Para ser franco: mi ánimo no era prestar, ni á ése ni á nadie. Me cogió
desprevenido: no pude negarme; á él le constaba que tenía yo fondos:
vi un padre de familia en aprieto, en compromiso, en vergüenza... me
prometió amortizar cada mes... ¡En fin, que no tengo el corazón de
bronce!
--¿Conque prestamitos á padres de familia pobres, pero bribones? ¿Y
qué tal? ¿Amortiza? ¿Amortiza?
--Por ahora... no.
--¿Cuántos meses han pasado?
--Seis... es decir, hoy se cumplen siete...
--Y usted, después de haber hecho esa obra benéfica y desinteresada,
¿por qué se esconde? Eso sí que quisiera saberlo.
--Le diré... Son tonterías de mi carácter... ¡Rarezas...! Es que, hace
algún tiempo, me encontré en la calle á mi deudor, y le pedí... vamos
con muy buenos modos... que empezase á amortizar... lo que pudiese...
nada más que lo que pudiese... Y me contestó de una manera..., en fin,
que me negó lo prometido, y casi, casi, me negó la deuda misma...
Y desde entonces no salgo á la calle... porque si me lo encuentro,
me dará vergüenza, y tendré que hacer como si no le viese! Sí,
vergüenza... Porque es fea su acción, ¿verdad?
SUSTITUCIÓN
No hay nadie que no se haya visto en el caso de tener que dar, con suma
precaución y en la forma que menos duela, una mala noticia. Á mí me
encomendaron por primera vez esta desagradable tarea, cuando falleció
repentinamente la viuda de Lasmarcas, única hermana de don Ambrosio
Corchado.
Yo no conocía á don Ambrosio; en cambio era uno de los tres ó cuatro
amigos fieles del difunto Lasmarcas, y que visitaban con asiduidad á
su viuda, recibiendo siempre acogida franca y cariñosa. Las noches
de invierno nos servía de asilo la salita de la señora, donde ardía
un brasero bien pasado, y las dobles cortinas y las recias maderas
no dejaban penetrar ni corrientes de aire ni el ruido de la lluvia.
Instalado cada cual en el asiento y en el rincón que prefería,
charlábamos animadamente hasta la hora de un té modesto y fino, con
galletas y bollos hechos en casa, tal vez por razones de economía.
Nos sabía á gloria el té casero, y concluíamos la velada satisfechos y
en paz, porque la viuda de Lasmarcas era una mujer de excelente trato,
ni encogida, ni entrometida, ni maliciosa en extremo, ni neciamente
cándida, y en cuanto amiga, segura y leal como ¡ojalá! fuesen todos
los hombres. Al saber que había aparecido muerta en su cama, fulminada
por un derrame seroso, sentimos el frío penetrante del _más allá_, el
estremecimiento que causa una ráfaga de aire glacial que nos azota el
rostro al entrar en un panteón. ¡Así nos vamos, así se desvanece en
un soplo nuestra vida, al parecer tan activa y tan llena de planes,
de esperanzas y de tenaces intereses! Precisamente la noche anterior
habíamos ido de tertulia á casa de la señora de Lasmarcas; aún nos
parecía verla ofreciéndonos un trozo de bizcochada, que alababa
asegurando ser receta dada por las monjas de la Anunciación...
Advertidos de la desgracia los amigos íntimos, se decidió que yo me
encargaría de avisar al hermano de la difunta. Don Ambrosio Corchado
no vivía en la misma ciudad que su hermana, sino á dos leguas, en
una posesión de donde no salía jamás, y donde la viuda residía en la
temporada de verano. Rico y poco sociable, don Ambrosio realizaba el
tipo del solterón: no quería molestar al mundo, y menos toleraba que
el mundo le molestase á él. Á su manera, lo pasaba perfectamente,
introduciendo mejoras en su finca, dirigiendo la labranza y cebando
gallinas y cerdos. Es cuanto sabíamos de don Ambrosio. Para cumplir
sin tardanza mi cometido, encargué un coche, y á los tres cuartos de
hora lo tenía ante la puerta, con repique de cascabeles y traqueteo de
ruedas chirriantes.
Entré en el desvencijado vehículo y tomamos la dirección de la
finca. Era preciosa la mañana, vibrante, alegre, llena de sol y luz,
preludiando la primavera, que se acercaba ya. Reclinado en el fondo del
birlocho, viendo desaparecer por la ventanilla el pintoresco paisaje,
me entró, á pesar del buen tiempo y del aire puro y vivo, una dolorosa
melancolía, una especie de aprensión y de timidez violenta.
