Y cogiendo a su hermano en brazos como si fuera un chico lo

LOS PURITANOS

Y

OTROS CUENTOS

POR

ARMANDO PALACIO VALDÉS

EDITED WITH INTRODUCTION AND EXPLANATORY NOTES IN ENGLISH

BY

W. T. FAULKNER, A.M.

ASSISTANT IN SPANISH, COLUMBIAN UNIVERSITY, WASHINGTON, D.C.

NEW YORK

WILLIAM R. JENKINS, LIBRERO-EDITOR

851 and 853 Sixth Avenue

COPYRIGHT, 1904

BY WILLIAM R. JENKINS

_All Rights Reserved_

PRINTED BY THE PRESS OF WILLIAM R. JENKINS NEW YORK

PREFACE

INTRODUCTION

EL P¡JARO EN LA NIEVE

NOTES

LA CONFESION DE UN CRIMEN

NOTES

EL SUE—O DE UN REO DE MUERTE

NOTES

LOS PURITANOS

NOTES

VOCABULARY

PREFACE

The four stories comprising this little volume are, by kind permission

of the author, taken from _Aguas fuertes_, a volume of _novelas y

cuadros_. They were selected for class use because the language is

smooth and easy, being almost entirely free from troublesome idiomatic

expressions and constructions.

I realize that the notes are not exhaustive, but I have endeavored to

explain every serious difficulty either in the notes or in the

vocabulary, by the aid of which the student should be able to arrive at

a perfect comprehension of the text.

The volume is intended for first year students, and as it has been my

experience that the first year's reading is rather for the acquisition

of a vocabulary than for a study of grammatical constructions, I have

avoided all grammatical explanations.

W. T. F.

COLUMBIAN UNIVERSITY.

Washington, D.C., 1904.

INTRODUCTION

Armando Palacio ValdÈs was born in 1853 in the province of Asturias.

He is one of the most prominent contemporary novelists of Spain. He

belongs to that school of writers known as naturalists, and in the

opinion of some, he deserves to stand at the head of that school.

His novels treat of contemporary Spanish life. His descriptions and

delineations of character show that he is a close observer, and that he

has a wide knowledge of human life. His novels present an optimistic

view of life, though his pictures and characters are not always bright.

He is a popular writer both at home and abroad. Many of his novels have

been translated into different European languages. In Spain, _La Hermana

San Sulpicio_ and _Los Majos de Cadiz_, have won the greatest favor.

These are both novels of Andalusian life.

In the United States _La Hermana San Sulpicio_, _MarÌa y MarÌa_ and

_Maximina_ are best known through the translations of Nathan Haskell

Dole. More recent translations are: _La AlegrÌa del Capit·n Ribot_, by

Minna Caroline White; and _El Cuarto Poder_, by Rachel Chalice.

W. T. F.

EL P¡JARO EN LA NIEVE

Era ciego de nacimiento. Le habÌan enseÒado lo ˙nico que los ciegos

suelen aprender, la m˙sica; y fue en este arte muy aventajado. Su madre

muriÛ pocos aÒos despuÈs de darle la vida; su padre, m˙sico mayor de un

regimiento, hacÌa un aÒo solamente. TenÌa un hermano en AmÈrica que no

daba cuenta de sÌ; sin embargo, sabÌa por referencias que estaba casado,

que tenÌa dos niÒos muy hermosos y ocupaba buena posiciÛn. El padre

indignado, mientras viviÛ, de la ingratitud del hijo, no querÌa oÌr su

nombre; pero el ciego le guardaba todavÌa mucho cariÒo; no podÌa menos

de recordar que aquel hermano, mayor que Èl, habÌa sido su sostÈn en la

niÒez, el defensor de su debilidad contra los ataques de los dem·s

chicos, y que siempre le hablaba con dulzura. La voz de Santiago, al

entrar por la maÒana en su cuarto diciendo: ´°Hola, Juanito! arriba,

hombre, no duermas tanto,ª sonaba en los oÌdos del ciego m·s grata y

armoniosa que las teclas del piano y las cuerdas del violÌn. øCÛmo se

habÌa trasformado en malo aquel corazÛn tan bueno? Juan no podÌa

persuadirse de ello, y le buscaba un millÛn de disculpas: unas veces

achacaba la falta al correo; otras se le figuraba que su hermano no

querÌa escribir hasta que pudiera mandar[1] mucho dinero; otras pensaba

que iba a darles una sorpresa el mejor dÌa[2] present·ndose cargado de

millones en el modesto entresuelo que habitaban: pero ninguna de estas

imaginaciones se atrevÌa a comunicar a su padre: ˙nicamente cuando Èste,

exasperado, lanzaba alg˙n amargo apÛstrofe contra el hijo ausente, se

atrevÌa a decirle: ´No se desespere V., padre; Santiago es bueno; me da

el corazÛn[3] que ha de escribir uno de estos dÌas.ª

El padre se muriÛ sin ver carta de su hijo mayor, entre un sacerdote que

le exhortaba y el pobre ciego que le apretaba convulso la mano, como si

tratase de retenerle a la fuerza en este mundo. Cuando quisieron sacar

el cad·ver de casa sostuvo una lucha frenÈtica, espantosa, con los

empleados f˙nebres. Al fin se quedÛ solo; pero °quÈ soledad la suya! Ni

padre, ni madre, ni parientes, ni amigos; hasta el sol le faltaba, el

amigo de todos los seres creados. PasÛ dos dÌas metido en su cuarto,

recorriÈndolo de una esquina a otra como un lobo enjaulado, sin probar

alimento. La criada, ayudada por una vecina compasiva, consiguiÛ al cabo

impedir aquel suicidio: volviÛ a comer y pasÛ la vida desde entonces

rezando y tocando el piano.

El padre, alg˙n tiempo antes de morir, habÌa conseguido que le diesen

una plaza de organista en una de las iglesias de Madrid, retribuida con

catorce reales diarios: no era bastante, como se comprende, para

sostener una casa abierta, por modesta que fuese[4]; asÌ que, pasados

los primeros quince dÌas, nuestro ciego vendiÛ por algunos cuartos, muy

pocos por cierto, el humilde ajuar de su morada, despidiÛ a la criada y

se fue de pupilo a una casa de huÈspedes pagando ocho reales; los seis

restantes le bastaban para atender a las dem·s necesidades. Durante

algunos meses viviÛ el ciego sin salir a la calle m·s que para cumplir

su obligaciÛn; de casa a la iglesia, y de la iglesia a casa. La tristeza

le tenÌa dominado y abatido de tal suerte, que apenas despegaba los

labios; pasaba las horas componiendo una gran misa de _requiem_ que

contaba se tocase por la caridad del p·rroco en obsequio del alma de su

difunto padre; y ya que no podÌa decirse[5] que tenÌa los cinco sentidos

puestos en su obra, porque carecÌa de uno, sÌ diremos que se entregaba a

ella con alma y vida.

