y grupos de salces y mimbreras, cuyo fino verdor gris armoniza con
la pálida esmeralda del prado. Pero acercaos, y os prende y cautiva
la gracia del molino rústico; delante la _represa_, festoneada de
espadañas, poas, lirios morados y amarilla cicuta; la _represa_ con
su agua dormida, su fondo de limo en que se crían anguilas gordas y
cuarreadoras ranas; luego, las cuatro paredes blancas de la casuca, su
rojo techo, su rueda negruzca que bate el agua con sordo resuello y
fragor... Y en la puerta, de pie, con las abiertas palmas apoyadas en
las macizas caderas, iluminado el moreno rostro por los garzos ojos y
los labios de guinda, empolvado á lo Luis XV el revuelto pelo rizoso,
divisáis á Mariniña, la molinera, que mira hacia la vereda del soto,
esperanzada de que no tardará en asomar por ella Chinto Moure...
Para ir al molino jamás faltan pretextos; siempre hay un ferrado de
millo, un saco de trigo que moler con destino á la hornada de la
semana. Los de la aldea ya lo saben: Chinto está dispuesto á desempeñar
la comisión, dando las gracias encima. Provisto de una aguijada con que
pica á su caballejo y de un luengo _adival_ para amarrarle los sacos al
lomo; descalzo en verano, calzado en invierno con gruesos borceguíes
de suela de palo, Chinto emprende su caminata desde la parroquia de
Sentrove hasta el molino de Carazás, por ver un rato á Mariniña y
gustar con ella sabroso parrafeo, entre el revolar de las finas nubes
del moyuelo y la música uniforme del rodicio que tritura el grano
incesantemente.
¿Por qué, si tenían sus pensares tan juntos y sus corazones tan
allegados como la blanca muela y el rubio maíz, no disponían casarse
la Mariniña y el Chinto?--Nadie lo ignoraba en la parroquia: Chinto no
había entrado aún en suerte; y su terror del cuartel y del uniforme
era tal, que si le tocaba un mal número, había resuelto largarse á
la América del Sur en el primer barco que del puerto de Marineda
saliese... Y aun por eso se burlaban y hacían chacota larga de
Mariniña los mozos de Carazás y los de las circunvecinas parroquias,
anunciándola que con un amante y esposo tan cobarde y apocado, mal
defendidos andarían el día de mañana la mujer y el molino, mal cobradas
las maquilas, mal reprimidos los intentos de retozo con la frescachona
y rozagante molinera.
El exterior de Chinto no puede negarse que prestaba fundamento á estas
suposiciones y augurios del porvenir. De estatura mediana, esbelto,
con una cabeza ensortijada semejante á la de los santos del retablo de
la iglezuela románica en que oyen misa los de Carazás, Chinto parecía
linda doncella disfrazada en hábito de varón; su voz era suave, su
acento humilde, sus modales tímidos y corteses. El trabajo del campo no
había sido bastante para curtir su piel, y al entreabrirse su camisa
de estopa descubría un blanco cutis, raso y terso, una dulce seda que
enloquecía á Mariniña... Porque conviene saber que la molinera, aquella
moza resuelta y enérgicamente laboriosa, «una loba», como decían las
comadres del _rueiro_, se enternecía, se bababa de gusto, se moría, en
fin, de amor por el mozo delicado y aniñado--hasta afeminado podría
decirse--que todas las noches andaba y desandaba la vereda del molino.
No es que á Mariniña le faltasen otras proporciones. Al contrario:
mujer más rondada y pretendida no existía en tres leguas á la redonda,
desde la orillamar y los puertecillos de pesca que bañan las plateadas
ondas de la ría, hasta los cerros de Britón, donde empiezan á erguirse
los rudos peñascos célticos entre sombríos pinares. No consistía tanto
en las turgentes formas y las floridas mejillas de la molinera, como en
el maldito señuelo de la molienda, en la complicidad del rodicio, en la
familiaridad de la maquila. En la aldea no hay _Casinos_ ni _Veloces_,
no se sabe qué sea un sarao ni un _raout_; pero no os fiéis: lo que
pasa en la corte entre paredes vestidas de seda, ocurre allí en el
atrio de la iglesia á la salida de la misa mayor, en la _desfolla_, en
el campo de la romería ó en las noches del molino...
