Atónito quedó Fausto. ¿Cómo? ¿Los dientes? ¿Todos, sin faltar uno?

¡Cuánto trastorna la vanidad femenil! Y soltó una carcajada de

humorístico desengaño...

Cuando, años después, le preguntó alguien por qué había roto tan

completamente con aquella Águeda, que aún permanecía soltera y llevaba

trazas de seguir así toda la vida, Fausto Arrayán--ya célebre,

glorioso, dueño del presente y del porvenir--respondió, después de

hacer memoria un instante:

--¿Águeda...? ¡Ah, sí! Ahora recuerdo... ¡Porque no es posible

que entusiasme una muchacha sabiendo que lleva todos los dientes

postizos...!

INSPIRACIÓN

El taller, á aquella hora--las once de la mañana--tenía aspecto alegre

y hasta cierta paz doméstica: limpio aún, barrido, no manchado por las

colillas y los fósforos, los fragmentos de lápiz de color y el barro

de las botas, con la alegre luz solar que entraba por el gran medio

punto, acariciaba los muebles y arrancaba reflejos á los herrajes del

bargueño, á los clavos de asterisco de los fraileros, y á los estofados

del manto de la gótica Nuestra Señora. La horrible careta nipona reía

de oreja á oreja, benévolamente, y _Kruger_, el enorme y lustroso

dogo de Ulm, echado sobre un rebujo de telas de casulla, deliciosas

por sus tonos nacarados que suavizaba el tiempo, dormitaba tranquilo,

reservando sus arrebatos de cariño, expresados con dentelladas y

rabotadas, para la tarde.

Luchaba desesperadamente Aurelio Rogel, instalado ante el caballete y

el lienzo limpio, con una de esas crisis de desaliento que asaltan

al artista en nuestra época sobresaturada de crítica y recargada con

el peso de tantos ideales y tantas teorías y tantas exigencias de los

sentidos gastados y del cerebro antojadizo. ¿Qué pondría en aquella

tela rasa y agranitada; á qué expresión responderían las manchas de los

colores que aguardaban en fila, al margen de la bruñida paleta, como

soldados dispuestos á entrar en combate? Sentíase cansado Aurelio de

_academias y estudios_; del eterno dibujar por dibujar, persiguiendo

de cerca á la línea y al contorno, sin saber para qué, con la falta

de finalidad del avaro que atesora, pero no hace circular la riqueza.

Aquella ciencia del dibujo, en que Aurelio se preciaba de haber vencido

y superado á todos sus compatriotas, tildados de malos dibujantes;

aquel dominio de la forma, en tal momento, le parecía estéril, vano, si

no podía servirle para encarnar una idea.--Y la idea, la veía surgir,

como vapor luminoso, flotando ante sus ojos soñadores, sin lograr que

se concretase y definiese; así es que, descorazonado, no se resolvía á

coger el lápiz.

¿Qué iba á hacer? Dentro de un cuarto de hora aparecería el modelo, el

eterno modelo; uno de los eternos modelos, mejor dicho.--Ó el tagarote

aguardentoso, velludo y bestial; ó la moza flamenca y zafia, que dejaba

en el taller olor á bravío y á jabón barato; ó el mozalbete achulado,

afeminado, el _pâle voyou_; serie de cuerpos plebeyos y viciosos,

cuya vista había llegado á irritar los nervios de Aurelio hasta el

punto de enfurecerle. ¿Dónde estaba la Belleza? «La crearé sin modelo

alguno--pensaba--; la sacaré de mi mente, de mis aspiraciones, de mi

corazón, de mi sensibilidad artística...». Pero á la vez que afirmaba

este programa, se daba cuenta de que no podía realizarlo: que le

sujetaban lazos técnicos, la costumbre idiota de mirar hacia un objeto,

la fidelidad escrupulosa, la impotencia para trasladar al lienzo lo que

los ojos no hubiesen visto y estudiado en la realidad.

Así es que, cuando sonó la campanilla anunciando la llegada del

modelo--segura á tales horas--el pintor sintió un estremecimiento de

repugnancia invencible. «Hoy le despido»; resolvió; y, de mal talante,

salió á abrir. Hizo un movimiento de sorpresa: la persona que llamaba

era desconocida, una joven; casi una niña; representaba quince años á

lo sumo. Á la interrogación de Aurelio, respondió la muchacha dando

señales de temor y cortedad:

--Vengo... porque me ha dicho tío Onofre, el _curda_... ¿no sabe usté?

pues que como está muy malísimo... y dijo que usté le aguardaba pa

retratarle... le traigo el recao que no vendrá.

