El tentador

Al descender de su observatorio, echados por las sombras de la noche,

que envolvían el patio de la Fábrica y cubrían la estruendosa retirada

de las cigarreras vestidas ya con sus trajes usuales, Baltasar iba

silencioso y concentrado. Borrén muy locuaz. El bueno del capitán no

cabía en sí de gozo, ni más ni menos que si la aventura de ver bailar a

la Tribuna le aconteciese a él directamente. Hay en el mundo aficiones y

gustos muy diversos; este chochea por monedas roñosas, aquel por

libracos viejos, el de más acá por caballos y el de más allá por sellos

y cajas de fósforos.... Borrén había chocheado, chocheaba y chochearía

toda su arrastrada vida por la hermosura, encantos y perfecciones de la

mujer. Había adquirido para conocer la belleza, y sobre todo el

atractivo, ese golpe de vista, ese tino especial que permite a los

expertos, sin ejercer ni dominar las artes, apreciar con exactitud el

mérito de un cuadro, el estilo de un mueble, la época de un monumento.

Nadie como Borrén para descubrir beldades inéditas, para predecir si una

muchacha valdría o no «muchas pesetas» andando el tiempo, y fallar si

poseía la quisicosa llamada _gracia, salero, gancho, ángel, chic, buena

sombra_, y de otros mil modos--lo cual prueba que es indefinible.

La originalidad del caso está en que con toda su afición a las faldas, y

sus profundos conocimientos de estética aplicada, no se refería de

Borrén la más insignificante historieta. Viviendo siempre en una

atmósfera fuertemente cargada de electricidad amorosa, nunca le hirió la

chispa. Practicaba, en materia de amoríos, el más puro y desinteresado

_otroísmo_. Si no podía andar entre las muchachas asegurándoles que

Fulanito se alampaba por ellas, o que Zutanito se moría por sus pedazos,

se arrimaba a los jóvenes, calentándoles los cascos, encendiéndoles la

sangre, hablándoles del pie de tal chica:--hombre, un pie que me cabe en

la palma de la mano--o del color de cuál otra--hombre, si parece que se

da agua de Barcelona, y no, me consta que aquello es natural--. Borrén

sabía de las criadas que llevan y traen cartitas, de los paseos

retirados donde es fácil tropezarse cuando hay buena voluntad, de los

peladeros de pava, de las butacas que en el teatro ofrecen más comodidad

para _hacer el oso_; era el primero a olfatear los trapicheos, las

bodas, los escandalillos y los _truenos_ incipientes. No era Borrén un

casamentero, porque, generalmente hablando, el casamentero se propone un

fin moral, y a Borrén la moral-hombre, con franqueza--le tenía sin

cuidado. Si el cuento acababa en nupcias, bien, y si no, lo propio;

Borrén hacía _arte por el arte_; el amor le parecía objeto suficiente de

sí mismo.

Para todo enamorado de Marineda, especialmente si pertenecía a la

guarnición, el complemento de la dicha era esta idea:--Voy a contárselo

a Borrén--. Y Borrén, como un espejo complaciente, de los que _hacen

favor_, le devolvía la imagen de su felicidad, no exacta, sino

aumentada, embellecida, multiplicada, radiante.--Vamos a pasearle la

calle a la novia--le decían sus amigos cogiéndole del brazo--. Y Borrén

giraba tardes enteras delante de una manzana de casas, parafraseando las

observaciones de algún amador novel que exclamaba:--«Ya alzó el

visillo... se asoma... no, es la hermana... ahora sí... cómo me mira...

¡hola!, tiene la mantilla puesta...»--. Jamás mostró Borrén cansarse de

su papel de reflector y perro faldero; y cuenta que las chicas, guiadas

por infalible instinto, le trataban como se trata a los inofensivos y a

los mandrias; aunque él se derretía, acaramelaba y amerengaba todo,

jamás le tomaron en parte alguna por lo serio.

Baltasar no le había buscado para confidente; Borrén se ofreció, y es

más, atizó el incendio, echó leña a la hoguera con sus frases de pólvora

y dinamita. Aquella tarde, cuando juntos bajaban hacia la ciudad, el más

animado, el más exaltado era Mefistófeles: Fausto callaba, meditando en

lo comprometidos y engorrosos que son ciertos enredos en poblaciones de

provincia, donde uno tiene madre y hermanas. Mefistófeles, ¡pobre

diablo!, no se cansaba, entre tanto, de ponderar los primores del

grumete. Cada vez que el confidente y el enamorado pasaban cerca de un

farol, la luz se proyectaba en la fisonomía de Borrén, siempre movida,

agitada y descompuesta, cómica a pesar del exagerado carácter viril que

a primera vista le imprimían los cerdosos mostachos, las pobladas cejas

y la prominente nuez. En su aspecto Borrén era semejante a los guardias

civiles de madera que suelen colocarse en el frontispicio de los hórreos

y molinos del país: a despecho de sus bigotazos formidables, bien se les

conoce que son muñecos.

--Dígole a usted, Borrén--exclamó Baltasar resolviéndose por fin a

formular en alta voz su pensamiento--, que no comprende usted lo que es

Marineda... ni lo que es mi madre. Me resultarían mil disgustos, mil

complicaciones.... Aborrezco los escándalos.

