vendió el décimo de billete de lotería, á la puerta de un café, á las
altas horas de la noche. La di de prima una enorme cantidad, un duro.
¡Con qué humilde y graciosa sonrisa recompensó mi largueza!
--Se lleva usted la suerte, señorito--afirmó con la insinuante y clara
pronunciación de las muchachas del pueblo de Madrid.
--¿Estás segura?--la pregunté en broma, mientras deslizaba el décimo
en el bolsillo del gabán entretelado y subía la chalina de seda que me
servía de tapabocas, á fin de preservarme de las pulmonías que auguraba
el remusguillo barbero de diciembre.
--¡Yaya si estoy segura! Como que el décimo ése se lo lleva usted por
no tener yo cuartos, señorito. El número... ya lo mirará usted cuando
salga... es el 1.420: los años que tengo, catorce, y los días del mes
que tengo sobre los años, veinte justos. Ya ve si compraría yo todo el
billete.
--Pues, hija--respondí echándomelas de generoso, con la tranquilidad
del jugador empedernido que sabe que no le ha caído jamás ni una
aproximación, ni un mal reintegro--, no te apures: si el billete saca
premio... la mitad del décimo, para ti. Jugamos á medias.
Una alegría loca se pintó en las demacradas facciones de la billetera,
y con la fe más absoluta, agarrándome de una manga, exclamó:
--¡Señorito! por su padre y por su madre, deme su nombre y las señas de
su casa. Yo sé que de aquí á cuatro días, cobramos.
Un tanto arrepentido ya, le dije como me llamo y dónde vivía; y diez
minutos después, al subir á buen paso por la Puerta del Sol á la calle
de la Montera, ni recordaba el incidente.
Pasados cuatro días, estando en la cama, oí vocear «la lista grande».
Despaché á mi criado á que la comprase, y cuando me la subió, mis ojos
tropezaron inmediatamente con la cifra del premio gordo: creí soñar:
no soñaba: allí decía realmente 1.420... mi décimo, la edad de la
billetera, ¡la suerte para ella y para mí! Eran muchos miles de duros
lo que representaban aquellos benditos guarismos, y un deslumbramiento
me asaltó al levantarme, mientras mis piernas flaqueaban y un sudor
ligero enfriaba mis sienes. Hágame justicia el lector: ni se me ocurrió
renegar de mi ofrecimiento... La chiquilla me había traído la suerte,
había sido mi «mascota...». Era una asociación en que yo sólo figuraba
como socio industrial. Nada más justo que partir las ganancias.
Al punto deseé sentir en los dedos el contacto del mágico papelito. Me
acordaba bien: lo había guardado en el bolsillo exterior del gabán,
por no desabrocharme. ¿Dónde estaba el gabán? ¡Ah! allí, colgado en la
percha... Á ver... Tienta de aquí, registra de acullá... Ni rastro del
décimo.
Llamo al criado con furia, y le pregunto si ha sacudido el gabán por la
ventana... ¡Ya lo creo que lo ha sacudido y vareado! Pero no ha visto
caer nada de los bolsillos; nada absolutamente... Le miro á la cara:
su rostro expresa veracidad y honradez. En cinco años que hace que
está á mi servicio no le he cogido jamás en ningún gatuperio chico ni
grande... Me sonroja lo que se me ocurre, las amenazas, las injurias,
las barbaridades que suben á mis labios...
Desesperado ya, enciendo una bujía, escudriño los rincones, desbarato
armarios, paso revista al cesto de los papeles viejos, interrogo á la
canasta de la basura... ¡Nada y nada: estoy solo con la fiebre de mis
manos, la sequedad de mi amarga boca y la rabia de mi corazón!
Á la tarde, cuando ya me había tendido sobre la cama á fumar, para
ver de ir tragando y digiriendo la decepción horrible, suena un
campanillazo vivo y fuerte, oigo en la puerta discusión, alboroto,
protestas de alguien que se empeña en entrar, y al punto veo ante mí á
la billetera que se arroja en mis brazos, gritando con muchas lágrimas:
--¡Señorito, señorito! ¿Lo ve usted? Hemos sacado el gordo.