--Bien, hija--contestó Aurelio satisfecho y como libre de una

carga.--¿Y qué tiene tío Onofre?

--Eso del trancazo--declaró la muchacha--. En la cama está hace tres

días, y paece que le han molío toós los huesos.

Y como á pesar de que en apariencia estaba cumplida la misión de la

chiquilla, ésta no se quitaba del marco de la puerta; el pintor,

compadecido, la apartó diciendo:

--Pasa, hija. Ven, te daré un poco de vino de Málaga...

Entró la niña tímidamente, pero sin remilgos ni dificultades, y ya

en el taller, miró alrededor con ojos asombrados, que expresaban el

respeto por lo que no se comprende, y un vago susto. De pronto sus

pupilas tropezaron con un desnudo de mujer: el de la mocetona flamenca

y zafia, representada en una contorsión de ménade, sobre el mismo

rebujo de telas antiguas en que _Kruger_ dormitaba ahora. Y Aurelio,

que examinaba á la chiquilla, ya fuera de la penumbra de la antesala,

con esa ojeada del artista que sin querer detalla y desmenuza, se echó

atrás y se fijó lleno de interés. La palidez clorótica de la niña, al

aspecto del «estudio de mujer», se había transformado en el color suave

de la rosa que las floristas llaman _carne doncella_, pasando poco á

poco, mediante una gradación bien caracterizada, á tonos cuya belleza

recordaba la de las nubes en las puestas de sol. Como si invisibles

ventosas atrajesen la poca sangre de las venas y las arterias á la

piel, subieron las ondas, primero rosadas y luego de carmín, á las

mejillas, á la frente, á las sienes, á toda la faz de la criatura; y en

el pasmo de su inocente mirar, y en la expresión de indecible sorpresa

de su boca, se reveló una belleza interior tan grande, que Aurelio

estuvo á punto de caer de rodillas.

Nada dijo la niña; nada el pintor tampoco. Sólo cuando la oleada de

vergüenza empezó á descender también gradualmente, preguntó Aurelio,

tímido á su vez:

--¿Eres tú hija de tío Onofre?

--No, señor... Soy su ahijá. No tengo padre ni madre.

--¿Con quién vives?

--¡Con tío Onofre!

--¿Le sirves de criada? ¿Trabajas?

--Trabajo lo que puedo--fué la respuesta humilde--. Hay mucha

necesiá... Si no fuera por los señoritos que retratan á tío Onofre, no

sé cómo saldríamos del apuro. Y ahora, con la enfermedá...

Envalentonada por la dulzura con que Aurelio la había hablado,

prosiguió la niña:

--Nos vamos á ver negros. En casa, señorito, no hay una peseta.

Como tío Onofre tiene ese mal costumbre de la bebía... Si no es la

bebía, hombre más bueno no se encuentra en tó Madrí. Pero el maldito

amílico... que le tiene corroías las entrañas... Y como tío Onofre

sabe que usté y el otro señorito pintor que vive en el Pasaje son tan

caritativos...; pues me dijo, dice: «Te vas allá, Selma, y que en igual

de retratarme á mí, te retraten á ti por unos días..., porque al fin

ellos lo que quieren es retratar á cualquiera sinfinidá de veces..., y

la guita que te la den por adelantao... y á ver si nos remediamos».

Contempló Aurelio al nuevo modelo que se le ofrecía, con la mirada

involuntariamente dura y cruel del chalán y del inteligente en el

mercado. Al través de la pobre falda de zaraza y del roto casaquillo,

adivinó las líneas. Eran seguramente adorables, delicadas y firmes á

la vez, con la pureza del capullo cerrado y la gracia de la juventud,

que lo convertirá pronto en flor gallarda, de incitadora frescura. La

proporción del cuerpo, la redondez del talle, la elegancia del busto,

la gracia de la cabeza, todo prometía un modelo delicioso, de los que

no se encuentran ni pagados. Aurelio se regocijó. ¡Quizás estaba allí

la inspiración de la obra maestra!--Pero cuando iba á pronunciar el

sacramental: «Desnúdate...» el recuerdo de la ola de sangre inundando

el rostro, ascendiendo hasta la frente y las sienes, borrando con su

matiz de carmín las facciones, le detuvo, apagando en su garganta el

sonido. Se sintió enrojecer, á su turno; le pareció haber cometido,

allá interiormente, alguna acción vergonzosa. Y acercándose á la niña,

fué esto lo que dijo:

--Te retrataré, pero con la condición de que no te retrate nadie

más que yo. ¿Entiendes? Pago doble... No vas á casa de ningún otro

señorito. Yo te daré dinero... Ahora, hija mía... para que te

retrate... te colocarás así... así... mirando á esa figura. ¿Quieres?

