Desmintiendo los augurios del facultativo, hacia las cinco el viento

amainó, se interrumpió el eterno _flac_ de la lluvia, y un aura serena

y dulce pareció entrar al través de los vidrios, con las primeras

azuladas claridades del amanecer. Al mismo tiempo retumbaron en la

puerta apresurados aldabonazos, los perros ladraron con frenesí, y el

comadrón, refunfuñando, se incorporó en el lecho aquel tan caliente y

tan fofo. ¡Vamos, milagro que un día le permitiesen vivir tranquilo!

Y de seguro el lance ocurría en el campo, lejos; habría que pisar

barro y mascar niebla... Á ver, medias de abrigo, botas fuertes...

¡Condenada especie humana, y qué manía de no acabarse, qué tenacidad en

reproducirse!

La criada, que subía anhelosa, dió las señas del cliente; un caballero

respetable, muy embozado en capa oscura, chorreando agua y dando

prisa. ¡Sin duda el padre de la parturienta! La mujer del comadrón,

alma compasiva, murmuró frases de lástima y apuró á su marido. Éste

despachó el café, frío como hielo, se arrolló el tapabocas, se enfundó

en el impermeable, agarró la caja de los instrumentos y bajó gruñendo y

tiritando. El cliente esperaba ya, montado en blanca yegua. Cabalgó el

comadrón su jacucho y emprendieron la caminata.

Apenas el sol alumbró claramente, el comadrón miró al desconocido y

quedó subyugado por su aspecto de majestad. Una frente ancha, unos ojos

ardientes é imperiosos, una barba gris que ondeaba sobre el pecho,

un aire indefinible de dignidad y tristeza, hacían imponente á aquel

hombre. Con humildad involuntaria se decidió el comadrón á preguntar lo

de costumbre: si la casa adonde iban estaba próxima y si era primeriza

la paciente. En pocas y bien medidas palabras respondió el desconocido

que el castillo distaba mucho; que la mujer era primeriza, y el trance

tan duro y difícil, que no creía posible salir de él. «Sólo nos importa

la criatura», añadió con energía, como el que da una orden para que se

obedezca sin réplica. Pero el comadrón, persona compasiva y piadosa,

formó el propósito de salvar á la madre, y picó al rocín, deseoso de

llegar más pronto.

Anduvieron y anduvieron, patullando las monturas en el barro pegajoso,

cruzando bosques sin hoja, vadeando un río, salvando una montañita y

no parando hasta un valle, donde los grisáceos torreones del castillo

se destacaban con vigoroso y escueto dibujo. El comadrón, poseído de

respeto inexplicable, se apeó en el ancho patio de honor, y guiado por

el desconocido, entró por una puertecilla lateral, directamente, á una

cámara baja de la torre de levante, donde, sobre una cama antigua y

rica, yacía una bellísima mujer, descolorida é inmóvil. Al acercarse,

observó el facultativo que aquella desdichada estaba muerta; y sin

conocerla, se entristeció. ¡Es que era tan hermosa! Las hebras del

pelo, tendido y ondeante, parecían marco dorado alrededor de una efigie

de marfil; los labios color de violeta, flores marchitas; y los ojos,

entreabiertos y azules, dos piedras preciosas engastadas en el cerco

de oro de las pestañas densas. La voz del desconocido resonó, firme y

categórica:

--No haga usted caso de ese cadáver. Es preciso salvar á la criatura.

De mala gana se determinó el comadrón á cumplir los deberes de su

oficio. Le parecía un crimen, aunque fuese con buen fin, lacerar aquel

divino cuerpo. Obedeció, no obstante, porque el desconocido repetía con

acento persuasivo y terrible, tuteando al médico:

--No la respetes por hermosa. Está muerta, y nada muerto es hermoso

sino en apariencia y por breves instantes. La realidad ahí es

descomposición y sepulcro. ¡Nunca veneres lo que ha muerto! ¡Inclínate

ante la vida!

Y de pronto, en el instante mismo en que el facultativo se disponía á

emplear el acero, el extraño cliente le cogió de la mano, susurrándole

al oído:

--¡Cuidado! Conviene que sepas lo que haces. Ese seno que vas á abrir

encierra, no un ser humano, no una criatura, sino _una verdad_. Fíjate

bien. Te lo advierto. ¿Sabes lo que es _una verdad_? Una fiera suelta

que puede acabar con nosotros, y acaso con el mundo. ¿Te atreves, oh,

comadrón heroico, á sacar á luz _una verdad_?