¡Infeliz de mí! Creía haber pasado lo peor del disgusto, y me faltaba
este cruel y afrentoso trance: tener que decir, balbuceando como un
criminal, que se había extraviado el billete, que no lo encontraba en
parte alguna, y que por consecuencia nada tenía que esperar de mí la
pobre muchacha, en cuyos ojos negros, ariscos, temí ver relampaguear la
duda y la desconfianza más infamatoria...
Pero la billetera, alzándolos todavía húmedos, me miró serenamente y
dijo encogiéndose de hombros:
--¡Vaya por la Virgen! Señorito... no nacimos ni usted ni yo pa
millonarios.
¿Cómo podía recompensar la confianza de aquella desinteresada criatura?
¿Cómo indemnizarla de lo que la debía--sí, de lo que la debía? Mis
remordimientos y la convicción de mi grave responsabilidad pesaban
sobre mí de tal suerte, que la traje á casa, la amparé, la eduqué y por
último me casé con ella.
Lo más notable de esta historia es que he sido feliz.
LA PUÑALADA
Mucho se hablaba en el barrio de la modistilla y el carpintero.
Cada domingo se les veía salir juntos, tomar el tranvía, irse de paseo
y volver tarde, de bracete, muy pegados, con ese paso ajustado y
armonioso que sólo llevan los amantes.
Formaban contraste vivo. Ella era una mujercita pequeña, de negros
ojazos, de cintura delgada, de turgente pecho; él un mocetón sano y
fuerte, de aborrascados rizos, de hercúleos puños--un bruto laborioso
y apasionado--. De su buen jornal sacaba lo indispensable para las
atenciones más precisas; el resto lo invertía en finezas para su
Claudia. Aunque tosco y mal hablado, sabía discurrir cosas galantes,
obsequios bonitos. Hoy un imperdible, mañana un ramo, al otro día un
lazo ó un pañuelo. Claudia, mujer hasta la punta del pelo, coqueta,
vanidosa, se moría por regalos. En el obrador de su maestra los lucía,
causando dentera á sus compañeritas, que rabiaban por «un novio» como
Onofre.
«Novio»... precisamente novio no se le podía llamar. Era difícil, no
ya lo de las bendiciones, sino hasta reunirse en una casa, una mesa y
un lecho, porque ¿y las madres? La de Onofre vieja, impedida; además,
un hermano chico, aprendiz, que no ganaba aún. Así y todo Onofre se
hubiese llevado á Claudia en triunfo á su hogar, si no es la madre de
la modista, asistenta de oficio, más despabilada que un candil. Cuando
en momentos de tierna expansión Onofre insinuaba á Claudia algo de
bodas... ó cosa para él equivalente, Claudia, respingando, contestaba
en tono de enojo y susto:
--¿Estás bebido? Hijo, ¿y mi madre? ¿La suelto en el arroyo como á un
perro? Con la triste peseta que ella se gana un día no y otro tampoco,
¿va á comer pan si yo la falto? Déjate de eso, vamos... ¡Que se te
quite de la cabeza!
No se le quitaba. Pasar con Claudia ratos de violenta felicidad, era
bueno; pero cuánto mejor sería tenerla siempre consigo, á toda hora,
sin tapujos... sin que pudiese la madre cortarles las comunicaciones,
como había hecho ya en momentos de enfado. Además, teniendo á Claudia
á su vera, públicamente suya, tal vez se le curasen los celos. Los
padecía, en accesos de furor que trataba de ocultar. Claudia era una
gran chica, con su aire de señorita, su talle que un dependiente
de comercio había llamado de palmera... y él, él, ¡tan basto, tan
encallecido, que ni firmar sabía! Verdad que tenía fuerza en los
brazos y calor en el alma... y coraje para matarse con cualquiera, eso
sí... ¿Bastaba?