Y, mientras á las mejillas de la niña y á sus sienes virginales subía

otra vez, ante el impúdico y vigoroso _estudio_ de la Ménade, la ola de

vergüenza, Aurelio, con nerviosa vehemencia primero, con pulso seguro

después, manchaba el lienzo bocetando su cuadro «Pudor», que le valió

en la Exposición el primer triunfo, una segunda medalla.

OSCURAMENTE

La casuca, al borde del camino, separada de la cuneta por un jardín no

mayor que un pañuelo, era simpática, enyesada, con ventanas pintadas de

azul ultramar rabioso, y un saledizo de madera que decoraban pabellones

de rubias espigas de maíz. En el jardín no dejaban cosa á vida las

gallinas y el gallo, escarbando ellas con humilde solicitud y él con

arrogante desprecio; pero así y todo, los rosales _lunarios_ se cubrían

de finas rosas lánguidas, las hortensias erguían sus copos celestes, y

un cerezo enorme, amaneradamente puesto por casualidad á la izquierda

de la casa, daba fresca sombra. Aquella vista podía ser asunto de país

de abanico, y mejor si la animaba la presencia de la chiquilla alegre

y reidora en quien la vida amanecía con lozanos brotes y florescencias

primaverales.

Huérfana era Minga, pero no había notado la soledad ni el abandono,

gracias á su hermano Martín, que le prodigó mimos de madraza y

protección de padre. La niñez no siente nostalgias de lo pasado cuando

es dulce lo presente. Minga no recordaba el regazo maternal. Era

Martín--solían repetirlo los demás mozos de la aldea, y no siempre con

piadosa intención--como una mujer. Él sabía amañar el caldo y arrimar

el pote á la lumbre; él lavaba, torcía y tendía la ropa; él vendía en

la feria la manteca, la legumbre, los huevos; él vestía y desnudaba

á Minga mientras fué muy pequeña, y la tomaba en brazos y la sonaba

y la desenredaba la vedija de seda blonda, luminosa y vaporosa como

un nimbo de santidad... También la llevaba de la mano á la iglesia,

porque Martín era algo sacristancillo. Ayudaba al señor cura, y su vaga

aspiración, si no hubiese tenido que dedicarse á cuidar de su hermana,

sería cantar misa, adornar mucho los altares, ponerle á su virgen

flores, colgarle arracadas de perlas.

La condición de Martín, su índole afeminada y pulcra, se conocía en

lo limpio de la casuca enyesada y reluciente, en la ocurrencia de

rodearla de jardín, en el primoroso seto de cañas, en el vestir de

Minga, siempre aseada y hasta engalanada con pañolitos de seda los

días festivos, y en cierta cortesía humilde que Martín mostraba á

todos, á la gente de la aldea y al señorío, multiplicando las fórmulas

obsequiosas los «vayan con salud» y los «Dios les acompañe». No hubo

sombrerón de fieltro menos pegado á la cabeza que el de Martín, ni

_rapaz_ más enemigo de _parrandas_ y _tunas_, ni que así aborreciese

el cigarro y la _perrita_, ni que con tal premura se escabullese del

atrio ó de la robleda al presentir que iba á armarse «una de palos».

Rozándole ó empujándole pasaban las mozas jaraneras y comprometedoras,

que en todas partes las hay, y Martín no apartaba los ojos del

suelo. Únicamente sonreía á las muchachas cuando ellas cogían por

banda á Minga y la hartaban de rosquillonas, duras como guijarros,

ó de _zonchos_ fríos, ó de caramelos pringosos. La cuerda de aquel

cariño fraternal, casi paternal por la diferencia de edades, era lo

que vibraba en Martín con vibraciones hondas, con latidos de corazón

inmenso.

