Josefina García estaba aquella noche muy compuesta y emperejilada en el
paseo de _las Filas_, y la acompañaban las de Sobrado. Cuanto se ponía
Josefina ajustábase siempre a los últimos decretos de la moda, no sin
cierta exageración y nimiedad, que olía a figurín casero. Era esa la
condición del cuerpo de Josefina semejante a la de la cola que los
escultores usan para vaciar sus estatuas, que recibe toda forma que se
le quiera imprimir. Josefina entraba dócil en los moldes impuestos por
la moda, sin rebelarse ni protestar jamás. Tenía su físico algo de
impersonal, una neutralidad que le permitía variar de peinado y de
adorno sin mudar de tipo. Mediana de estatura, su rostro prolongado y
sus agradables facciones no ofrecían rasgos característicos. Sus ojos,
ni chicos ni grandes, ni eran feos, pero sí dominantes y escudriñadores
más de lo que a su edad y doncellez convenía; su sonrisa, entre
reservada y cándida, demasiado permanente en los labios, para que no
tuviese visos de fingida y afectada; su talle, modelado por el corsé,
sería pobre de formas si hábiles artificios del traje, como un volante
sobre los hombros, o en la cadera, no reforzasen sus diámetros. Sin
aliño y despeinada, Josefina debía parecer poca cosa; ayudada por el
tocado, adquiría cierta postiza morbidez. En realidad, era un fruto
prematuramente caído del árbol, una doncella núbil antes de tiempo; a
los trece, cuando tocaba habaneras, tenía ya las coqueterías, los celos,
los caprichos de la mujer, y ahora aquella flor rápida y precoz se había
deshojado, y en vez de la lozanía seductora de la juventud, notábase en
Josefina la tiesura y empaque de una señora formal y los remilgos de una
lugareña. Figurábase que la distinción, el buen tono, consistían en
contrahacer los menores movimientos, ajustándolos a una pauta
preestablecida; que había un modo elegante y otro cursi de reír, de
estornudar, de abanicarse; que hasta existían opiniones distinguidas y
bien vistas, y opiniones que ya no se llevaban; y que en todo, lo más
selecto y fino eran las medias tintas, la insustancialidad, lo insípido,
inodoro e incoloro. Hablando de cosas superficiales, no le faltaba
cierta charla vivaz, semejante al trinar del jilguero; pero apenas se
tocaban asuntos serios, creíase obligada, por su papel de niña elegante
y casadera, a encogerse de hombros, hacer cuatro dengues y mudar de
conversación. Tal cual era Josefina, muchas señoritas la imitaban,
porque, según se decía, «sacaba las novedades»; y aunque tachándola de
exagerada y rara, a veces, con el rabillo del ojo observaban las
innovaciones de indumentaria que lucía, para reproducirlas al punto.
Aquel año comenzaba a imperar el traje corto, revolución tan importante
para el atavío femenino, como la de Setiembre para España; las avanzadas
en ideas se habían apresurado a cercenar sus faldas, mientras las
conservadoras no se resolvían a suprimir la cuarta de tela con que
barrían las inmundicias del piso. Josefina, que en materia de vestir era
radical, llevaba la moda nueva en todo su rigor, con túnica de seda
negra adornada de bellotas de pasamanería, cayendo sobre redonda falda
de glasé azul. Un velo de rejilla formaba a su rostro la misteriosa
aureola de un confesionario, y los _cuernos_ de su peinado bajaban con
gracia y simetría hacia la nariz. Por la espalda y en la cintura, un
lazo negro muy pronunciado servía para abultar lo que entonces quería la
_voluble diosa_ que abultase. Echaba la señorita los codos atrás con
objeto de destacar el busto, actitud que escrupulosamente copiaba la
segunda de Sobrado, Clara. Lola, que iba en medio, era la única a poner
el cuerpo como Dios se lo dio. La luz de la luna, que se alzaba
iluminando el paseo de _las Filas_ y el mar, la hora y la temperatura
envidiable de una noche de verano, incitaban a amantes efusiones, o
siquiera a galanteos, y hasta el ruido de la concurrencia se brindaba a
ser cómplice de tiernas palabras pronunciadas a media voz; así lo
comprendía Baltasar, que acompañaba a las muchachas, inamovible al lado
de Josefina, y haciendo, sin escrúpulo, que sus hermanas llevasen la
cesta. A lo lejos, el blando murmullo de las olas, que parecían un lago
de plata, decía cosas embriagadoras y poéticas; cantaba un idilio
intraducible al humano lenguaje. La conversación del grupo era, no
obstante, por todo extremo, vulgar.