El comadrón vaciló; el frío del instrumento que empuñaba se comunicaba

á sus venas y á sus huesos. Castañeteaban sus dientes; temblaba de

cobardía y de egoísmo. _¡Una verdad!_ Ni hay tea que así incendie,

ni rayo que así parta, ni torrente que así devaste, ni peste tan

contagiosa. ¿Y quién le había de agradecer que cooperase al feliz

nacimiento de una verdad? ¿Qué mayor delito para su mujer, sus amigos,

su pueblo, su nación tal vez? ¿Qué crimen se paga tan caro? Quería

arrojar el bisturí... Por último, la conciencia profesional triunfó.

¡El deber, el deber! No se podía dejar morir al engendro.--Y después

de una faena angustiosa, realizada con seguro pulso y mano certera,

presentó al desconocido una criatura extraña y repugnante: una especie

de escuerzo, de trazas ridículas, negruzco, flaco, informe.

--Este monigote no puede ser _una verdad_--exclamó respirando á gusto

el facultativo.

--Porque es _verdad_ te parece fea al nacer--declaró el desconocido,

que miraba con transporte á la criatura--. Cuando las verdades nacen,

horrorizan á los que las contemplan. Hasta que las abrigamos en

nuestro pecho; hasta que las damos el calor de nuestra vida y el jugo

de nuestra sangre; hasta que afirmamos su belleza como si existiese;

hasta que nos cuestan mucho, no son hermosas. Ésta--ya lo ves--ha

acabado con su madre... ¡No se lleva impunemente en las entrañas una

verdad! Y ahora la verdad queda huérfana; queda abandonada. Yo no he de

ampararla. Obligaciones estrechas me llaman á otra parte. Soy el que

anuncia, no el que protege y salva. ¿Quieres tú encargarte de la recién

nacida? ¿Tienes valor? ¿Eres digno de proteger á la verdad?

Cuando así le interpelan, no hay hombre que no guste de fanfarronear

un poco. En el alma se despierta la viril arrogancia y responde al

llamamiento, como el corcel de batalla al toque penetrante del clarín.

Hace la vanidad oficio de resolución, y por un instante es sincero el

deseo de la gloriosa batalla y el ansia del sacrificio. El comadrón

tendió los brazos, recibió en ellos al raquítico ser, y declaró

gallardamente:

--Ya tiene padre.

El desconocido le echó una ojeada especial, seria, escrutadora,

hondísima--ojeada de abismo abierto. ¿Reconvención ó alabanza? ¿Duda

ó fe? Nunca se supo.--Lo cierto es que el comadrón envolvió en

paños blancos á la recién nacida; que comió pan y bebió vino, para

reconfortarse; que ensilló otra vez su rocín, y con la criatura en

brazos, y tapada y agasajada, emprendió la vuelta.

Declinaba la tarde; los rayos oblicuos del sol eran como miradas

de severos ojos, nublados por el desengaño y enrojecidos por la

indignación secreta. Las aves callaban, las pocas aves que se ven en

los últimos meses del invierno; pero no tardaría el mochuelo en exhalar

su queja ronca, porque ya se acercaba la mala consejera--la noche.

Y el comadrón, sin dejar de apurar á su montura, pensaba en la llegada.

¡Presentarse así, llevando en brazos un crío! ¡Si al menos fuese un

angelito, una monada, una manteca con hoyuelos, una peloncita rubia ya

sedosa, dispuesta á encresparse en sortijillas! ¡Pero aquel monstruo!

Desvió los paños, contempló la criatura... Ya no estaba amoratada.

Respiraba bien. Parecía más fuerte y más grande. Entre sus labios

lucían ¡qué asombro! cuatro blancos dientes. ¡Qué robusta nacía la

maldita!--Y cual si quisiese demostrar el brío y el ansia vital con

que salía al mundo, la recién nacida buscó el dedo del comadrón y lo

mordió. Después rompió á llorar, con llanto vehemente, ávido, que

aturdía.

El comadrón sintió impaciencia y enojo. ¿De qué manera acallaría

el grito de la verdad, ese grito tan molesto, capaz de atraer á los

malhechores? Tapar la boca... Primero apoyó la palma de la mano;

después furioso porque seguía el escándalo, envolvió la cabeza de la

criatura en la vuelta del impermeable; y, por último, apretó, apretó,

hasta que lentamente se apagaron los quejidos... Cayó la noche;

llegó el momento de vadear el río; y como la criatura, silenciosa

ya, estorbaba en brazos, el comadrón desenvolvió el abrigo, cogió el

cuerpo, lo balanceó y lo arrojó á la corriente.

