Recuerdo que en la madrugada de un dÌa de otoÒo frÌo y lluvioso, salÌ de

mi pueblo para Madrid. Despedime de mi madre, y turbado y conmovido como

nunca lo habÌa estado, bajÈ a escape la escalera en compaÒÌa de mi

padre. Ambos march·bamos embozados hasta las cejas, no sÈ si por miedo

al frÌo o por no vernos las caras. Nuestros pasos resonaban

profundamente en las calles solitarias; la luz triste y escasa del dÌa

que comenzaba daba cierto aspecto de antorchas funerarias a los faroles

que a˙n se hallaban encendidos,[53] y las casas, dejando caer de sus

tejados algunas gotas de lluvia, parecÌan llorar mi marcha. Al atravesar

un campo situado a la salida de la poblaciÛn, me dijo mi padre: ´Este es

el sitio donde se ajusticiaba a los reos de muerteª. SentÌ un temblor

igual al que corriÛ por mi cuerpo cuando vi al hombre del cajÛn verde.

°Dios mÌo, quÈ lejos estaba en aquel momento mi corazÛn de estas escenas

de horror!

PasÈ todo el dÌa inquieto y nervioso, escuchando el toque de la

campanilla f˙nebre por todas partes. A la verdad, no puedo decidir si la

campanilla sonaba realmente, o eran mis oÌdos los que la hacÌan sonar.

ComprÈ cuantos papeles se vendÌan[54] por las calles referentes al reo,

y los devorÈ con ansia. No me atrevÌ, sin embargo, a pasar por delante

de la c·rcel para mirar la ventana de la estancia donde se hallaba,

aunque me dijeron que habÌa mucha gente por aquellos sitios. En cambio

pasÈ varias veces por delante de la casa de su esposa. La desgraciada

mujer habÌa venido de muchas leguas lejos, a solicitar el indulto, y

alojaba en una casa sucia y miserable de uno de los barrios extremos de

Madrid. All· a la noche me sentÌ fatigado, cual si hubiera pasado el dÌa

trabajando, cuando no hice otra cosa que errar distraÌdo por las calles,

y me acostÈ temprano. TardÈ en conciliar el sueÒo,[55] como sucede

siempre que uno anda caviloso, y por dos o tres veces, cuando ya creÌa

ganarlo, me despertÛ un gran estremecimiento parecido a la emociÛn que

se experimenta al tocar el botÛn de una m·quina elÈctrica. Al fin me

dormÌ. AsÌ como lo temÌa, toda la noche soÒÈ con patÌbulos y verdugos:

mas no dejaron de ser bastante curiosos y significativos mis sueÒos, por

lo cual, aunque me cueste trabajo, voy a trasladarlos al papel.

SoÒÈ que me achacaban un gran crimen, y que ponÌan en seguimiento de mis

pasos a toda la policÌa de Madrid. Mis tretas para burlar su

persecuciÛn, se redujeron a echarme a correr por la puerta de San

Vicente hacia fuera, metiÈndome en los lavaderos del Manzanares, donde

me creÌ perfectamente seguro de las asechanzas de mis enemigos. Con

efecto, estando allÌ muy tranquilo, mirando correr el agua de jabÛn y

viendo a las lavanderas colgar sus ropas en los cordeles, dieron sobre

mÌ el presidente del Consejo de Ministros, el de la Juventud CatÛlica,

el ministro de Fomento y el de Gracia y Justicia, los cuales

inmediatamente me amarraron y me condujeron a la c·rcel. El ministro de

Fomento propuso que se me llevara[56] cogido por los pies y a la rastra,

pero el presidente de la Juventud CatÛlica hizo observar que se me iba

estropear la ropa, y fue desechada la proposiciÛn.