Sobre todo, en las noches del molino; en verano, á la clara luz
de la luna; en invierno, á la dudosa claridad de la candileja de
petróleo, conciértanse las voluntades y se teje la guirnalda de
amapolas y manzanilla del rústico amor.--La prisa, la aglomeración
del trabajo, obligan á moler la noche entera, y esperando su saco se
juntan allí rapaces y rapazas, cruzando coplas de _enchoyada_, vivo
diálogo galante, de finezas y desdenes, de sátira y picardía, que á
veces acompaña la pandereta en argentino repique.--Y en la atmósfera
caldeada del _salón_ campesino, Mariniña reina y atrae las voluntades:
ya arisca, ya risueña; pronta á la chanza; instantánea en reprimir á
los obsequiadores desmandados y sueltos de manos en demasía; activa y
fuerte en el trabajo, animosa y de recios puños para erguir el saco
lleno ó ayudar á descargarlo y á vaciarlo... no hay mozo, de los que
al molino concurren, que no piense en la molinera, y no le profese
ojeriza y tirria á Chinto, murmurando de él con frases despreciativas
é irónicas: «¡Vaya un gusto raro, ir á antojarse de aquel papirrubio,
de aquella madamita, á quien le venían las sayas antes que el calzón!
¡Uno capaz de desfondarse de miedo á la idea de servir al rey! ¡Uno
que hasta no fumaba, ni gastaba navajilla, ni _echaba palabras_, ni
el día de la fiesta cataba el aguardiente! ¡Un _papulito_ que nunca
había arrimado un palo á nadie, ni sabía romper una cabeza á golpe de
_bisarma_!».
La rabia de los desairados pretendientes contra el afortunado Chinto
les inspiró una idea diabólica. Entraron en la conjura Santiago de
Andrea, Mingos el de Sentrove, _Calros_ Antelo, Raposín... la _trinca_
de calaverones de montera que solían recorrer las aldeas en son de
parranda y tuna, pegando _atruxos_ retadores y arrimándose á la
cancilla de las _raparigas_ casaderas, para disparar coplas picantes...
Sucedía esto allá por noviembre, cuando la senda que guía al molino se
empapaba en rocío glacial, y las caídas hojas de los castaños formaban
mullido tapiz, y los cendales de la niebla, envolviendo el paisaje en
velo espeso, dejaban entrever las siluetas descarnadas de los árboles,
parecidas á espectros de luengos brazos.--Sabedores los conjurados de
que Chinto pasaría en dirección al molino á eso de la media noche,
envolviéronse en blancas sábanas, encasquetáronse en la cabeza ollas
con un par de agujeros cada una, y dentro sendos cabos de vela de sebo;
retorcieron haces de paja, y se apostaron en la linde del castañal, á
la hora en que la luna se esconde y el mochuelo saluda á las tinieblas
con su queja lúgubre.
Tardaba Chinto en llegar; no se oía rumor alguno en el sendero, sino á
lo lejos el sollozo del molino, y el frío y la impaciencia producían
honda desazón en los conspiradores. Al principio habían reído y
bromeado, celebrando la ocurrencia, que era, como ellos decían, ¡_una
pava_ preciosa! Remedar una procesión de fantasmas, de almas del otro
mundo, la fúnebre _compaña_; encender el cabo de sebo y los haces de
paja, y desfilar así ante el medroso Chinto... ¡para reventar de risa!
Pero transcurría la vigilia; el rocío, lento y helado, impregnaba los
huesos; á lo lejos fanfarroneaba el cántico del gallo... y ni señales
de Chinto. Empezaban á deliberar si convendría retirarse, á tiempo que
allá de lo oscuro del bosque, salió un gemido, una queja sobrenatural.
Otra queja más doliente, si cabe, respondió á la primera, y los
cabellos de los conspiradores se erizaron al divisar dos blancos bultos
que surgían de entre los castaños y avanzaban lentamente con sepulcral
majestad... Los más, remangando el sabanón, echaron á correr; Mingos,
el de Sentrove, cayó accidentado; Carlos Antelo se postró de rodillas
y empezó á confesarse y pedir perdón de sus culpas; Santiago de Andrea
fué el único que quiso arremeter contra los aparecidos; y lo hiciera,
si una pedrada certerísima, dándole en mitad de la frente, no le tumba
en el suelo medio muerto de veras...
* * * * *
Sábese todo en las aldeas, y á vueltas de mil supersticiosas
invenciones y cuentos de _trasnos_ y brujas, se averiguó la verdad,
y se solazaron en el molino á expensas de los burlados burladores.