--Está desanimado el paseo. ¿Verdad, Sobrado?
--Animadísimo lo encuentro yo. ¿Por qué dice usted eso?...--Y los ojos
de Baltasar buscaron los de Josefina, y una mirada se cruzó entre ambos.
--¡Qué cosas tiene usted! Vaya, falta gente: usted no lo notará, pero sí
falta.
--Yo, intervino Lola, me aburro con tanto dar y dar vueltas.... En
cualquier sitio me divertiría más. No hubiera salido hoy, si no fuese
por la Octava de San Hilario.... Pero ni aun la Octava estuvo a mi
gusto; faltó muchísima gente de la que acostumbra alumbrar.... ¿Sabéis
porqué?
--No--dijo maquinalmente Josefina.
--Sí--declaró Baltasar--, porque fueron a esperar al muelle a los
delegados de Cantabria.
--Los delegados... ¿de qué?--preguntó Josefina jugando con el abanico.
--De Cantabria.... Vienen a firmar la unión del Norte...--explicó
Lola--. ¡A mí me gustaría ver el desembarque! Si hubiese tenido con
quien ir.
--Yo fui.... ¡Qué lástima!--dijo Baltasar.
--Chica.... ¡Vaya una idea!--exclamó Josefina soltando menudas
carcajaditas--. Yo huyo de esas confusiones.... Me aterra pensar que
pueden gentes sin educación apachucarme, pisarme.... ¡Qué fastidio! Y al
fin poco tendrá que ver.... Diga usted, Sobrado, ¿se ha divertido usted
mucho?
--No por cierto.... ¡Diversión! ¿Qué diversión ha de ser? Pero es
curioso.... ¡Hubo vivas, y mueras, y un silbido vergonzante, y abrazos,
y apretones de manos!
--¡Bien por el que silbó!--dijo Lola batiendo palmas--. ¡A eso quería yo
ir, a silbar con la llave de la puerta!
--Dice el tío Isidoro--intervino Clara--que si esto sigue así van a
tener que cerrarse los comercios y se concluirá la industria.
--¡Y también se cerrarán las iglesias!--recalcó Lola con más calor
aún--. ¡Malditos revoltosos! ¡A silbar, a silbar debió ir todo el mundo!
--¡Psss! ¡Por Dios!--suplicó Josefina--. Estamos llamando la
atención.... Luego dirán que nos metemos en política.
--Pues yo me meto... ¿y qué? Ahora todo el mundo se mete--afirmó Lola.
--¡Ay... yo no! Qué ridiculez, ¿eh, Sobrado? Yo no entiendo de eso.
--¿No tiene usted opiniones, polla?
--No... es decir, no me gustan los alborotos; ¡cuando hay trifulca el
teatro está tan soso!... Ni queda humor para vestirse y salir.
--Vamos, usted debe tener sus preferencias.... ¿Será usted carlista?
--¡Ay, no!... ¡La Inquisición me da un miedo!...--dijo riendo.
--¿Republicana?
--¡Qué horror! ¡Cosa más cursi...!
--Moderada, ea. Es usted moderada, de fijo.
--Tal vez, tal vez, algo moderada.... La pobre Reina me da mucha
lástima.
--Bueno, ahora ya sé que es usted moderada y lo voy a divulgar por ahí
para que la prendan a usted por conspiradora.
--No, por Dios, que no sueñen que hablamos de estas cosas.... Se reirían
de mí y dirían que parecemos un club. ¿No sabe usted alguna noticia?
¿Qué me cuenta usted del prestidigitador que trabaja en el teatro?
--¿El húngaro? ¡Bah! Como todas esas funciones.... Muy pesado, mucho
cubilete y los pistoletazos de cajón....
--¡Pistoletazos! Los odio: me asustan atrozmente. En viendo que preparan
la pistola, ya estoy tapándome los oídos: las chicas se ríen y mamá me
dice siempre: «Niña, que te miran...». Pero yo no puedo....
--¡Mejor! Si la miran a usted, ¿qué más quieren los espectadores?
--declaró Baltasar cediendo a la destreza con que Josefina traía el
diálogo al terreno personal.
Mientras pasaba este coloquio, las madres, que venían detrás, se
sentaron en un banco, sin que su plática, por versar sobre asuntos de
muy otra especie cediese en animación a la de la gente joven. Un
momento, al pasar por delante de ellas, Lola se volvió a preguntarles no
sé qué; al mismo tiempo Josefina tocó levemente en el codo a Baltasar,
el cual se inclinó, y por movimiento simultáneo cayeron los brazos de
ambos y sus manos se unieron el espacio de un segundo, depositando la
mano varonil en la femenina un papelito blanco, tamaño como una
mariposa. Susurraban las acacias, llenaba el aire el misterioso silabeo
de las conversaciones de última hora, y el amoroso gemido del mar,
besando el parapeto, completaba la sinfonía.
