Pitillos

Quiso Amparo mudarse de taller, y solicitó pasar al de cigarrillos,

donde le agradaba más el trabajo y la compañía.

Entre el taller de cigarros comunes y el de cigarrillos, que estaba un

piso más arriba, mediaba gran diferencia: podía decirse que este era a

aquel lo que el Paraíso de Dante al Purgatorio. Desde las ventanas del

taller de cigarrillos se registraba hermosa vista de mar y país

montañoso, y entraba sin tasa por ellas luz y aire. A pesar de su

abuhardillado techo, las estancias eran desahogadas y capaces, y la

infinidad de pontones y vigas de oscura madera que soportan la armazón

del tejado le daban cierto misterioso recogimiento de iglesia, formando

como columnatas y rincones sombríos en que puede descansar la fatigada

vista. Si bien en los desvanes se siente mucho el calor, la cantidad

relativamente escasa de operarias reunidas allí evitaba que la atmósfera

se viciase, como en las salas de abajo. Asimismo la labor es más

delicada y limpia, los colores más gratos, y hasta parece que la

claridad del sol entra más alegre a bañar los muros. La limpia blancura

de los librillos, el amarillo bajo de las fajas, el gris de estraza de

las cajetillas, componían una escala de tonos simpáticos a la pupila. Y

los personajes armonizaban con la decoración.

Preponderaban en el taller de pitillos las muchachas de Marineda: apenas

se veían aldeanas; así es que abundaban los lindos palmitos, los rostros

juveniles. Abajo, la mayor parte de las operarias eran madres de

familia, que acuden a ganar el pan de sus hijos, agobiadas de trabajo,

rebujadas en un mantón, indiferentes a la compostura, pensando en las

criaturitas, que quedaron confiadas al cuidado de una vecina; en el

recién, que llorará por mamar, mientras a la madre la revientan los

pechos de leche.... Arriba florecen todavía las ilusiones de los

primeros años y las inocentes coqueterías que cuestan poco dinero y

revelan la sangre moza y la natural pretensión de hermosearse. La que

tiene buen pelo lo peina con esmero y gracia, que para eso se lo dio

Dios; la que presume de talle airoso se pone chaqueta ajustada; la que

sabe que es blanca se adorna con una toquilla celeste.

Por derecho propio, Amparo pertenecía a aquel taller privilegiado.

Encontró en él muy buena acogida y dos amigas: a la una se aficionó de

suyo, movida de un instinto protector; llamábanle Guardiana, era nacida

al pie del santuario de Nuestra Señora de Guardia, tan caro a Marineda;

y según ella misma decía, la Virgen le había de dar la gloria en el otro

mundo, porque en este no le mandaba más que penitas y trabajos.

Guardiana era huérfana; su padre y madre murieron del pecho, con

diferencia de días, quedando a cargo de una muchacha de dos lustros de

edad, cuatro hermanitos, todos marcados con la mano de hierro de la

enfermedad hereditaria: epiléptico el uno, escrofulosos y raquíticos

dos, y la última, niña de tres años, sordo-muda. Guardiana mendigó,

esperó a los devotos que iban al santuario, rondó a los que llevaban

merienda, pidiéndoles las sobras, y tanto hizo, que nunca les faltó a

sus chiquillos de comer, aunque ella ayunase a pan y agua. Al raquítico

dio en abultársele la cabeza, poniéndosele como un odre: fue preciso

traerle médico y medicinas, todo para salir al cabo con que era una

bolsa de agua, y que la bolsa se lo llevaba al otro mundo. A bien que el

médico no sólo se negó a cobrar nada, sino que, compadecido de

Guardiana, tuvo la caridad de meterla en la Fábrica, que fue como

abrirle el cielo, decía ella. Después de la Virgen de la Guardia, la

Fábrica era su madre. Nunca le había faltado nada a sus pequeños desde

que era cigarrera, y aún le sobraban siempre golosinas que llevarles;

fruta en verano, castañas y dulces en invierno. Amparo saqueaba la caja

de los barquillos de Chinto con objeto de enviar finezas a la

sordo-mudita. El taller entero tenía entrañas maternales para aquellos

niños y su valerosa hermana, afirmando que sólo la Virgen era capaz de

infundirle los ánimos con que trabajaba, sostenía las criaturas, y vivía

alegre y contenta como un cuco.