Porque era la avisada y traviesa Mariniña, y era Chinto, por ella
prevenido y aleccionado, quienes con el disfraz de fantasmas y con un
buen fragmento de cuarzo de la carretera habían dispersado la hueste
y santiguado al de Andrea, el más terco de los rondadores que á la
molinera asediaban.--La rabia, el despecho, la vergüenza, inspiraron
al mozo un ansia terrible de vengarse, y de vengarse donde todos lo
viesen, á la faz de la parroquia. Resolvió, pues, la primer noche que
en el molino estuviese reunida gente bastante para servir de testigos,
desafiar á Chinto y sentarle la mano á bofetadas y coces, hasta
desbaratarle.
Á tiempo que con tan sañudos propósitos entraba en el molino Santiago
(pocos días después de Reyes), hallábanse Mariniña y su mozo ocupados
en colocar un saco de harina, riendo tiernamente cuando sus dedos se
tropezaban ó sus rostros se aproximaban, en el calor de la tarea. Al
punto conoció la molinera que el desdeñado y apedreado galán venía
pendenciero, y con disimulada seña ordenó á Chinto que se apartase.
La angustia y el temor de que pudiesen llegar los desquites á poner
en riesgo la vida de Chinto, prestaron á Mariniña, en aquel instante,
una rapidez de concepción y una energía de acción mayor aún de la
acostumbrada. Encarándose con Santiago y riendo y provocándole, le
propuso _loitar_.
Esta costumbre de la lucha, que ya va desapareciendo, subsiste aún en
algunas comarcas galaicas, resto quizás de un estado social belicoso
en que la mujer combatía al lado del varón. Luchan todavía las mozas
entre sí, y hasta desafían al mozo, degenerando entonces la batalla
en deleitable juego. Pero desde el instante en que Santiago--cuya
sangre ardía en tumultuosa ebullición--se arrodilló frente á Mariniña
también arrodillada, comprendió por instinto que aquella lucha no sería
como otras; que iba de veras. Sólo con ver el movimiento de la moza
al arremangarse, el brillo de sus ojos orgullosos, la rigidez de su
talle, la dura barra de su entrecejo, se adivinaba la _loita_ seria, en
que se trata de derrengar al contrario, empleando todo el vigor de los
músculos y toda la resolución del alma.
Mientras Chinto, pálido y tembloroso, se acogía á un rincón, los
adversarios se asían de las manos, poniendo en tensión el antebrazo
y acercándose hasta mezclar el afanoso aliento. Mozos y mozas, en
corro, se empujaban por ver mejor, apostaban y discutían.--Santiago
desplegaba plenamente su fuerza, al notar que Mariniña, por momentos,
le dominaba el pulso. Rojo el semblante, sudoroso el cutis, pugnaba
el rapaz, en tanto que la amazona, firme y recia, sostenía su empuje
ganando terreno. Tenerla así, tan cerca, turbaba á Santiago, quitándole
el sentido; y ella, indiferente, atenta sólo á vencer, aprovechaba el
trastorno de su adversario, é insensiblemente se le imponía. Al fin
giró en el vacío la muñeca derecha del varón; doblóse el brazo; el
izquierdo también cedió al pujante impulso de la mujer... y Santiago,
dando el _pinche_, fué lanzado hocico contra tierra, sujetándole la
triunfante Mariniña, que sin piedad le hartaba de mojicones, le molía
á puñadas en la nuca y en los lomos, le refregaba el rostro en el
salvado y la harina que cubrían el piso, y no le permitía levantarse
hasta que se confesaba rendido, vencido, dispuesto á aceptar la paz
bajo cualquier condición que se le ofreciese.
Apenas se alzó Santiago magullado, enharinado y con careta, Mariniña lo
sacó á la represa del molino, donde mojando su delantal le lavó ella
misma la cara. Y mimosa y dulce, como es siempre la gallega por forzuda
y briosa que la haya criado Dios, dijo á su enemigo derrotado:
--Por la madre que te ha parido no me has de espantar á Chinto,
_pobriño_, que el infeliz no sirve para hacer _barbaridás_ como tú y
más yo, y es un santo, sin mala intención, que con su sangre se pueden
componer medicinas... Y si él es medroso yo soy valiente, diaño... Y
no he de casar más que con él, y si cae soldado se vende el molino y
se compra hombre... Si me tienes ley, Santiaguiño, con Chinto no te
metas... ¿Palabra?
