Eran las horas meridianas, las horas de calor, cuando salieron
desempedrando las calles de Marineda carruajes en que iban las
comisiones del partido a esperar a los delegados de Cantabrialta. Las
dos leguas de camino real que van de la ciudad al ex-portazo (como se
decía entonces) hallábanse cuajadas de gente en expectativa, asaz
empolvada y sudorosa. Poca levita, mucha tuina y chaqueta, de higos a
brevas un uniforme; buen número de mujeres, roncas ya, con los labios
secos, los ojos inyectados, arrebatadas las mejillas, más o menos
descompuesto el peinado y el traje. Engalanadas con colgaduras ostentaba
sus casas el pobre suburbio de la Riberilla: quién había destinado a
manifestar su civismo la colcha de la cama, quién las cortinas de la
humilde alcoba, quién una sábana o mantel. Al ingreso de la barriada se
alzaban arcos de triunfo, entretejidos con ramaje.
Cuando regresaron los coches trayendo ya a los esperados viajeros, el
contraste que ofrecía el espectáculo convidaba a parar la consideración
en él. Acercábase el sol a su ocaso y las colinas que limitaban el
horizonte pasaban del suave azul ceniciento al lila más delicado. Las
playas de la Barquera y el mar alternaban en zonas de nítida blancura y
de limpio color de zafiro; a los últimos destellos del Poniente, el
arenal brillaba como si estuviese salpicado de plata, y vaporosas
franjas de espuma, tan pronto formadas como deshechas, corrían un
instante por el borde de las olas. Soberana y majestuosa paz, unida al
recogimiento de la hora vespertina, se elevaba de aquellas diáfanas
lejanías al cielo puro, donde apenas de trecho en trecho leves
nubecillas, semejantes a copos de algodón, se esparcían tiñéndose de
oro. Así se preparaba al sueño la Naturaleza, mientras en la carretera
una multitud abigarrada y polvorosa se desojaba mirando al punto por
donde asomaría muy luego la comitiva, y recreaba la vista en contemplar
los guiñapos y telas de colorines pendientes de los balcones, y el
marchito verdor de los arcos de triunfo; y se recibían y daban pisotones
recios, y _metidos_ feroces, y algún furtivo pellizco, y se tragaba y se
mascaba el árido polvo del camino, oyendo a poca distancia, como irónica
burla, el blando gemir de las ondas de la ría.
De tiempo en tiempo, las bombas de palenque trataban de armar un
escándalo en la atmósfera, pero en balde: diríase que era la detonación
de algún vergonzante petardo, que así alteraba la amplia serenidad del
ambiente, como el zumbido de un mosquito turbaría el reposo de un
gigante. Las tocatas de la banda de música, hecha pedazos de puro soplar
himnos y más himnos patrióticos, se empequeñecían en el libre y
anchuroso espacio, hasta asemejarse al estallido de una docena de
buñuelos al caer en el aceite hirviendo donde se fríen. Y visto desde la
playa, el mismo numeroso gentío podía compararse a un avispero, y la
bandera roja a un trapo de los que los chicos cuelgan de una caña a fin
de pescar ranas en las ciénagas.