Debía bastar, en ley de Dios; sino que ¡se ven tales cosas! Ya dos
veces había observado Onofre un hecho extraño. Al rondar la casa de
Claudia (aquella maldita casa tenía imán), veía en el portal á la
madre, señá Dolores, secreteando con un caballero muy bien portado,
de gabán de pieles. ¿Era figuración de Onofre? Al divisarle la vieja
daba señales de inquietud y el señor se despedía atropelladamente. No
importa, no se le despintaba; entre mil de su casta le conocería. Algo
grueso, nariz de cotorra, patillas grises, ojos vivos... ¿Qué embuchado
se traían? ¿Se trataba de Claudia?--«Muy tonto soy--pensó Onofre--pero
¡Cristo! el dedo en la boca no han de metérmelo».
Esto ocurrió hacia Pascua florida. Después de un invierno riguroso y
tristón, la primavera desentumecía los cuerpos: los árboles echaban
hojas y flores á granel, el sol picaba y reía. El año anterior, ¡Onofre
no lo olvidaba! Claudia, al principiar el buen tiempo, había querido
pasear todas las tardes, sin faltar una. Salían temprano, él del
taller y ella del obrador, y se iban por ahí hasta las diez dadas. La
convidaba á merendar, la hartaba de pájaros fritos y de fresilla. ¡Un
despilfarro! Y este año apenas conseguía decidirla á vagabundear dos
días por semana. Rehacia andaba la chica. ¡Atención, Onofre!
--¿Quién te ha dado ese dije de oro?--preguntó de repente, parándose en
la mitad de la calle, el carpintero á su compañera.
--¿De oro? Si es de «dublé...»--murmuró ella, azorada.
--Á un hombre no se le miente, y si me vuelves á salir por «dublé» te
meto en casa de mi compadre el platero y te abochorno la cara. ¡Oro con
piedras! ¡Copones! ¿Se puede saber por qué has mentido?
--Verás--balbuceó Claudia.--Es que... por si te enfadabas... Tenía
ahorrados unos cuartos... Lo compré de lance...
--¿Enfadarme yo? ¿Cuándo has visto que me mezcle en tus gastos, hija?
¿Lo compraste? ¿Dónde? ¿Á quién?
--Me lo vendió la corredora, la Chivita... ¿No la conoces tú? Es una
con pelos en la barba...
Calló Onofre. Un relámpago de lucidez horrible acababa de cegarle.
¡Aquello era otro embuste! ¡Una fila de embustes! ¿Con que la Chivita?
Él la encontraría aquella misma noche...
Pasaban por la plazuela de Santa Ana. Los árboles del jardín convidaban
á descansar á su sombra, de poblados y de verdes que los tenía el
abril. Risas de chiquillería, llamadas de niñeras, se confundían con
los trinos de los canarios y jilgueros «maestros» colgados en jaulas, á
las puertas de las tiendas de pájaros y perros. Claudia se paró delante
de una de estas tiendas; lo acostumbraba; la gustaban mucho los bichos.
Hizo fiestas á un loro, á un gato de Angora, á un falderín, y se
entretuvo más con las palomas. ¡Qué ricas! Las había moñudas, de cuello
empavonado, de patas calzadas...
--¡Ay!--exclamó--¡Ésa tiene sangre!... Está herida.
Era una paloma de la casta conocida por «de la puñalada». Sobre el
buche, curvo y blanquísimo, un trazo rojo imitaba perfectamente la
herida fresca.
--La habrá dado un corte su palomo--dijo gravemente Onofre--. También
los palomos serán capaces de barbaridades si otros les festejan la
hembra.