La c·rcel era un edificio grande, sÛlido y austero, con un crecido

n˙mero de balcones y ventanas, cosa que me sorprendiÛ, a pesar de la

turbaciÛn de ·nimo en que me hallaba, pues tenÌa la idea de que en las

c·rceles habÌa poca ventilaciÛn. Me encerraron en un calabozo circular,

sin ventana ninguna: de suerte que me vi sumido en la m·s completa

oscuridad. Mas no se pasÛ mucho tiempo sin que se abriera la puerta de

par en par, y entrara por ella un carcelero con una bujÌa encendida,

anunci·ndome que pronto llegarÌa el juez y el escribano. Aparecieron al

fin estos dos varones, y fue extraordinaria mi sorpresa al encontrarme

enfrente de dos seÒores que jugaban todas las tardes al billar conmigo

en el cafÈ Suizo. Aparentaron no conocerme, e inmediatamente se

pusieron[57] a tomarme declaraciÛn; ofreciÈndome antes algunos merengues

con objeto, seg˙n decÌan, de que tuviese la voz m·s clara. El juez, que

era de los dos el que mejor jugaba las carambolas de retroceso, despuÈs

de haberme obligado a confesar una porciÛn de crÌmenes a cual[58] m·s

horroroso, hizo un gesto muy expresivo a su compaÒero, llev·ndose la

mano al cuello y sacando al mismo tiempo la lengua. Yo tomÈ el gesto por

donde m·s quemaba,[59] y barruntÈ muy mal del asunto.

A las dos horas poco m·s o menos, tornaron a abrir la puerta,[60] y

entrÛ el escribano a leerme la sentencia. No se me condenaba nada m·s

que a morir en garrote vil, si bien en atenciÛn a que jugaba con mucha

seguridad los recodos limpios, dej·base a mi arbitrio seÒalar el dÌa de

la ejecuciÛn. Por un instante tuve el intento de aplazar indefinidamente

este dÌa, juzgando que era muy joven para morir de modo tan desastroso:

mas pronto revoquÈ mi acuerdo por motivos de delicadeza, y pedÌ se me

ejecutara al dÌa siguiente. Hay que[61] confesar que tengo un sueÒo muy

digno.

Una vez resuelto que me ejecutarÌan al dÌa siguiente, la ˙nica idea que

se apoderÛ de mÌ fue la de morir con serenidad y entereza; y en efecto,

demostrÈ, al decir de todos los que me rodeaban, un gran car·cter

durante las horas de la capilla. ComÌ y dormÌ tranquilamente, y pasÈ

algunos ratos departiendo con los redactores de _La Correspondencia_. De

vez en cuando procuraba verter alguna frase bonita para que Èstos la

reprodujesen en su diario y las gentes se admirasen de mi valor.

LlegÛ por fin el instante terrible de emprender la marcha hacia la

muerte, y yo la emprendÌ con la mayor sangre frÌa. En aquel momento lo

que me embargÛ fue un gran sentimiento de verg¸enza, y recuerdo que

exclamÈ apret·ndome contra el sacerdote que marchaba a mi lado: ´°Ah,

por Dios, que no me vean, que no me vean!ª Hasta el instante de salir de

la c·rcel, no se me occuriÛ que iba a hallarme frente a una muchedumbre

de espectadores, y que algunos millares de ojos se irÌan a clavar sobre

mi rostro con expresiÛn de burla y desprecio. Este pensamiento hizo

flaquear mi valor: me aterraba infinitamente m·s que la perspectiva del

cadalso. SentÌa dentro de mÌ fuerzas bastantes para mirar a la muerte

cara a cara, y al mismo tiempo me contemplaba incapaz por entero de

soportar la vista de un p˙blico curioso y hostil.

Congojado y muerto de verg¸enza salÌ por la puerta de la c·rcel entre un

grupo de curas, soldados y carceleros. No quise levantar la vista del

suelo, porque temÌa desfallecer; mas el silencio pavoroso y

extraordinario que observÈ en torno mÌo, incitome a alzar los ojos. °QuÈ

sorpresa y quÈ ventura! La calle estaba desierta. Fuera del cortejo que

me rodeaba, ni una sola figura humana veÌase cerca ni lejos. Los

balcones y ventanas de las casas, asÌ como las puertas de los

comercios, se hallaban perfectamente cerradas. Los curas, soldados y

carceleros, despuÈs de pasear la vista por el ·mbito de la calle,

mir·banse unos a otros con acentuada expresiÛn de asombro. El ˙nico

objeto que herÌa la vista en medio de esta soledad era el carruaje

miserable y fatÌdico que me esperaba. Antes de entrar mirÈ al cielo.

