En la calle de los Castros estaba Carmela, la encajerita, descolorida
como siempre y ocupada en oír de boca de Amparo el relato de los sucesos
de la víspera. Asomada Carmela al tablero, disimulaba su talle encorvado
ya por la habitual labor; pero no sus ojos ribeteados y cansados de
fijarse en la blancura del hilo. No obstante su atareado vivir, la
encajera gastaba humor apacible e inalterable y poseía la dulzura de las
personas melancólicas, una benevolencia claustral. Amparo narraba
animadamente; los delegados de Cantabria habían desembarcado entre
inmenso gentío que llenaba el muelle y la ribera: ella pensó por la
mañana alumbrar en la octava de San Hilario; pero ¡qué octava ni
octava!, en cuanto supo la venida del buque, allá se plantó, en el
desembarcadero, abriéndose calle a codazos.... Los delegados son unos
señores..., ¡vaya!, de mucho trato y de mucho mundo: ¡saludan a todos y
se ríen para todos!, ¡republicanos de corazón, ea! (y aquí Amparo se
descargó una puñalada en el pecho). A la señora María, la _Rinchona_,
mira tú, porque dijo que les quería dar la mano, la abrazaron a vista de
todo Dios... luego los había acompañado al Círculo Rojo, y oído la
serenata, y el discurso que echó uno de ellos... ¡un viejo que parece un
santo!, y otro... un señor serio, de mal color....
--¿Y qué tal, predican bien?
--¡Dicen cosas... que se le hace a uno agua la boca de oírlas! Quisiera
yo que estuviesen allí los que creen que la federal trae desgracias y
belenes. El viejo no habló sino de que ya no había tiranía... de que
todo se iba a arreglar con moralidad y atención... de que nos
quisiésemos mucho los republicanos, porque ya todo ha de ser concordia
entre los hombres.
--Tú tienes un memorión.... A mí se me iría el santo al cielo. Mi
memoria es de gallo. Y el otro, ¿qué dijo?
--El otro, el otro... el otro habla despacio, pero echa unos términos,
que a veces cuesta caro entenderlo.... Predicó mucho de nuestros
derechos y del trabajo, y de lo que representa esta Unión del Norte... y
de que las clases trabajadoras, si se unen, pueden con las demás....
Habían de venir allí arrastrados de las orejas los que piensan que los
republicanos dicen cosas malas. No señor, allí se cantaba clarito lo que
somos, paz, libertad, trabajo, honradez y la cara y las manos muy
limpias.
--Dime una cosa, mujer.
--Más que sean dos.
--¿Y qué significa eso de república federal?
--Significa... ¿qué ha de significar, repelo? Lo que predicaron esos.
--Pero no me hice bien de cargo.... ¿Qué más tiene eso que el gobierno
que hay ahora?
--Tiene, tiene, tiene... tiene que Madrí no se nos monte encima, y que
haya honradez, paz, libertá, trabajo....
--Pero... vamos, una pregunta, por preguntar, mujer. ¿No decían cuando
vino el barullo de la revolución el año pasado, que nos iban a dar todo
eso? Conforme aquellos no lo dieron también podrá cuadrar que no lo den
estotros.
--No puede ser, y no, y no, porque estos son otros hombres de otra
manera, que miran por el bien del pueblo.... No digas tontadas.
La encajerita se rió con su risa tenue.
--No, si lo que vienen a dar es trabajo, por acá no falta.... Y digo yo
y preguntando otra vez, si es verdá que quitan la estancación del
tabaco, vamos a ver, ¿cómo os valéis las cigarreras? Pidiendo limosna.
--¡Esa es una burrada de las gordas!--exclamó Amparo, fuerte ya en la
controversia del punto concreto--. Oye y atiende, mujer, te lo voy a
poner claro como el sol. Ahora el Gobierno nos tiene allí sujetas, ¿no
es eso? Ganamos lo que a él se le antoja; si vienen, un suponer, buenas
consignas, porque vienen, y si no, fastidiarse. Él chupa y engorda y se
hace de oro, y nosotras, infelices, lo sudamos. Que se desestanca, que
se desestancó: ¡ala con ella!, las reinas somos nosotras, las que
tenemos nuestra habilidad en los dedos; con nosotras han de venir a
batir el consumidor y el estanquero, y si a mano viene, el ministro del
ramo.... ¿Aún no entendiste, tercona?
Meneaba suavemente la cabeza la encajerita, mientras los hilos de la
labor se deslizaban, se cruzaban, se entretejían a través de sus dedos,
y los palillos de boj, chocando unos contra otros, hacían una musiquilla
flauteada.