El cambio de ministerio le sorprendiÛ cuando a˙n no la habÌa terminado:

no sÈ si entraron los radicales, o los conservadores, o los

constitucionales; pero entraron algunos nuevos. Juan no lo supo sino

tarde y con daÒo. El nuevo gabinete, pasados algunos dÌas,[6] juzgÛ que

Juan era un organista peligroso para el orden p˙blico, y que desde lo

alto del coro, en las vÌsperas y misas solemnes, roncando y zumbando con

todos los registros del Ûrgano, le estaba haciendo una oposiciÛn

verdaderamente escandalosa. Como el ministerio entrante no estaba

dispuesto, seg˙n habÌa afirmado en el Congreso por boca de uno de sus

miembros m·s autorizados, ´a tolerar imposiciones de nadie,ª procediÛ

inmediatamente y con saludable energÌa a dejar cesante a Juan,

busc·ndole un sustituto que en sus maniobras musicales ofreciese m·s

garantÌas o fuese m·s adicto a las instituciones. Cuando le notificaron

el cese, nuestro ciego no experimentÛ m·s emociÛn que la sorpresa; all·

en el fondo casi se alegrÛ, porque le dejaban m·s horas desocupadas para

concluir su misa. Solamente se dio cuenta de su situaciÛn cuando al fin

del mes se presentÛ la patrona en el cuarto a pedirle dinero; no lo

tenÌa, porque ya no cobraba en la iglesia; fue necesario que llevase a

empeÒar el reloj de su padre para pagar la casa. DespuÈs se quedÛ otra

vez tan tranquilo y siguiÛ trabajando sin preocuparse de lo porvenir.

Mas otra vez volviÛ la patrona a pedirle dinero, y otra vez se vio

precisado a empeÒar un objeto de la escasÌsima herencia paterna; era un

anillo de diamantes. Al cabo ya no tuvo quÈ empeÒar.[7] Entonces, por

consideraciÛn a su debilidad, le tuvieron algunos dÌas m·s de cortesÌa,

muy pocos, y despuÈs le pusieron en la calle, glori·ndose mucho de

dejarle libre el ba˙l y la ropa, ya que con ella podÌan cobrarse de los

pocos reales que les quedaba a deber.

BuscÛ una nueva casa, pero no pudo alquilar piano, lo cual le causÛ una

inmensa tristeza; ya no podÌa terminar su misa. TodavÌa fue alg˙n tiempo

a casa de un almacenista amigo y tocÛ el piano a ratos; no tardÛ, sin

embargo, en observar que se le iba recibiendo cada vez con menos

amabilidad, y dejÛ de ir por all·.

Al poco tiempo le echaron de la nueva casa, pero esta vez qued·ndose con

el ba˙l en prenda. Entonces comenzÛ para el ciego una Època tan

miserable y angustiosa, que pocos se dar·n cuenta cabal de los dolores,

mejor a˙n, de los martirios que la suerte le deparÛ. Sin amigos, sin

ropa, sin dinero, no hay duda que se pasa muy mal en el mundo; mas si a

esto se agrega el no ver la luz del sol, y hallarse por lo mismo

absolutamente desvalido, apenas si alcanzamos a divisar el lÌmite del

dolor y la miseria. De posada en posada,[8] arrojada de todas poco

despuÈs de haber entrado, metiÈndose en la cama para que le lavasen la

˙nica camisa que tenÌa, el calzado roto, los pantalones con hilachas por

debajo, sin cortarse el pelo y sin afeitarse, rodÛ Juan por Madrid no sÈ

cu·nto tiempo. PretendiÛ, por medio de uno de los huÈspedes que tuvo,

m·s compasivo que los dem·s, la plaza de pianista en un cafÈ. Al fin se

la otorgaron, pero fue para despedirle a los pocos dÌas: la m˙sica de

Juan no agradaba a los parroquianos del _CafÈ de la Cebada_; no tocaba

jotas, ni polos, ni sevillanas, ni cosa ninguna flamenca, ni siquiera

polkas; pasaba la noche interpretando sonatas de Beethoven y conciertos

de ChopÌn: los concurrentes se desesperaban al no poder llevar el comp·s

con las cucharillas.

Otra vez volviÛ a rodar el mÌsero por los sitios m·s hediondos de la

capital. Alg˙n alma caritativa, que por casualidad se enteraba de su

estado, socorrÌale indirectamente, porque Juan se estremecÌa a la idea

de pedir limosna. ComÌa lo preciso para no morirse de hambre en alguna

taberna de los barrios bajos, y dormÌa por cuatro cuartos entre mendigos

y malhechores en un desv·n destinado a este fin. En cierta ocasiÛn le

robaron, mientras dormÌa, los pantalones, y le dejaron otros de dril

remendados. Era en el mes de Noviembre.

El pobre Juan, que siempre habÌa guardado en el pensamiento la quimera

de la venida de su hermano, ahogado ahora por la desgracia, comenzÛ a

alimentarla con af·n. Hizo que le escribiesen a la Habana, sin poner

seÒas a la carta porque no las sabÌa; procurÛ informarse si le habÌan

visto, aunque sin resultado; y todos los dÌas se pasaba algunas horas

pidiendo a Dios de rodillas que le trajese en su auxilio. Los ˙nicos

momentos felices del desdichado eran los que pasaba en oraciÛn en el

·ngulo de alguna iglesia solitaria: oculto detr·s de un pilar, aspirando

los acres olores de la cera y la humedad, escuchando el chisporroteo de

los cirios y el leve rumor de las plegarias de los pocos fieles

distribuidos por las naves del templo, su alma inocente dejaba este

mundo, que tan cruelmente le trataba, y volaba a comunicarse con Dios y

su Madre SantÌsima. TenÌa la devociÛn de la Virgen profundamente

arraigada en el corazÛn desde la infancia: como apenas habÌa conocido a

su madre, buscÛ por instinto en la de Dios la protecciÛn tierna y

amorosa que sÛlo la mujer puede dispensar al niÒo; habÌa compuesto en

honor suyo algunos himnos y plegarias, y no se dormÌa jam·s sin besar

devotamente el escapulario del Carmen que llevaba al cuello.

LlegÛ un dÌa, no obstante, en que el cielo y la tierra le desampararon.