AparecÌa cubierto por un leve manto de nubes, tan leve, que no conseguÌa

velarlo por entero, semejante a una colcha de encaje con fondo azul. El

sol, asomando su ardiente pupila por los agujeros de esta celosÌa de

nubes, era el ˙nico curioso que nos observaba.

El carruaje marchaba lentamente. Yo, sin atender a las exhortaciones del

clÈrigo que iba a mi lado, asomaba la cabeza por la ventanilla

explorando con los ojos la calle, las puertas y los balcones de las

casas. Nada, ni un ser humano parecÌa. All· en las afueras de la

poblaciÛn, distinguÌ dos niÒos que corrÌan sofocados hacia la puerta de

una casa, desde la cual su madre les llamaba a gritos. Cuando pasamos

por delante de esta casa, la madre y los hijos habÌan desaparecido. Un

poco m·s all· tropezamos con un hombre que llevaba un saco cargado sobre

la espalda, el cual, asÌ que nos percibiÛ, dio la vuelta y echÛ a andar

apresuradamente por una calle lateral, perdiÈndose muy pronto de vista.

Llegamos, por ˙ltimo, a la vista del patÌbulo situado en medio de un

extenso campo. AllÌ fue mucho mayor mi sorpresa. Ni en torno del

patÌbulo, ni en toda la tierra que alcanzaban los ojos, se veÌa tampoco

una figura humana. SubÌ las escaleras del tablado, deteniÈndome a cada

instante para mirar alrededor, pues no acertaba a comprender lo que era

aquello. El cielo presentaba un aspecto distinto. Su manto de nubes era

m·s espeso; la vaporosa t˙nica de encaje habÌa sido reemplazada por una

cortina gris que cerraba hermÈticamente toda la bÛveda celeste; el sol

ya no tenÌa celosÌa por donde mirarnos. La llanura triste y oscura en

que reposa Madrid, exhalaba un vapor trasparente que concluÌa por

aproximar la lÌnea vaga y fina que cierra el horizonte. Los objetos

ofrecÌanse indecisos y temblorosos, como si hubieran perdido sus

contornos, y la luz se filtraba con trabajo por aquel cielo de algodÛn

para sumirse luego en la tierra negra y h˙meda. Respir·base en este

ambiente espeso, que no herÌa apenas ruido alguno, cierta calma: pero

una calma que oprimÌa en vez de refrescar el corazÛn.

VolvÌ los ojos hacia la ciudad. La luz parecÌa que resbalaba sobre ella

sin penetrarla; sus mil torrecillas no tenÌan fuerza para romper

enteramente la atmÛsfera opaca que las envolvÌa. Mirando m·s y m·s,

observÈ que lentamente iban elev·ndose desde su seno hacia el firmamento

un n˙mero infinito de pequeÒas columnas de humo, las cuales[62] al

extenderse en el aire se abrazaban, y juntas subÌan a engrosar el ya

tupido velo que ocultaba al sol. Aquellas columnas de humo me hicieron

pensar en los hogares que debajo de ellas habÌa,[63] y todo lo

comprendÌ[64] en un instante. En torno de aquellos hogares humeantes

moraban muchos seres que no habÌan tenido la curiosidad perversa de

bajar a la calle para verme pasar, y que ahora tampoco rodeaban el

patÌbulo para verme morir. Me sentÌ profundamente conmovido. La gratitud

penetrÛ en mi corazÛn como una luz del cielo, como un b·lsamo dulcÌsimo,

y perdÌ por completo los pocos deseos que me ligaban a la vida. ´Gracias

pueblo de Madrid, exclamÈ dirigiÈndome a la ciudad: gracias, pueblo

generoso y culto, por no haber venido a gozar con el espect·culo de mi

muerte ignominiosa. °QuÈ hubieras ganado presenciando[65] la suprema

agonÌa de un infeliz! En este angustioso y solemne instante no has

querido ennegrecer a˙n m·s mi situaciÛn, con la verg¸enza y el oprobio.