--Es que... tú pintas las cosas.... Pero dime.
--¡Qué porfiosa del dianche!
--Dime con verdad.... ¿Falta ahora gente que pretenda entrar en la
Fábrica?
--¡Faltar! ¡Más empeños andan danzando!
--Pues, catá... El día que quiten la estancación se echa medio mundo a
trabajar en cigarros, y habiendo mucho quien trabaje, el trabajo anda
por los suelos de barato. ¿Qué me está pasando a mí? Empezó la tía a
hacer encajes, y le salieron dos o tres de Portomar a poner la
competencia... porque ahora son mucha moda estas puntillas, hasta para
pañuelos; lo que estoy rematando es un pañuelo.
Descubrió ufana su almohadilla alzando un pañizuelo que velaba parte de
labor terminada ya, y viose una afiligranada crestería, un alicatado de
hilo, donde el menudo dibujo se desplegaba en estrellitas microscópicas,
en finos rombos, en exquisitos rectángulos, todo ello unido con arte y
gracia formando primorosa orla. Amparo aprobó.
--Está muy bonito--dijo.
--Pues con todo y que se lleva tanto, como ya somos muchas a menear los
palitroques, hay que arreglar los precios.... Yo--murmuró suspirando
levemente--no puedo hacer más; a veces trabajo con luz, pero no me lo
resisten los ojos, y así me arrimo cuando más puedo al tablero hasta que
no se ve el día.... La tía también se quedó medio ciega; ya ni puntillas
gordas hace: sólo sirve para ir por las casas a vender lo que yo
trabajo....
Batida en el terreno crematístico, Amparo tocó otra cuerda para seguir
hablando de lo que la gustaba; que no se le cocía el pan en el cuerpo
hasta desembuchar cuanto había visto y esperaba ver.
--¡El día que lleguen por tierra los delegados de Cantabrialta... se
prepara una buena! ¿No sabes?
--¿Mucha fiesta?
--Los han de esperar con coches.... Y...--Amparo se detuvo, bajando la
voz para acrecentar el efecto de la estupenda noticia--les iremos a
alumbrar con hachas.
--¡Ave María de gracia! ¿Qué me dices, mujer? ¿Alumbrarles como a los
santos?
--Andando.
--¿Y quién? ¿Las de la Fábrica?
--Ajá. Una ristra de ellas. Ya estamos habladas.
--¿Van tus amigas?... ¿Aquellas dos?...
--¡Espera por ellas! No, mujer, no. Ana, como trata con un capitán
mercante, no se quiere rebajar a que la vean alumbrando; dice que cuando
llegue la _Bella Luisa_ la avergonzaría su marino.... ¡Y aquella tonta
de Guardiana tuvo valor a decirme que ella sólo cogería un hacha para ir
en la procesión de Nuestra Señora de la Guardia!
--Pues yo digo otro tanto... más que te enfades, mujer. ¡Vaya unos
dioses y unas imágenes que vais a llevar en procesión! Eso parece cosa
de idólatras. Alumbrar solamente a las cosas de la iglesia, el veático,
las octavas....
--Calla, que eres más nea que los neos.
--¡Y para el favor que me están haciendo a mí esos señores que predican
la libertá! ¡Dicen que van a echar a todas las monjas a la calle y a no
dejar convento con convento!
Amparo retrocedió tres pasos, se puso en jarras, enarcó las cejas, y
después se persignó media docena de veces, con extraña prontitud.
--Me valga San.... ¿Pero tú hablas formal, mujer? ¿Te quieres meter en
aquella prisión por toda, toda, toda la vida? Arreniégote.
--Querer, quiero.... ¡Ay! Quise desde que fui así pequeñita.... Pero
¡bah!, ¡no puedo! ¿Dónde me van a recibir ahora sin el dote? ¡Buenas
están las monjas para meterse en despilfarros! ¿Y yo, cómo he de juntar
el dote, dime tú? Si pido, nadie me dará... A no ser que Dios me mande
una sorpresa....
--Mujer, rica no soy; pero un par de duros aún no me hacen falta para
comer mañana--dijo espontáneamente Amparo.
La pálida sonrisa de la encajerita alumbró su rostro.
--Se estima la voluntá... Necesito una atrocidá de dinero para el caso,
y ya sé que juntar, no lo he de juntar nunca.... En fin, paciencia nos
dé Dios.
--¿Y tú estarías a gusto presa entre cuatro paredes?
--Bien presa vivo yo desde que acuerdo.... Siquiera los conventos tienen
huerta, y vería uno árboles y verduras que le alegrasen el corazón.
-XVII-