Unos días antes de Carnavales se anuncia en la Fábrica la llegada del
_tiempo loco_ por bromas de buen género que se dan entre sí las
operarias. Infeliz de la que, fiada en un engañoso recado, se aparta de
su taller un minuto; a la vuelta le falta su silla, y vaya usted a
encontrarla en aquel vasto océano de sillas y de mujeres que gritan a
coro: «Atrás te queda. Delante te queda». A las víctimas de estos
alegres deportes les resta el recurso de llevar bien escondido debajo
del mantón un puntiagudo cuerno, y enseñarlo por vía de desquite a quien
se divierte con ellas. También se puede, por medio de una tira estrecha
de papel y un alfiler doblado a manera de gancho, aplicar una _lárgala_
en la cintura, o estampar con cartón recortado y untado de tiza, la
figura de un borrico en la espalda. Otro chasco favorito de la Fábrica
es, averiguado el número del billete de lotería que tomó alguna
bobalicona, hacerle creer que está premiado. Todos los años se repiten
las mismas gracias, con igual éxito y causando idéntica algazara y
regocijo.
Pero el jueves de Comadres es el día señalado entre todos para
divertirse y echar abajo los talleres. Desde por la mañana llegan las
cestas con los disfraces; y obtenido el permiso para bailar y formar
comparsas, las oscuras y tristes salas se trasforman. El Carnaval que
siguió al verano en que ocurrieron los sucesos de la Unión del Norte se
distinguió por su animación y bullicio; hubo nada menos que cinco
comparsas, todas extremadas y lucidas. Dos eran de mozas y mozos del
país, vestidos con ricos trajes que traían prestados de las aldeas
cercanas; otra, de grumetes; otra, de _señoritos_ y _señoras_, y la
última comparsa era una estudiantina. Las dos de labradores se
diferenciaban harto. En la primera se había buscado, ante todo, el lujo
del atavío y la gallardía del cuerpo; las cigarreras más altas y bien
formadas vestían con suma gracia el calzón de rizo, la chaqueta de paño,
las polainas pespunteadas y la montera ornada con su refulgente pluma de
pavo real; y para las mozas se habían elegido las muchachas más frescas
y lindas, que lo parecían doblemente con el dengue de escarlata y la
cofia ceñida con cinta de seda. La segunda comparsa aspiraba, más que a
la bizarría del traje, a representar fielmente ciertos tipos de la
comarca. Enrollada la saya en torno de la cintura, tocada la cabeza con
un pañuelo de lana, cuyos flecos le formaban caprichosa aureola; asido
el ramo de tejo, de cuyas ramas pendían rosquillas, estaba la peregrina
que va a la romería famosa a que no se eximen de concurrir, según el
dicho popular, ni los muertos; a su lado, con largo redingote negro,
gruesa cadena de similor, barba corrida y hongo de anchas alas, el
_indiano_, acompañábanle dos mozos de las Rías Saladas, luciendo su
traje híbrido, pantalón azul con cuchillos castaños, chaleco de paño con
enorme _sacramento_ de bayeta en la espalda, faja morada, sombrero de
paja con cinta de lana roja. Los estudiantes habían improvisado manteos
con sayas negras, y tricornios de cartón con cuchara y tenedor de palo
cruzados, completaban el avío; los grumetes tenían sencillos trajes de
lienzo blanco y cuellos azules; en cuanto a la comparsa de _señores_,
había en ella un poco de todo; guantes sucios, sombreros ajados,
vestidos de baile ya marchitos, mucho abanico, y antifaces de
terciopelo.
En mitad del taller de cigarros comunes se formó un corro y se alzó gran
vocerío alrededor de la _Mincha_, barrendera vieja, pequeña, redonda
como una tinaja, que bailaba vestida de moharracho, con dos enormes
jorobas postizas, un serón por corona, una escoba por cetro, un ruedo
por manto real, la cara tiznada de hollín, y un letrero en la espalda
que decía en letras gordas: «Viva la broma». Incansable, pegaba brincos
y más brincos, llevando el compás con el cuento de la escoba, sobre las
carcomidas tablas del piso. Pero bien pronto le robó la atención de sus
admiradoras la estudiantina, que estaba toda encaramada en una mesa de
metro y medio de largo por un metro escaso de ancho. Cómo danzaban allí
unas doce chicas, es difícil decirlo; ellas danzaban, acompañándose con
panderetas y castañuelas y coreando al mismo tiempo habaneras y polcas.
En aquella comparsa, la más alborotadora y risueña, figuraba Guardiana.
Nunca el júbilo y la feliz imprevisión de los pocos años brillaron como
en el rostro de la pobre chica, que a tan poca costa y con tan poca cosa
divertía sus penas. Era la valerosa pitillera chiquita y delgada; tenía
a la sazón el rostro encendido, ladeado el tricornio, y con picaresco
ademán repicaba un pandero roto ya, y muy engalanado de cintas.