Para que la comitiva adquiriese unos asomos de solemnidad, fue preciso
que entrase en los mezquinos arrabales del pueblo. Con la frescura de la
noche que caía todo el mundo se halló más a gusto, los de los coches
respiraron, sin dejar de saludar a diestro y siniestro, y comenzaron a
abrir en las tinieblas sus pupilas de fuego los reverberos de la ciudad,
la Farola, y las hachas de cera que encendían algunas mujeres para
alumbrar a los carruajes. Así que brilló el cordón de luces, las
portadoras de las hachas se alinearon en buen orden, bajando los ojos
modestamente porque aquello olía a procesión. Entonces algunos curiosos
de Marineda, que no habían querido molestarse en ir más lejos para ver
la función, se abrieron paso y situaron convenientemente con propósito
de estudiar los semblantes de las que en otra ocasión se llamarían
devotas. Si las encontraban mozas y lindas, decíanles cosas almibaradas;
si viejas y feas, barbaridades capaces de enojar y abochornar a un santo
de leño. Cuando pasaba Amparo, que iba una de las primeras, al lado del
rojo estandarte, era un fuego graneado de piropos, una descarga cerrada
de ternezas, a quemarropa. Es que la muchacha se lo merecía todo: la luz
del blandón descubría su rostro animado, encendía sus ojos
rechispeantes, y mostraba la crespa melena, desanudada por la agitación
de la caminata, y flotando en caprichosas roscas por su frente, hombros
y cuello. Baltasar y Borrén, de americana y hongo, se colocaron entre la
apiñada muchedumbre y quizá le murmuraron al oído cien mil dislates;
pero no estaba el alcacer para gaitas, es decir, no estaba Amparo de
humor de requiebros, hallándose exclusivamente poseída del fervor
político.
Sentíase sobreexcitada, febril, en días tan memorables. Por todas partes
fingía su calenturienta imaginación peligros, luchas, negras tramas
urdidas para ahogar la libertad. De fijo de fijo el Gobierno de Madrid
sabía ya a tal hora que una heroica pitillera marinedina realizaba
inauditos esfuerzos para apresurar el triunfo de la federal: y con tales
pensamientos latíale a Amparo su corazoncillo y se le hinchaba el seno
agitado. En medio de la vulgaridad e insulsez de su vida diaria y de la
monotonía del trabajo siempre idéntico a sí mismo, tales azares
revolucionarios eran poesía, novela, aventura, espacio azul por donde
volar con alas de oro. Su fantasía inculta y briosa se apacentaba en
ellos. Las enfáticas frases de los artículos de fondo, los redundantes
períodos de los discursos resonaban en sus oídos como el _ritornelo_ del
vals en los de la niña bailadora. Aquella llegada de los individuos de
la Asamblea de la Unión fue para Amparo lo que sería la de los Apóstoles
para un pueblo que oyese hablar del Evangelio y de pronto viese arribar
a sus costas a los encargados de anunciarlo.
Tenía Amparo por cosa cierta que se acercaba la hora de señalarse con
algún hecho digno de memoria: ansiaba, sin declarárselo a sí misma,
emplear las fuerzas de abnegación y sacrificio que existen latentes en
el alma de la mujer del pueblo. ¡Sacrificarse por cualquiera de aquellos
hombres, venidos de Cantabria a vaticinar la redención; inmolarse por el
más viejo, por el más feo, prestándole algún extraordinario y capital
servicio! Llamar a su puerta a las altas horas de la noche; decirle con
voz entrecortada que «ahí viene la policía» y que se oculte; acompañarle
por recónditas callejuelas a un escondrijo seguro; meterle en la mano
unos cuantos pesos ahorrados a fuerza de liar pitillos; recibir, en
cambio, un haz de proclamas para repartir al día siguiente, con la
advertencia de que «si se las cogen, puede contarse ánima del
Purgatorio»; distribuirlas con sigilo y celo; y por recompensa de tantas
fatigas, de riesgos semejantes, ganar un expresivo apretón de manos, una
mirada de gratitud del proscrito.... Si el heroísmo es cuestión de
temperatura moral, Amparo, que se hallaba a cien grados, tal vez se
dejara fusilar por _la causa_ sin decir esta boca es mía; y quién sabe
si andando los tiempos no figuraría su retrato al lado del de Mariana
Pineda en los cuadros que representan a los mártires de la libertad....
Feliz o desgraciadamente, lo que ustedes quieran, que por eso no
reñiremos, los tiempos eran más cómicos que trágicos, y los loables
esfuerzos de Amparo no le obtuvieron otra corona de martirio sino el que
en la Fábrica se prohibiese la lectura de diarios, manifiestos,
proclamas y hojas sueltas, y que a ella y a otras cuantas que
pronunciaron vivas subversivos y cantaron canciones alusivas a la Unión
del Norte las suspendieran, como suele decirse, de empleo y sueldo.
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