Claudia apartó los ojos y se coloreó. El dicho de Onofre, sin tener
nada de particular, le sonaba de un modo raro. ¡Á saber si era la
conciencia! No se tranquilizó, ni mucho menos, cuando Onofre insistió,
poniéndose pesado, en regalarla aquella paloma de la cortadura. ¡Si no
la podía cuidar, si no la podía mantener! ¡Si apenas tenía tiempo de
echar cordilla al gato! ¡Si faltaba jaula!
--También compro la jaula. No te apures. Hermosa, yo no te podré
ofrecer de lo que vende Ansorena... ¡pero vamos, que una pobre paloma!
¿Me vas á desairar? ¿No quieres nada mío?
Hablaba en irritada voz. Claudia no se atrevió á negarse. Cargó Onofre
con la jaula de mimbres y acompañó hasta su puerta á la muchacha. De
allí, derecho, en busca de la corredora. La encontró luego; casualmente
estaba en casa. Y sin duda el carpintero, en su interrogatorio, se
clareó, descubrió lo que traía entre cejas... porque la Chivita,
avezada á tales indagatorias, imperturbable y con el tono más
persuasivo, contestó que sí, que ella había vendido á Claudia el dije.
--¿Qué día? insistió Onofre, tozudo.
--¡Ay, hijo! ¡Pues no es usted poco curioso? Si una se fuese á acordar,
con tanto como vende...
--¿Qué costó? ¿Tampoco lo sabe?
--¡Jesús! Aunque me pidiese declaración el señor juez... Veremos si me
acuerdo mañana...
Desde la escalera, volviéndose hacia la puerta mugrienta de la Chivita
y cerrando los puños, el mocetón rugió entre dientes, con ira inmensa:
--Condenada de al... ¡Todos conchavados para mentirme...!
De casa de la Chivita se fué Onofre á la taberna que encontró más á
mano. Era sobrio; no le divertía achisparse. Sólo que hay casos en
que un hombre... Pidió aguardiente: lo que emborrachase más pronto.
Necesitaba convertirse en cepo, no pensar, hasta el otro día. Y echó
copa tras copa; por fin se quedó amodorrado, con la cabeza caída sobre
la sucia mesa de la tasca.
Á la mañana siguiente, á eso de las ocho, salía Claudia para ir, como
siempre, al obrador. Era la última vez; se despediría de la maestra,
de las compañeras, de la labor, de los pinchazos en la yema del dedo.
«Aquel señor»--el del dije, el de las grises patillas--las quería en
su casa, á ella y á su madre, tratadas como reinas. La madre ama de
llaves, la hija ama... ¡de todo! Proposiciones así no se desechan. ¿Y
Onofre?... En primer lugar, Onofre no sabía las señas del caballero.
Hasta que las averiguase. Después... pasado tiempo... Onofre se
resignaría. Así y todo, Claudia llevaba el corazón apretado. Miedo,
miedo--un miedo invencible--. Al entrar con la jaula de la paloma,
señá Dolores había gritado alarmada: «Fuera con eso, mujer; si parece
que tiene una puñalá de veras... ¡Vaya un regalo, la Virgen!». Y en
sueños, revolviéndose en la estrecha cama, la puñalada sangrienta en el
pecho blanco perseguía á Claudia. La parecía que la herida estaba en su
propio seno, y que la sangre, en hilos, manaba y empapaba lentamente
las sábanas y el colchón. La pesadilla duró hasta el amanecer.
Ahora iba aprisa. Recogería el jornal, la almohadilla, los avíos--y
abur, señora. ¡Aire! Á descansar, á comer bien, á vestir seda, en vez
de coserla para otras mujeres menos guapas. Claudia corría, deseosa
de llegar. En la esquina, distraídamente, tropezó, resbaló, quiso
incorporarse. Una mano ruda la sujetó al suelo; una hoja de cuchillo
brilló sobre sus ojos, y se le hundió, como en blanda pasta, en el
busto, cerca del corazón. Y el asesino, estúpido, quieto, no secundó el
golpe--ni era necesario--. La sangre se extendía, formando un charco
alrededor de la cabeza lívida, inclinada hacia el borde de la acera; y
Onofre, cruzado de brazos, aguardaba á que le prendiesen, mirando cómo
del charco se extendían arroyillos rojos, coagulados rápidamente.