Arrojado de todas partes, sin tener un pedazo de pan que llevarse a la

boca, ni ropa con que preservarse del frÌo, comprendiÛ el cuitado con

terror que se acercaba el instante de pedir limosna. Trabose una lucha

desesperada en el fondo de su espÌritu; el dolor y la verg¸enza

disputaron palmo a palmo el terreno a la necesidad; las tinieblas que le

rodeaban hacÌan a˙n m·s angustiosa esta batalla. Al cabo, como era de

esperar,[9] venciÛ el hambre. DespuÈs de pasar muchas horas sollozando y

pidiendo fuerzas a Dios para soportar su desdicha, resolviose a implorar

la caridad; pero todavÌa quiso el infeliz disfrazar la humillaciÛn, y

decidiÛ cantar por las calles de noche solamente. PoseÌa una voz

regular, y conocÌa a la perfecciÛn el arte del canto; mas tropezÛ con la

dificultad de no tener medio de acompaÒarse. Al fin, otro desgraciado,

que no lo era tanto como Èl, le facilitÛ una guitarra vieja y rota, y

despuÈs de arreglarla del mejor modo que pudo, y despuÈs de derramar

abundantes l·grimas, saliÛ cierta noche de Diciembre a la calle. El

corazÛn le latÌa fuertemente; las piernas le temblaban; cuando quiso

cantar en una de las calles m·s cÈntricas, no pudo; el dolor y la

verg¸enza habÌan formado un nudo en su garganta. Arrimose a la pared de

una casa, descansÛ algunos instantes, y repuesto un tanto, empezÛ a

cantar la romanza de tenor del primer acto de _La Favorita_. LlamÛ desde

luego la atenciÛn de los transe˙ntes un ciego que no cantaba peteneras o

malagueÒas, y muchos hicieron cÌrculo en torno suyo,[10] y no pocos, al

observar[11] la maestrÌa con que iba venciendo las dificultades de la

obra, se comunicaron en voz bajo su sorpresa y dejaron algunos cuartos

en el sombrero, que habÌa colgado del brazo. Terminada la romanza,

empezÛ el aria del cuarto acto de _La Africana_. Pero se habÌa reunido

demasiada gente a su alrededor, y la autoridad temiÛ que esto fuese

causa de alg˙n desorden, pues era cosa averiguada para los agentes de

orden p˙blico que las personas que se re˙nen en la calle a escuchar a un

ciego demuestran por este hecho instintos peligrosos de rebeliÛn, cierta

hostilidad contra las instituciones, una actitud, en fin, incompatible

con el orden social y la seguridad del Estado. Por lo cual un guardia

cogiÛ a Juan enÈrgicamente por el brazo y le dijo:

--A ver; retÌrese V. a su casa inmediatamente, y no se pare V. en

ninguna calle.

--Pero yo no hago daÒo a nadie.

--Est· V. impidiendo el tr·nsito. Adelante, adelante, si no quiere V. ir

a la prevenciÛn.

Es realmente consolador el ver con quÈ esmero procura la autoridad

gubernativa que las vÌas p˙blicas se hallen siempre limpias de ciegos

que canten. Y yo creo, por m·s que haya quien sostenga lo contrario, que

si pudiese igualmente tenerlas limpias de ladrones y asesinos, no

dejarÌa de hacerlo con gusto.

Retirose a su zahurda el pobre Juan, pesaroso, porque tenÌa buen

corazÛn, de haber comprometido por un instante la paz intestina y dado

pie para una intervenciÛn del poder ejecutivo. HabÌa ganado cinco reales

y un perro grande. Con este dinero comiÛ al dÌa siguiente, y pagÛ el

alquiler del miserable colchÛn de paja en que durmiÛ. Por la noche tornÛ

a salir[12] y a cantar trozos de Ûpera y piezas de canto: vuelta a

reunirse la gente en torno suyo y vuelta a intervenir la autoridad

grit·ndole con energÌa:--Adelante, adelante.

°Pero si iba adelante no ganaba un cuarto, porque los transe˙ntes no

podÌan escucharle! Sin embargo, Juan marchaba, marchaba siempre porque

le estremecÌa, m·s que la muerte, la idea de infringir los mandatos de

la autoridad, y turbar, aunque fuese moment·neamente, el orden de su

paÌs.

Cada noche se iban reduciendo m·s sus ganancias. Por un lado la

necesidad de seguir siempre adelante, y por otro la falta de novedad,

que en EspaÒa se paga siempre muy cara, le iban privando todos los dÌas

de algunos cÈntimos. Con los que traÌa para casa al retirarse apenas

podÌa introducir en el estÛmago algo para no morirse de hambre. Su

situaciÛn era ya desesperada. SÛlo un punto luminoso seguÌa viendo

tenazmente el desgraciado entre las tinieblas de su congojoso estado:

este punto luminoso era la llegada de su hermano Santiago. Todas las

noches, al salir de casa con la guitarra colgada del cuello, se le

ocurrÌa el mismo pensamiento:--´Si Santiago estuviese en Madrid y me

oyese cantar, me conocerÌa por la voz.ª Y esta esperanza, mejor dicho,

esta quimera, era lo ˙nico que le daba fuerzas para soportar la vida.

LlegÛ otro dÌa, no obstante, en que la angustia y el dolor no conocieron

lÌmites. En la noche anterior no habÌa ganado m·s que seis cuartos.

°HabÌa estado tan frÌa! Como que amaneciÛ Madrid envuelto en una s·bana

de nieve de media cuarta de espesor. Y todo el dÌa siguiÛ nevando sin

cesar un instante, lo cual les tenÌa sin cuidado a la mayorÌa de la

gente, y fue motivo de regocijo para muchos aficionados a la estÈtica.

Los poetas que gozaban de una posiciÛn desahogada, muy particularmente,

pasaron gran parte del dÌa mirando caer los copos al travÈs de los

cristales de su gabinete, y meditando lindos e ingeniosos sÌmiles de

esos que hacen gritar al p˙blico en el teatro ´°bravo, bravo!ª u obligan

a exclamar cuando se leen en un tomo de versos: ´°quÈ talento tiene este

joven!ª

Juan no habÌa tomado m·s alimento que una taza de cafÈ de Ìnfima clase y

un panecillo. No pudo entretener el hambre contemplando la hermosura de

la nieve, en primer lugar, porque no tenÌa vista; y en segundo, porque

aunque la tuviese, era difÌcil que al travÈs de la reja de vidrio

empaÒada y sucia de su desv·n pudiera verla. PasÛ el dÌa acurrucado

sobre el colchÛn, recordando los dÌas de la infancia y acariciando la

dulce manÌa de la vuelta de su hermano. Al llegar la noche,[13] apretado

por la necesidad, desfallecido, bajÛ a la calle a implorar una limosna.

Ya no tenÌa guitarra; la habÌa vendido por tres pesetas en un momento

parecido de apuro.

La nieve caÌa con la misma constancia, puede decirse con el mismo

encarnizamiento. Las piernas le temblaban al pobre ciego lo mismo que el

dÌa primero en que saliÛ a cantar; pero esta vez no era de verg¸enza,

sino de hambre. AvanzÛ como pudo por las calles, enfang·ndose hasta m·s

arriba del tobillo: su oÌdo le decÌa que no cruzaba apenas ning˙n

transe˙nte; los coches no hacÌan ruido, y estuvo expuesto a ser

atropellado por uno. En una de las calles cÈntricas se puso[14] al fin a

cantar el primer pedazo de Ûpera que acudiÛ a sus labios: la voz salÌa

dÈbil y enronquecida de la garganta; nadie se acercaba a[15] Èl ni

siquiera por curiosidad. ´Vamos a otra parte,ª se dijo, y bajÛ por la

Carrera de San JerÛnimo, caminando torpemente sobre la nieve, cubierto

ya de un blanco cendal y con los pies chapoteando agua. El frÌo se le

iba metiendo por los huesos; el hambre le producÌa un fuerte dolor en el

estÛmago. LlegÛ un momento en que el frÌo y el dolor le apretaron tanto,

que se sintiÛ casi desvanecido, creyÛ morir,[16] y elevando el espÌritu

a la Virgen del Carmen, su protectora, exclamÛ con voz acongojada:

´°Madre mÌa, socÛrreme!ª Y despuÈs de pronunciar estas palabras, se

sintiÛ un poco mejor y marchÛ, o m·s propiamente, se arrastrÛ hasta la

plaza de las Cortes: allÌ se arrimÛ a la columna de un farol y, todavÌa

bajo la impresiÛn del socorro de la Virgen, comenzÛ a cantar el _Ave

Maria_, de Gounod, una melodÌa a la cual siempre habÌa tenido mucha

aficiÛn. Pero nadie se acercaba tampoco. Los habitantes de la villa

estaban todos recogidos en los cafÈs y teatros, o bien en sus hogares

haciendo bailar a sus hijos sobre las rodillas al amor de la lumbre.