Del casco mismo de Marineda procedía la otra amiga de Amparo: aunque

frisaba en los treinta, su menudo cuerpo la hacía parecer mucho más

joven. Pelirroja y pecosa, descarnada y puntiaguda de hocico, llamábanle

en el taller la Comadreja, mote felicísimo que da exacta idea de su

figura y ademanes. Bien sabía ella lo del apodo; pero ya se guardarían

de repetírselo en su cara, o si no.... Ana tenía por verdadero nombre, y

a pesar de su delgadez y pequeñez, era una fierecilla a quien nadie

osaba irritar. Sus manos, tan flacas que se veía en ellas patente el

juego de los huesos del metacarpo, llenaban el tablero de pitillos en un

decir Jesús; así es que el día le salía por mucho, y alcanzábale su

jornal para vivir y vestirse, y, añadía ella, para lo que le daba la

gana. Conversaba con causticidad y cinismo; estaba muy desasnada,

cogíanla de susto pocas cosas, y tenía no sé qué singular y picante

atractivo en medio de su fealdad indudable. Presumía de bien emparentada

y relacionada; un primo suyo desempeñaba la secretaría del Casino de

Industriales; una tía ricachona vendía percales, franelas y pañolería en

la calle estrecha de San Efrén; la mayor parte de sus amigas _cosían por

las casas_, o eran oficialas de la mejor modista. Además, conocía mucho

_señorío_, del cual hablaba con desenfado. ¡Buenas cosas sabía ella de

personas principales!

Sentábanse las tres amigas juntas, no lejos de la ventana que daba al

puerto. Al través de los sucios vidrios, barnizados de polvo de rapé,

que se había ido depositando lentamente, y en cuyos ángulos trabajaban

muy a su sabor las arañas, se divisaba la concha de la bahía, el cielo y

la lejana costa. La zona luminosa de un rayo de sol, bullendo en átomos

dorados, cortaba el ambiente, y el molino de la picadura acompañaba las

conversaciones del taller con su acompasado y continuo _tacatá, tacatá_.

Agitábanse las manos de las muchachas con vertiginosa rapidez: se veía

un segundo revolotear el papel como blanca mariposa, luego aparecía

enrollado y cilíndrico, brillaba la uña de hojalata rematando el bonete,

y caía el pitillo en el tablero, sobre la pirámide de los hechos ya,

como otro copo de nieve encima de una nevera. No se sabía ciertamente

cuál de las amigas despachaba más: en cambio, a su lado, encaramada

sobre un almohadón, había una aprendiza, niña de ocho años, que con sus

deditos amorcillados y torpes apenas lograba en una hora liar media

docena de papeles. Guardiana le enseñaba y daba consejos, porque la

chiquilla, silenciosa y triste, le recordaba su sordo-mudita,

inspirándole lástima; mientras Ana contaba noticias de la ciudad, que

sabían al dedillo. Un día que hablaron de lo que suelen hablar las

muchachas cuando se reúnen, la Comadreja confesó que ella «tenía» un

capitán mercante, que le traía de sus viajes mil monadas y regalos, y

proyectaba casarse con ella, andando el tiempo, cuando pudiese. En

cuanto a Guardiana, declaró que no soñaba con tener novio, pues era

imposible: ¿qué marido había de cargar con sus pequeños? Y ella no los

dejaba ni por el mismo general Serrano que la pretendiese. Muchos le

decían cosas; pero si se tratase de boda, ¡quién los vería echando a sus

niños al Hospicio! ¡Ángeles de Dios! Y pensar que ella se metiese en

malos tratos, era excusado: así es que nada, nada; la Virgen es mejor

compañera que los hombrones. Animada por las confidencias, Amparo

insinuó que a ella un señorito, un militar, la seguía alguna vez por las

calles.

--Ya sé quién es--chilló la Comadreja--. Es el de Sobrado.

--¿Quién te lo dijo, mujer?--exclamó Amparo maravillada.