T˙ naciste para algo m·s que para ser ayudante del verdugo. Si hubieses

llegado hasta aquÌ, si hubieses contemplado con refinada crueldad mi

vergonzosa muerte, yo te juro que al tornar a casa no serÌan tan serenas

tus miradas como lo son ahora,[66] ni el beso de la hija o de la esposa

te sabrÌa tan dulce. Mi agonÌa te hubiera quitado el sosiego, te hubiera

envenenado el alma por algunas horas. T˙ has sabido vencer esa feroz y

brutal curiosidad que pudiera impulsarte a presenciar mi muerte, porque

has adivinado que degrad·ndome a mÌ, te degradabas a ti mismo. Has sido

misericordioso y humano, y has respetado tu propio corazÛn. °Gracias,

noble pueblo, gracias, y que el Dios de los cielos te pague tu buena

obra!ª

Un torrente de l·grimas saliÛ de mis ojos al pronunciar estas palabras:

un torrente de l·grimas dulces, como son siempre las del agradecimiento.

DespuÈs, m·s sereno y animoso, senteme en el fatal banquillo, y seguÌ

contemplando la ciudad, que empezaba a romper las brumas que la

envolvÌan para recibir de nuevo las caricias del sol. Una mano ruda

sujetÛ por un instante mi cabeza; un lienzo cubriÛ mis ojos; sentÌ mucha

apretura en la garganta, y... despertÈ.

El cuello de la camisa me estaba apretando de un modo extraordinario. No

hice m·s que soltar el botÛn y quedÈ otra vez profundamente dormido.

* * * * *

NOTES FOR "EL SUE—O DE UN REO DE MUERTE":

[52] =Se veÌa=, there was seen.

[53] =Que a˙n se hallaban encendidos=, which were still lighted.

[54] =ComprÈ cuantos papeles se vendÌan=, I bought all the papers that

were sold.

[55] =TardÈ en conciliar el sueÒo=, it was a long time before I fell

asleep.

[56] =Que se me llevara=, that they carry me.

[57] =Se pusieron=, they began to.

[58] =A confesar una porciÛn de crÌmenes a cual m·s horroroso=, to

confess a number of crimes each most horrible.

[59] =Yo tomÈ el gesto por donde m·s quedaba=, I took his grimace in the

worst sense.

[60] =Tornaron a abrir la puerta=, they opened the door again.

[61] =Hay que=, it is necessary.

[62] =Las cuales=, refers to =columnas=.

[63] =Que debajo de ellas habÌa=, which there were under them.

[64] =Todo lo comprendÌ=, I understood it all.

[65] =Presenciando=, by witnessing.

[66] =Como lo son ahora=, as they are now.

LOS PURITANOS

NOVELA

Era un caballero fino, distinguido, de fisonomÌa ingenua y simp·tica. No

tenÌa motivo para negarme a recibirle en mi habitaciÛn algunos dÌas. El

dueÒo de la fonda me lo presentÛ[67] como un antiguo huÈsped a quien

debÌa muchas atenciones: si me negaba a compartir con Èl mi cuarto, se

verÌa en la precisiÛn de despedirle por tener toda la casa ocupada, lo

cual sentÌa extremadamente.

--Pues si no ha de estar[68] en Madrid m·s que unos cuantos dÌas, y no

tiene horas extraordinarias de acostarse y levantarse, no hay

inconveniente en que V. le ponga una cama en el gabinete... Pero

cuidado... °sin ejemplar!...

--Descuide V., seÒorito, no volverÈ a molestarle con estas embajadas. Lo

hago ˙nicamente porque D. RamÛn no vaya a parar a otra casa. Crea V. que

es una buena persona, un santo, y que no le incomodar· poco ni mucho.