El corazón se me encogió, pensando en lo que debía participar á don
Ambrosio, y en cómo empezaría á hacerle paladear el trago, para que
sintiese menos su amargor. Me representaba con eficacia lo dramático
del momento. Don Ambrosio no tenía otra hermana, ni más familia en el
mundo. La señora de Lasmarcas no dejaba hijos que pudiese recoger su
hermano y que alegrasen su solitaria vejez. ¡Una hermana! El ser á
quien acompañamos desde la cuna; con quien hemos jugado de niños; ser
que lleva nuestra sangre; que ha compartido nuestros primeros inocentes
goces, nuestros primeros berrinches; que ha sido nuestro confidente,
nuestro encubridor, que vió nuestras travesuras y se emocionó con
nuestros amoríos infantiles; la mamá pequeña, la amiga natural, la
cómplice desinteresada, la defensora. El que no conoce otro afecto;
el que de todos los suyos conserva una hermana, ¡qué sentirá al saber
que la ha perdido! Sin duda alguna, lo que el árbol cuando le hincan el
hacha en mitad del tronco, cuando lo hienden y parten. Además, ¡era tan
súbita la muerte! Tal vez don Ambrosio se había forjado mil veces la
ilusión de que su hermana, más joven que él, le cerraría los ojos...
Estos pensamientos, exaltando mi imaginación, me causaron tan
indefinible angustia, que al pararse el coche ante el portón de la
finca llevaba yo los ojos humedecidos de lágrimas. Dominé mi debilidad,
salté á tierra, y al preguntar por don Ambrosio á un hombre que
igualaba la arena del patio, soltó él de muy buena gana el escardillo
y me guió, pasando por hermosos jardines adornados con fuentes y por
un huerto de frutales, á una pradería, donde varios gañanes trabajaban
en segar hierba y amontonarla en carros, bajo la inspección de un
vejete de antiparras azules y sombrero de paja.--Era don Ambrosio en
persona.--Me saludó con sorpresa y, al decirle que venía por un asunto
de cierta importancia, mostró bastante amabilidad. Explicóme que el
pradito aquel rendía todos los años más de treinta carros de hierba
seca, que se vendía como pan bendito; y cediendo á la propensión de
hablar sólo de lo que se roza con preocupaciones del orden práctico,
añadió que temía que viniese á llover, y activaba la faena á fin de
recoger la hierba en buenas condiciones. Después me señaló á una
esquina del prado, que cruzaba un límpido riachuelo, y me preguntó
si creía la fuerza del agua suficiente para hacer mover un molino
harinero que pensaba instalar allí. Su cara arrugadilla y su cascada
voz adquirían gravedad al enunciar estos propósitos. Yo, entretanto,
buscaba sitio por donde herirle; pero dos ó tres insinuaciones acerca
de la mala salud de la viuda, no arrancaron más que un distraído «vaya,
vaya». Entonces resolví apretar, y entré en materia: venía precisamente
porque la señora, algo enferma desde ayer... «Sí, molestias del
invierno, catarrillos», respondió maquinalmente. Me sublevó la salida,
y solté las dos palabras «enfermedad grave»... Al través de los azules
vidrios noté que parpadeaba el viejo.--«¿Grave? Y el médico, ¿qué
dice?».
--No hubo tiempo de consultarle...--exclamé--Ya ve usted, las cosas
repentinas...
--Pues que se consulte, que se consulte--repitió volviéndose para
ver pasar un carro cargado á colmo--. ¡Eh--gritó dirigiéndose á los
gañanes--, brutos, que se os cae la mitad de la hierba! ¡Sujetar bien
la carga, por Cristo!
--¿No le digo á usted--interrumpí alzando también la voz--que no dió
lugar á consultar nada? Fué de pronto... la...
Se me atragantaba la palabra terrible, pero al fin la solté:
--¡La... la muerte!
Don Ambrosio hizo un movimiento hacia atrás. Sus vidrios azules
centellearon al sol. Titubeando, murmuró:
--De manera... que... que...
--Que ha fallecido su hermana de usted, sí, señor; esta mañana se la
encontraron cadáver... en la cama... Un derrame seroso.