SeguÌa cayendo la nieve pausada y copiosamente, decidida a prestar

asunto al dÌa siguiente a todos los revisteros de periÛdicos para

encantar a sus aficionados con una docena de frases delicadas. Los

transe˙ntes que casualmente cruzaban lo hacÌan apresuradamente,

arrebujados en sus capas y tap·ndose con el paraguas. Los faroles se

habÌan puesto el gorro blanco de dormir, y dejaban escapar melancÛlica

claridad. No se oÌa ruido alguno si no era el rumor vago y lejano de los

coches, y el caer incesante de los copos como un crujido levÌsimo y

prolongado de sederÌa. SÛlo la voz de Juan vibraba en el silencio de la

noche saludando a la Madre de los Desamparados. Y su canto, m·s que

himno de salutaciÛn, parecÌa un grito de congoja algunas veces; otras,

un gemido triste y resignado que helaba el corazÛn m·s que el frÌo de la

nieve.

En vano clamÛ el ciego largo rato pidiendo favor al cielo; en vano

repitiÛ el dulce nombre de MarÌa un sinn˙mero de veces, acomod·ndolo a

los diversos tonos de la melodÌa. El cielo y la Virgen estaban lejos, al

parecer, y no le oyeron; los vecinos de la plaza estaban cerca, pero no

quisieron oÌrle. Nadie bajÛ a recogerlo; ning˙n balcÛn se abriÛ siquiera

para dejar caer sobre Èl una moneda de cobre. Los transe˙ntes, como si

viniesen perseguidos de cerca por la pulmonÌa, no osaban detenerse.

Al fin ya no pudo cantar m·s: la voz expiraba en la garganta; las

piernas se le doblaban; iba perdiendo[17] la sensibilidad en las manos.

Dio algunos pasos y se sentÛ en la acera al pie de la verja que rodea el

jardÌn. ApoyÛ los codos en las rodillas y metiÛ la cabeza entre las

manos. Y pensÛ vagamente en que habÌa llegado el ˙ltimo instante de su

vida; y volviÛ a rezar fervorosamente implorando la misericordia divina.

Al cabo de un rato percibiÛ que un transe˙nte se paraba delante de Èl y

se sintiÛ cogido por el brazo. LevantÛ la cabeza,[18] y sospechando que

serÌa lo de siempre, preguntÛ tÌmidamente:

--øEs V. alg˙n guardia?

--No soy ning˙n guardia--repuso el transe˙nte,--pero lev·ntese V.

--Apenas puedo, caballero.

--øTiene V. mucho frÌo?

--SÌ, seÒor... y adem·s no he comido hoy.

--Entonces, yo le ayudarÈ... vamos... °arriba!

El caballero cogiÛ a Juan por los brazos y le puso en pie; era un hombre

vigoroso.

--Ahora apÛyese V. bien en mÌ y vamos a ver si hallamos un coche.

--øPero dÛnde me lleva V.?

--A ning˙n sitio malo øtiene V. miedo?

--°Ah! no: el corazÛn me dice que es V. una persona caritativa.

--Vamos andando... a ver si llegamos pronto a casa para que V. se seque

y tome algo caliente.

--Dios se lo pagar· a V. caballero... la Virgen se lo pagar·... CreÌ que

iba a morirme en ese sitio.

--Nada de morirse... no hable V. de eso ya. Lo que importa ahora es dar

pronto con un simÛn... Vamos adelante... øquÈ es eso; tropieza V.?

--SÌ, seÒor; creo que ha dado contra la columna de un farol... °Como soy

ciego!

--øEs V. ciego?--preguntÛ vivamente el desconocido.

--SÌ, seÒor.

--øDesde cu·ndo?

--Desde que nacÌ.

Juan sintiÛ estremecerse el brazo de su protector; y siguieron caminando

en silencio. Al cabo Èste se detuvo un instante y le preguntÛ con voz

alterada.

--øCÛmo se llama V.?

--Juan.

--øJuan quÈ?

--Juan MartÌnez.

--Su padre de V. Manuel, øverdad? m˙sico mayor del tercero de artillerÌa

øno es cierto?

--SÌ, seÒor.

En el mismo instante el ciego se sintiÛ apretado fuertemente por unos

brazos vigorosos que casi le asfixiaron y escuchÛ en su oÌdo una voz

temblorosa que exclamÛ:

--°Dios mÌo, quÈ horror y quÈ felicidad! Soy un criminal, soy tu hermano

Santiago.

Y los dos hermanos quedaron abrazadas y sollozando algunos minutos en

medio de la calle. La nieve caÌa sobre ellos dulcemente.

Santiago se desprendiÛ bruscamente de los brazos de su hermano y comenzÛ

a gritar salpicando sus palabras con fuertes interjecciones:

--°Un coche, un coche! øno hay un coche por ahÌ?... °maldita sea mi

suerte! Vamos, Juanillo, haz un esfuerzo; llegaremos pronto al puesto...

øPero seÒor, dÛnde se meten los coches...? Ni uno sÛlo cruza por aquÌ...

All· lejos veo uno... °gracias a Dios!... °Se aleja el maldito!... AquÌ

est· otro... Èsta ya es mÌo. A ver cochero... cinco duros si V. nos

lleva volando al hotel n˙mero diez de la Castellana...

Y cogiendo a su hermano en brazos como si fuera un chico lo metiÛ en el

coche y detr·s se introdujo Èl. El cochero arreÛ a la bestia y el

carruaje se deslizÛ velozmente y sin ruido sobre la nieve. Mientras

caminaban, Santiago teniendo siempre abrazado al pobre ciego, le contÛ

r·pidamente su vida. No habÌa estado en Cuba, sino en Costa Rica, donde

juntÛ una respetable fortuna; pero habÌa pasado muchos aÒos en el campo,

sin comunicaciÛn apenas con Europa; escribiÛ tres o cuatro veces por

medio de los barcos que traficaban con Inglaterra y no obtuvo respuesta.