--¡Hombre, qué juventud tan sosa son ustedes! Parece mentira que

habiendo visto lo que vimos....

--No me conviene, lo dicho; me alegraré de que me destinen a cualquiera

parte. Si me quedo aquí, es fácil.... Y después, ¿sabe usted lo que es

esa Fábrica? Una masonería de mujeres, que aunque hoy se arranquen el

moño, mañana se ayudan todas las unas a las otras. Me desacreditarían,

me crearían un conflicto.

--No le hacía a usted tan medroso.

--La verdad, Borrén; tengo más miedo a las hablillas, si cuadra, que a

un balazo. Será una tontería, pero me fastidia infinito ser el héroe de

la temporada.

--Vamos, hombre, franqueza. Usted también recela verse envuelto en las

redes de esa chica, y tener que casarse.... Baltasar sonrió sin

afectación, pero con tal señorío de sí mismo, que Borrén se encogió de

hombros.

--Pues entonces....

--Por un lado, sí, lo acierta usted; soy un majadero en abrigar tales

escrúpulos. Pasa uno así los mejores años de su vida, y ¿qué?, llega uno

a viejo sin haber vivido....

Aquí el teniente se detuvo; una idea burlesca le impulsaba a sonreírse

otra vez, pensando que el capitán se hallaba justamente en el caso de

declinar hacia la edad madura sin tener que ofrecer a Dios ni qué contar

al diablo. Borrén, entre tanto, aprobaba calurosamente las últimas

palabras de Baltasar, las desenvolvía, las consideraba desde nuevos

aspectos; en suma, soplaba para que la llama prendiese mejor. Tan bien

desempeñó su oficio mefistofélico, que Baltasar convino en reunirse al

día siguiente con él para meditar un plan de ataque que debelase la

republicana virtud de la oradora. Pero al acudir a la entrevista, que

era, por más señas, en el terreno neutral del café, Borrén conoció que

Baltasar traía alguna extraordinaria nueva.

--Ya no hay necesidad de concertar planes--declaró el teniente con

forzada risa--. ¿No se lo decía yo a usted? Me destinan allá... a

Navarra. La cosa anda mal.

--¡Bah!... cuatro bandidos que salen de aquí y de acullá; hombre,

partidillas sueltas.

--Partidillas sueltas... ya, ya me lo contará usted dentro de unos

meses. El cariz del asunto se pone cada vez más feo. Entre esos bárbaros

que quieren entrar en burro en las iglesias y fusilan por chiste las

imágenes, y los otros salvajes que cortan el telégrafo y queman las

estaciones... verá usted, verá usted qué tortilla se nos prepara. Aquí

nadie se entiende. Mire usted que hasta Montpensier, que parecía formal,

meterse en ese desafío estúpido. Él quería ser rey; pero el haber matado

al perdis de su primo le cuesta la corona y a nosotros un ojo de la

cara, porque como no venga Satanás en persona a arreglarnos, no sé lo

que sucederá... Deme usted un cigarro... si lo tiene usted ahí.

Borrén le alargó la petaca, y Baltasar encendió nerviosamente un

pitillo.

--Vamos, ¿cuántos candidatos dirá usted que hay al trono?--prosiguió

echando leve bocanada de humo al techo--. Vaya usted contando por los

dedos, si la paciencia le alcanza. Espartero... uno. Dirá usted que es

un estafermo, bien; pero los restos del partido progresista, todo cuanto

gastó morrión, y algunos chiflados de buena fe, le aclaman. ¿No ha visto

usted en las tiendas el retrato de Baldomero I con manto real? El hijo

de Isabel II, dos; su madre abdicó o abdicará. Ese, al menos, representa

algo; pero es un rapaz; para jugar a la pelota serviría. El

Pretendiente, tres... y mire usted, lo que es ese dará mucho juego; ya

empieza todo el mundo a llamarle Carlos VII. Reúne él solo más

partidarios que todos los demás juntos, y gente cruda, de trabuco y pelo

en pecho. El duque de Aosta, un italiano... cuatro. Un alemán que se

llama Ho... ho... en fin, un nombre difícil; los periódicos satíricos lo

convirtieron en _Ole, ole, si me eligen_... cinco. La regencia trina...

seis, o por mejor decir, ocho. Y Ángel I... nueve. ¡Ah!, se me olvidaba

el de Portugal que anda remiso... y Montpensier. Once. ¿Qué tal?

--Pero... así, candidatos formales.... ¡Mozo, café y _cognac_!

--No, gracias, lo tomé en casa.... Claro: candidatos serios, por hoy,

don Carlos y la república. El caso es que entre todos no nos dejarán

hueso sano.... Por de pronto, yo me las guillo. ¿Quiere usted algo para

aquellos vericuetos?

--Hombre... ¡qué lástima! ¡Ahora que íbamos a emprenderla con la

pitillera, que es de otro!

--¡Pch!... Si algún trabucazo no lo impide... a la vuelta.

-XXIV-

La Tribuna · 第 27 / 42 题