La Gloriosa

Ocurrió poco después en España un suceso que entretuvo a la nación siete

años cabales, y aún la está entreteniendo de rechazo y en sus

consecuencias, a saber: que en vez de los pronunciamientos chicos

acostumbrados, se realizó otro muy grande, llamado Revolución de

Setiembre de 1868.

Quedose España al pronto sin saber lo que le pasaba y como quien ve

visiones. No era para menos. ¡Un pronunciamiento de veras, que derrocaba

la dinastía! Por fin el país había hecho una hombrada, o se la daban

hecha: mejor que mejor para un pueblo meridional. De todo se encargaban

marina, ejército, progresistas y unionistas. González Bravo y la Reina

estaban ya en Francia cuando aún ignoraba la inmensa mayoría de los

españoles si era el Ministerio o los Borbones quienes caían «para

siempre», según rezaban los famosos letreros de Madrid. No obstante, en

breve se persuadió la nación de que el caso era serio, de que no sólo la

raza Real, sino la monarquía misma, iban a andar en tela de juicio, y

entonces cada quisque se dio a alborotar por su lado. Sólo guardaron

reserva y silencio relativo aquellos que al cabo de los siete años

habían de llevarse el gato al agua.

Durante la deshecha borrasca de ideas políticas que se alzó de pronto,

observose que el campo y las ciudades situadas tierra adentro se

inclinaron a la tradición monárquica, mientras las poblaciones fabriles

y comerciales, y los puertos de mar, aclamaron la república. En la costa

cantábrica, el Malecón y Marineda se distinguieron por la abundancia de

comités, juntas, _clubs_, proclamas, periódicos y manifestaciones. Y es

de notar que desde el primer instante la forma republicana invocada fue

la federal. Nada, la unitaria no servía: tan sólo la federal brindaba al

pueblo la beatitud perfecta. ¿Y por qué así? ¡Vaya a saber! Un escritor

ingenioso dijo más adelante que la república federal no se le hubiera

ocurrido a nadie para España si Proudhon no escribe un libro sobre el

principio federativo y si Pi no le traduce y le comenta. Sea como sea, y

valga la explicación lo que valiere, es evidente que el federalismo se

improvisó allí y doquiera en menos que canta un gallo.

La Fábrica de Tabacos de Marineda fue centro simpatizador (como ahora se

dice) para _la federal_. De la colectividad fabril nació la

confraternidad política; a las cigarreras se les abrió el horizonte

republicano de varias maneras: por medio de la propaganda oral, a la

sazón tan activa, y también, muy principalmente, de los periódicos que

pululaban. Hubo en cada taller una o dos lectoras; les abonaban sus

compañeras el tiempo perdido, y adelante. Amparo fue de las más

apreciadas, por el sentido que daba a la lectura; tenía ya adquirido

hábito de leer, habiéndolo practicado en la barbería tantas veces. Su

lengua era suelta, incansable su laringe, robusto su acento. Declamaba,

más bien que leía, con fuego y expresión, subrayando los pasajes que

merecían subrayarse, realzando las palabras de letra bastardilla,

añadiendo la mímica necesaria cuando lo requería el caso, y comenzando

con lentitud y misterio, y en voz contenida, los párrafos importantes,

para subir la ansiedad al grado eminente y arrancar involuntarios

estremecimientos de entusiasmo al auditorio, cuando adoptaba entonación

más rápida y vibrante a cada paso. Su alma impresionable, combustible,

móvil y superficial, se teñía fácilmente del color del periódico que

andaba en sus manos, y lo reflejaba con viveza y fidelidad

extraordinarias. Nadie más a propósito para un oficio que requiere gran

fogosidad, pero externa; caudal de energía incesantemente renovado y

disponible para gastarlo en exclamaciones, en escenas de indignación y

de fanática esperanza. La figura de la muchacha, el brillo de sus ojos,

las inflexiones cálidas y pastosas de su timbrada voz de contralto,

contribuían al sorprendente efecto de la lectura.

Al comunicar la chispa eléctrica, Amparo se electrizaba también. Era a

la vez sujeto agente y paciente. A fuerza de leer todos los días unos

mismos periódicos, de seguir el flujo y reflujo de la controversia

política, iba penetrando en la lectora la convicción hasta los tuétanos.

La fe virgen con que creía en la prensa era inquebrantable, porque le

sucedía con el periódico lo que a los aldeanos con los aparatos

telegráficos: jamás intentó saber cómo sería por de dentro; sufría sus

efectos, sin analizar sus causas. ¡Y cuánto se sorprendería la fogosa

lectora si pudiese entrar en una redacción de diario político, ver de

qué modo un artículo trascendental y furibundo se escribe cabeceando de

sueño, en la esquina de la mugrienta mesa, despachando una chuleta o una

ración de merluza frita! La lectora, que tomaba al pie de la letra

aquello de «Cogemos la pluma trémulos de indignación», y lo otro de «La

emoción ahoga nuestra voz, la vergüenza enrojece nuestra faz», y hasta

lo de «Y si no bastan las palabras, ¡corramos a las armas y derramemos

la última gota de nuestra sangre!».