Suspiró el mozo, y acaso no sería porque le doliesen los arañazos ni
los chichones; miró á Mariniña, toda roja aún de la lucha; la dió un
cachete familiar, de cariño y resignación, y respondió lacónicamente,
secándose con el pico del mandil que no se había humedecido en la
represa:
--Palabra.
AVENTURA
La señora de Anstalt, mujer de un banquero opulentísimo, nerviosa y
antojadiza, agonizaba de aburrimiento el domingo de Carnaval, después
del almuerzo, á las dos de la tarde. ¡Qué horas de tedio iba á pasar!
¿En qué las emplearía? No tenía nada que hacer, y la idea de mandar
que enganchasen para dar vueltas á la noria del eterno Recoletos,
contestando á las insipideces ó humoradas de los tres ó cuatro
muchachos de la crema que acostumbraban destrozar su landó tumbándose
sobre la capota; la perspectiva del bolsón de raso pintado, lleno
de caramelos y _fondants_; lo manido y trivial de la diversión, le
hacía bostezar anticipadamente. ¿Se decidiría por la casa de campo ó
la Moncloa? ¡Qué melancolía, qué humedad palúdica, qué frío sutil de
febrero, de ése que mete en los tuétanos el reuma! No; hasta abril la
naturaleza es avinagrada y dura. «¡Lástima no ser muy devota!--pensó
Clara Anstalt--porque me refugiaría en una iglesia...».
Mujer que se aburre en toda regla, y no es devota, y es neurótica á
ratos, está en peligro inminente de cometer la mayor extravagancia.
Clara, de súbito, se incorporó, tocó el timbre, y la doncella se
presentó; al oir la orden de su ama hizo un mohín de asombro; pero
obedeció en el acto, sin preguntas ni objeciones de ninguna especie;
salió y volvió al poco rato, trayendo en una cesta mucha ropa doblada.
--¿Está usted segura, Rita, de que es la librea nueva, la que no se ha
estrenado aún?
--¡Señora! Como que ni la ha visto Feliciano: la trajo el sastre ayer
anoche, la recogí yo de manos del portero, y pensaba entregársela
ahora...
--Que no sepa que ha venido. Deje usted esa cesta en mi tocador, y vaya
usted á comprarme una cabeza entera de cartón, la más fea y la más
cómoda que se encuentre... Una que no me impida respirar... ¿El señor
ha salido ya?
--Hace rato.
--Pues todo en silencio, chitito... ¿eh?
Regresó Rita prontamente, con sobrealiento; Clara se impacientaba,
corría de aquí para allí y reía en alto, como los niños cuando se
prometen una diversión loca, incalculable. Encerráronse en el tocador
ama y criada, y ésta recogió á aquélla el sedoso pelo, y la calzó las
botas de campana del lacayillo, después de vestirla el calzón de punto
y la levita corta y ceñirla el cinturón de cuero. Por último afianzó
en sus hombros la careta enorme. Desfigurada así, con la vestimenta
que se adaptaba exactamente á sus formas gráciles, esbeltas y sin
turgencia, parecía un señorito fino que por ocultarse mejor ha pedido
prestada la librea al mozo de cuadra.--Clara brincó de júbilo. La
asaltó la idea de si podrían maltratarla, y pensó llevar un arma; pero
recordando una frase favorita de su marido: «No hay bala que alcance
como un billete de mil», sacó de su _secretaire_ bastante dinero, y
lo echó en el fondo de un saco de brocatel, cubriendo la boca con una
capa de confites y escarchadas violetas. «Saldré por las habitaciones
del señor al jardín. Traiga usted la llave y mire si anda alguno que
me vea». Y ya en la verja, que caía á una calle solitaria, Clara, una
vez más, se volvió hacia Rita aplicando el dedo á los labios de cartón,
como si repitiese: «¡Silencio!».
Al verse en la calle, primero anduvo muy aprisa; después acortó el
paso, saboreando su regocijo. ¡Verse libre, sola, ignorada, perdida
entre la multitud, sin trabas ni convenciones sociales; dueña de ir á
donde quisiese, de entretenerse en un espectáculo nuevo y original, el
de la gente pobre, el populacho, en cuyo oleaje empezaba á sumergirse!