Y siempre pensando en tornar a EspaÒa al aÒo siguiente, dejÛ de hacer

averiguaciones proponiÈndose darles una agradable sorpresa. DespuÈs se

casÛ y este acontecimiento retardÛ mucho su vuelta. Pero hacÌa cuatro

meses que estaba en Madrid,[19] donde supo por el registro parroquial

que su padre habÌa muerto; de Juan le dieron noticias vagas y

contradictorias: unos le dijeron que se habÌa muerto tambiÈn; otros que

reducido a la ˙ltima miseria, habÌa ido por el mundo cantando y tocando

la guitarra. Fueron in˙tiles cuantas gestiones hizo para averiguar su

paradero. Afortunadamente la Providencia se encargÛ de llevarlo a sus

brazos. Santiago reÌa unas veces, lloraba otras mostrando siempre el

car·cter franco, generoso y jovial de cuando niÒo.

ParÛ el coche al fin. Un criado vino a abrir la portezuela. Llevaron a

Juan casi en volandas hasta su casa. Al entrar percibiÛ una temperatura

tibia, el aroma de bienestar que esparce la riqueza: los pies se le

hundÌan en mullida alfombra; por orden de Santiago dos criados le

despojaron inmediatamente de sus harapos empapados de agua y le pusieron

ropa limpia y de abrigo. En seguida le sirvieron en el mismo gabinete,

donde ardÌa un fuego delicioso, una taza de caldo confortador y despuÈs

algunas viandas, aunque con la debida cautela, por la flojedad en que

debÌa hallarse su estÛmago: subieron adem·s de la bodega el vino m·s

exquisito y aÒejo. Santiago no dejaba de moverse, dictando las Ûrdenes

oportunas, acerc·ndose a cada instante al ciego para preguntarle con

ansiedad:

--øCÛmo te encuentras ahora, Juan?--øEst·s bien?--øQuieres otro

vino?--øNecesitas m·s ropa?

Terminada la refacciÛn se quedaron ambos algunos momentos al lado de la

chimenea. Santiago preguntÛ a un criado si la seÒora y los niÒos estaban

ya acostados y habiÈndole respondido afirmativamente, dijo a su hermano

rebosando de alegrÌa:

--øT˙ no tocas el piano?

--SÌ.

--Pues vamos a dar un susto a mi mujer y a mis hijos. Ven al salÛn.

Y le condujo hasta sentarle delante del piano. DespuÈs levantÛ la tapa

para que se oyera mejor, abriÛ con cuidado las puertas y ejecutÛ todas

las maniobras conducentes a producir una sorpresa en la casa; pero todo

ello con tal esmero, andando sobre la punta de los pies, hablando en

falsete y haciendo tantas y tan graciosas muecas, que Juan al notarlo no

pudo menos de reÌrse[20] exclamando: °Siempre el mismo Santiago!

--Ahora toca Juanillo, toca con todas tus fuerzas.

El ciego comenzÛ a ejecutar una marcha guerrera. El silencioso hotel se

estremeciÛ de pronto, como una caja de m˙sica cuando se la da

cuerda.[21] Las notas se atropellaban al salir del[22] piano, pero

siempre con ritmo belicoso. Santiago exclamaba de vez en cuando:

--°M·s fuerte, Juanillo, m·s fuerte!

Y el ciego golpeaba el teclado, cada vez con mayor brÌo.

--Ya veo a mi mujer detr·s de las cortinas... °adelante, Juanillo,

adelante!... Est· la pobre en camisa... ji... ji... me hago[23] como que

no la veo... se va a creer que estoy loco... °ji ji!... °adelante,

Juanillo, adelante!

Juan obedecÌa a su hermano, aunque sin gusto ya, porque deseaba conocer

a su cuÒada y besar a sus sobrinos.

--Ahora veo a mi hija Manolita, que tambiÈn sale en camisa... °Calle,

tambiÈn se ha despertado Paquito!... °No te he dicho que todos iban a

recibir un susto!... Pero se van a constipar si andan de ese modo m·s

tiempo... No toques m·s Juan, no toques m·s.

CesÛ el estrÈpito infernal.

--Vamos, Adela, Manolita, Paquito, abrigaos un poco y venid a dar un

abrazo a mi hermano Juan. Este es Juan de quien tanto os he hablado, a

quien acabo de encontrar[24] en la calle a punto de morirse helado

entre la nieve... °Vamos, vestÌos pronto!

La noble familia de Santiago vino inmediatamente a abrazar al pobre

ciego. La voz de la esposa era dulce y armoniosa: Juan creÌa escuchar la

de la Virgen: notÛ que lloraba cuando su marido relatÛ de quÈ modo le

habÌa encontrado. Y todavÌa quiso aÒadir m·s cuidados a los de Santiago:

mandÛ traer un calorÌfero y ella misma se lo puso debajo de los pies;

despuÈs le envolviÛ las piernas en una manta y le puso en la cabeza una

gorra de terciopelo. Los niÒos revoloteaban en torno de la butaca,

acarici·ndole y dej·ndose acariciar de su tÌo. Todos escucharon en

silencio y embargados por la emociÛn, el breve relato que de sus

desgracias les hizo. Santiago se golpeaba la cabeza: su esposa lloraba:

los chicos atÛnitos le decÌan estrech·ndole la mano: øNo volver·s a

tener hambre ni salir a la calle sin paraguas, verdad tiÌto?... yo no

quiero, Manolita no quiere tampoco... ni pap·, ni mam·.

--°A que no le das tu cama,[25] Paquito!--dijo Santiago, pasando a la

alegrÌa inmediatamente.

--°Si no _quepe_ en ella,[26] pap·! En la sala hay otra muy grande, muy

grande, muy grande...

--No quiero cama ahora,--interrumpiÛ Juan... °me encuentro tan bien

aquÌ!

--øTe duele el estÛmago como antes?--preguntÛ Manolita abraz·ndole y

bes·ndole.

--No, hija mÌa, no, °bendita seas!... no me duele nada... soy muy

feliz... lo ˙nico que tengo es sueÒo... se me cierran los ojos sin

poderlo remediar...

--Pues por nosotros no dejes de dormir, Juan,--dijo Santiago.

--SÌ, tiÌto, duerme, duerme--dijeron a un tiempo Manolita y Paquito

ech·ndole los brazos al cuello y cubriÈndole de caricias...

* * * * *

Y se durmiÛ en efecto. Y despertÛ en el cielo.

Al amanecer del dÌa siguiente, un agente de orden p˙blico tropezÛ con su

cad·ver entre la nieve. El mÈdico de la casa de socorro certificÛ que

habÌa muerto por la congelaciÛn de la sangre.

--Mira, JimÈnez--dijo un guardia de los que le habÌan llevado a su

compaÒero.

--°Parece que se est· riendo!

* * * * *

NOTES FOR "EL P¡JARO EN LA NIEVE":

[1] =Hasta que pudiera mandar=, until he could send.

[2] =El mejor dÌa=, some fine day.

[3] =Me da el corazÛn que ha de escribir=, my heart tells me that he

will write.

[4] =Por modesta que fuese=, however modest it might be.

[5] =Ya que no podÌa decirse=, since it could not be said.

[6] =Pasados algunos dÌas=, some days having passed.

[7] =Ya no tuvo que empeÒar=, he no longer had anything to pawn.

