Creían los antiguos que cuando quiere castigarnos Dios, realiza

nuestros deseos insensatos. De improviso, Ramoniña, dejándose de

coqueteos y bromas, se enamoró hasta los tuétanos--¿y de quién? De un

pobrete estudiante, hijo de un cirujano romancista y sobrino del cura

de Cebre--un perdido gracioso, que hacía versos y tocaba la pandereta

con las rodillas y los codos. ¡Valiente boda para la mayorazga de Novoa

de Vindome, del solar de Fajardo! El padre, inquieto al principio,

furioso después, hizo la oposición á rajatabla, y no perdonó medio

de quitarle á Ramoniña de la cabeza semejante locura. La encerró en

casa; la llevó á Auriabella; rogó; avisó; amenazó; puso en juego á los

frailes, al confesor, á los parientes, á las amigas, al señor obispo...

En vano. La cosa estaba muy adelantada ya; la libertad del campo y la

falta de sospecha en los primeros tiempos habían estrechado el lazo

y arraigado la pasión en el alma de la señorita... y una noche se

escapó con el estudiantillo, dejando á su padre en la mayor aflicción y

vergüenza.

--Hemos concluido. Que se casen--decidió el señor de Novoa.--Le

entregaré la dote de su madre á mi hija... y que no vuelva yo jamás á

oir nombrarla, ni á verla delante de mis ojos.

Ya sabe usted lo que suele suceder. El panal de miel robada al

principio es dulce, pero acaba en hieles. El estudiante no varió de

condición al casarse; con la dote de la esposa creyó poder darse

vida cómoda y alegre, y no miró lo que gastaba, creyendo que, al

acabarse, el señor de Novoa remediaría. Mas éste fué inflexible, y

cerró la puerta y la bolsa. Los esposos se habían ido á vivir en

Auriabella, y Ramoniña, triste y preocupada por más de un motivo--se

decía que el marido tocaba la pandereta en sus carnes y la zurraba de

firme--escribió al padre carta sobre carta, sin obtener respuesta.

Había nacido un chiquitín--aquel heredero tan deseado--y cuando la

criatura tuvo tres años y Ramoniña tres mil desengaños, vino á verme,

para rogarme que la acompañase en la expedición que pensaba emprender

al Pazo de Vindome, con propósito de echarse á los pies de don Ramón,

presentarle la criatura y lograr el abrazo de reconciliación y paz. «Si

no veo á papá--decía--creo que me muero».

--No vaya usted--aconsejé á Ramoniña--. No la recibirá don Ramón. Mire

usted que le he hablado poco hace, y está firme en que no ha de cruzar

con usted palabra en este mundo. «Sólo en la hora de la muerte la

perdonaría...». Son sus palabras. Y la hora de la muerte anda lejos. El

señor de Novoa parece un mozo: está fuerte, come bien, sale á cazar, no

le duele nada: hasta parece que piensa en volver á casarse. Dicen que

se ha propuesto tener un hijo varón. Sesenta años mejor llevados, no

los hay en todo el Borde.

Ramoniña me miró con expresión de honda ansiedad, de infinita angustia,

é insistió en que deseaba «probar la suerte». Como la vi tan afligida,

tan consumida por las penas, no supe negarme, y dispusimos la marcha.

Salimos de Auriabella á la una de la tarde, en uno de los días más

largos del año: el 20 de junio. Íbamos á caballo, porque no existe

carretera entre Auriabella y el Pazo de Vindome. Nuestras cabalgaduras,

unos jacuchos del país, trotaban duro: delante, un criado llevaba al

arzón al niño; detrás, nosotras dos y un espolique; Ramoniña encaramada

en el albardón, no sin miedo, porque ya se encontraba algo adelantado

su segundo embarazo. El camino... ¿Usted bien conoce el camino de

Auriabella á Vindome? Hasta el alto de las Taboadas, regular, pero en

llegando á la iglesia de Martiñós, un puro derrumbadero. Se le va á

uno la cabeza si mira hacia el valle, allá en el fondo; y se marea si

contempla las revueltas de un sendero estrechísimo. Es hermoso, pero

imponente.

