguna limosna, nunca se vio tan lleno de

monedas de cobre; el cajón que contenía la cera de alumbrar, estaba

atestado de blandones y velas; más de sesenta cirios iluminaban los días

de novena el retablo; primero les faltaría a las cigarreras agua para

beber, que aceite a la lámpara encendida diariamente ante sus imágenes

predilectas, una Nuestra Señora de la Merced de doble tamaño que los

cautivos arrodillados a sus plantas, un San Antón con el sayal muy

adornado de esterilla de oro, un Niño-Dios con faldellines huecos y un

mundito azul en las manos. Nunca se realizó con más lucimiento la novena

de San José, que todas rezaron mientras trabajaban, volviéndose de cara

al altar para decir los actos de fe y la letanía, y berreando el último

día los gozos con mucha unción, aunque sin afinación bastante. Jamás

produjo tanto la colecta para la procesión del Santo Entierro y novena

de los Dolores; y por último, en ocasión alguna tuvo el numen protector

de la Fábrica, la Virgen del Amparo, tantas ofertas, culto y limosnas,

sin que por eso quedase olvidada su rival Nuestra Señora de la Guardia,

estrella de los mares, patrona de los navegantes por la bravía costa.

Bien habría en la _Granera_ media docena de espíritus fuertes, capaces

de blasfemar y de hablar sin recato de cosas religiosas; pero dominados

por la mayoría, no osaban soltar la lengua. A lo sumo se permitían

maldecir de los curas, acusarles de inmorales y codiciosos, o renegar de

que se «metiesen en política» y tomasen las armas para traer el

«escurantismo y la Inquisición»: cuestiones más trascendentales y

profundas no se agitaban, y si a tanto se atreviese alguien, es seguro

que le caería encima un diluvio de cuchufletas y de injurias.

--¡Está el mundo perdido!--decía la maestra del partido de Amparo, mujer

de edad madura, de tristes ojos, vestida de luto siempre desde que había

visto morir de viruelas a dos gallardos hijos que eran su orgullo--.

¡Está el mundo revuelto, muchachas! ¿No sabéis lo que pasa allá por las

Cortes?

--¿Qué pasará?

--Que un diputado por Cataluña dice que dijo que ya no había Dios, y que

la Virgen era esto y lo otro.... Dios me perdone, Jesús mil veces.

--¿Y no lo mataron allí mismo? ¡Pícaro, infame!

--¡Mal hablado, lengua de escorpión! ¡No habrá Dios para él, no; que él

no lo tendrá!

--No, pues otro aún dijo otros horrores de barbaridá, que ya no me

acuerdan.

--¡Empecatao! ¡Pimiento picante le debían echar en la boca!

--¡Ay!, ¡y una cosa que mete miedo! Dice que por esas capitales toda la

gente anda asustadísima, porque se ha descubierto que hay una compañía

que roba niños.

--¡Ángeles de mi alma! ¿Y para qué?, ¿para degollarlos?

--No, mujer, que son los protestantes para llevarlos a educar allá a su

modo en tierra de ingleses.

--¡Señor de la justicia! ¡Mucha maldad hay por el mundo adelante!

Conocido este estado de la opinión pública, puede comprenderse el efecto

que produjo en la Fábrica un rumor que comenzó a esparcirse quedito, muy

quedo, y como en el aria famosa de la _Calumnia_, fue convirtiéndose de

cefirillo en huracán. Para comprender lo grave de la noticia, basta oír

la conversación de Guardiana con una vecina de mesa.

--¿Tú no sabes, Guardia? La _Píntiga_ se metió protestanta.

--¿Y eso qué es?

--Una religión de allá de los _inglis manglis_.

--No sé por qué se consienten por acá esas religiones. Maldito sea quien

trae por acá semejantes demoniuras. ¡Y la bribona de la _Píntiga_, mire

usted! ¡Nunca me gustó su cara de intiricia!...

--Le dieron cuartos, mujer, le dieron cuartos: sí que tú piensas....

--A mí... ¡más y que me diesen mil pesos duros en oro! Y soy una pobre,

repobre, que sólo para tener bien vestiditos a mis pequeños me venían...

¡juy!

--¡Condenar el alma por mil pesos! Yo tampoco, chicas--intervenía la

maestra.

--Saque allá, maestra, saque allá... Comerá uno brona toda la vida,

gracias a Dios que la da, pero no andará en trapisondas.

--Y diga... ¿qué le hacen hacer los protestantes a la _Píntiga_? ¿Mil

indecencias?

--Le mandan que vaya todas las tardes a una cuadra, que dice que

pusieron allí la capilla de ellos... y le hacen que cante unas cosas en

una lengua, que... no las entiende.

--Serán palabrotas y pecados. ¿Y ellos, quiénes son?

--Unos clérigos que se casan....

--¡En el nombre del Padre! ¿Pero se casan... como nosotros?

--Como yo me casé... vamos al caso, delante de la gente... y llevan los

chiquillos de la mano, con la desvergüenza del mundo.

--¡Anda, salero! ¿Y el arcebispo no los mete en la cárcel?

--¡Si ellos son contra el arcebispo, y contra los canónigos, y contra el

Papa de Roma de acá! ¡Y contra Dios, y los Santos, y la Virgen de la

Guardia!

--Pero esa lavada de esa _Píntiga_... ¡malos perros la coman! No, si se

arrima de esta banda, yo le diré cuántas son cinco.

--Y yo.

--Y yo.

Así crecía la hostilidad y se amontonaban densas nubes sobre la cabeza

de la apóstata, a quien por el color de su tez biliosa y de su lacio

pelo, por lo sombrío y zaíno del mirar, llamaban _Píntiga_, nombre que

dan en el país a cierta salamandra manchada de amarillo y negro. Era

esta mujer capaz de comer suela de zapato a trueque de ahorrar un

maravedí, y no ajena a su conversión una libra esterlina, o doblón de a

cinco, que para el caso es igual. Si lo cobró y pudo coserlo en una

media con otras economías anteriores, amargolo aquellos días en forma.

Acercábase a una compañera, y esta le volvía la espalda; su mesa quedó

desierta, porque nadie quiso trabajar a su lado; ponía su mantón en el

estante, y al punto se lo empujaban disimuladamente desde la otra parte

de la sala, para que cayese y se manchase; dejaba su lío de comida en el

altar, y lo veía retirado de allí con horror por diez manos a un tiempo;

la maestra examinaba sus mazos de puros, antes de darlos por buenos y

cabales, con ofensiva minuciosidad y ademán desconfiado. Un día de gran

calor pidió a la operaria que halló más próxima que le prestase un poco

de agua, y esta, que acababa de destapar un colmado frasco de cristal

para beber por él, le contestó secamente: «No tengo meaja». Señaló la

_protestanta_ al frasco, con ira silenciosa, y la operaria,

levantándose, lo tomó y derramó por el suelo su contenido sin pronunciar

una palabra. Púsose verde la _Píntiga_, y llevó la mano, sin saber lo

que hacía, al cuchillo semicircular: pero de todos los rincones del

taller se alzaron risas provocativas, y hubo de devorar el ultraje, so

pena de ser despedazada por un millar de furiosas uñas. En mucho tiempo

no se atrevió a volver a la Fábrica, donde la corrían.

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La Tribuna · 第 28 / 42 题