Mal que le pese a Josefina y a todas las señoritas de Marineda, las
profecías de Borrén se han cumplido. No se equivoca un inteligente como
él al calificar una obra maestra. Sucede con la mujer lo que con las
plantas. Mientras dura el invierno, todas nos parecen iguales; son
troncos inertes; viene la savia de la primavera, las cubre de botones,
de hojas, de flores, y entonces las admiramos. Pocos meses bastan para
trasformar al arbusto y a la mujer. Hay un instante crítico en que la
belleza femenina toma consistencia, adquiere su carácter, cristaliza por
decirlo así. La metamorfosis es más impensada y pronta en el pueblo que
en las demás clases sociales. Cuando llega la edad en que
invenciblemente desea agradar la mujer, rompe su feo capullo, arroja la
librea de la miseria y del trabajo, y se adorna y aliña por instinto.
El día en que «unos señores» dijeron a Amparo que era bonita, tuvo la
andariega chiquilla conciencia de su sexo: hasta entonces había sido un
muchacho con sayas. Ni nadie la consideraba de otro modo: si algún
granuja de la calle le recordó que formaba parte de la mitad más bella
del género humano, hízolo medio a cachetes, y ella rechazó a puñadas,
cuando no a coces y mordiscos, el bárbaro requiebro. Cosas todas que no
le quitaban el sueño ni el apetito. Hacía su tocado en la forma sumaria
que conocemos ya; correteaba por plazas, caminos y callejuelas; se metía
con las señoritas que llevaban alguna moda desusada, remiraba
escaparates, curioseaba ventaneros amoríos, y se acostaba rendida y sin
un pensamiento malo.
Ahora... ¿quién le dijo a ella que el aseo y compostura que gastaba no
eran suficientes? ¡Vaya usted a saber! El espejo no, porque ninguno
tenían en su casa. Sería un espejo interior, clarísimo, en que ven las
mujeres su imagen propia y que jamás las engaña. Lo cierto es que
Amparo, que seguía leyéndole al barbero periódicos progresistas, pidió
el sueldo de la lectura en objetos de tocador. Y reunió un ajuar digno
de la reina, a saber: un escarpidor de cuerno y una lendrera de boj; dos
paquetes de horquillas, tomadas de orín; un bote de pomada de rosa;
medio jabón _aux amandes amères_, con pelitos de la barba de los
parroquianos, cortados y adheridos todavía; un frasco, casi vacío, de
esencia de heno, y otras baratijas del mismo jaez. Amalgamando tales
elementos logró Amparo desbastar su figura y sacarla a luz, descubriendo
su verdadero color y forma, como se descubre la de la legumbre enterrada
al arrancarla y lavarla. Su piel trabó amistosas relaciones con el agua,
y libre de la capa del polvo que atascaba sus poros finos, fue el cutis
moreno más suave, sano y terso que imaginarse pueda. No era tostado, ni
descolorido, ni encendido tampoco; de todo tenía, pero con su cuenta y
razón, y allí donde convenía que lo tuviese. La mocedad, la sangre rica,
el aire libre, las amorosas caricias del sol, habíanse dado la mano para
crear la coloración magnífica de aquella tez plebeya. La lisura de ágata
de la frente; el bermellón de los carnosos labios; el ámbar de la nuca,
el rosa trasparente del tabique de la nariz; el terciopelo castaño del
lunar que travesea en la comisura de la boca; el vello áureo que
desciende entre la mejilla y la oreja y vuelve a aparecer, más apretado
y oscuro, en el labio superior, como leve sombra al difumino cosas eran
para tentar a un colorista a que cogiese el pincel e intentase
copiarlas. Gracias sin duda a la pomada, el pelo no se quedó atrás y
también se mostró cual Dios lo hizo, negro, crespo, brillante. Sólo dos
accesorios del rostro no mejoraron, tal vez porque eran inmejorables:
ojos y dientes, el complemento indispensable de lo que se llama un _tipo
moreno_. Tenía Amparo por ojos dos globos, en que el azulado de la
córnea, bañado siempre en un líquido puro, hacía resaltar el negror de
la ancha pupila, mal velada por cortas y espesas pestañas. En cuanto a
los dientes, servidos por un estómago que no conocía la gastralgia,
parecían treinta y dos grumos de cuajada leche, graciosísimamente
desiguales y algo puntiagudos, como los de un perro cachorro.
Observándose, no obstante, en tan gallardo ejemplar femenino rasgos
reveladores de su extracción: la frente era corta, un tanto arremangada
la nariz, largos los colmillos, el cabello recio al tacto, la mirada
directa, los tobillos y muñecas no muy delicados. Su mismo hermoso cutis
estaba predestinado a inyectarse, como el del señor Rosendo, que allá en
la fuerza de la edad había sido, al decir de las vecinas y de su mujer,
guapo mozo. Pero, ¿quién piensa en el invierno al ver el arbusto
florido? Si Baltasar no rondó desde luego las inmediaciones de la
Fábrica, fue que destinaron a Borrén por algún tiempo a Ciudad Real, y
temió aburrirse yendo solo.
-IX-