Por eso, sin duda, según llegábamos adonde se divisa ya el campanario

de Martiñós, gritó Ramoniña que quería bajarse y andar á pie el trecho

que faltaba hasta el Pazo. Accedí á su deseo, natural en su estado

y situación de ánimo, y dejando á las monturas adelantarse con el

espolique, nos quedamos algo rezagadas, andando despacio. El sol se

ponía, y allá en el valle empezaba á condensarse la niebla. Á aquel

paso llegaríamos á Vindome al anochecer. Ramoniña me preguntaba afanosa:

--¿Cree usted que mi padre no me dejará siquiera dormir en casa esta

noche?

Se me han fijado, como si los estuviese presenciando ahora, los

detalles de aquel suceso. Llegábamos junto á un pinar que se llama de

las Moiras, y como se había levantado brisa, me puse el abrigo que

llevaba al brazo. En esto se alzó la voz de Ramoniña, exclamando con

acento de profundo terror:

--¡Jesús! ¡Jesús! ¿Oye usted? ¿Oye usted? ¡Jesús, María!

--¿Qué he de oir?

--Ahí... Á la parte de Martiñós... En la iglesia...

--¿Pero qué?--repetí alarmada, tal era el espanto que la voz de mi

compañera revelaba.

--¡El oficio de difuntos! ¡Lo están cantando! ¡Lo están cantando!

Atendí á pesar mío. No se escuchaba sino el largo y quejoso murmurio

de la brisa de la tarde en las copas de los pinos, y el trote, ya

distante, de nuestras cabalgaduras. Así se lo dije á Ramoniña,

riéndome. Pero ella, abrazándose á mí, ocultando la cara en mi pecho,

temblando, deshecha en sollozos, repetía:

--¡Es el oficio de difuntos! ¡Si se oye perfectamente!... Son muchas

voces... ¡Lo cantan! ¡Lo cantan!... ¡Jesús!

Hice una pausa, y el catedrático me interrumpió:

--Bien, ¿y qué? Una alucinación del oído. En estado de embarazo, es lo

más frecuente...

--Sí--objeté yo--; pero sepa usted que, cuando llegamos al Pazo

de Vindome, nos encontramos con que don Ramón acababa de morir

súbitamente, de apoplejía; que su cuerpo estaba caliente aún; que ni

aquel día ni los anteriores se había cantado el oficio de difuntos en

la iglesia de Martiñós; y que Ramoniña lo oyó distintamente desde el

pinar de las Moiras;--¿ve usted? hacia allí...

JUAN TRIGO

El héroe de mi cuento nació... no es posible saber dónde; lo único que

dice Clío, musa de la historia, es que cierta tarde del mes de julio

apareció recostado sobre las amapolas, desnudito como un gusano, al

margen de un trigal, en el tiempo de la siega. Por poco más le dejan

en mitad del sendero, donde lo aplastasen al pasar los inmensos carros

cargados de rubia mies.

Vieron los segadores y segadoras á la criatura dormida en su santa

inocencia, y la recogieron con ternura, bromeando entre sí, poniendo al

nene el nombre de _Juan Trigo_ y asegurándole una suerte loca, como de

quien empieza su vida entre la misma abundancia.

Sin dilación pareció cumplirse el vaticinio. No había en la

aldea--¡rarísima casualidad!--ninguna mujer que estuviese criando;

pero la esposa del señor marqués, dueño del campo de trigo y de otros

muchísimos, y de la más hermosa quinta en seis leguas á la redonda,

acababa precisamente de dar á luz una niña muerta, y se temía por la

madre si no desahogaba la leche agolpada á su seno. El médico aconsejó

que la noble dama criase al niño abandonado, y éste encontró así,

desde el primer instante, sustento, regalo y amor. Le envolvieron en

finos pañales, le trataron á cuerpo de rey y creció hermoso y fuerte,

rebosando viveza y alegría. La marquesa le cobró tierno afecto, más

que de nodriza, de madre, y como no se creía que aquellos señores

pudiesen ya tener sucesión, todos presumían que _Juan Trigo_ iba á ser

el heredero de su caudal y nombre. Á deshora, corridos más de diez

años, la naturaleza sorprendió al marqués con otra niña y á la marquesa

con la muerte, causada por el difícil y trasnochado lance: y aunque

Juan, como muchacho, no comprendió del todo lo que perdía, lo sintió y

adivinó, y se le vió muchos meses extrañamente abatido y triste.