[8] =De posada en posada=, from inn to inn.

[9] =Como era de esperar=, as was to be expected.

[10] =En torno suyo=, around him.

[11] =Al observar=, on observing.

[12] =TornÛ a salir=, he went out again.

[13] =Al llegar la noche=, when night came.

[14] =Se puso a cantar=, he began to sing.

[15] =Nadie se acercaba a Èl=, no one approached him.

[16] =CreyÛ morir=, he thought that he was dying. When there is no

change of subject the dependent verb is infinitive.

[17] =Iba perdiendo=, the verb =ir= with the gerund indicates a

continually increasing action.

[18] =LevantÛ la cabeza=, note the use of definite article instead of

possessive pronoun.

[19] =HacÌa cuatro meses que estaba en Madrid=, he had been in Madrid

four months (lit. it made four months that he was in Madrid.)

[20] =No pudo menos de reÌrse=, he could not help laughing.

[21] =Cuando se la da cuerda=, when it is wound up.

[22] =Al salir de=, on coming from.

[23] =Me hago como que no la veo=, I'll make out that I don't see her.

[24] =A quien acabo de encontrar=, whom I have just found.

[25] =A que no le das tu cama=, I bet that you won't give him your bed.

The "a" in this sentence is used elliptically, being dependent on the

verb apostar, to bet or wager. Therefore the sentence in full would read

"_Apuesto a que no le das tu cama_."

[26] =Si no quepe en ella=, why he can't get in it.

LA CONFESION DE UN CRIMEN

En el vasto salÛn del Prado[27] a˙n no habÌa gente. Era temprano; las

cinco y media nada m·s. A falta de personas formales los niÒos tomaban

posesiÛn del paseo, utiliz·ndolo para los juegos del aro, de la cuerda,

de la pelota, pÌo campo, escondite, y otros no menos respetables, tan

respetables, por lo menos, y por de cantado m·s saludables, que los del

ajedrez, tresillo, ruleta y siete y media con que los hombres se

divierten. Y si no temiera ofender las instituciones, me atreverÌa a

ponerlos en parangÛn con los del salÛn de conferencias del Congreso y de

la Bolsa, seguro de que tampoco habÌan de desmerecer.

El sol a˙n seguÌa baÒando una parte no insignificante del paseo. Los

chiquillos resaltaban sobre la arena como un enjambre de mosquitos en

una mesa de m·rmol. Las niÒeras, guardianas fieles de aquel rebaÒo, con

sus cofias blancas y rizadas, las trenzas del cabello sueltas, las manos

coloradas y las mejillas rebosando una salud, que yo para mÌ deseo, se

agrupaban a la sombra sentadas en alg˙n banco, desahogando con placer

sus respectivos pechos henchidos de secretos domÈsticos, sin que por eso

perdiesen de vista un momento[28] (dicho sea en honor suyo) los

inquietos y menudos objetos de su vigilancia. Tal vez que otra se

levantaban corriendo para ir a socorrer a alg˙n mosquito infeliz que se

habÌa caÌdo boca abajo y que se revolcaba en la arena con horrÌsonos

chillidos: otras veces llamaban imperiosamente al que se desmandaba y le

residenciaban ante el consejo de doncellas y amas de crÌa, amonest·ndole

suavemente o recrimin·ndole con dureza y administr·ndole alg˙n leve

correctivo en la parte posterior, seg˙n el sistema y el temperamento de

cada juez.

Esperando la llegada de la gente, me sentÈ en una silla met·lica de las

que dividen el paseo, y me puse[29] a contemplar con ojos distraÌdos el

juego de los chicos. Detr·s de mÌ estaban sentadas dos niÒas de once a

doce aÒos de edad, cuyos perfiles--lo ˙nico que veÌa de ellas--eran de

una correcciÛn y pureza encantadoras. Ambas rubias y ambas vestidas con

singular gracia y elegancia: en Madrid esto ˙ltima no tiene nada de

extraordinario porque las mam·s, que han renunciado a ser coquetas para

sÌ, lo contin˙an siendo en sus hijas y han convenido en hacerse una

competencia poco favorable a los bolsillos de los pap·s. Me llamÛ la

atenciÛn desde luego la gravedad que las dos mostraban y el poco o

ning˙n efecto que les causaba la alegrÌa de los dem·s muchachos. Al

principio creÌ que aquella circunspecciÛn procedÌa de considerarse ya

demasiado formales para corretear, y me pareciÛ cÛmica; pero observando

mejor, me convencÌ de que algo serio pasaba entre ellas, y como no tenÌa

otra cosa que hacer,[30] cambiÈ de silla disimuladamente y me acerquÈ

cuanto pude[31] a fin de averiguarlo.

La una estaba p·lida y tenÌa la vista fija constantemente en el suelo:

la otra la miraba de vez en cuando con inquietud y tristeza. Cuando me

acerquÈ guardaban silencio, pero no tardÛ en romperlo la primera[32]

exclamando en voz baja y con acento melancÛlico:

--°Si lo hubiera sabido, no saldrÌa hoy a paseo!

--øPor quÈ?--repuso la segunda.--De todos modos alg˙n dÌa os habÌais de

encontrar.[33]

La primera no replicÛ nada a esta observaciÛn y callaron un buen rato.

Al cabo la segunda dijo poniÈndole una mano sobre el hombro:

--øSabes lo que estoy pensando, AsunciÛn?

--øQuÈ?

--Que debÌas decÌrselo todo.[34] Lola es buena niÒa, aunque tenga el

genio vivo. øNo te acuerdas cuando nos pegamos y nos araÒamos porque le

quitÈ de ser la mam·?... Ya ves que le pasÛ en seguida...

--SÌ, pero esto es muy distinto.

--Ya lo sÈ que es distinto... pero debes decÌrselo.[35]

--°Ay! No me mandes eso, por Dios, Luisa... de seguro no me vuelve a

decir adiÛs, y se lo cuenta en seguida a sus pap·s.

--øY no ser· peor que se lo cuente otra persona?... °Hay niÒas m·s mal

intencionadas!... Elvira lo sabe ya... no sÈ quiÈn se lo ha dicho...

Profunda debiÛ ser[36] la impresiÛn que esta noticia causÛ en el ·nimo

de AsunciÛn, porque no volviÛ a despegar los labios y siguiÛ escuchando

consternada las razones de su amiga, que las amontonaba de un modo

incoherente, pero con resoluciÛn.

El paseo se iba poblando poco a poco. El sol no se enseÒoreaba ya sino

de uno de los ·ngulos del salÛn: al retirarse dejaba claro y nÌtido el

ambiente, en el cual resaltaban con admirable pureza el obelisco del Dos

de Mayo[37] y las agujas del museo de ArtillerÌa y de San JerÛnimo. Los

pequeÒos retrocedÌan ante la invasiÛn de los grandes a los parajes m·s

apartados, donde establecÌan nuevamente sus juegos. Un chico rubio,

vestido de marinero, con cara de desvergonzado, se quedÛ fijo delante de

nuestras niÒas contempl·ndolas con insistencia, y no hallando al parecer

conveniente la gravedad que mostraban, se puso[38] a hacerlas muecas en

son de menosprecio. Luisa, al verse interrumpida en su discurso, se

levantÛ furiosa y le tirÛ por los cabellos. El chico se alejÛ llorando.