¡Qué rechifla se levantó en la aldea al saberse cómo Martín había

caído soldado! ¡Soldado aquella madamita, aquel miedoso, aquél que

sabía coser y planchar y lavar como las hembras! ¡Aquél que ni gastaba

navaja, ni bisarma, ni una triste vara aguijadora! No hubo quien

no se riese: los viejos con bocas desdentadas, las mozas con bocas

frescachonas de duros dientes. Sin embargo, prodújose la reacción. Los

pobres tienen prójimo: las comadres de la aldea, las que han enviado

hijos al servicio del Rey, son piadosas. Y al ver á Martín tan pasmado,

tan alicaído, tan encogido de alma, las buenas comadres probaron

á consolarle á su modo con palabras de resignación, de esperanza

quimérica, fantaseando intervenciones de santos y milagros sin pizca

de verosimilitud. Martín agachaba la cabeza, cruzaba las manos, miraba

á Minga y callaba... Él sabía que era forzoso ir, no sólo al cuartel,

sino á algo más terrible, que no se explicaba, que tenía para él mucho

de misterio y más de horror, de eso que se ve en las ansias de la

pesadilla... ¡La guerra...! ¡La guerra lejos, lejísimos... más allá de

los mares!

Pasábamos una tarde por delante de la casucha, y el señor cura, que

nos acompañaba, señaló hacia la cerrada puerta, el jardín comido

por las ortigas y zarzales, el balcón sin sus ristras de espigas,

todo solitario y muerto, con esa muerte de los objetos que indica la

ausencia del espíritu, de la actividad humana, vivificadora. ¡Ay! El

señor cura no se consolaba de la falta de Martín. ¿Dónde encontraría

otro así para ayudar á misa, encender y despabilar velas, doblar y

guardar las vestiduras, otro madamita igual, mañoso, dócil, bien

hablado, bien mandado?... ¡Y pensar que se lo habían llevado á pelear

con los negros! ¡Qué cosas! ¡Qué desdichas!

--¿Y la niña, la hermanita?--pregunté recordando una cabeza con aureola

de rizos alborotados de un rubio blanquecino, una risa infantil, unos

labios de cereza, unos ojos celestes.

--¡La niña!--repitió el cura--¡Ésa... ya ni se acuerda de tal hermano!

La recogió la tabernera, ¿no sabe? la mujer del _Xuncras_... y como

no tienen chiquillos, están con ella que no atinan dónde la pongan.

Hay criaturas así, que son las hijas de la suerte. Figúrese lo que le

esperaba á la chiquilla. Ó meterse á servir (¿y de qué sirve una criada

de once años?) ó ir al Hospicio, ó dedicarse á pedir limosna... Y por

cuánto la víspera de la marcha de Martín, al pobre rapaz le tienta

Dios á entrar en el tabernáculo del _Xuncras_ para echar unos vasos y

quitarse las melancolías; y le sacan vino, y caña, y bala rasa, ¡yo

qué sé! y á los pocos tragos--como él nunca lo cataba--se le sube á la

cabeza y rompe á llorar y á gritar y á decir que le daba el corazón que

no volvería y que Minga se moriría de necesidad... Y resulta que la

tabernera, un corazón de mantequilla de Soria, también suelta el trapo,

se le agarra al cuello, y le ofrece cargar con Minga... El marido

se oponía; pero la mujer le convenció de que allí se necesitaba una

rapaza para fregar los vasos y barrer... Y quien friega y barre es la

tabernera, y Minga está como la reina, mano sobre mano y bien regalada,

y riéndose y cantando... Es alegre como unas pascuas. ¡Buen cascabel se

prepara ahí! ¡Si da grima ver aquella cara tan satisfecha y al mismo

tiempo la ropa de luto!

Y al notar mi sorpresa el cura, prosiguió:

--¿No lo sabía? ¡Claro que sí! al instante... Si fuese un holgazán, un

vicioso, un quimerista, un bocarrota, aquí volvería sano y salvo...

Como era tan modosiño y doblaba tan bien las casullas, ¡duro en él!

Fué una de esas cosas de pronto, sin chiste... Una emboscada, una

trampa en que cayó el destacamento. Lo supe por carta que se recibió en

Marineda, de un sargento que escapó con vida. Diez ó doce murieron, y

entre ellos Martín. No lo trajeron los periódicos; ¡si fuesen á traer

las menudencias!... Á Martín le saltaron á la cara dos negrotes. Lo

particular es que aseguran que se defendió como una fiera. Estoy por

no creerlo. ¡Pobre madamita! Milagro si no se puso de rodillas á que

le perdonasen. El sargento parece de Sevilla. ¿Pues no dice que Martín

envió al otro barrio á uno de los mambises, que era un animal atroz? ¿Y

no cuenta que casi podía con el segundo, y si no fuese porque tropezó

y resbaló y el otro se le echó sobre el cuerpo y con todo el peso, lo

acaba? ¡Bah! ¡bah! El asunto es que á Martín...