No obstante, su situación, al parecer, no había cambiado. Ó en memoria

de su esposa ó por verdadero cariño, el marqués seguía tratándole como

antes: hasta le demostraba preferencia, con tal extremo, que empezó á

divulgarse la conseja de que Juan era verdadero hijo del marqués, fruto

de secretos amoríos, y que le correspondería «hoy ó mañana» una buena

parte de herencia. Confirmó tal suposición el ver que Juan fué enviado

á un aristocrático y famoso colegio inglés, donde cursó estudios más

brillantes que útiles, y del cual volvió á los veintitrés años hecho

un cumplido _gentleman_. Acogióle la sociedad con halagos y sonrisas,

aunque á sus espaldas se comentase lo ambiguo de su posición; y como

era gallardo y simpático y tenía hasta el prestigio de la leyenda y

del misterio, las señoras le recibieron con sumo agrado, demostrando

claramente que la presencia de Juan no les infundía horror, ni cosa

que lo valga. En aquella ocasión, si Juan hubiese tenido afición á

las flores, sin gran esfuerzo reúne un lindo ramillete de rosas,

pensamientos y _no me olvides_, cuyo aroma seguiría aspirando con la

memoria en la edad madura; pero Juan estaba enamorado--enamorado,

callada y tenazmente--de la hija del marqués, Dolores, en quien

reconocía las facciones de la que le había servido de madre: niña de

sorprendente hermosura, que, según la frase del Libro Santo, había

robado el corazón de Juan con sólo el crujir de sus zapatitos--unos

zapatos de fino charol, prolongados y lustrosos sobre la transparente

media de seda.--Crujir que Juan reconocía entre los mil ruidos de la

creación, lo mismo que reconocía las cascaditas de su reir juvenil, el

roce de su falda corta, el perfume tenue de su flotante melena, y el

_¡rissch!_ de su abaniquillo al abrirlo la impaciente mano.

Creyó Juan que no se le conocía el loco deseo; pero las chiquillas

son en esto linces, y Dolores notó que la querían, y no sólo lo notó,

sino que mostró tal inclinación á Juan, que éste, vencido, confesó

de plano. La niña, más inexperta, más vehemente, más ignorante de

las terribles consecuencias de un mal paso, arregló entonces la

escapatoria, combinando y facilitando las cosas de tal manera, que,

dado el escándalo, el padre no tuviese más arbitrio que otorgar su

consentimiento.

Se urdió el complot sin que nadie sospechase palabra; mas la víspera

del día señalado, Juan, descolorido y trémulo, se echó á los pies

del marqués y le reveló la trama. Como todo el que quiere de veras,

prefería su propia desventura al daño ajeno; anteponía al egoísmo de su

pasión el honor y la felicidad de Dolores. Así pagaba el pobre expósito

su deuda á la casa donde le acogieron y ampararon; así reconocía, al

través de la tumba, los cuidados maternales recibidos de la señora á

quien no podía olvidar. Al consumar el sacrificio, su alma sangraba; y

cuando el marqués, alabando mucho su honrada sinceridad, le tomó, por

primera providencia, el billete para Londres, Juan, en vez de salir

hacia el tren, cayó en la cama, donde le postró una fiebre ardentísima.

Hizo el marqués que le cuidasen; puso entre tanto á Dolores en un

convento de monjas, graves y buenas guardianas; y ya en franca

convalecencia Juan, para mayor cautela--porque todas las precauciones

son pocas, y quien una vez tropieza expuesto está á caer--solicitó

para el mozo un puesto lejos, lejos... lo más lejos posible. Y se

lo concedieron en ultramar, y tan pingüe, que á ser Juan de otra

condición, á la vuelta de pocos años tendría hecha la suerte.

Hasta el codo se podía meter la mano en aquella bendita prebenda

administrativa, y es de creer que, al otorgársela, se contaba con

que la aprovechase; porque el padre de Dolores, que, á pesar de las

hablillas, no tenía con Juan más parentesco que el puramente moral

de haberle protegido, sentía cierto remordimiento al desampararle, y

encomendaba á la generosidad de nuestro presupuesto el porvenir del

mozo, sin darse cuenta de que éste, á falta de claro abolengo, poseía

enérgica honradez. Lo único que trajo Juan de ultramar, á la vuelta de

cuatro años, fueron unos mezquinos ahorros, que gastó en intentar la

curación de un padecimiento hepático; y como el marqués había fallecido

y estaba casada Dolores, se encontró Juan, al empezar á bajar la árida

cuesta de la edad madura, solo y pobre como cuando le recogieron en el

trigal.