Al cabo de un rato, cuando ya me disponÌa a dejar la silla para dar

algunas vueltas, oÌ exclamar a Luisa:[39]

--°Calla... calla... me parece que ahÌ viene Lola!

AsunciÛn se estremeciÛ la cabeza vivamente.

--SÌ, sÌ, es ella,--continuÛ Luisa.--Viene con Pepita y con Concha y

Eugenia... Es el primer domingo que viene despuÈs de la muerte de su

hermano... °No te pongas asÌ, niÒa!... No te asustes... ver·s, yo lo voy

a arreglar todo.

AsunciÛn, en efecto, habÌa empalidecido y estaba clavada e inmÛvil en la

silla como una estatua. Pronto divisÈ un grupo de niÒas de su misma edad

que se aproximaba; en el centro venÌa una completamente enlutada,

morenita, con grandes ojos negros y profundos que debÌa de ser[40] la

causante de los temores de AsunciÛn. Luisa se levantÛ a recibirlas y

echÛ una carrerita[41] para cambiar con ellas buena partida de besos

cuyo rumor llegÛ hasta mis oÌdos. AsunciÛn no se moviÛ. Al llegar,

todas la saludaron con efusiÛn, no siendo por cierto la menos expansiva

la enlutada Lolita. DespuÈs de cambiadas[42] las primeras impresiones,

observÈ que Luisa hacÌa seÒas a AsunciÛn en adem·n de pedirle algo, y

que AsunciÛn lo negaba, tambiÈn por seÒas, pero con energÌa. Luisa, sin

embargo, se resolviÛ a hacer lo que pretendÌa a despecho de su amiga, y

lleg·ndose a Lola, le dijo:

--Mira, AsunciÛn tiene que decirte una cosa; ve a sentarte junto a ella.

Lolita se vino hacia la melancÛlica niÒa y le preguntÛ cariÒosamente

toc·ndole la cara:

--øQuÈ tienes que decirme, Chonchita?

La pobre AsunciÛn, completamente abatida, no contestÛ nada; visto lo

cual por su amiga, tomÛ asiento al lado, y la instÛ con mucha viveza

para que le contase lo que la ponÌa tan triste.

--Mira, Lola,--comenzÛ con voz temblorosa y casi imperceptible,--despuÈs

que te lo diga ya no me querr·s.

Lola protestÛ con una mueca.

--No, no me querr·s... Dame un beso ahora... DespuÈs que te lo diga, no

me dar·s ning˙n otro...

Lolita se manifestÛ sorprendida, pero le dio algunos besos sonoros.

--MaÒana hace un mes que muriÛ tu hermano Pepito... Yo sÈ que has tenido

una convulsiÛn por haber visto la caja... A mÌ no me han dejado ir a tu

casa porque decÌan que me iba a impresionar, pero toda la tarde la pasÈ

llorando... Luisa te lo puede decir... Lloraba porque Pepito y yo

Èramos novios... øno lo sabÌas?

--°No!

--Pues lo Èramos desde hacÌa dos meses. Me escribiÛ una carta y me la

dio un dÌa al entrar en tu casa: saliÛ de un cuarto de repente, me la

dio y echÛ a correr.[43] Me decÌa que desde la primera vez que me habÌa

visto le habÌa gustado, que podrÌamos ser novios si yo le querÌa, y que

en concluyendo la carrera de abogado, que era la que pensaba seguir,[44]

nos casarÌamos. A mÌ me daba[45] mucha verg¸enza contestarle, pero como

a Luisa le habÌa escrito tambiÈn Paco N˙Òez declar·ndose, yo por encargo

de ella le dije un dÌa en el paseo: ´Paco, de parte de Luisa, que[46]

sÌ,ª y a la otra vuelta Luisa le dijo a Pepito: ´Pepito, de parte de

AsunciÛn, que s̪. Y quedamos novios. Los domingos cuando bail·bamos en

tu casa o en la mÌa, me sacaba m·s veces que a las dem·s, pero no se

atrevÌa a decirme nada... A pesar de eso, una vez bailando, como estaba

triste y hablaba poco, le preguntÈ si estaba enfadado, y Èl me contestÛ:

´Yo no me enfado con nadie, y mucho menos contigoª. Yo me puse

colorada... y Èl tambiÈn... Todos los dÌas por la tarde iba a esperarme

a la salida del colegio; se estaba paseando por delante hasta que yo

salÌa y despuÈs me seguÌa hasta casa...

AquÌ AsunciÛn cesÛ de hablar, y Lola, que la escuchaba con tristeza y

curiosidad, aguardÛ un rato a que continuase, y viendo que no lo hacÌa,

le preguntÛ:

--Pero, øpor quÈ me decÌas que despuÈs de cont·rmelo no iba a darte m·s

besos y todas aquellas cosas? Al contrario, ahora te quiero m·s... mira

como te quiero.

Y Lolita al decir esto le daba apasionados besos.

--Espera, espera... no me beses... øDe quÈ muriÛ tu hermano? øNo dijeron

los mÈdicos que habÌa muerto de una mojadura que habÌa cogido?

--SÌ.

--Pues esa mojadura, Lola... la cogiÛ por causa mÌa... SÌ, la cogiÛ por

causa mÌa... Una tarde en que estaba lloviendo a c·ntaros, fue a

esperarme al colegio... Le vi por los cristales metido en un portal...

en el portal de enfrente... no traÌa paraguas. Cuando salimos yo me tapÈ

perfectamente porque la criada habÌa traÌdo uno para mÌ y otro para

ella... Pepito nos siguiÛ a descubierto. LlovÌa atrozmente... y yo en

vez de ofrecerle el paraguas y taparme con el de la criada, le dejÈ ir

moj·ndose hasta casa... Pero no fue por gusto mÌo, Lola... por Dios, no

lo creas... fue que me daba verg¸enza...

Al decir estas palabras, le embargÛ la emociÛn, se le anudÛ la voz en la

garganta y rompiÛ a sollozar[47] fuertemente. Lolita se la quedÛ mirando

un buen rato, con ojos colÈricos, el semblante p·lido y las cejas

fruncidas; por ˙ltimo se levantÛ repentinamente y fue a reunirse con sus

amigas que estaban algo apartadas formando un grupo. La vi agitar los

brazos en medio de ellas narrando, al parecer, el suceso con

vehemencia, y observÈ que algunas l·grimas se desprendÌan de sus ojos,

sin que por eso perdiesen[48] la expresiÛn dura y sombrÌa. AsunciÛn

permaneciÛ sentada, con la cabeza baja y ocultando el rostro entre las

manos.

En el grupo de Lolita hubo acalorada deliberaciÛn. Las amigas se

esforzaban en convencerla para que otorgase su perdÛn a la culpable.