Un gesto expresivo, una mano girando con rapidez alrededor de la

garganta, completaron la frase.

--Y aún ayer apliqué por él la misa--añadió el señor cura cuando ya

doblábamos el pinar.

EL AHOGADO

Atacado de hipocondría y roído de tedio; cansado del mundo, de los

hombres, de las mujeres y hasta de los caballos; agotados los nervios

y vacía el alma, Tristán decidió morir. ¡Bueno fuera quedarse, porque

sí, en un mundo tan patoso y de tan poca lacha; un mundo en que los

goces se resuelven en bostezos, y en desencantos las ilusiones! Acabar

de una vez; dormir un sueño que no tuviese el contrapeso del despertar

probable.--Y Tristán, resuelto ya á la acción, empezó á pensar en el

_modo_.

La verdad ha de decirse: el pícaro _modo_ era como un hueso que se le

atragantaba á Tristán. Entre el sincero deseo de dejar la vida y el

acto de quitársela, media un solo movimiento; ¡pero qué movimiento,

señores! Comparado con éste, parece fácil el de levantar en peso

una montaña... Las indecisiones de Hamleto, tortas y pan pintado en

comparación de las de muchos infelices hijos de este siglo, á un

tiempo codiciosos y temerosos del no ser. Ni pizca de cobarde tenía

Tristán; pero el valor no es cantidad fija: hay quien no teme á un

león y se pone pálido al ver una cucaracha. Nervioso, de imaginación

cruel, Tristán se horripilaba del instante fugacísimo en que la bala

del revólver destrozase la masa de su cerebro, ó la cuerda estrujase

brutalmente su garganta. Por extraña contradicción, convencido del

aniquilamiento final, hasta le preocupaba lo que sucedería _después_

á su cuerpo, y veía la escena póstuma, el grupo formado alrededor de

su cadáver, y oía las frases triviales, las inevitables reflexiones

lastimosas de amigos y sirvientes--todo ello ridículo, semigrotesco,

parodia de algo trágico y grande no realizado--. Su buen gusto se

sublevaba contra semejante final. «Morir, sí, pero morir sin dar

espectáculo; irse de la vida como quien se retira de un salón,

discretamente». Maduro el propósito, Tristán discurrió que el lugar más

oportuno de ponerlo por obra era un viejo castillo que poseía á orillas

del mar. Recogiéndose allí algún tiempo, la sociedad, si al pronto

extrañaría su falta, ya le habría olvidado cuando sucediese lo que

debía suceder... El caso era no dejar rastro alguno. «Como averigüen

Perico Gonzalvo y Manolo Lanzafuerte mi paradero, allí se descuelgan á

pretexto de cazar ó pescar...». Y rodeó su último y solitario viaje del

complicado misterio propio de otras escapatorias más gratas. «Creerán

que mi fuga tiene cómplice...», se dijo á sí propio, con irónica

tristeza, el futuro suicida.

Al verse en el castillo, antiguo solar de su familia, Tristán

comprendió que no cabía mejor fondo para el sombrío cuadro que

intentaba pintar. Las abruptas montañas, las denegridas piedras, los

paredones que la hiedra asaltaba, la costa erizada de escollos, la

playa siempre azotada por el recio oleaje, la torre donde anidaban

lechuzas y búhos, respiraban desolación y fúnebre melancolía.

Acrecentaba el horror del paisaje la estación, que era la del

equinoccio de otoño, con sus furiosas tempestades y los frecuentes

naufragios de las embarcaciones que, extraviadas por la niebla,

empujadas por el temporal, venían á encallar y á deshacerse en los

traidores bajíos de la _Corvera_, próximos á la playa que se extendía

á los pies de la residencia de Tristán. El incesante y ronco mugido

del oleaje; el horizonte cerrado en brumas ó surcado por lívidas

exhalaciones; la tierra empapada en agua; el arenal sembrado de

despojos, tablas y barricas, cuando no de cadáveres, armonizaban tan

bien con el estado de ánimo y los proyectos de Tristán, que decidió

buscar reposo en el fondo de las aguas, haciendo creer que le había

arrebatado una ola. Y para familiarizarse con la idea, bajaba á la

playa diariamente, sintiendo que se apoderaba de su alma el vértigo de

lo desmesurado y la atracción del hondo abismo. Su plan de suicidio

se concretaba aprisa, y se le agarraba al espíritu de tal manera, que

ya soñaba con él lo mismo que se sueña en la primer cita de una mujer

hermosa y adorada.