Lo que en el periódico faltaba de sinceridad sobraba en Amparo de

crédulo asentimiento. Acostumbrábase a pensar en estilo de artículo de

fondo y a hablar lo mismo: acudían a sus labios los giros trillados, los

lugares comunes de la prensa diaria, y con ellos aderezaba y componía su

lenguaje. Iba adquiriendo gran soltura en el hablar; es verdad que

empleaba a veces palabras y hasta frases enteras cuyo sentido exacto no

le era patente, y otras las trabucaba; pero hasta en eso se parecía a la

desaliñada y antiliteraria prensa de entonces. ¡Daba tanto que hacer la

revuelta y absorbente política, que no había tiempo para escribir en

castellano! Ello es que Amparo iba teniendo un pico de oro; se la

estaría uno escuchando sin sentir cuando trataba de ciertas cuestiones.

El taller entero se embelesaba oyéndola, y compartía sus afectos y sus

odios. De común acuerdo, las operarias detestaban a Olózaga, llamándole

«el viejo del borrego» porque andaba el muy indino buscando un rey que

no nos hacía maldita la falta... sólo por cogerse él para sí embajadas y

otras prebendas; hablar de González Bravo era promover un motín; con

Prim estaban a mal, porque se inclinaba a la forma monárquica; a Serrano

había que darle de codo; era un ambicioso hipócrita, muy capaz, si

pudiese, de hacerse rey o emperador, cuando menos.

Creció la efervescencia republicana mientras que trascurría el primer

invierno revolucionario; al acercarse el verano subió más grados aún el

termómetro político en la Fábrica. En el curso de horas de sol, sin

embargo, decaía la conversación, y entre tanto la atmósfera se cargaba

de asfixiantes vapores y espesaba hasta parecer que podía cortarse con

cuchillo. Penetrantes efluvios de nicotina subían de los serones llenos

de seca y prensada hoja. Las manos se movían a impulsos de la necesidad,

liando tagarninas; pero los cerebros rehuían el trabajo, abrumador del

pensamiento; a veces una cabeza caía inerte sobre la tabla de liar, y

una mujer, rendida de calor, se quedaba sepultada en sueño profundo. Más

felices que las demás, las que espurriaban la hoja, sentadas a la turca

en el suelo, con un montón de tabaco delante, tenían el puchero de agua

en la diestra, y al rociar, muy hinchadas de carrillos, el Virginia, las

consolaba un aura de frescura. Tendidas las barrenderas al lado del

montón de polvo que acababan de reunir, roncaban con la boca abierta y

se estremecían de gusto cuando la suave llovizna les salpicaba el

rostro. Revoloteaban las moscas con porfiado zumbido, y ya se unían en

el aire y caían rápidamente sobre la labor o las manos de las operarias,

ya se prendían las patas en la goma del tarrillo, pugnando en balde por

alzar el vuelo. Andaban esparcidos por las mesas, y mezclados con el

tabaco, pedazos de borona, tajadas de bacalao crudo, cebollas, sardinas

arenques. Con semejante temperatura, ¿quién había de tener ganas de

comerse la pitanza?

Por fin, a eso de las cuatro de la tarde, la refrigerante brisa marina

comenzaba a correr, dilatábanse los oprimidos pechos, los dientes

funcionaban despachando los humildes manjares, y le tocaba su turno a la

lectura política.

Leíanse publicaciones de Madrid y periódicos locales. En la prensa de la

Corte se llevaban la palma los discursos de Castelar, por entonces muy

distante de haberse gastado. ¡Cuánta palabra linda, y qué bien que

enganchaban unas en otras! Parecían versos. Es verdad que la mayor parte

no se entendían, y que danzaban por allí nombres tan raros, que sólo el

demonio de Amparo podía leerlos de corrido; mas no le hace: lo que es

bonito, era muy bonito aquello. Y bien se colegía que la sustancia del

discurso era a favor del pueblo y contra los tiranos, de suerte que lo

demás se tomaba por adorno y delicado floreo.

Cuando en vez de discursos cuadraba leer artículos de fondo, de estos

kilométricos y soporíferos, que hablan de justicia social, redención de

las clases obreras, instrucción difundida, generalizada y gratis,

fraternidad universal, todo en estilo de homilía y con oraciones largas

y enmarañadas como fideos cocidos, alterábase la voz de Amparo y se

humedecían los ojos de sus oyentes. Leve escalofrío recorría las filas

de mujeres, las cuales se miraban como diciéndose: «¿Eh?, ¿qué tal?

¡Este sí que lo parla!». Y leído el último párrafo, que terminaba

anunciando el próximo advenimiento de una era de perfecta libertad y

bienestar absoluto, solían cruzar las manos, sonriendo y sintiéndose tan

relajadas en sus fibras, tan blandas y dulces como un plato de huevos

moles. Trabajo les costaba reprimir los impulsos de abrazarse que se les

iban y venían.

En cambio, si el escrito pertenecía al género bélico y tocaba a somatén,

parecía que les daban a beber una mistura de pólvora y alcohol. Montaban

en cólera tan aína como se encrespan las olas del mar. Sordas

exclamaciones acompañaban y cubrían a veces la voz de la lectora. Era

contagiosa la ira, y mujer había allí de corazón más suave que la seda,

incapaz de matar una mosca, y capaz a la sazón de pedir cien mil cabezas

de los pícaros que viven chupando la sangre del pueblo.

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La Tribuna · 第 13 / 42 题