El viejo guardó silencio, columpiando la cabeza. Después de una pausa,
tosiqueó y dijo tranquilamente:
--¡Válgate Dios! Le llegó su hora á la pobre... Bueno, si hay cualquier
dificultad para el entierro, que... que cuenten conmigo... Por poco
más... ¿sabe usted? que se haga todo con decencia... En cien duros
arriba ó abajo no deben ustedes reparar.
--¿No vendrá usted al funeral?--pregunté devorando al viejo con los
ojos.
--Verá usted... Con el prado á medio segar y este tiempo tan á
propósito... imposible. ¡Bueno andaría esto si faltase yo! Mañana
justamente viene el maestro de obras para tratar lo del molino... Hay
que rumiar el contrato, porque si no esas gentes le pelan á uno. ¿Y
usted qué opina? ¿Tendrá fuerza el agua? Ahora en primavera, no hay
cuidado; ¿pero en otoño?
Salí de allí en tal estado de exasperación, que batí la portezuela del
coche al cerrarla, contribuyendo á desbaratar el fementido birlocho.
Otra vez me dominaba una tristeza invencible; me sentía ridículo, y
la miseria de nuestra condición me abrumaba al pensar en aquel vejete
insensible como una roca, que sólo se ocupaba en el prado y el molino
y se olvidaba de la proximidad de la muerte. ¡Valiente necedad mis
precauciones y mis recelos para darle la noticia! De pronto se me
ocurrió una idea singular. Mi acceso de sensibilidad compensaba la
indiferencia de don Ambrosio.--El verdadero _hermano_ de la pobre
muerta era yo, yo que había sentido el dolor fraternal, yo que me había
sustituido, con la voluntad y el sentimiento, al hermano según la
carne. En el mundo moral como en el físico nada se pierde, y todos los
que tienen derecho á una suma de cariño, la cobran, si no del que se la
debe, de otro generoso pagador. Consolado al discurrir así, saqué la
cabeza por la ventanilla y dije al cochero (de veras que se lo dije):
«Más aprisa, que necesito disponer el funeral de mi hermana».
LA COMPAÑA
Invierno. Después de un día corto, lluvioso y triste, la noche es
clara, de luna; la helada prende en sus cristales, resbaladizos y
brillantes como espejos, el agua de las charcas y ciénagas, y en
la ladera más abrupta de la montaña se oye el _oubear_ del lobo
hambriento. Dentro de la casuca del _rueiro_ humilde, la llama de la
ramalla de pino derrama la dulce tibieza de sus efluvios resinosos, y
el glu-glu del pote conforta el estómago engañando la necesidad, pues
el pobre caldo de berzas sólo mantiene porque abriga.
Desviada de la aldea por el soto de altos castaños, próxima á
la iglesia y al cementerio, la ruin casuca de la vieja señora
Claudia--alias _Cometerra_, porque en sus juventudes mascaba á puñados
la arcilla del monte Couto--también siente el bienestar del cariñoso
fuego. Todo el día, calándose hasta las medulas, ha trabajado su nieto
Caridad, y el brazado de ramalla y la leña todavía húmeda y la hierba
que rumia la becerrita roja, él se las ha agenciado... No preguntéis
dónde. Quien no tiene bosque ni pradería suya, ha de merodear por
tierras de otro. ¿Qué señor le arrienda un lugar á un mocoso de quince,
hijo de un presidiario muerto en Ceuta? El colono ha de ser libre de
quintas, casado y de buena casta. ¡Valiente adquisición la de aquella
bruja que pedía por las puertas una espiga de maíz ó una corteza
mohosa, y la de aquel galopín que no dejaba en los términos de la
parroquia cosa á vida! También hay clases en la aldea... Y los hijos
de dos ó tres labradores de los más acomodados, de pan y puerco, se la
tenían jurada á Caridad. Porque puede pasar el esquilmo de la rama y
del tojo, y hasta el apañar hierba en linderos que tienen dueño; pero
arrancar la patata ya en sazón ó desvalijar un painel del hórreo... eso
son palabras mayores, y como le pillasen... ¡guarda el escarmiento!
Caridad, entretanto, traía á casa bien repleto su _paje_ de mimbres.
Aquel día formaban el botín golpe de castañas maduras, bellotas, y
¡presa extraordinaria!, tres ó cuatro hermosos huevos frescales...