Entonces--sin explicarse la razón--sintió un deseo inexplicable

de volver á ver el sitio y la quinta donde había pasado una niñez

relativamente tan dichosa. Llegó á aquellos lugares por la tarde, á

pie, apoyado en un bastón grueso; lo primero que hizo fué dar la vuelta

á la tapia de la quinta, evocando mil recuerdos que surgían en tropel

al aspecto de cada árbol y ante la figura de cada piedra. Su corazón

latió de pronto con ímpetu: en el vetusto mirador, enramado de rosales,

suspendido sobre el camino, acababa de ver á una señora y dos niños,

ella haciendo labor, los chicos observando con curiosidad al pasajero

encorvado y triste, de amarillento rostro. La señora, avisada por los

chicos, levantó la cabeza, y fijó en Juan la ojeada inerte que se

concede al desconocido. Juan huyó: los ojos de Dolores, mirándole de

aquel modo, le cortaban el alma. No paró hasta llegar á un campo de

trigo, á la sazón maduro, salpicado de amapolas, como cuentas de coral

sobre una trenza rubia. Los segadores, cantando alegremente, habían

iniciado su faena, y los haces se amontonaban ya en un ángulo de la

heredad; pero acercábase la puesta del sol, y pronto se retirarían á

sus casuchas. Juan se aproximó á una mujer y preguntó con ansia:

--¿Es en este campo donde hace muchos años recogieron á un niño?

--Allí, señor--respondió la mujer con esa complacencia solícita de

los aldeanos, soltando su hoz y levantándose para preceder á Juan y

enseñarle el camino. Como unos diez minutos habrían andado, cuando la

segadora se paró é hirió con el pie la orilla del sendero, pronunciando:

--Aquí mismo. Estaba en pelota, como lo parieron. Mire si lo sabré

bien, que yo era entonces moza y fuí la primera que cogió al rapaz en

brazos. Y mi hermano, que lo vió así, entre la abundancia, le puso

_Juan Trigo_. Nos daba mucha lástima, ¡ángel de Dios!... Las que

andábamos segando lo queríamos mantener con leche de vaca, y yo quería

llevarlo para donde mí; pero le cayó una suerte muy grande; la señora

marquesa lo recogió y lo criaba ella y lo tuvo en una hartura muy

grandísima. Ahora será un caballero.

Juan calló. La amargura se desbordaba en su alma. Pensaba que podría

haber sido el prohijado de aquella aldeana, vivir con ella, ayudarla á

segar la mies, no conocer otros afanes ni otros deseos. Dejándose caer

al suelo, en el mismo sitio donde le habían encontrado, pegó la faz á

la tierra, y sus lágrimas la empaparon lentamente.

EL CAMAFEO

Mientras corrió su primera juventud, Antón Carranza se creyó nacido y

predestinado para el arte. El arte le atraía como el acero al imán, y

le fascinaba como el espejuelo á la alondra. Donde sus ojos encontraban

una línea elegante, una forma bella, un tono de color intenso y

original, allí se quedaban cautivos, en éxtasis de admiración, mientras

luchaban en su alma noble pena de no haber sido el creador de aquella

hermosura, y una ilusión arrogante de llegar á producirla mayor, más

original y poderosa, por medio del estudio y el trabajo.

Años y desengaños necesitó para adquirir el triste convencimiento

de que carecía de inspiración, de genio artístico. Sus tentativas

fueron reiteradas, insistentes, infructuosas. Crispáronse en vano sus

dedos alrededor del pincel, de la gubia, del palillo, del buril, del

barro húmedo. Si no podía ser pintor ni escultor, á lo menos quería

descollar como adornista, como grabador, como tallista; por último,

desesperanzado ya, intentó resucitar los primores de orfebrería de

Benvenuto Cellini; y si bien por cuenta propia no hizo nada digno

de eterno loor, con la joyería su vocación artística desalentada

se convirtió en provechosa especulación industrial; se asoció á un

joyero de fama, montó el taller á gran altura y se dedicó á negociar,

escondiendo la incurable herida de su ardiente aspiración y de sus mil

fracasos.

