Era Baltasar un hijo, no de este siglo, sino de su último tercio, lo
cual es más característico y peculiar. Calificábanle las señoras de
atento; sus compañeros, de muchacho corriente y agradable; su tío, de
chico listo y con el cual se podía departir acerca de asuntos de
comercio. Su temperatura moral no subía ni bajaba a dos por tres; no se
le conocía ardor ni entusiasmo por ninguna cosa; la fiebre de la mocedad
no le había causado una hora de franca y declarada calentura. Ni juego,
ni bebida, ni mujeres le sacaban de quicio. En política era naturalmente
doctrinario. Su madre le juzgaba mozo de gran porvenir y altos destinos,
porque dejándole la paga para gastos menudos y diversiones, Baltasar
ahorraba y nunca se halló sin blanca en el bolsillo del chaleco.
Destinado a la carrera militar, más por vanidad de su familia que por
vocación, no era, sin embargo, cobarde, pero sí yerto; prefería los
ascensos a la gloria, y a la gloria y a los ascensos reunidos anteponía
una buena renta que disfrutar sin moverse de su casa ni estar a merced
del ministro de la Guerra. Secretamente, con cautela suma (porque
Baltasar respetaba la opinión pública y todo lo que hay que respetar
para vivir con sosiego), la ley y norte de su vida era el placer,
siempre que no riñese con el bienestar. Tenía vanidad, pero vanidad
encubierta y en cierto modo solitaria. A sus creencias, vacilantes y
endebles, no quería tocar, como si fuesen un diente próximo a caerse y
con el cual evitase morder cortezas duras. Vivía a su gusto y talante,
sin meterse en más libros de caballerías. Físicamente tenía Baltasar
mediana estatura, la tez fina y blanca, y de un rubio apagado el ralo
cabello; pero la parte inferior de su fisonomía era corta y poco noble;
la barbilla chica y sin energía, la boca delgada de labios, como la de
doña Dolores. En conjunto, su rostro pareciera afeminado a no acentuarlo
la aguda nariz, diseñada correctamente, y la frente espaciosa,
predestinada a la calvicie.
Al huir del café, como si huyese de sí mismo, dejando a su madre y a sus
hermanas ocupadas en agotar los sorbetes, sintió que le daban una
palmadica en la espalda, y volviéndose conoció a Borrén, que ya hacía
días estaba de retorno de Ciudad Real, contando que allí había unas
chicas... hombre, ¡cosa notable! Se cogieron del brazo y se dieron a
vagar por las calles, que no aconsejaba otra cosa la serenidad y
hermosura de la noche de estío. Baltasar desahogó sus cuitas en aquel
amigo pecho. Él no estaba ciego por Josefina, ni cosa que lo valga; pero
ahora recelaba que sería mal visto plantarla de golpe y porrazo.
--Entreténgala usted--aconsejó maquiavélicamente Borrén--y distráigase
por otro lado. ¿Va usted a vivir así a su edad? ¡Pues no faltaba más,
hombre!
--Es una diablura: en este pueblo todo se sabe, y después, líos,
historias, lances que molestan.... Se me figura que voy a pedir que me
destinen a Andalucía o a Cataluña.... Si me quedo aquí, hay una muchacha
que me da, a veces, en que pensar... ¿y para qué se ha de meter uno en
un atolladero?
--Una muchacha.... No es la de García, ¿eh?
--No, hombre.... Esos son solaces a la alta escuela y por todo lo fino,
que no le quitan a uno el sueño.... Es... una cigarrera.
--¡Hola... picarón! ¿Esas tenemos, y tan calladito?
--Usted mismo me la enseñó y me habló de ella.... La chica del
barquillero.
Borrén chasqueó la lengua contra el paladar.
--¡Yaaaá lo creo! ¡Toma, toma! ¡Pues si es una joyita, hombre! ¡Caramba
con usted y cómo lo gasta! ¿No se lo decía yo a usted, eh?
