Tirias y troyanas

También en la Fábrica observaba Amparo que las paisanas eran las menos

federales, las menos calientes, llenas de escepticismo y de picardía,

decían, meneando la cabeza, que a ellas la república «no las había de

sacar de pobres». Alguna tenía sus puntas y ribetes de reaccionaria; y

en conjunto, todas profesaban el pesimismo fatalista del labrador,

agobiado siempre por la suerte, persuadido de que si las cosas se mudan,

será para empeorarse. No se arrancaba de ellas la más leve chispa de

fuego patriótico; empeñábanse en no exaltarse sino cuando viesen que

iban a menos las contribuciones y a más los frutos de la tierra. Así es

que en la Fábrica gozaban de detestable reputación, y eran tachadas de

ávidas, tacañas y apegadas al dinero, y acusadas de cebarse en la

ganancia abandonando su casa por un ochavo, al par que las de Marineda

se jactaban de rumbosas, y se preciaban de mejores madres. No obstante,

pronunció la revolución tres palabras áureas que a todas sacaron de

quicio: «¡No más quintas!». Hasta las mismas aldeanas abrieron

ansiosamente el corazón y el alma para beberse la dulce promesa.

¡Si la república fuese, como decían diariamente los periódicos favoritos

del taller, la supresión del impuesto de sangre, vamos, merecía bien que

una mujer se dejase hacer pedazos por ella! En el taller de cigarrillos,

aunque dominaban las mocitas solteras, bastaba hablar de quintas para

que se moviese una tempestad de federalismo.

--Miren ustedes--decía Amparo--que eso de que arranquen a una de sus

brazos al hijo de sus entrañas y lo lleven a que los cañones lo

despedacen por un rey, ¡clama al cielo, señores! Por lo mismo queremos

la república republicana, la santa república democrática federativa. Con

ella Marineda será capital, y Vilamorta también, y hasta Aldeaparda será

capital hecha y derecha. Sólo Madrí, que a ese se le acaba la ganga, ya

no nos chupará la sustancia; se va a hacer una cosa magnífica, que se

llama descentralizar; y veremos cómo después se le baja el orgullo a la

Corte. ¡Si es inicuo y absolutista lo que está pasando! Aquí no nos

mandan, voy a poner por caso, sino tabaco de segunda, filipino para eso,

espérelo usted un mes o dos. Las regalías y las conchas se hacen en

Madrid... ¡como si nuestros dedos no fuesen de carne humana! ¿Somos aquí

esclavas, o algunas torponas que no sabemos perficionar la labor? Y

luego allí, paguita siempre corriente, consignas a barullo....

¡Ciudadanas, es preciso sacudir el yugo tiránico con nobleza y energía

cuando venga lo que se aguarda!, ¿eh chicas?

A las dos formas de gobierno que por entonces contendían en España, se

las representaba el auditorio de Amparo tal como las veía en las

caricaturas de los periódicos satíricos: la Monarquía era una vieja

carrancuda, arrugada como una pasa, con nariz de pico de loro, manto de

púrpura muy estropeado, cetro teñido en sangre, y rodeada de bayonetas,

cadenas, mordazas e instrumentos de suplicio; la República, una moza

sana y fornida, con túnica blanca, flamante gorro frigio, y al brazo

izquierdo el clásico cuerno de la abundancia, del cual se escapaba una

cascada de ferro-carriles, vapores, atributos de las artes y las

ciencias, todo gratamente revuelto con monedas y flores. Cuando la

fogosa oradora soltaba la sin hueso, pronunciando una de sus

improvisaciones, terciándose el mantón y echando atrás su pañuelo de

seda roja, parecíase a la República misma, la bella República de las

grandes láminas cromolitográficas; cualquier dibujante, al verla así, la

tomaría por modelo.

Y la muchacha iba ascendiendo a personaje político. En la ciudad

comenzaban a conocerla, y hasta oyó una vez, al pasar por la calle

Mayor, que murmuraban en un corrillo de hombres: «Esa es la cigarrera

guapa que amotina a las otras». En su barrio todos la embromaban: el

mancebo de la barbería pronunciaba un festivo «¡Viva la República!»

siempre que Amparo cruzaba ante su puerta; y la señora Porreta murmuraba

con voz cascajosa y opaca: «Salú y liquidación sosial». Si alguien cree

que fue rápida la metamorfosis de la niña callejera en agitadora y

oradora demagógica, tenga en cuenta que más prontamente aún que la

Fábrica de tabacos de Marineda, se gaseó la nación hispana. Ni visto ni

oído. Contaba la Gloriosa menos de un año, y ya nadie sabía a qué santo

encomendarse, ni a dónde íbamos a parar, ni dónde dar de cabeza.