El joyero que recibió de socio á Antón Carranza tenía una hija, cuyo

enlace con el artista fué base de la nueva razón social. Luisa, la

esposa de Carranza, no era bonita, ni aun agraciada: la desfiguraban

su tez amarillenta, sus facciones angulosas y una cojera muy visible.

Carranza, con todo, aceptó el trato sin repugnancia alguna; su futura

le inspiraba, á falta de sentimientos más vehementes, simpatía y

cariño. Como suele suceder á los hombres excesivamente poseídos de la

fiebre artística, desconocía Carranza otras pasiones; la mujer era para

él una necesidad momentánea, y el matrimonio una prudente garantía de

paz y de afecto. Casóse, pues, satisfecho y tranquilo, y se condujo

como marido bueno y leal.

Rico y en situación de satisfacer sus caprichos, Carranza rebuscó y

adquirió preciosidades; ya que no acertaba á modelar estatuas, las hizo

desenterrar en Nápoles y Grecia, y pudo colocar en su despacho-taller

un lindo _Fauno_, una curiosa _Belona_ policromada, encanto de los

arqueólogos, y varios fragmentos de mérito é interés.

Conocida su afición, presentáronle los vendedores medallas de relevado

cuño y piedras grabadas, y entre varios ejemplares que no rebasaban

del límite de lo usual y corriente, la lúcida ojeada del artista

malogrado descubrió un camafeo griego que desde luego reconoció y

diputó por pieza única tal vez en el mundo. Ni el famoso, contemporáneo

de Alejandro, que representa á Psiquis y el Amor; ni la Venus marina,

de Glicón; ni la célebre sardónica de la galería Farnesio, podían

eclipsar á aquel sencillo camafeo, que sólo ostentaba una cabeza de

mujer, ó mejor dicho de diosa. La ignorancia relativa del traficante

cedió la divinidad por un precio irrisorio, atendida la importancia

del camafeo, y Antón Carranza, dueño del inestimable tesoro, lo guardó

con transporte en una caja de malaquita y pedrería, de donde lo sacaba

mañana, tarde y noche, para contemplarlo á su sabor.

¡Qué sobriedad y pureza de líneas, qué misteriosa vida respiraba

aquella cabeza! Cuatro rasgos, unos planos que apenas se indican,

unas superpuestas capas de ágata que se matizan insensiblemente...

y una obra maestra, digna de conservar un nombre al través de los

siglos, una obra que fija y encarna la idea de una beldad sublime.

¿Por qué no había acertado jamás él, Antón Carranza, á concebir nada

que se asemejase á aquel camafeo prodigioso? Una obra así bastaría

para hacerle feliz toda la vida, colmando su anhelo y realizando su

destino...; ¡y nunca, nunca de sus dedos torpes y su estéril fantasía

había de brotar algo que se pareciese al camafeo!

Su entusiasmo por la piedra adquirió carácter extraño y enfermizo. Con

fijeza más propia de la perturbación mental que de la cordura, pasábase

Carranza horas enteras mirando el portento y tratando de explicarse

qué secreta fuerza, qué rayo luminoso llevaba en sí el desconocido que

hacía tantos siglos produjo aquel milagro. Quizás ni él mismo sospechó

el valor de la huella genial que imprimió en la dura ágata su diestra

paciente y firme. Quizás alguna joven de Mitilene ó de Samos lució en

el anular ó colgó á su garganta el camafeo, sin conocer que poseía una

riqueza ideal. Ni los que lo habían desenterrado y vendido ahora, en

el siglo presente, comprendieron lo que tenían entre manos. El primer

verdadero poseedor de la joya era Antón Carranza... Y en arrebato

nervioso de desordenada pasión, Carranza pegaba los labios al camafeo,

lo estrechaba contra su pecho, queriendo incrustarlo en él, adherirlo á

su carne...