Una tarde de horrible tempestad, en que el huracán sacudía las veletas

del castillo y retorcía los árboles desmelenando locamente el ramaje,

creyó Tristán que era llegado el momento de ejecutar su determinación,

y descendió, ó mejor dicho, se despeñó al arenal, luchando á brazo

partido con el viento y alumbrado por el repentino fulgor de los

relámpagos. Uno que encendió el horizonte le mostró, sobre la cresta de

enorme ola, algo que podía ser ó profecía ó imagen fiel de su destino:

era el cuerpo de un hombre, un ahogado, que flotando venía á ser

despedido contra los escollos. «Me pondré un buen peso á la garganta

para no sobrenadar», calculó Tristán al divisar al muerto que se

acercaba; y dos minutos después, la ola gigantesca, rompiéndose en las

rocas á flor de tierra ya, depositaba sobre la arena al ahogado.

Tristán se precipitó hacia él por instinto, y alzando el cadáver,

lo arrastró hacia el fondo del arenal, reclinándolo en una peña. Á

la claridad macilenta del poniente, pudo observar que era un hombre

joven y robusto. «¡Cuánto habrá luchado éste--pensó--para evitar lo

que yo busco á todo trance!». Palpó el torso desnudo, magullado por

las piedras, y no creyó advertir en él la rigidez de la muerte. Hasta

le pareció percibir un resto de calor vital. Sintió una sacudida

eléctrica. «¡Vive! ¡Este hombre vive aún!». Temblando de emoción,

recordando los primeros socorros que deben prestarse á los ahogados,

colocó al hombre con la cabeza alta, le inclinó hacia el lado derecho,

y le sacudió reiteradamente hasta que hubo arrojado un chorro de agua

por la boca. Volvió á hincar la palma sobre la tetilla izquierda, y

creyó notar un débil latido del corazón, que le hizo exhalar un grito

de alegría. Con sobrehumano vigor, cargando á hombros el cuerpo inerte,

se lanzó por la cuesta que trepaba al castillo. El peso era grande: á

mitad de la cuesta notó Tristán que la respiración le faltaba; detúvose

un instante, y con doblados bríos siguió después, sin detenerse hasta

soltar al ahogado en la cocina del castillo, donde ardía un buen fuego

de leña. «Pronto--gritó Tristán á sus servidores--vengan mantas; á

calentar ladrillos y á llenar botellas de agua hirviendo; á traer un

colchón; ¿hay aguardiente?». Y mientras corrían para facilitarle lo que

reclamaba, Tristán, inclinado sobre el cuerpo, veía con inquietud la

azulada palidez del rostro, señal cierta de la asfixia, y creía que la

chispa de vida, la débil llama, iba á extinguirse. «Hay que intentar

el gran remedio». Y con más ilusión que nunca había probado al acercar

sus labios á los de ninguna mujer, pegó su boca á la boca yerta del

ahogado, acechando el primer soplo de aire, mientras sus manos fuertes

y elásticas oprimían rítmicamente el esternón y el vientre, provocando

por medio de enérgicas tracciones la respiración artificial. Palpitante

de esperanza y de caridad, se regocijaba cuando á la boca fría

asomaban buches de agua amarga, mezclados con impurezas. ¿Si era que

ya penetraba en los pulmones el aire bienhechor? De súbito, percibió

bajo sus labios un estremecimiento ligero: no cabía duda, ¡el hombre

respiraba! Afanoso, redobló la espiración, enviando aquella onda tibia

que era la existencia, la resurrección, la salvación del moribundo...

Y así que el rostro de éste se coloreó ligeramente, así que se

entreabrieron sus párpados, Tristán, rendido, sin darse cuenta de lo

que hacía, cayó de rodillas, cruzó las manos, y dos lágrimas pequeñas,

dulces, frescas, se descolgaron de sus lagrimales...

* * * * *

Á estas horas, Tristán no se ha suicidado, ni es de creer que piense en

suicidarse. ¿Consistirá en que apreció la vida cuando la dió envuelta

en su aliento? ¿Será que el tedio se disipa con la primer buena obra,

como el fantasma al canto del gallo?

EL MOLINO

En tranvía · 第 11 / 14 段