Ni se escapó el detalle del papel al ojo avizor de la viuda ni a la
vigilante atención de doña Dolores, quien puso torcido y avinagrado
gesto, levantándose al punto y anunciando que era hora de retirarse. Al
tiempo que regresaban las dos familias, desde _las Filas_ a la calle
Mayor, la señora de Sobrado meditaba una épica pequeñez, una tontería
trascendental y feroz que le sirviese para dar despachaderas a las de
García y quedarse sola con sus hijas. Y como llegasen cerca de las
puertas del café de la Aurora, que dejaban pasar la luz amarilla y cruda
del gas, ocurriósele, por fin, la liliputiense estratagema, y con felina
amabilidad dijo la viuda:
--Y ahora, ¿qué se hacen? Nosotros pensábamos entrar a tomar un
refresco.... ¿Nos acompañarán ustedes? Un sorbetito, cualquier cosa....
--¡Jesús... pues no faltaba más!--contestó la viuda, abochornada como
persona a quien ofrecen de mala gana y por fórmula un obsequio que
cuesta dinero--. Nosotras tenemos que hacer, y nos retiramos.
--¡Baltasar!--gritó doña Dolores a su hijo, que iba delante con las
muchachas--. ¡Baltasarito, entra aquí, que vamos a tomar sorbete!...
--Vengan ustedes, señoritas--murmuró el teniente, creyendo que se
trataba de convidar a la familia García.
--No, estas señoras no quieren nada--se apresuró a advertir la madre,
clavando a su hijo a la puerta del café con una mirada elocuentísima.
A pesar del aplomo de buen género que creía Josefinita poseer, se vieron
a la claridad del gas sus ojos preñados de lágrimas de orgullo y su tez
encendida, como si la abofeteasen. Dijo un seco «adiós» a Clara y Lola;
a Baltasar y a doña Dolores ni palabra. Cogiose del brazo de la viuda y
pronto se confundieron en la oscuridad del fin de la calle sus espaldas,
erguidas con dignidad propia de espaldas de destronadas reinas. Baltasar
se volvió hacia su madre.
--Pero, mamá...--pronunció.
--¡Chsss!--murmuró ella en voz baja, casi al oído del mancebo...--. Eres
un bolo, que te comprometes en público con ellas, y tienen medio perdido
su asunto. Van a quedar en la calle, chiquillo.... He confesado a la
infeliz de la madre y no pudo negármelo.... Yo ya lo sabía por un
abogado. Va muy mal todo eso.... Niñas, sentaos--añadió dirigiéndose a
Lola y Clara--. Mozo, cuatro medios de leche y barquillos....
--Yo no tomo...--dijo Baltasar.
--Mozo, tres medios no más.... Pues mira como andas, porque esa mocosa
con su gesto de todo me fastidia, te va a envolver.... La tendrás que
mantener, y a las cuñaditas, y a la viuda....
--Pero si no pienso... usted todo lo abulta. Sólo que las cosas hechas
así de este modo se comentan y dan que hablar.... ¿No se empeñó usted
misma en que las acompañase?
--Con permiso de ustedes--dijo el mozo colocando en la mesa tres vasos
de leche amerengada coronados de canela, y un cestito de paja lleno de
barquillos. Clara y Lola se pusieron a chupar su refresco, comprendiendo
que no debían oír el diálogo de su madre y hermano.
--Que las acompañases, sí... porque no me figuraba yo que iba a resultar
tal compromiso.... Si pierden el pleito, ni sé cómo pagarán las
costas.... Han de acudir al bolsillo del prójimo; acuérdate de lo que te
digo; como si todo el mundo tuviese ahí el dinero a disposición....
--Pues yo--declaró Baltasar--no vuelvo a meterme en otra.... Mire usted
bien las cosas antes, porque esto de andar así, hoy tomo y mañana dejo,
es ridículo y le pone a uno en evidencia. Dirá la gente que cazamos...
que cazo un dote.... ¡Ya ve usted!
--¡Dios quiera que los cazados no seamos nosotros!--tartamudeó doña
Dolores con las mejillas horriblemente sumidas por los esfuerzos de
absorción que practicaba, a fin de convertir su barquillo en bomba
ascendente de la leche garrapiñada.
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