Notó por fin Luisa, y notaron todos los de la casa, dependientes y

amigos, clientes y corresponsales, alarmantes síntomas en Antonio; y

los que le veían de cerca se asustaron de su afición á la soledad, su

hábito ya adquirido de encerrarse á deshora, su silencio en la mesa, y

le tuvieron por maniático, opinando que los intereses comerciales de

la sociedad peligraban en su poder. Era para Luisa doblemente triste

que se hubiese anublado la razón de su esposo, ahora que, cumplidos sus

más dulces deseos, se sentía encinta y soñaba en el momento inefable de

estrechar á la criatura que esperaba... Consultado el médico acerca del

estado de Carranza, y habiéndole observado despacio, con persistencia

y disimulo, su fallo fué terrible: tratábase de un caso de monomanía

tenaz, acompañada de graves desórdenes en las funciones del hígado y

del corazón; y para salvar la razón y acaso la vida del enfermo, era

preciso encerrarle sin tardanza en una casa de salud, sujetándole á un

método riguroso.

No hubo más remedio que acceder, y Carranza, una mañanita, fué

conducido al triste asilo donde, separado de los que le amaban, iba á

verse abandonado del mundo... Con peregrina indiferencia se dejó llevar

el maniático; tenía consigo el camafeo, y nada más necesitaba para ser

dichoso en la región de sus delirios. Luisa iba á verle con frecuencia;

pero se interrumpieron sus visitas cuando llegó el esperado trance;

el nacimiento de una niña puso su existencia en peligro, dejándola

semiparalítica y sujeta á ataques dolorosos, y transcurrió largo tiempo

sin que pudiese ver al pobre recluso. Decía el médico que Carranza

mejoraba y pronto saldría de su encierro; pero corrían meses y años y

no llegaba el momento feliz.

Luisa, que amaba á su marido tiernamente, no tenía otro consuelo sino

ver crecer á su hija, y envanecerse de su sorprendente hermosura. La

niña, en efecto, era una perla. No se parecía á su madre ni á su

padre: ni el más mínimo rasgo de sus facciones recordaba á los que la

habían dado el ser. Las líneas de su rostro, puras y correctísimas,

desesperarían á un escultor por su incopiable elegancia y delicadeza;

y los rizos que se agrupaban sobre su frente y caían sobre su cuello

torneado, tenían una colocación graciosa y noble, como sólo la obtiene

el arte.

Un día, Luisa, sintiéndose algo aliviada, se metió en un coche con su

hija y se apeó á la puerta del asilo. Al penetrar en la habitación

que ocupaba su esposo, al mirarle, exhaló un grito de terror y pena:

pálido, demacrado, con la mirada fija, Carranza contemplaba un objeto,

y de esta contemplación nada podía distraerle: era el camafeo... y

siempre el camafeo. Luisa comprendió con espanto que el enfermo no

la reconocía, y herida en el alma, guiada por su instinto de madre,

presentó, elevó á la niña en alto. Carranza dejó caer sobre ella una

mirada indiferente... De súbito, sus ojos se animaron, brillaron,

recobraron la luz de la inteligencia y del amor; sus brazos se

abrieron, sus dedos soltaron el camafeo mágico y fatal, sus lágrimas

brotaron, y, como el que se despierta, corrió hacia su mujer y su

hija... Acababa de advertir que la faz de la niña era la misma faz de

la diosa grabada en la piedra dura... ¡y comprendía que, sin saberlo,

había prestado ser y realidad, carne y hueso, á la belleza soberana!

VOZ DE LA SANGRE

Si hubo matrimonios felices, pocos tanto como el de Sabino y Leonarda.

Conformes en gustos, edad y hacienda; de alegre humor y rebosando

salud, lo único que les faltaba--al decir de la gente, que anda siempre

ocupadísima en perfeccionar la dicha ajena, mientras labra la desdicha

propia--era un hijo. Es de advertir que los cónyuges no echaban de

menos la sucesión, pensando con buen juicio que, cuando Dios no se la

otorgaba, Él sabría por qué. Ni una sola vez había tenido Leonarda que

enjugar esas lágrimas furtivas de rabia y humillación que arrancan á

las esposas ciertos reproches de los esposos.

Un día alteró la tranquilidad de Leonarda y Sabino la llegada

intempestiva de la única hermana de Leonarda, que vivía en ciudad

distante, al cuidado de una tía ya muy anciana, señora de severos

principios religiosos. Venía la joven pálida, desfigurada, llorosa y

triste, y apenas descansó del viaje, se encerró con sus hermanos, y la

entrevista duró una hora larga.

En tranvía · 第 13 / 14 段