Más partido tenían en la Fábrica los periódicos locales que los de la
Corte. Naturalmente, los locales exageraban la nota, recargaban el
cuadro; sus títulos acostumbraban ser por este estilo: _El Vigilante
Federal, órgano de la democracia republicana federal-unionista; El
Representante de la Juventud Democrática; El Faro Salvador del Pueblo
Libre_. Y como, aparte de algunas huecas generalidades del artículo de
fondo, discurrían acerca de asuntos conocidos, era mucho mayor el
interés que despertaban.
No es fácil imaginar cuán honda sensación producía en el concurso alguna
gacetilla rotulada, por ejemplo: «Acontecimiento incalificable».
--A ver, a ver. Oír. Callar. Silencio, charlatanas.
Y reinaba un mutismo palpitante, escuchándose tan sólo el retintín de
los tijeretazos que cercenaban el rabo de las tagarninas.
--«Acontecimiento incalificable»--repetía Amparo--. «Se nos asegura que
hará dos días entraron tres guardias civiles francos de servicio en el
café de la Aurora, y un oficial que allí había los arrestó...»
--Arrestaría, arrestaría....
--Callar, bocas....
--«... los arrestó por tan enorme delito...»
--¿Por entrar en un café?
--¡Y dicen que hay libertá!
--¡Qué ha de haberla, mujer!
--«Y preguntándoles la causa de su entrada en el local, le respondieron
que su objeto era tomar café. No obstante tan naturales explicaciones,
fueron arrestados por tres días, y hasta no faltan personas bien
informadas que aseguren se ha dado orden para que los individuos del
benemérito cuerpo no puedan entrar en los cafés de la Aurora ni del
Norte. De ser esto cierto, sobre constituir un ataque infundado a los
sagrados derechos individuales, lo es también a la industria libre y
honrosa de los cafeteros, y...»
--¡Y le resobra la razón, así Dios me salve! ¿Y de qué come el pobre del
cafetero si le espantan la parroquia?
--El pillo del oficial, como tiene su paga....
--«... y no encontramos frases suficientes para anatematizar estos
atropellos, hoy que la bandera de la libertad nos da sombra con sus
pliegues...»
--¡Eso, eso!
--¡De ahí, de ahí!
--Habiendo libertá no hay injusticias. ¡Olé por ella!
--«¿Qué piensan los que así resucitan arranques del agonizante
despotismo militar, propios de épocas terroríficas que pasaron a la
historia? ¿Se les ha figurado que estamos en aquellos siglos, cuando un
señor tenía poder para abrir el vientre a sus vasallos?...»
Aquí se salió de madre el río. Exclamaciones, interjecciones, gritos y
risas se cruzaron de un lado a otro; pero las risueñas estaban en
minoría: dominaban las espantadas. Una vieja medio sorda se hizo una
trompetilla con ambas manos, creyendo que sus oídos la engañaban.
--¡Ave María de gracia!
--¡En mi vida tal oí!
--¡Abrir la barriga!
--No sería en tierra de cristianos, mujer.
--¿Y eso fue a los pobrecitos civiles?--interrogó la sorda.
--¡Chss!--gritó Amparo--. Aquí viene lo bueno, señores: «... abrir el
vientre a sus vasallos para calentarse los pies con su sangre...»
--¡Señor y Dios de los cielos!
--Parece que todo el estómago se me revolvió.
--¡Pobre del pobre!
--¡Cuándo vendrá la federal para que se acaben esas infamias!
Otra cuerda que siempre resonaba en aquel centro político femenino era
la del misterio. Cualquier periodiquillo, el más atrasado de noticias,
contenía un suelto que, hábilmente leído, despertaba temores y
esperanzas en el taller. Amparo empezaba por hacer señas al concurso
para que estuviese prevenido a importantes revelaciones. Después
comenzaba, con reposada voz:
--«Atravesamos momentos solemnes. De un día a otro deben cambiar de
rumbo los acontecimientos...»