--Debo advertir que por ahora no hay nada. No se eche usted a maliciar
ya.
--Principio quieren las cosas, hombre.
Hablaban así al atravesar una calle principal, cuando de pronto les
llamó la atención el corro de gente parada a la puerta de una sociedad
de recreo. Dentro del marco de las iluminadas ventanas se veían agitarse
figuras negras que gesticulaban animadamente, y detrás de ellas medio se
columbraba una mesa servida con copas, botellas y dulces. A veces se
dibujaba sobre el fondo de luz la silueta de una mano que alzaba una
copa, y el clamor que seguía al brindis era delatado por el retemblido
de los cristales.
--El Círculo Rojo--dijo Borrén--. Están obsequiando a los delegados de
Cantabria.
--¡Llegar por mar ahora mismo y tener humor para correrla!--exclamó el
teniente--. ¡Lástima de naufragio!
--¿A usted qué le parece de estas algaradas, Sobrado?
--¿Qué me ha de parecer? Que antes de dos meses nos embromarán allá por
Navarra los del Terso....
--¡Quia! Eso nunca, hombre. Eso murió, y los muertos no resucitan.
--Usted entiende más de chicas guapas que de política, amigo Borrén. Nos
van a divertir, créame usted. Ya anda en danza Elío, un militar si los
hay.... Eso se va a organizar; verá usted cómo salen de la tierra igual
que los hongos cuando llueve, pero equipaditos y con armamento. Y estos
otros también van a sacar las uñas por Barcelona y donde haya blusas y
fábricas. Lo peor de todo es que harán de España mangas y capirotes....
Un golpe de gente que desembocaba en la calle cortó la réplica de
Borrén. A la luz del astro nocturno se veía blanquear los instrumentos
de metal y los papeles de música. Al llegar ante el Círculo Rojo instaló
la banda sus atriles, en el centro del corro que aumentaba; y previas
algunas palabras en voz baja y un golpe de batuta, rasgó los aires el
bullanguero himno que todo español conoce y ama o detesta. Del concurso
partieron gritos.
--¡Himno de Garibaldi!
--¡Marsellesa, Marsellesa!--contestó un grupo más compacto.
Y enmudecieron los metales, y presto volvió a alzarse su formidable
acento, entonando la trágica Marsellesa. Impensadamente se abrieron las
ventanas del Círculo, y fue como si la sala llena de claridad, de gente
y de tumulto, se viniese a meter entre los espectadores.
En primer término asomaron las cabezas los recién venidos, y al punto
calló la música y se oyeron vivas a los delegados, a Cantabria,
dominando el clamoreo una voz aguardentosa que desde la esquina repetía
incansable «¡Viva la honradez!». Una mujer se adelantó, y entrando en el
círculo de luces, gritó con voz fresca y potente:
--¡Que brinden a la salud del pueblo!... ¡Que brinden!...
Volviose uno de los delegados, y al punto le trajeron una copa rebosando
Champaña, que elevó a los cielos al pronunciar el brindis. Las luces de
los atriles alumbraron su barba de nieve, sus mejillas sonrosadas como
las de los viejos de la pintura arcádica. Baltasar sacudió el brazo de
su confidente.
--¿La ve usted?
--La veo. ¡Olé y qué guapa se pone todos los días, hombre!
--Pero se me hace muy cargante con estas cosas políticas. Las mujeres no
tienen más oficio que uno.
--Sí, hombre... quién la mete a ella... tiene chiste.
--Es una epidemia. Almorzamos política y comemos ídem. Se va volviendo
España un manicomio. ¡Bah! Si no estuviese aquí, donde todo el mundo me
conoce, las extravagancias de esa muchacha no dejarían de divertirme....
¿La ve usted aplaudiendo a rabiar al del brindis? ¿Cómo se llamará ese
ciudadano? Parece el Oroveso de _Norma_.
--Psh... mañana lo sabremos.
-XVI-