Lolita se negaba a ello con una mÌmica (lo ˙nico que yo percibÌa) altiva

y violenta. Luisa no cesaba de ir y venir consolando a su triste amiga y

procurando calmar a la otra.

El sol se habÌa retirado ya del paseo, aunque anduviese todavÌa por las

ramas de los ·rboles y las fachadas de las casas. La estatua de Apolo,

que corona la fuente del centro, recibÌa su postrera caricia; los

lejanos palacios del paseo de Recoletos resplandecÌan en aquel instante

como si fuesen de plata. El salÛn estaba ya lleno de gente.

DespuÈs de discutir con violencia y de rechazar enÈrgicamente las

proposiciones conciliadoras, Lolita se encerrÛ en un silencio sombrÌo.

Al ver esta muestra de debilidad, las amigas apretaron el asedio,

enviando cada cual[49] un argumento m·s o menos poderoso; sobre todo

Luisa, era incansable en formar silogismos, que alternaba sin cesar con

s˙plicas ardientes.

Al fin Lolita volviÛ lentamente la cabeza hacia AsunciÛn. La pobre niÒa

seguÌa en la misma postura, abatida, ocultando siempre el rostro con las

manos. Al verla, debiÛ pasar un soplo de enternecimiento[50] por el

corazÛn de la irritada hermana; destacose del grupo, y viniendo hacia

ella, la echÛ los brazos al cuello diciendo:

--No llores, Chonchita, no llores.

Pero al pronunciar estas palabras lloraba tambiÈn. La cabecita rubia y

la morena estuvieron un instante confundidas. Rode·ronlas las amigas, y

ni una sola dejÛ de verter l·grimas.[51]

--°Vamos, niÒas, que nos est·n mirando!--dijo Luisa.--Enjugad las

l·grimas y vamos a pasear.

Y en efecto, llev·ndose el paÒuelo a los ojos, ella la primera, con

rostro sereno y risueÒo se mezclaron agrupadas entre la muchedumbre; y

las perdÌ muy pronto de vista.

* * * * *

NOTES FOR "LA CONFESION DE UN CRIMEN":

[27] =SalÛn del Prado=, "the Prado, properly speaking, is a very broad

avenue not very long, flanked by minor avenues, which extends to the

east of the city, at one side of the famous garden of the Buen Retiro,

and is shut in at the two extremities by two enormous stone fountains,

the one surmounted by a colossal Cybele, seated upon a shell, and drawn

by water-horses; the other by a Neptune of equal size; both of them

crowned with copious jets of water, which cross and gracefully fall

again with a cheerful murmur. This great avenue, hedged in on the sides

by thousands of chairs and hundreds of benches belonging to water and

orange-venders, is the most frequented part of the Prado, and is called

the salon of the Prado."

[28] =Sin que por eso perdiesen de vista un momento=, without, on this

account, losing sight of for a moment.

[29] =Me puse a=, I began to.

[30] =Como no tenÌa otra cosa que hacer=, as I had nothing else to do.

[31] =Me acerquÈ cuanto pude=, I approached as near as I could.

[32] =No tardÛ en romperlo la primera=, it was not long before the first

one broke it.

[33] =Alg˙n dÌa os habÌas de encontrar=, some day you were to meet.

[34] =Que debÌas decÌrselo todo=, that you ought to have told her

everything. Note the use of the past tense _debÌas_.

[35] =Debes decÌrselo=, lit., you ought to tell it to her.

[36] =DebiÛ ser=, must have been.

[37] =El obelisco del Dos de Mayo=, above an octagonal granite base of

four steps, rises a grand sarcophagus, square in form, covered with

inscriptions, coats of arms, and a bas-relief which represents the two

Spanish officers killed on the second of May, 1808, in the defense of

Artillery Park. On the sarcophagus rises a pedestal in doric style, upon

which are four statuettes that symbolize love of country, valor,

constancy, and virtue. In the midst of the statues rises a tall obelisk,

upon which is written in characters of gold, Dos de Mayo.

[38] =Se puso a=, began to.

[39] =OÌ exclamar a Luisa=, I heard Luisa exclaim.

[40] =DebÌa de ser=, must have been.

[41] =EchÛ una carrerita=, advanced a short distance.

[42] =DespuÈs de cambiadas=, after having exchanged.

[43] =EchÛ a correr=, started to run.

[44] =Que era la que pensaba seguir=, which was the one he intended to

follow.

[45] =A mÌ me de daba=, note the redundant personal pronoun.

[46] =De parte de Luisa, que sÌ=, by order of Luisa, yes.

[47] =RompiÛ a sollozar=, broke out sobbing.

[48] =Sin que por eso perdiesen=, without losing on this account.

[49] =Enviando cada cual=, each one sending.

[50] =DebiÛ pasar un soplo de enternecimiento=, a wave of tenderness

must have passed.

[51] =Ni una sola dejÛ de verter l·grimas=, not a single one failed to

shed tears.

EL SUE—O DE UN REO DE MUERTE

Una maÒana, al salir de casa, hiriÛ mis oÌdos el repique agudo y

estridente de una campanilla. LlevÈ la mano al sombrero y busquÈ con la

vista al sacerdote portador de la sagrada forma; pero no le vi. En su

lugar tropezaron mis ojos con un anciano, vestido de negro, que llevaba

colgada al cuello una medalla de plata; a su lado marchaba un hombre con

una campanilla en la mano y un cajoncito verde en el cual la mayorÌa de

los transe˙ntes iban depositando algunas monedas. De vez en cuando se

abrÌa con estrÈpito un balcÛn, y se veÌa[52] una mano blanca que

arrojaba a la calle algo envuelto en un papel; el hombre de la

campanilla se bajaba a cojerlo, arrancaba el papel, y eran tambiÈn

monedas que inmediatamente introducÌa en el cajoncito verde: cuando

levantaba la vista al balcÛn, estaba ya cerrado. Lo adivinÈ todo.

Un ligero temblor corriÛ por todo mi cuerpo, y a toda prisa procurÈ

alejarme de aquella escena. CorrÌ por la ciudad, haciendo in˙tiles

esfuerzos para no escuchar el taÒido de la fatal campanilla, y en todas

partes tropezaba con la misma escena. Notaba que los transe˙ntes se

miraban unos a otros con expresiÛn de susto, y se hacÌan preguntas en

tono bajo y misterioso. Algunos chicos, pregoneros de periÛdicos,

chillaban ya desaforadamente: ´La Salve que cantan los presos al reo que

est· en capillaª.

Desde que tengo uso de razÛn he sabido que existe la pena de muerte en

nuestro paÌs; y no obstante siempre la he mirado del mismo modo que los

autos de fe y el tormento; como una cosa que pertenece a la historia.

Esto se explica, atendiendo a que he residido siempre en una provincia

donde por fortuna hace ya bastantes aÒos que no se ha aplicado. ConocÌa

algunos detalles de la ejecuciÛn de los reos sÛlo por referencia de los

viejos, a los cuales no dejaba de mirar, cuando me lo contaban, con

cierta admiraciÛn, mezclada de terror.

Los Puritanos, y otros cuentos · 第 1 / 7 段