Y asÌ fue la verdad. En los quince dÌas que D. RamÛn estuvo en Madrid

no tuve razÛn para arrepentirme de mi condescendencia. Era el fÈnix de

los campaÒeros de cuarto. Si volvÌa a casa m·s tarde que yo, entraba y

se acostaba con tal cautela, que nunca me despertÛ; si se retiraba m·s

temprano, me aguardaba leyendo para que pudiese acostarme sin temor de

hacer ruido. Por las maÒanas nunca se despertaba hasta que me oÌa toser

o moverme en la cama. VivÌa cerca de Valencia, en una casa de campo, y

sÛlo venÌa a Madrid cuando alg˙n asunto lo exigÌa: en esta ocasiÛn era

para gestionar el ascenso de un hijo, registrador de la propiedad. A

pesar de que este hijo tenÌa la misma edad que yo, D. RamÛn no pasaba de

los cincuenta aÒos, lo cual hacÌa presumir, como asÌ era en efecto, que

se habÌa casado bastante joven.

Y no debÌa de ser feo, ni mucho menos,[69] en aquella Època. A˙n ahora

con su elevada estatura, la barba gris rizosa y bien cortada, los ojos

animados y brillantes y el cutis sin arrugas, serÌa aceptado por muchas

mujeres con preferencia a otros galanes sietemesinos.

TenÌa, lo mismo que yo, la manÌa de cantar o canturriar al tiempo de

lavarse. Pero observÈ al cabo de pocos dÌas que, aunque tomaba y soltaba

con indiferencia distintos trozos de Ûpera y zarzuela deshaciÈndolos y

pulveriz·ndolos entre resoplidos y gruÒidos, el pasaje que con m·s ardor

acometÌa y m·s a menudo, era uno de _Los Puritanos_; me parece que

pertenecÌa al aria de barÌtono en el primer acto. Don RamÛn no sabÌa la

letra sino a medias, pero lo cantaba con el mismo entusiasmo que si la

supiera. Empezaba siempre:

Il sogno beato[70]

De pace e contento

Ti, ro, ri, ra, ri, ro,

Ti, ro, ri, ra, ri, ro.

Necesitaba seguir tarareando hasta llegar a otros dos versos que decÌan:

La dolce memoria[71]

De un tenero amore.

Sobre los cuales se apoyaba sin cesar hasta concluir el _allegro_.

--°Hola! D. RamÛn, le dije un dÌa desde la cama; parece que le gusta a

V. _Los Puritanos_.[72]

--MuchÌsimo; es una de las Ûperas que m·s me gustan. DarÌa cualquier

cosa por conocer un instrumento para poder tocarla toda. °QuÈ dulzura

hay en ella! °QuÈ inspiraciÛn! Estas son Ûperas y esta es m˙sica.

°Parece mentira que ustedes se entusiasmen con esa algarabÌa alemana que

sÛlo sirve para hacer dormir!... A mÌ me gustan con pasiÛn todas las

Ûperas de Bellini: _El Pirata_, _Son·mbula_, _I Capuletti e di

Montechi_; pero sobre todas ellas _Los Puritanos_... Tengo adem·s

razones particulares para que me guste m·s que ninguna otra, aÒadiÛ

bajando la voz.

--°Ole, ole, D. RamÛn! exclamÈ incorpor·ndome de un salto y poniÈndome

los calcetines: vengan esas razones.[73]

--S·n tonterÌas de la juventud... cuestiÛn de amores, contestÛ

ruboriz·ndose un poco.

--Pues cuente V. esas tonterÌas. Me muero por ellas: no lo puedo

remediar, me gustan m·s esas cosas que la reforma de la ley Hipotecaria

de que V. me hablÛ ayer.

--°Al fin poeta!

--No soy poeta, D. RamÛn; soy crÌtico.

--Pues me habÌa dicho el amo que era usted poeta... De todas maneras, se

lo contarÈ ya que V. tiene curiosidad... Ver· V. como es una tonterÌa

que no merece la pena...[74] °Pero vÌstase V., criatura, que se est·

helando!

El aÒo de cincuenta y ocho vine a Madrid con una comisiÛn del

Ayuntamiento de Valencia para gestionar la rebaja de la cuota de

consumos. TenÌa yo entonces... eso es, veintinueve aÒos; y ya hacÌa

siete cumplidos que estaba casado. Es una barbaridad casarse tan joven.