EN EL SANTO
Menudo embeleco--había exclamado colérica la Manuela cuando Lucas
ordenó á Sidoro que se pusiese la chaqueta nueva para bajar á la
pradera de San Isidro.
En cambio, Sidoro sintió palpitar de alegría su corazoncito de seis
años, encogido por la constante aspereza del trato feroz que le daba su
madrastra... ó lo que fuese: la Manuela, la mujerona con quien ahora
vivía Lucas. En la infancia, decir novedad y cambio es decir esperanza
ilimitada y hermosa. ¡Bajar al santo! ¿Quién sabe lo que el santo
guardaba en sus manos benditas para los niños sin madre, para los niños
apaleados y hambrientos?
Loco de contento se incorporó Sidoro al grupo, si bien le agrió ya el
primer gozo tener que cargar con un cestillo atestado de provisiones.
Pesaba mucho, y Sidoro hubiese implorado que le aliviasen la carga, á
no temer uno de los pellizcos de bruja, retorcidos y rabiosos, con que
la Manuela le señalaba cardenal para medio mes. Suspirando, alzó el
cestillo como pudo, y salieron calle de Toledo abajo, por entre olas
de gente, con un sol capaz de freír magras, un sol más canicular que
primaveral.
Tragando el polvo que soliviantaban ómnibus, carricoches y simones,
pasaron el puente de Toledo y llegaron al cerro, donde hervía más
compacta la alegre multitud. Lucas habló de entrar á rezarle al santo;
pero la Manuela, levantando de un puntillón á Sidoro, que había
caído empujado por el remolino y agobiado por el peso, renegó de la
idea y prefirió comprar torrados, avellanas y rosquillas, y buscar
dónde merendar. La sed les resecaba el gaznate, y Lucas, portador
de la colmada bota, notando su grata turgencia entre el brazo y las
costillas, aprobó la determinación.
No fué fácil encontrar sitio conveniente á la sombra y cerca del
río. Los rincones agradables andaban muy solicitados. Por fin,
bastante tarde, descubrieron un ruin arbolillo, y se acomodaron al
pie, forjándose la ilusión de que las ramas les abrigaban la cabeza.
Sidoro, derrengado, soltó la cesta; Manuela fué sacando vituallas, y
allí empezó el embaular y los besos á la del tinto. Lucas se acordó de
echarle á su hijo un pedazo de tortilla y una hogaza, como quien echa
un hueso á un cachorro; después... no pensaron más en la criatura; y
como el vinazo y el hartazgo quitan la vergüenza, Lucas le tomó la cara
á Manuela, allí mismo, sin pizca de reparo. Con torpes pies, por llevar
tan calientes los cascos, la pareja rompió á andar hacia el cerro,
donde era mayor el bullicio, y donde los tíos-vivos y los merenderos
y barracones convidaban al jolgorio; el niño, al tratar de seguirles,
se halló detenido por un corro formado alrededor de un ciego coplero
y guitarrista; y cuando quiso reunirse con su gente, incorporarse,
encontróse solo entre la multitud, portador del cesto ya vacío y la
bota floja y huera...
Se echó á llorar. Duros y malos como eran, aquel hombre y aquella mujer
le amparaban. Se sintió abandonado, náufrago en un mar muy crespo, muy
profundo y tormentoso. El gentío pasaba sin hacer caso del chiquillo:
éste le empujaba, el otro le desviaba con lástima, y una mano pronta y
desconocida le arrebató la boina de la cabeza... Nadie le preguntaba
la causa de su llanto; ¡para eso estaban! Entre el infernal bureo de
la romería, cualquiera atiende al llanto de un rapaz. El tecleo de los
pianos mecánicos, el rasguear de los guitarros, los cantares de los
beodos, los pregones de las rosquilleras, los mil ruidos que exhala
una muchedumbre apiñada, harta, jaranera, procaz, en plena juerga al
aire libre, exasperada por el olor de aceite rancio de las buñolerías
y el vaho tabernario de las barracas-bodegones, ahogaban los sollozos
del niño, como la viviente oleada de la multitud envolvía y absorbía y
arrastraba mecánicamente su cuerpo...