EL VOTO DE ROSIÑA

Si hay luchas electorales reñidas y encarnizadas, ninguna como la que

presenció en el memorable año de 18... el distrito de Palizás (no se

busque en ningún mapa). Digo que la presenció, y digo mal, porque

en efecto la representó á lo vivo, y aun, con mayor exactitud, la

padeció, sangró de ella por todas las venas. Cuando obtuvo la victoria

el candidato ministerial, hecho trizas quedó el distrito. Piérdese

la cuenta de los atropellos, desafueros, barrabasadas, iniquidades

y trapisondas que costó «sacar» al joven Sixto Dávila, protegido á

capa y espada por el ministro, pero combatido á degüello por el señor

don Francisco Javier Magnabreva, conspicuo personaje de la anterior

situación.

Sixto Dávila, muchacho simpático y ambiciosillo, había aceptado aquel

distrito de batalla... entre varias razones de peso, porque no le daban

otro; y contando con su actividad y denuedo, impulsado por las brisas

favorables que siempre soplan en la juventud--ya se sabe que no es

amiga de viejos la señora fortuna--, se propuso trabajar la elección,

estar en todo y no perder ripio. Á caballo desde las cinco de la mañana

hasta las altas horas de la noche; ayunando al traspaso ó comiendo

lo que saltaba; descabezando una siesta cuando podía, afrentando con

su intacto capital de salud y vigor los reumatismos y la apoltronada

pachorra de su contrincante, Sixto incubó su acta hasta sacarla del

cascarón vivita y en regular estado de limpieza.

No fueron únicamente energías físicas las que derrochó el mozo

candidato. También hizo despilfarro oportuno de frases amables,

persuasivas y discretas. Con un instinto y una habilidad que

presagiaban brillante porvenir, Sixto Dávila supo decir á cada cual lo

que más podía gustarle, y se captó amigos gastando esa moneda que el

aire acuña: la palabra.

Aunque la gente de Palizás es suspicaz y ladina y no se deja engatusar

fácilmente, la labia de Sixto dió frutos, especialmente al dirigirse á

una mitad del género humano que no entiende de política y obedece á las

impresiones del corazón. Sabía el candidato ministerial presentar á los

electores las doradas perspectivas y los horizontes risueños del favor

y la influencia, pero se excedía á sí mismo al hablar á las mujeres

halagando su amor propio. Hay quien opina que Sixto, al desplegar

tales recursos, no hacía sino practicar una asignatura que tenía muy

cursada, y es posible que así fuese--lo cual en nada amengua el mérito

del muchacho.

Como suele suceder á los grandes actores, que hasta sin querer están

en escena, Sixto, durante su _tournée_ electoral, solía gastar pólvora

en salvas, regalando miel sólo por regalar, sin miras interesadas y

egoístas. Así, verbigracia, con Rosiña la tejedora.--Era Rosiña una

pobre huérfana; no pudiendo cultivar la tierra por falta de hombres en

su casa, y reducida á sacar á pastar una vaca por las lindes, se ganaba

la vida con un telar primitivo y rudo, tejiendo el lino que ella misma

tascaba y hasta hilaba pacientemente á la luz del candil en invierno.

¿Qué necesitaba Rosiña para subsistir? Un mendrugo de borona, un pote

de coles, una manzana verde, una sardina salada, una taza de leche

«presa...». Dios, que viste á los lirios del campo, más holgazanes que

Rosiña, pues nos consta que no hilan ni tejen, había adornado á la

humilde _tecelana_ con una primavera en las mejillas y un apretado haz

de rayos de sol en la trenza doble que colgaba hasta sus caderas, y al

pasar Sixto por delante de la choza y oir el _run, run_... del telar

activo, y divisar á la laboriosa muchacha--, aunque sabía perfectamente

que no tenía padre, hermano ni novio que pudiesen votarle--se detuvo,

se bajó del jaco, pidió agua «de la ferrada» ó leche «de la vaquiña»,

bebió, alabó, agradeció y sostuvo con Rosa una plática que sólo podrían

narrar las ramas del cerezo que sombrea arroyo más el cercano...

Ocurrió este pequeño episodio dos días antes de que cierto formidable

cacique, al servicio y devoción del señor de Magnabreva, se decidiese,

desesperado ya, á jugar el todo por el todo, á fin de salvar la

elección comprometidísima y á dos dedos de perderse irremisiblemente.