Ana y Amparo figuraban entre los grumetes. La Comadreja hacía un grumete
chusco, travieso y cínico; Amparo, el más hermoso muchacho que
imaginarse pueda. Todo lo que su figura tenía de plebeyo lo disimulaba
el traje masculino; ni las gruesas muñecas, ni el recio pelo dañaban a
su gentileza, que era de cierto notable y extraordinaria. La comparsa
recorrió los talleres, bailando y cantando, recibiendo bromas de las
_señoras_, y alegrando la oscuridad de las salas con la nota blanca y
azul de sus trajes. Sin embargo, no se podía dudar que la victoria
quedaba por los labradores. A la cabeza de estos estaba una mujer,
casada ya, celebrada por buena moza, Rosa, la que llenaba con mayor
presteza los _faroles_ de picadura. Con el traje propio de su sexo, Rosa
era un tanto corpulenta en demasía; con el de labrador no había que
pedirle. La camisa de lienzo labrado dibujaba su ancho pecho; el calzón
se ajustaba a maravilla a sus bien proporcionadas caderas; pendiente del
cuello llevaba un ancho escapulario de raso bordado de lentejuelas y
sedas de colores. Debajo de la montera, un pañuelo de fular azul, atado
como lo hacen los paisanos, le encubría el pelo. Apoyábase en la _moca_
o porra claveteada de clavos de plata, y con acento melancólico y
prolongado, cantaba una copla del país, y contestábale desde enfrente
una morenita vestida de ribereño, con su chaleco muy guarnecido de
botones de filigrana y su faja recamada de pájaros y flores
extravagantes, _echando la firma_, consistente en tres versos
irregulares, improvisados siempre, con sujeción al asunto de la copla;
al concluir la _firma_, salían del corro de espectadores varios ¡ju...
jurujú! agudísimos. Lo que hacía maravilloso efecto era oír, en los
intervalos en que callaban las cantoras, unas malagueñas resonando en el
otro extremo de la sala, mientras por su parte la estudiantina se
consagraba a las habaneras, cual si la anarquía de los trajes se
comunicase a las canciones. En la comparsa de las _señoras_ había una
chica poseedora de bien timbrada voz y de muchísimo donaire para las
coplas propias de la ciudad, tan distintas de las rurales, que al paso
que en éstas las vocales se alargan como un gemido, en las otras se
pronuncian brevemente, produciendo al final de algunos versos una
inflexión burlesca:
_En el medio de la mar_
_Suspiraba una ballenaú_
_Y entre suspiros deciaú_
_Muchachas de Cartagenaú._
¿Y quién tenía valor para trabajar en medio de la bulliciosa
carnavalada? Algunas operarias hubo que al principio se encarnizaron en
la labor, bajando la cabeza por no ver las máscaras; pero a eso de las
tres de la tarde, cuando la inocente saturnal llegaba a su apogeo, las
manos cruzadas descansaban sobre la tabla de liar, y los ojos no sabían
apartarse de los corros de baile y canto. Ocurrió un incidente cómico:
el taller del desvenado quiso echar su cuarto a espadas, y organizó una
comparsa numerosa; empeñáronse en formar parte de ella las más ancianas,
las más infelices, y la mascarada se improvisó de la manera siguiente:
envolviéndose todas por la cabeza los mantones, sin dejar asomar más que
la nariz o una horrible careta de cartón, y colocándose en doble fila,
haciendo de batidores cuatro que llevaban cogida por las esquinas una
estera, en la cual reposaba, con los ojos cerrados, muy propia en su
papel de difunta, la decana del taller, la respetable señora Porcona.
Así colocadas y con extraño silencio recorrieron los talleres, dando no
sé qué aspecto de aquelarre a la bulliciosa fiesta. Al punto recibió
título aquella nueva y lúgubre comparsa; llamáronle la _Estadea_, nombre
que da la superstición popular a una procesión de espectros.
Diríase que el mago Carnaval, con poderoso conjuro, había desencantado
la Fábrica, y vuelto a sus habitantes la verdadera figura en aquel día.
Muchachas en las cuales a diario nadie hubiera reparado quizá,
confundidas como estaban entre las restantes, resplandecían, alumbradas
por una ráfaga de hermosura, y un traje caprichoso, una flor en el pelo,
revelaban gracias hasta entonces recónditas. Y no porque la coquetería
desplegada en los disfraces llegase al grado que alcanza entre la gente
de alto coturno que asiste a bailes de trajes y suele reflexionar y
discurrir días y días antes de adoptar un disfraz--habiendo señorita que
se viste de _Africana_ por lucir una buena mata de pelo, o de
_Pierrette_ por mostrar un piececito menudo--; no por cierto. Semejantes
refinamientos se ignoraban en la Fábrica. Ni a las viejas se les daba un
comino de enseñar en la fuga del baile la seca anatomía de sus huesos,
ni a las mozas un rábano de desfigurarse, verbigracia, pintándose
bigotes con carbón. El caso era representar bien y fielmente tipos
dados; un mozo, un quinto, un estudiante, un grumete. Habíalas con tan
rara propiedad vestidas, que cualquiera las tomaría por varones; las
feas y hombrunas se brindaban sin repulgos a encajarse el traje
masculino, y lo llevaban con singular desenfado. Y de un extremo a otro
de los talleres, entre el calor creciente y la broma y bullicio que
aumentaban, corría una oleada de regocijo, de franca risa, de diversión
natural, de juego libre y sano; una afirmación enérgica de la femenidad
de la Fábrica. No cohibidas por la presencia del hombre, gozaban cuatro
mil mujeres aquel breve rayo de luz, aquel minuto de júbilo expansivo
colocado entre dos eternidades de monótona labor.