Cuando tenía suerte en su caza de víveres, ¡la abuela le pagaba tan
bien! Inagotable repertorio de consejas, tradiciones y patrañas,
_Cometerra_, acurrucada en el rincón del lar, mientras con mano
temblona pelaba las patatas ó desgranaba las espigas rubias, hablaba,
narraba, ensartaba sus cuentos de mil mentiras... Y Caridad no conocía
otro goce. Las historias de la abuela eran á la vez su única escuela y
su único teatro, el pasto de su imaginación virgen, fresca, insaciable,
de chiquillo que no sabe leer, y que presiente la novela y la poesía,
identificándolas, en su ignorancia, con la vida y la realidad.
Tal vez, en aquel precoz enfermizo desarrollo de la fantasía influyese
el mismo aislamiento á que le condenaban sus menudos latrocinios y la
azarosa suerte y las fechorías del padre. Es lo cierto que Caridad
creía á puño cerrado... ¿qué es creer?, _veía_. El mundo triste y
agorero de la vieja mitología galaica le rodeaba á todas horas. El
miedo á lo desconocido encogía su alma y derramaba hielo de mortal
pavor en sus venas, atrayéndole, sin embargo, con misterioso atractivo,
llamándole. Temía y deseaba la aparición sobrenatural, y mientras sus
manos, mecánicamente, cogían lo ajeno, su espíritu inculto sentía el
escalofrío del mundo invisible que nos rodea, y cuyo hálito quejoso se
percibe en los murmullos del bosque y en el fluyente llanto del agua...
Esta noche de invierno, cercana ya la vigilia de los difuntos,
_Cometerra_ explica á su nieto lo que es la _Compaña_ ó _Hueste_. Es
una legión de muertos que, dejando sus sepulturas, llevando cada cual
en la descarnada mano un cirio, cruzan la montaña, allá á lo lejos,
visibles sólo por la vaga blancura de los sudarios y por el pálido
reflejo del cirio desfalleciente. ¡Ay del que ve la _Compaña_! ¡Ay del
que pisa la tierra en que se proyecta su sombra! Si no se muere en el
acto, la vida se le secará para siempre á modo de hierba que cortó la
_fouce_. Quebrantado, sin fuerzas, tocado de extraño mal, contra el
cual no existen remedios, irá encaminándose poco á poco á la cueva,
porque la _Hueste_ recluta así á los que encuentra en el camino, los
alista en sus filas, refuerza su ejército de espectros... ¡Infeliz del
que ve la _Compaña_!
En su pobre y frío lecho de hojas de maíz, Caridad se revuelve pensando
en la fúnebre procesión. El fuego del lar se ha extinguido; la abuela
ronca acurrucada á pocos pasos; se escucha fuera el gañir del lobo y
la queja casi humana del mochuelo... La tentación es demasiado fuerte.
De seguro que á estas horas desfila por el monte, en doble hilera
de luces, la gente del otro mundo. ¡Verla! Caridad no se acuerda de
que verla es morir. Quizá no le importa. El apego á la vida no nace
temprano; el arbolillo sin raíces no se agarra á la corteza terrestre.
El miedo, en Caridad, es como un espasmo: su alma estremecida teme y
desea á la vez. Y deslizándose de la dura cama, á tientas va hacia la
puerta, abre el cancel, se asoma y mira.
Velada la luna, antes esplendente, por nubarrones de trágica forma,
negrísimos, los objetos aparecen confusos, las manchas de la arboleda
se pierden entre la turbieza gris de la lejanía. Caridad, tiritando,
echa á andar en dirección á la iglesia. Sin darse cuenta del porqué,
supone que la _Hueste_ ronda las tapias del cementerio. Lo singular
es que, al ir en busca de la procesión de las almas, el chiquillo
tiembla, sus dientes castañetean, sus pupilas se dilatan, su sangre
se cuaja, su corazón por momentos cesa de latir. Y, sin embargo, anda,
anda, fascinado; ansioso, pisando la escarcha con descalzos pies,
amoratados y rígidos. Allá donde se alza el muro del camposanto, una
claridad difusa, unos lampos de luz verdosa le llaman con palpitaciones
de mortaja flotante y con humaredas de cirio que se extingue. Allí está
de seguro la _Hueste_... Ya cree verla, verla distintamente, y hasta
escucha reprimidos sollozos, ahogados gritos que pueden confundirse
con la ironía de la carcajada brutal... Sin transición, sin espacio á
decir Jesús, á llamar á su madre como la llaman los heridos de muerte,
Caridad se desploma. Á un mismo tiempo le ha partido la cabeza un
garrotazo y le ha abierto la garganta el corvo filo de una céltica
_bisarma_, que á la vez que degüella sujeta á la víctima. La sangre,
caliente, se coagula sobre la helada superficie del terruño. Los mozos
se retiran, dejando tieso allí al ladronzuelo, y murmurando, serios
ya--porque no habían pensado ir tan lejos, ni hubiesen ido á no mediar
el mosto nuevo y la vieja _caña_:
--Quedas escarmentado.