Por instinto, Sidoro se dejó llevar. Andando, andando, podría encontrar
tal vez á la pareja, ó ¿quién sabe? al santo en persona. Pues si
en la romería no se encontraba al santo, ¿á qué venía toda aquella
gente? Y el santo sería muy bueno, que para eso era santo, y por
eso le rezaban y le retrataban en figuritas de barro, y por eso los
ángeles le ayudaban á arar. ¿Dónde estaba el santo? Sidoro recordaba
que Lucas, antes de buscar sitio para la merienda, había hablado de ir
á la ermita. ¿Qué será la ermita? De seguro un sitio en que recogen y
consuelan á los niños abandonados...
Mientras buscaba al glorioso labrador, Sidoro, á pesar suyo, miraba
los puestos, los centenares de tinglados, donde se exhiben y despachan
los maravillosos pitos, que adornan rosetones de plata y florones de
papel rojo, las efigies pintorreadas de esmeralda, cobalto y bermellón,
las medallas y escapularios, la grosera loza, las figuritas de toreros
y picadores, los monigotes con cabeza de ministros, los grupos de
ratas, las caricaturas escatológicas, los jarros atestados de claveles
de violento aroma, las hiladas de botijos bermejos y blancos, las
apetitosas rosquillas, los puestos de avellaneros, con sus balanzas
relucientes y sus sacos entreabiertos, rebosando, tentando á la mano
del niño... Y aquella orgía de colorines fuertes y chillones, aquel
vaivén incesante de la muchedumbre, aquellos sonidos discordantes,
el sentirse impulsado, zarandeado, arrebatado como una paja por el
torrente humano, la asfixiante atmósfera que respiraba, la desolación
misma de su abandono, en vez de arrancar lágrimas á la criatura,
secaron las que corrían de sus ojos, y le produjeron una especie de
embriaguez febril. Sin cuidarse de responsabilidades, abandonó la bota
y el cestillo, y se dejó caer en tierra, á la puerta de un merendero
donde bebían y cantaban canciones picantes, ininteligibles para Sidoro.
Una moza, sofocada, sentada en el suelo, daba la teta á una criatura.
Sidoro vió esta escena, el grupo siempre conmovedor y sagrado, y
confusas reminiscencias, no de la memoria, sino de los sentidos y de la
sensibilidad, más concreta en la niñez, le recordaron que también á él
le había estrechado una mujer contra su seno amoroso; que también á él
le habían arrullado con palabras de azúcar y de delirio, las palabras
inefables de la maternidad, y un rostro amado, un rostro que no podía
olvidarse, surgió de entre la niebla del pasado... ¡pasado tan corto y
tan reciente! Y entonces, una de esas penas sin límites que sufren los
niños, cayó sobre el alma del huérfano.
En un instante, con el recuerdo del cariño y la ternura de su madre,
á quien no había vuelto á ver nunca, Sidoro evocó las crueldades y
desamor de la Manuela, y toda su carne tembló, pues no había en ella
lugar donde las despiadadas uñas de la mujerona no hubiesen dejado
rastro de tortura... Y la criatura, en su desconsuelo infinito,
mientras la tarde caía y las luces de los puestos comenzaban á abrir
su pupila de llama, se revolcó sobre el árido suelo, con muchas ganas
de dormirse en un sueño largo, largo, largo, y despertarse al lado
de su madre, ó de san Isidro, ó de alguien que tuviese entrañas para
los pequeños y los débiles. Á fuerza de aturdimiento, de cansancio,
de calor, de susto, de tristeza, se quedó, efectivamente, dormido...