Abundaban las manifestaciones pacíficas, acabando siempre como el

rosario de la aurora. En la frontera, agitación carlista; el Gobierno

interna que te internarás, y los internados acá, volviendo a meterse en

España media legua más allá, mientras en Madrid se fabricaban

activamente, y sin gran reserva, fornituras, arneses y mantillas, que en

los ángulos lucían una corona y las iniciales C. VII, y en Vitoria

recorrían las calles grupos de jóvenes con boina blanca y garrote en

mano, victoreando a las mismas iniciales. A bien que en Puerto Rico la

guarnición aclamaba otras cosas, y en Écija mil republicanos protestaban

contra «la presencia en España del intruso Antonio de Borbón», y en las

cercanías de Barcelona los payeses, armados de azadas y bieldos,

perseguían a un alcalde y le obligaban a encastillarse en las Casas

Consistoriales. A todo esto, el poder, representado por el regente

Serrano, al cual se tributaban honores casi regios, estaba realmente en

las vigorosas manos de Prim, que olfateando la ruina de la Gloriosa,

como el marino vislumbra en el remoto horizonte el huracán, sin

entretenerse en fruslerías demagógicas, sólo pensaba en traer un

monarca, llamado a sosegar el país. España estaba próxima a la gran

lucha de la tradición contra el liberalismo, del campo contra las

ciudades; magna lid que tenía en la Fábrica de Marineda su

representación microscópica.

Todas las mañanas, en efecto, al entrar las operarias en los talleres,

al encontrarse en el camino, solían, urbanas y rurales, invectivarse

ásperamente y dirigirse homéricos insultos, ni más ni menos que si

fuesen las avanzadillas de los dos partidos enemigos que presto iban a

encender la guerra civil. El pretexto de las riñas era que las de

Marineda mostraban asombrarse de que las campesinas, viniendo quizá de

tres leguas de distancia, estuviesen ya allí cuando apenas asomaba el

día, y hacían rechifla de tal diligencia.

--¡Vaya, que es buen madrugar de Dios, hijas!

--¿Venides a caballo del Sol?

--¡Andar, lamponas! ¡Dejáis la cama por hacer y el chiquillo por mamar!

¡Madrastras!

--¡Ni os peinades tan siquiera!... ¡Andáis arañando en el pelo con los

dedos por llegar seis minutos antes, ansiosas de judas!

--¡Tú dormiste en el camino, avariciosa! Imposible que a tu casa

llegases. Tanto madrugar, y tanto madrugar, y luego no hacedes ni medio

cigarro, en tó el día, que mismo no sabedes menear los dedos, que mismo

los tenedes que parecen chorizos, que mismo Dios os hizo torponas, que

mismo....

Aquí ya la sorna y flema de las interpeladas tocaba a su fin, y

respondían coléricas, pero entre dientes:

--¿Y luego? Cada uno se vale como puede, y vusté tendrá otras rentas, y

más otros señoríos... y ganaralo de otra manera diferente, y Dios sabe

cómo será... que yo no lo sé ganar sino trabajando, _hija_.

--Yo lo gano con tanta honra como usté... y no injuriar a nadie.

--Calle usté, que empezó. Yo no le dijen cosa mala.

--¡Avarientas, rañas, ahorcádevos por un ochavo!

--¡Sinvergüenzas!--replicaban furiosas las campesinas.

--¡Servilonas, carlistas!--contestaban las ciudadanas, ya en actitud

agresiva.

--¡Malvadas, que echades contra Dios!--rugían las insultadas. Y en medio

del tumulto se oía el agudísimo ¡ayyy!, de una mujer, a la cual manos

furibundas intentaban arrancar de un solo tirón la trenza entera de sus

cabellos. Por espacio de diez segundos imperaban la confusión y el

desorden, y había empujones, pellizcos convulsivos, arañazos, violentos

repelones; pero apenas iban aproximándose a las cercanías de la Fábrica,

donde el severo reglamento prohibía los escándalos, cesaba el griterío,

comenzaba el torrente femenil a precipitarse dentro del patio, y

restablecíase la paz, ya que no la serenidad interior, en la fiel imagen

abreviada de la nación española.

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La Tribuna · 第 17 / 42 题