En efecto; encontrábase Clara á la entrada de la calle de Génova,
por donde descendían hacia el paseo de coches abigarrados grupos,
una corriente no interrumpida de gentuza, que arrastraba pilluelos y
mascarones desarrapados. Envueltas en la raída colcha y enarbolando la
destrozada escoba ó el pelado plumero; embutidos en la lustrina verde,
colorada ó negruzca de los diablos rabudos; ostentando la blusita
del bebé ó agitando á cada movimiento millones de tiras de papel de
colorines chillones que de arriba abajo los cubrían, los mascarones
pasaban alegres y bullangueros, charlando en falsete, requebrando á
las chulas de complicado moño, literalmente oculto bajo una densa capa
de _confetti_ multicolores, que volaban en derredor á cada movimiento
de la airosa cabeza. Algunas de aquellas mocitas de rompe y rasga, al
pasar cerca de Clara, tomándola, como era natural, por un lacayito
atildado y mono, la provocaban, la requebraban con pullas picantes.
Clara se reía: no recordaba haberse divertido tanto desde hacía
mucho tiempo. La animación del Carnaval callejero se le subía á la
cabeza, como se sube el mosto ordinario, pero fresco y vivo, de una
fiesta popular. Encontraba el día hermoso, la vida buena, y un aire
de primavera, al través de los agujeros de la máscara, acariciaba su
boca y sus ojos. «Si lo saben y me despellejan»--pensaba--, «peor para
ellos... Yo habré pasado una tarde encantadora. Ahora me acerco al
paseo y me entretengo en insultar á todos mis amiguitos y amiguitas...
¡Valientes infelices! Allí estarán aguantando jaquecas y comiendo
pato»... Cuando discurría así, una vocecilla aguda resonó á sus pies, y
unas manos débiles y tenaces se agarraron á sus botas.
--Oye, tú... dame una limosna, por amor de Dios, que tengo mucha
hambre.
Clara bajó la vista. Cien veces había oído el mismo sonsonete, y una
moneda de cobre bastaba para desembarazarla del mendiguillo. «Éste se
me pega como una garrapata»--pensó--«No tiene ganas de soltarme...».
Sacó del bolsillo del levitín una peseta, y la presentó al niño.
Esperaba una expresión de júbilo, frases truhanescas y desenfadadas,
de ésas que saben decir los pordioserines del arroyo... Con gran
asombro vió que el chico, al tomar la peseta, cogía aprisa la mano del
supuesto lacayo y la besaba humilde. Una especie de vergüenza y de pena
desconocida hasta entonces penetró en el alma de la opulenta señora de
Anstalt. ¡No había pensado nunca que con una peseta--cantidad para ella
sin valor apreciable, como para otros el céntimo--se podía hacer brotar
un chorro de agradecimiento tan ardoroso y tan espontáneo! Bajó los
ojos trabajosamente con el estorbo de la cabeza de cartón, y tomando al
chico en brazos, lo alzó en vilo.
--Pequeño, ¿de quién eres hijo? Á ver.
--De nadie--contestó el pilluelo.
--¿Cómo es eso? ¿De nadie? ¿No tienes padre?
--No sé... no le conozco.
--¿Y madre?
--Sá muerto hace ocho días de una enfermedá muy mala.
--¿Y tú?
--Á mí... querían llevarme al asilo, pero me escapé, y ando así por
la calle. De noche me meto en el rincón de una puerta... De día pido
limosna.
Clara reflexionó un momento. Después dejó en el suelo al chico, y le
acarició la cabeza con la mano.
--¿Te quieres venir á una casa donde te darán de comer y dormirás en
cama buena y caliente?
El chiquillo, al pronto, no respondió. Precoz instinto de independencia
absoluta se alzaba sin duda en su espíritu, y las ventajas materiales
del ofrecimiento no le tentaban; sin duda su endeble pescuezo advertía
ya la molestia del yugo, y sus manos descarnadas, vivo testimonio de
la miseria fisiológica de un organismo sometido á las privaciones,
se revelaban contra los grillos y las esposas que pretendían ponerle
en nombre del bienestar... Mientras dudaba y se sentía inclinado á
escaparse corriendo, á fin de que no lo llevasen á ningún lugar que
tuviese techo y paredes, la mano de Clara, despojada del rudo guante,
suave, femenil, halagaba el pelo enmarañado y golpeaba amorosa las
escuálidas mejillas del granuja... Y éste, magnetizado de pronto,
exclamó:
--Vamos, vamos á esa casa... ¡si estás tú en ella!