--Lo que yo digo. Esta situación, de por fuerza se la tienen que llevar
los demonios.
--Hasta que llegue la nuestra....
--No, pues cuando este lo huele.... Por Madrid andará buena la cosa.
--Así los parta a todos un rayo, comilones, tiránigos, chupadores.
--A ver si calláis.
--«La situación está próxima a entrar en el camino que desde el primer
día de la revolución debió emprender. Hay que vencer grandes
obstáculos...» (Movimiento general.) «Los enemigos encubiertos de la
revolución...»
--¿Quién será? ¿Lo dirá por el alcalde?
--No, mujer.... Por ese maldito de cuñado de la Reina....
--Y por el Napoleón de allá de Francia, boba, que no nos puede ver.
--¡Chsss! «... de la revolución, están acechando el instante en que
poder descargar sobre la situación un golpe decisivo y liberticida. No
desmayemos, sin embargo. La revolución pasará triunfante por cima de
tanto reaccionario como aparenta servirla con fines siniestros. En donde
menos se piensa se esconde la reacción fijando su ojo de tigre...»
--Tiene razón, tiene razón. Está muy bien comparado.
--«... ojo de tigre... en la libertad, para estrangularla. Los más
temibles son los que, llegados a la cima del poder, hacen traición a sus
antiguos ideales que les sirvieron de pedestal para escalar las
grandezas...»
--Si es lo que yo os predico siempre--exclamaba al llegar aquí la
lectora, tomando la ampolleta--. Los peorcitos están arriba, arriba.
Quien no lo ve, ciego es. Ínterin no agarre el pueblo soberano una
escoba de silbarda, como esa que tenemos ahí... (y señaló a la que
manejaba la barrendera del taller) y barra sin misericordia las altas
esferas... ¡ya me entendéis! El mismo día en que se proclamó la libertad
y se le dio el puntapié a los Borbones, había yo de publicar un
decreto... ¿sabéis cómo? (la oradora abrió la mano izquierda, haciendo
ademán de escribir en ella con una tagarnina:) «Decreto yo, el Pueblo
soberano, en uso de mis derechos individuales, que todos los generales,
gobernadores, ministros y gente gorda salga del sitio que ocupan, y se
lo dejen a otros que nombraré yo del modo que me dé la realísima gana.
He dicho».
--¡Bien, bien!
--¡Venga de ahí!
--¡Esa es la fija! Y a mí que no me digan....
--¿Pues no estamos viendo, mujer, que hay empleados de los tiempos del
espotismo? ¿Se mudó, por si acaso, la oficialidá de los regimientos? Si
a hablar fuésemos....
Y la arenga bajó de tono y se hizo cuchicheo.
--¡Si a hablar va uno... aquí mismo... repelo! ¡Mudaron el jefe, por
plataforma... sólo faltaba! Pero los subalternos....
Aquí, la maestra del partido, mujer alta y morena, de pocas y
dificultosas palabras, que solía oír a las operarias con seria
indiferencia, intervino.
--A tratar cada uno de lo que importa... y a liar cigarritos....
--No decimos cosa mala...--alegó Amparo.
--Decir no dirás, pero hablar hablas sin saber lo que hablas.... Pensáis
que no hay más que mudar y mudar y meter pillos.... Aquí se requiere
honradez.
--Eso ya se sabe.
--Por de contado que sí... Demasiado.
--Pues el que os oiga.... Y vamos acá. Si vierais, como yo vi, el último
del mes que se hace el arqueo, la caja abierta, con sacos de lienzo a
barullo, a barullo, así de oro y plata...--Y la maestra adelantó los
brazos en arco, indicando un vientre hidrópico--. ¿Pues se os figura que
si el contador y el depositario-pagador, y los oficiales, y los
ayudantes, fuesen, digo yo, fuesen, quiero decir...?
--¿Fuesen... de la uña?
--¡Pues! Ya veis que aquí no puede venir cualesquiera. Hay
responsabilidá.
-XI-