Hacia las cuatro de la tarde no cabía ya la algazara y bulla en las
salas; todo el mundo perecía de calor; a las disfrazadas de paisanos las
ahogaba su traje de paño, y se apoyaban, descoyuntadas de tanto reír,
molidas de tanto bailar, roncas de tanto canticio, en los estantes,
abanicándose con la montera. La Comadreja, que ya no sabía cómo
procurarse un poco de fresco, tuvo una idea.
--Si nos dejasen armar un corro en el patio, chicas, ¿eh?
Pareció de perlas la ocurrencia, y salieron al patio de entrada, y de
allí al magro campillo colindante, y perteneciente también a la Fábrica.
Estaba el día sereno y apacible; el sol doraba las hierbas quemadas por
la escarcha, y se colaba en tibios rayos oblicuos al través de los
desnudos árboles. El ambiente era más templado que otra cosa, como suele
suceder en el clima de Marineda durante los meses de febrero y marzo. Al
desembocar en el campo la alegre multitud, huyeron espantadas unas
cuantas gallinas y algunos borregos sucios y torpes patos, que
correteaban por allí, y eran los únicos pobladores del mezquino oasis,
limitado de una parte por la vetusta tapia, de otra por cobertizos
atestados de fardos de vena, y de otra por el taller de cigarros
peninsulares, aislado del edificio de la Granera. Al punto se formaron
dos corros con más espacio que arriba, y la frescura de la tardecita
restituyó las ganas de bailar a las exhaustas máscaras.
¡Oh, si ellas hubiesen sabido que desde las próximas alturas de Colinar
las miraban dos pares de ojos curiosos, indiscretos y osados! De la cima
de un cerrillo que permitía otear todo el patio de la Fábrica, dos
hombres apacentaban la vista en aquel curioso cuanto inesperado
espectáculo. Uno de ellos rondaba muchas veces las cercanías de la
Granera, pero nunca en aquel predio había visto más seres vivientes que
canteros picando sillares de granito, y aves de corral escarbando la
tierra. Baltasar ignoraba los detalles del Carnaval de las cigarreras, y
apenas entendería lo que estaba viendo, si Borrén, mejor informado, no
se tomase el trabajo de explicárselo.
--Generalmente estas mascaradas son de puertas adentro; pero hoy, como
hace calor y el día está bueno, salen al fresco a bailar.... ¡Qué
casualidad, hombre!
--Casualidad es, tiene usted razón. En todas partes he de encontrármela.
Y al decir así, señalaba el teniente al corro de los grumetes. Mientras
los paisanos punteaban y repicaban un paso de baile regional, los
grumetillos habían elegido el _zapateado_, donde la viveza del
meridional bolero se une al vigor muscular que requieren las danzas del
Norte. Bien ajena que la viese ningún profano, puesta la mano en la
cadera, echada atrás la cabeza, alzando de tiempo en tiempo el brazo
para retirar la gorrilla que se le venía a la frente, Amparo bailaba.
Bailaba con la ingenuidad, con el desinterés, con la casta desenvoltura
que distingue a las mujeres cuando saben que no las ve varón alguno, ni
hay quien pueda interpretar malignamente sus pasos y movimientos.
Ninguna valla de pudor verdadero o falso se oponía a que se balancease
su cuerpo siguiendo el ritmo de la danza, dibujando una línea serpentina
desde el talón hasta el cuello. Su boca, abierta para respirar
ansiosamente, dejaba ver la limpia y firme dentadura, la rosada sombra
del paladar y de la lengua; su impaciente y rebelde cabello se salía a
mechones de la gorra, como revelación traidora del sexo a que pertenecía
el lindo grumete, si ya la suave comba del alto seno y las fugitivas
curvas del elegante torso no lo denunciasen asaz. Tan pronto,
describiendo un círculo, hería con el pie la tierra, como, sin moverse
de un sitio, _zapateaba_ de plano, mientras sus brazos, armados de
castañuelas, se agitaban en el aire, bajaban y subían a modo de alas de
ave cautiva que prueba a levantar el vuelo.
-XXIII-