LA DENTADURA
Al recibir la cartita, Águeda pensó desmayarse. Enfriáronse sus manos,
sus oídos zumbaron levemente, sus arterias latieron y veló sus ojos una
nube. ¡Había deseado tanto, soñado tanto con aquella declaración!
Enamorada en secreto de Fausto Arrayán, el apuesto mozo y brillantísimo
estudiante, probablemente no supo ocultarlo; la delató su turbación
cuando él entraba en la tertulia, su encendido rubor cuando él la
miraba, su silencio preñado de pensamientos cuando le oía nombrar;
y Fausto, que estaba en la edad glotona, la edad en que se devora
amor sin miedo á indigestarse, quiso recoger aquella florecilla
semicampestre, la más perfumada del vergel femenino--un corazón de
veinte años, nutrido de ilusiones, en un pueblo de provincia: medio
ambiente excitante, si los hay, para la imaginación y las pasiones.
Los amoríos entre Fausto y Águeda, al principio, fueron un dúo en que
ella cantaba con toda su voz y su entusiasmo, y él, _reservándose_
como los grandes tenores, en momentos dados emitía una nota que
arrebataba. Águeda se sentía vivir y morir; su alma, palacio mágico
siempre iluminado para solemne fiesta nupcial, resplandecía y se
abrasaba, y una plenitud inmensa de sentimiento la hacía olvidarse de
las realidades y de cuanto no fuese su dicha, sus pláticas inocentes
con Fausto, su carteo, su ventaneo, su idilio en fin. Sin embargo, las
personas delicadas--y Águeda lo era mucho--no pueden absorberse por
completo en el egoísmo; no saben ser felices sin pagar generosamente
la felicidad. Águeda adivinaba en Fausto la oculta indiferencia;
conocía por momentos cierta sequedad de mal agüero; no ignoraba que á
las primeras brisas otoñales el predilecto emigraría á Madrid, donde
sus aptitudes artísticas le prometían fama y triunfos; y en medio de
la mayor exaltación, advertía en sí misma repentino decaimiento, la
convicción de lo efímero de su ventura.
Un día estrechó á Fausto con preguntas apremiantes: «¿Me quieres de
veras, de veras? ¿Te gusto? ¿Soy yo la mujer que más te gusta? Háblame
claro, francamente... Prometo no enfadarme ni afligirme». Fausto,
sonriente, halagador, galante al pronto, acabó por soltar parte de la
verdad en una aseveración exactísima. «¡Guedita, eres muy mona... muy
guapa, sin adulación... Tienes una tez de leche y rosas, unas facciones
torneadas, unos ojos de terciopelo negro, un talle que se puede abarcar
con un brazalete... Lo único que te desmerece... así... un poquito...
es la pícara dentadura. Es que á no ser por la dentadura... chica, un
cuadro de Murillo!».
Calló Águeda contrita y avergonzada, pero apenas se hubo despedido
Fausto, corrió al espejo. ¡Exactísimo! Los dientes de Águeda, aunque
sanos y blancos, eran salientes, anchos á guisa de paletas, y su
defectuosa colocación imponía á la boca un gesto empalagoso y mohín.
¿Cómo no había advertido Águeda tan notable falta? Creía ver ahora por
primera vez la fea caja de su dentadura, y un pesar intenso, cruel, la
abrumaba... Lágrimas ardientes fluyeron por sus mejillas, y aquella
noche no pegó ojo, dando vueltas, entre el ardor de la fiebre, á la
triste idea... «Fausto ni me quiere ni puede quererme. ¡Con unos
dientes así!».
Desde el instante en que Águeda se dió cuenta de que en realidad tenía
una dentadura mal encajada y deforme, acabóse su alegría y vinieron á
tierra los castillos de naipe de sus ensueñas. Rota la gasa dorada del
amor, veía confirmados sus temores relativos á la frialdad de Fausto;
mas como el espíritu no quiere abandonar sus quimeras, y un corazón
enamorado y noble no se aviene á creer que su mismo exceso de ternura
puede engendrar indiferencia, dió en achacar su desgracia á los dientes
malditos. «Con otros dientes, Fausto sería mío quizás». Y germinó en su
mente un extraño y atrevido propósito.