--Todo se sabe--afirmó magistralmente Ana--. Pero estás fresca, hija.

Ese lo que quiere es pasar el tiempo, y a vivir. ¡Buena gente son los

Sobrados! Los conozco lo mismo que si viviese con ellos, porque

justamente la que les cose es hermana de una amiga mía íntima. Avaros,

miserables como la sarna. La madre y el tío son capaces de llorarle a

uno el agua que bebe; el padre no es tan cutre, pero es un infeliz; lo

tienen dominado, y pide permiso a su mujer cuando corta pan del mollete.

Para hacerles a las hijas un vestido echan cuentas seis mes s, y a la

chica que llaman a coserlo la hacen ir tempranísimo para sacarle bien el

jugo. Un día de convite parece que echan la casa por la ventana; pero

todo se recoge, y no va a la cocina ni tanto así. Y están achinados de

dinero.

Amparo oía atónita. Nada más ajeno a su carácter rumboso, imprevisor,

que la estrechez voluntaria.

--La madre... ¿ves aquella risita falsa?, pues es terrible. No puede

entrar en su casa una muchacha regular; en seguida abrasa al marido a

celos. Esta chica que les cosía no pudo aguantar.... Allí no hay nadie

bueno sino la chiquilla mayor.

--Nos dio dulces una vez... es bien natural--respondió Amparo, que

sintió cruzar por su espíritu la visión de la noche de Reyes.

--¿Esa? Una santa... y no le hacen caso ninguno. La segunda, idéntica a

su madre: le preguntaron un día con quién se había de casar, y dijo:

«Con el tío Isidoro, que es rico». ¡El hermano de su padre, aquel viejo

gordo, que parece una tinaja!

Guardiana soltó el trapo a reír con la mejor voluntad del mundo: Amparo,

acordándose de una frase leída en un periódico, exclamó:

--¡Pero ha de poder tanto el vil interés!--Y meneando la cabeza,

añadió--: Lo diría de broma, mujer.

--¡Sí, sí... buena broma te dé Dios! En esa familia todos son iguales,

mujer; cortados por una tijera. Pues no digo nada del señorito, de tu

adorador. Hace la rosca a la chiquilla de García, una empalagosa que no

piensa más que en componerse y no sabe dar una puntada; pero el asunto

es que se la hace por lunas, porque esas de García.... ¿No te gusta el

cuento?

--Sí, mujer--gritó la oradora amostazada--. ¿Piensas tú que estoy muerta

por semejante muñeco? Vaya, que me das gana de reír. Cuenta, mujer, que

también se pasa el tiempo.

--Digo que le hace la rosca por lunas, porque esas de García tienen allá

un pleito en Madrid, de no sé qué intereses del marido, que era corredor

y se metió en una sociedad por acciones... en fin, no será así, pero es

lo mismo. Si ganan, quedarán millonarias o poco menos, y cuando hay

esperanzas de eso, la madre del de Sobrado le manda que se arrime a la

doña Melindritos, y cuando viene de Madrid una mala noticia, que se

desaparte.... ¡Uy, qué tipos!

Amparo, con la cabeza baja, enrollaba a más y mejor, febrilmente.

Guardiana se hacía cruces.

--Es una una pobre...--murmuraba--. Es una una pobre, y no lo haría

aunque le diesen....

--¿Y el otro?--siguió la implacable Comadreja que estaba ya resuelta a

vaciar el saco--. ¿Y el amigote, el de los bigotazos, que parece que

habla dentro de una olla?

--¿El que le llaman Borrén?

--Ese, ese.... Un baboso con todas; a todas nos dice algo, y el caso es

que con ninguna, chicas. Podéis creerme: ni esto. Tan aficionado a

jarabe de pico, y tiene más miedo a una mujer que a los truenos.

Detúvose la Comadreja, y mirando fijamente a Amparo, añadió:

--Tú aún tienes otro obsequiante, pero te callas.

--¿Quién, mujer?

--El barquillero. ¡Sí, que no está derretido por ti!

--¡Aquel animal!--exclamó Amparo--. Parece una patata cruda... mujer,

hazme más favor.

-XII-

La Tribuna · 第 15 / 42 题