Aunque no tengo motivo para arrepentirme, no aconsejarÈ a nadie que lo

haga.[75] Vine a parar a esta misma casa, esto es, a la misma posada; la

casa estaba entonces situada en la calle del Barquillo. En aquella

Època, bueno ser· que le advierta, que me complacÌa en andar muy

lechuguino o sietemesino, como ustedes dicen ahora, cosa que tenÌa

siempre _escamada_ a mi pobre mujer. øPara quÈ te compones tanto, hombre

de Dios?[76] øVas de conquista? °QuiÈn sabe! contestaba riendo y

dej·ndola un poco enojada. No es malo tener a las mujeres un si es no es

celosas.

Una tarde, una hermosa tarde de invierno, de las que sÛlo se ven en este

Madrid, salÌ de casa despuÈs de almorzar con el objeto de hacer algunas

visitas y tambiÈn para espaciarme por esas calles de Dios. Iba caminando

lentamente por la de las Infantas, meditando sobre el plan de la noche a

sea el modo de pasarla m·s divertido, y saboreando un buen cigarro

habano, cuando de pronto °zas! recibo un fuerte golpe en la cabeza que

me hace vacilar; el flamante sombrero de copa fue rodando por un lado y

el cigarro por otro. Cuando me recobrÈ del susto, lo primero que vi a

mis pies fue una enorme muÒeca fresca, sonrosada y en camisa.

Esta buena pieza es la que ha causado el destrozo, dije para mis

adentros,[77] lanz·ndole una mirada iracunda que la muÒeca aparentÛ no

comprender. Mas como no era de presumir[78] que ella por su voluntad se

hubiese arrojado sobre mÌ de aquel modo brusco e inconveniente, pues

jam·s habÌa hecho daÒo a ninguna muÒeca, creÌ m·s probable que de alguna

casa me la hubieran arrojado. AlcÈ la cabeza vivamente.

En efecto, el reo estaba de pie[79] en el balcÛn de un primer piso,

suspenso, atÛnito, consternado. Era una niÒa de trece o catorce aÒos.

Al observar la mirada de espanto y congoja que me dirigÌa se templÛ mi

furor, y en vez de lanzarle un apÛstrofe violento, como tenÌa

determinado, le mandÈ una sonrisa galante. Puede ser que en la formaciÛn

de esta sonrisa haya intervenido m·s o menos directamente la belleza

nada vulgar del criminal.

RecogÌ el sombrero, me lo puse, y volvÌ a alzar la cabeza y a remitir

otra sonrisa, acompaÒada esta vez de un ligero saludo. Pero mi agresor

seguÌa inmÛvil y aterrado sin darse cuenta ni poder explicarse las

amables disposiciones en que su vÌctima se hallaba. A todo esto la

muÒeca seguÌa en el suelo inmÛvil tambiÈn, pero sin mostrar en modo

alguno sorpresa, pesar, terror, ni siquiera verg¸enza de su situaciÛn

poco decorosa. Me apresurÈ a levantarla, cogiÈndola, si mal no recuerdo,

por una pierna, y me informÈ minuciosamente de si habÌa padecido alguna

fractura u otra herida grave. No tenÌa m·s que leves contusiones. Alcela

en alto y la mostrÈ a su dueÒo haciÈndole seÒa de que iba a subir para

entreg·rsela. Y sin m·s dilaciones entro en el portal, subo la escalera

y tomo el cordÛn de la campanilla... Ya est· abierta la puerta. Mi lindo

agresor asoma su rostro trigueÒo, gracioso, lleno de vida y frescura, y

extiende sus manos diminutas, en las cuales deposito respetuosamente a

la muÒeca desmayada. Quise hablar, para dar mayor seguridad de que no

era nada lo que habÌa pasado, que la muÒeca conservaba Ìntegros sus

miembros, y yo lo mismo, y que celebraba la ocasiÛn de conocer una niÒa

tan hermosa y simp·tica, etc., etc. Nada de esto fue posible. La chica

murmurÛ confusamente un "muchas gracias", y se apresurÛ a cerrar la

puerta, dej·ndome con el discurso en el cuerpo.