Á la efusión del chico respondió inmediatamente, como un chispazo
eléctrico al contacto de los alambres, el impulso ardoroso,
irresistible, maternal, de la señora, que volvió á coger en brazos al
pequeño, y no pudiendo besarle, le apretó contra su corazón.
--Sí, hijo mío... Estaré... ¡Verás cómo he de quererte!
* * * * *
Para que la resolución de Clara sea más meritoria, el mundo la
ha calumniado, suponiendo que la criatura que recogió y que tan
cariñosamente cuida y educa es un hijo hurtado, un contrabando
doméstico... ¿Qué le importa á Clara? Ya no bosteza de tedio ninguna
tarde del año.
EL OFICIO DE DIFUNTOS
Cree usted--me preguntó el catedrático de Medicina--en algún presagio?
¿Cabe en su alma la superstición?
Cuando me lo dijo, nos encontrábamos sentados tomando el fresco á la
puerta de la bodega. La frondosa parra que entolda una de las fachadas
del Pazo rojeaba ya, encendida por el otoño. Parte de sus festoneadas
hojas alfombraba el suelo, vistiendo de púrpura la tierra seca,
resquebrajada por el calor asfixiante del medio día. Los viñadores,
llamados «carretones», entraban y salían, soltando al pie del lagar su
carga de uvas, vaciando el hondo cestón del cual salía una cascada de
racimos color violeta, de gordos y apretados granos. ¡Famosa cosecha!
Yo veía ya el vino que de allí iba á salir, el mejor, el más estimado
del Borde... Y medio distraída, respondí:
--¿Presagios? No... Á no ser que... ¡Ah! Sí: un hecho le contaría...
--¿Algo que le haya «sucedido» á usted?
--¿Á mí?... No. Se me figura--no me pregunte usted la causa de esta
figuración--que á mí «no puede» sucederme nada. Y efectivamente, en
toda mi vida...
--Entonces permítame que no haga caso de los cuentos que traen personas
impresionables... ó embusteras.
--No es cuento--afirmé, olvidándome ya de la interesante faena de
la vendimia que presenciaba, y retrocediendo con el pensamiento á
tiempos juveniles.--Es un caso que presencié. Así que usted lo oiga,
comprenderá cómo no hubo farsa ni mentira. La explicación... no la
alcanzo. En estas materias, ni soy crédula y medrosa, ni escéptica á
puño cerrado. ¡Qué quiere usted! Vivimos envueltos en el misterio.
Misterio es el nacer, misterio el vivir, misterio el morir, y el
mundo, ¡un misterio muy grande! Caminamos entre sombras, y el guía que
llevamos... es un guía ciego: la fe. Porque la ciencia es admirable,
pero limitada. Y acaso nunca penetrará en lo hondo de las cosas.
Sacudió el catedrático su cabeza encanecida, sonrió, y apoyando
la barba en la cayada del bastón, se dispuso á escucharme--y á
pulverizarme después--, porque suponía que iba á referirle algún sueño.
Los artistas no somos de fiar: vivimos esclavizados por la imaginación
y cumpliendo sus antojos.
--¿Ha conocido usted á Ramoniña Novoa?--principié yo.
--¿Que si la he conocido? Me llamaron á consulta el año pasado, cuando
la operaron en Compostela, de un sarcoma en el pecho izquierdo. Por
señas que desaprobé la operación, que sirvió para adelantar la muerte
algunos días. Allí sólo cabía dejar marchar las cosas á su desenlace
inevitable.
--Pues sepa usted que Ramoniña, en sus mocedades, fué la chica más
alegre y bailadora de todo el Borde. Su padre, don Ramón Novoa de
Vindome, tenía el prurito de divertirla; la vestía muy maja; no la
negaba capricho alguno. Adoraba en ella, porque era vivo retrato de su
difunta mujer, á quien había profesado una especie de devoción y culto.
No se concebía función ni feria sin que Ramoniña Novoa se presentase
á lucir su mantón de flores--era la moda--, su traje de seda con
volantes, su mantilla de casco. Los señoritos del Borde la obsequiaban
mucho, y ella coqueteaba con unos y con otros, sin decidirse ni
acabar de escoger, según deseaba don Ramón, que, al estilo antiguo y
patriarcal, rabiaba por un nieto.