Despertó porque le aporreaban y le tiraban del pelo á puñados. Era la
Manuela, gritando enronquecida y furiosa.
--Á este maldito sí le encontramos... pero ¿y la bota nueva, y mi
cestillo, y la servilleta, y el vaso que venían en él? ¡Condenao, verás
en cuanto lleguemos á casa!
SANTOS BUENO
Hacía tiempo--muchos meses--que no le veía yo por ninguna parte: ni en
la calle, ni en el casino de la Amistad, ni en la Pecera, ni siquiera
en la barriada nueva que se está construyendo--porque Santos Bueno es
de los que tienen afición á ver edificar y gustan de plantarse delante
de los andamios con las manos á la espalda, diciendo sentenciosamente:
«Éstas sí que son vigas de recibo; no pandearán».
Extrañando tan largo eclipse; temiendo que Santos Bueno estuviese
enfermo de cuidado, resolví buscarle en su casa, donde le encontré
entregado á sus habituales tareas, apacible y afable como de costumbre.
--¿Qué es esto? ¿Se ha metido usted cartujo? ¿Es voto de clausura?
--No, señor... ¡no, señor!--respondió sonriendo Santos--Si yo salgo y
me paseo. No parece sino que vivo encerrado.
--¿Que sale usted? Pues no le veo nunca.
--Porque salgo un poco tarde... á las horas en que no hay gente.
--Esconderse se llama esa figura.
Volvió Santos á sonreir con aquella su indescriptible expresión
enigmática, y dijo tranquilamente:
--Pues ha acertado usted. Hay ocasiones en que... se encuentra uno muy
á gusto escondido.
Adiviné que bajo la teoría de las ventajas del escondite se ocultaba
alguna crisis dolorosa de la vida de Santos Bueno.
Yo creía conocerle, y además sabía su historia y sus aspiraciones, como
se sabe en un pueblo pequeño las de cada hijo de vecino. Santos Bueno
era un burgués modesto, sin grandes aspiraciones; ni pobre ni rico,
poseía un capitalito, producto de la afortunada venta de unos bienes
patrimoniales, lindantes con el prado de un indianete, que por tal
circunstancia los había pagado á peso de oro.
Con estos caudales, Santos proyectaba realizar un sueño ya muy antiguo:
construirse en las afueras de la ciudad una casita que tuviese jardín y
vivir en ella sin emociones, pero sin desazones, cultivando legumbres y
rosas. Es de advertir que la casita con jardín es la bella ilusión de
los marinedinos.
No sé por qué se me vino á la imaginación que con aquellos dineros
podrían relacionarse la actitud y el retraimiento de Santos, y movido
de una curiosidad compasiva, le interrogué.
--¿Y esa casita, ese _chalet_, cuándo lo empezamos? ¿Me convida usted
á café en el jardín para el día de su santo del año que viene?
Demudóse el rostro de Santos, y hasta se me figuró que en sus ojos
temblaba el reflejo cristalino que indica que se humedecen...
--Ya no hago la casita--murmuró con abatimiento.
--¿Que no la hace usted? ¿Cómo es eso? ¿Se ha jugado usted los
capitales?
--Bien sabe usted que no me da por ahí...
--¿Pues qué ocurre? ¿Ha pensado usted en otra inversión? ¿Ha emprendido
algún negocio?
--Si usted me promete no decir nada á nadie...
--Pierda usted cuidado, don Santos. La tumba es una cotorra comparada
conmigo.
--Pues es el caso que... que he... prestado... esa suma.
--¿Prestado? ¿Al cien por cien mensual? ¿Con garantía? ¡Ah, usurero!
--Déjese de bromas. Garantía... Tengo la de la honradez de mi deudor.
--¡Ay, pobre don Santos! ¿Quién me lo ha engañado?