Salgo a la calle un poco disgustado, como cualquier otro orador en el

mismo caso, y sigo mi camino, no sin volver repetidas veces la cabeza

hacia el balcÛn. A los treinta o cuarenta pasos observo que est· la niÒa

asomada, y me paro y la envÌo una sonrisa y un saludo ceremonioso. Esta

vez contesta, aunque ligeramente, pero se apresura a retirarse. °Cuidado

que era linda aquella niÒa! Al llegar al extremo de la calle sentÌ la

necesidad imperiosa de verla otra vez, y di la vuelta, no sin percibir

cierta verg¸enza en el fondo del corazÛn, pues ni mi edad, ni mi estado,

me autorizaban semejantes informalidades; mucho menos trat·ndose de tal

criaturita. Ya no estaba en el balcÛn.

Pues yo no me voy sin verla[80] me dije, y pi·n pianito, comencÈ a

pasear la calle sin perder de vista la casa, con la misma frescura que

un cadete de Estado Mayor. DespuÈs de todo, aquÌ nadie me conoce--me iba

repitiendo a cada instante, a fin de comunicarme alientos para seguir

paseando.--Adem·s, yo no tengo nada que hacer ahora;[81] y lo mismo da

vagar por un lado que por otro.

Justamente, al cruzar tercera o cuarta vez por delante del balcÛn

apareciÛ en Èl la gentil chiquita, que al verme hizo un movimiento de

sorpresa, acompaÒado de una mueca encantadora, se echÛ a reÌr[82] y se

ocultÛ de nuevo.

°Pero, quÈ necios somos los hombres y quÈ inocentes cuando se trata[83]

de estos asuntos! øQuerr· V. creer que entonces no sospechÈ siquiera que

la niÒa habÌa estado presenciando, sin perder uno sÛlo, todos mis

movimientos?

Satisfecho ya el capricho, dejÈ la calle de las Infantas, y me fui a

casa de un amigo. Mas al dÌa siguiente, fuese casualidad o

premeditaciÛn, aunque es muy probable lo ˙ltimo, acertÈ a pasar por el

mismo sitio a la misma hora. Mi gentil agresor, que estaba de bruces

sobre la barandilla del balcÛn, se puso encarnado hasta las orejas asÌ

que pudo distinguirme, y se retirÛ antes de que pasase[84] por delante

de la casa. Como V. puede suponer, esto lejos de hacerme desistir, me

animÛ a quedarme petrificado en la esquina de la primer bocacalle, en

contemplaciÛn est·tica. No pasaron cuatro minutos sin que viese asomar

una naricita nacarada,[85] que se retirÛ al momento velozmente, volviÛ a

asomarse a los dos minutos y volviÛ a retirarse, asomose al minuto otra

vez y se retirÛ de nuevo. Cuando se cansÛ de tales maniobras, se asomÛ

por entero y me mirÛ fijamente por un buen rato, cual si tratase de

demostrar[86] que no me tenÌa miedo alguno. Entonces se generalizÛ por

entrambas partes un fuego graneado de miradas, acompaÒado por lo que a

mÌ respecta[87] de una multitud de sonrisas, saludos y otros proyectiles

mortÌferos, que debieron causar[88] notables estragos en el enemigo.

…ste a la media hora oyÛ sin duda en la sala el toque de "alto el

fuego", y se retirÛ cerrando el balcÛn. No necesitarÈ decirle, que por

m·s que me sintiese avergonzado[89] de aquella aventura, seguÌ dando

vueltas a la misma hora por la calle, y que el tiroteo era cada vez m·s

intenso y animado. A los tres o cuatro dÌas me decidÌ a arrancar una

hoja de la cartera y a escribir estas palabras: _Me gusta V. muchÌsimo_.

EnvolvÌ dos cuartos en la hoja, y aprovechando la ocasiÛn de no pasar

nadie, despuÈs de hacerle seÒa de que se retirase, la arrojÈ al balcÛn.

Al dÌa siguiente, cuando pasÈ por allÌ, vi caer una bolita de papel que

me apresurÈ a recoger y desdoblar. DecÌa asÌ, en una letra inglesa,

crecida, hecha con mucho cuidado y el papel rayado para no torcer: _Tan

bien ustez me gusta a mÌ no crea que juego con muÒecas era de mi

ermanita_.[90]

Los Puritanos, y otros cuentos · 第 2 / 7 段