Sólo el que conozca la vida estrecha y rutinaria de los pueblos
pequeños; la alarma que produce en los hogares modestos la perspectiva
de cualquier gasto que no sea de estricta utilidad; la costumbre
de que las muchachas nada resuelvan ni emprendan, dejándolo todo
á la iniciativa de los mayores--comprenderá lo que empleó Águeda
de voluntad, maña y firmeza hasta conseguir dinero y licencia para
realizar sus planes... Fausto había volado ya á Madrid; el pueblo
dormitaba en su modorra invernal, y Águeda, levantándose cada día
con la misma idea fija, suplicaba, rogaba, imploraba á su madre, á
su padrino, á sus hermanas, sacando á aquélla una pequeña cantidad,
á aquél un lucido pico, á éstas de la alcancía los ahorros..., hasta
juntar una suma, con la cual, llegada la primavera, tomó el camino de
la capital de la provincia...--Iba resuelta á arrancarse todos los
dientes y ponerse una dentadura ideal, perfecta.
Águeda era muy mujer, tímida y medrosa: no se preciaba de heroína,
y la espantaba el sufrimiento; un escalofrío recorrió sus venas
cuando, discutido y convenido con el dentista el precio de la cruenta
operación, se instaló en la silla de resortes, y encomendándose á
Dios, echó la cabeza atrás... No se conocían por entonces en España
los anestésicos que hoy suelen emplearse para extracciones dolorosas,
y aunque se tuviese noticia de ellos, nadie se atrevía á usarlos,
arrostrando el peligro y el descrédito que originaría el menor desliz
en tan delicada materia. Tenía, pues, Águeda que afrontar el dolor
con los ojos abiertos y el espíritu vigilante, y dominar sus nervios
de niña para que no se sublevasen ante el atroz martirio. Desviados,
salientes y grandes eran sus dientes todos: había que desarraigarlos
uno por uno. Águeda, cerrando los ojos, fijó el pensamiento en Fausto;
temblorosa, yerta de pavor, abrió la boca, y sufrió la primer tortura,
la segunda, la tercera... Á la cuarta, como se viese cubierta de
sangre, cayó con un síncope mortal. «Descanse usted en su casa», opinó
el dentista.
Volvió, sin embargo, á la faena al día siguiente, porque los fondos
de que disponía estaban contados y la urgía regresar al pueblo... No
resistió más que dos extracciones; pero al otro día, deseosa de acabar
cuanto antes, soportó hasta cuatro, bien que padeciendo una congoja al
fin; pero según disminuían sus fuerzas se exaltaba su espíritu, y en
tres sesiones más quedó su boca limpia como la de un recién nacido,
rasa, sanguinolenta... Apenas cicatrizadas las encías, ajustáronle
la dentadura nueva, menuda, fina, igual, divinamente colocada: dos
hileritas de perlas. Se miró al espejo de la fonda; se sonrió; estaba
realmente transformada con aquellos dientes; sus labios ahora tenían
expresión, dulzura, morbidez, una voluptuosa turgencia y gracia que
se comunicaba á toda la fisonomía... Águeda, en medio de su regocijo,
sentía mortal cansancio; apresuróse á volver á su pueblo, y á los dos
días de llegar, violenta fiebre nerviosa ponía en riesgo su vida.
Salió del trance; convaleció, y su belleza, refloreciendo con la salud,
sorprendió á los vecinos. Un acaudalado cosechero, que la vió en la
feria, la pidió en matrimonio; pero Águeda ni aun quiso oir hablar de
tal proposición, que apoyaban con ahinco sus padres. Lozana y adornada
esperó la vuelta de Fausto Arrayán, que se apareció muy entrado el
verano, lleno de cortesanas esperanzas y vivos recuerdos de recientes
aventuras. No obstante, la hermosura de Águeda despertó en él memorias
frescas aún, y se renovaron con mayor animación por parte del galán los
diálogos y los ventaneos y los paseos y las ternezas. Águeda le parecía
doblemente linda y atractiva que antes, y un fueguecillo impetuoso
empezaba á comunicarse á sus sentidos. Cierto día que, hablando con uno
de sus amigos de la niñez, manifestó la impresión que le causaba la
belleza de Águeda, el amigo respondió:
--¡Ya lo creo! Ha ganado un cien por cien desde que se puso dientes
nuevos.