Lo apurado del caso le sugería un supremo recurso, que el desalmado

vacilaba en emplear, porque hay remedios heroicos que pueden ser

funestos, sobre todo cuando no se administran desde las alturas del

poder... Más que el inminente triunfo de Sixto, tentó al cacique la

ciega confianza del joven candidato. «No quiero ser cunero antipático,

diputado impuesto, sino popular y querido», decía Sixto, gozándose en

aparecer donde menos se contaba con él, en sorprender á sus partidarios

con iniciativas propias... Esto decidió al enemigo. El golpe se tramó

en una tabernucha, cuyo dueño era de los contrarios de Sixto; la

taberna se alzaba al borde de la carretera, no lejos de la choza de

Rosiña. Habíanse reunido allí los más ternes, los capaces de hacer

una hombrada dejándose encausar después, seguros de que mano próvida,

y que alcanzaba muy lejos, les había de mullir colchón para que no

les doliese el porrazo. Uno de los conspiradores, conocido por varias

siniestras fechorías, era radical: quería «dejar seco» á Sixto Dávila;

otro proponía un secuestro; pero el cacique, prudente y cauto, emitió

distinto parecer: nada de navajazos, nada de armas de fuego, que hacen

ruido y alarman; nada de escopetas, ni siquiera de garrotes. «Aquí

lo que interesa es que se inutilice... para la elección, vamos...

para estos días; que no pueda menearse, porque... si sigue meneándose

y apretando, ¡nos revienta! Tú, Gallo--ordenó al primero--, me vas á

traer hoy un carreto de arena fina de la mar..., ¡qué así como así, te

hace falta para echar á la heredad del trigo! Tú...--mandó al dueño de

la taberna--le dices á la mujer que amañe unos sacos de lienzo bien

hechitos y larguitos y fuertes... Él ha de pasar por aquí mañana al

anochecer, para ir á Doas á casa del cura... ¡Y cuidado! muchos golpes

en la espalda... pero á modo, á modo, como quien no hace daño...».

La mañana que siguió al conciliábulo, Rosiña fué llamada por la

tabernera para que suministrase el lienzo y cortase y cosiese y

rellenase los sacos... Nadie desconfiaba de la rapaza, á quien la

tabernera, además, encargó el mayor sigilo. «Son para hacerle unos

cariños á un galopín, mujer...». Por alusiones é indiscreciones,

Rosiña adivinó quién sería el acariciado; y temblando lo mismo que

la vara verde, empezó su faena. La mano no acertaba á manejar la

aguja, los ojos se nublaban. Demasiado sabía ella los _cariños_ que

con los sacos de arena se hacen. El que los recibe no dura mucho,

no... Al pronto sólo advierte gran postración, profundo decaimiento;

queda molido, rendido, deseoso únicamente de extenderse en la cama,

pero sin dolor alguno, sin enfermedad; y pasan días, y no recobra el

apetito, y palidece, y arroja sangre por la boca, hasta que al fin...

Y Rosiña veía al señorito guapo y llano y de palabreo tierno que le

había pedido agua de la _ferrada_, tendido entre cuatro cirios, menos

amarillos que su rostro...

Al anochecer, como Sixto, al galope de su caballejo se aproximase á la

taberna, el jaco pegó un respingo, y el jinete vió surgir de pronto

una mujer que se agarró á la brida con fuerza. Reconoció á Rosiña la

tejedora..., y sus primeras frases fueron alegres galanterías. Pero

la moza balbuciente de terror, pidió atención, refirió un historia...

Sixto--después de vacilar un instante--, echó pie á tierra, y con el

caballo del diestro, emparejando con Rosiña, guiado por ella, callados

los dos, tomó á campo traviesa en busca de un sendero oculto por los

árboles.--Para volver atrás era tarde, y seguir adelante, una temeridad

insensata. Su vida peligraba, y con horrible peligro... «No tenga

miedo, señorito, que en mi casa no le buscan», advirtió la moza, al

disponerse á dar acomodo en el establo de su vaca á la montura del

candidato...

En efecto, nadie le buscó allí; á la mañana, la Guardia civil, avisada

por Rosiña, le recogió y escoltó hasta dejarle en salvo. Y Sixto Dávila

venció en toda la línea; pero no sospecha nadie en Gobernación ni en

los pasillos del Congreso, que el triunfo se debió al voto de Rosiña la

tejedora.

VIVO RETRATO

Los sentimientos más nobles pueden pecar por exceso; lo malo es que

esta verdad á duras penas la aprende el corazón... y la razón sirve de

poco, en conflictos del orden sentimental. Oid un caso... no tan raro

como parece.

Gonzalo de Acosta era modelo de hijos buenos, amantes, fanáticos.

Huérfano de padre desde muy niño, se había criado en las faldas de su

madre; ella le cuidó, le educó, le sacó al mundo, le formó, por decirlo

así, á su imagen y semejanza. Entró en la vida Gonzalo dominado por

una convicción arraigadísima: la de que todas las mujeres pueden ser

débiles y falsas, salvo la que nos llevó en su seno. Lo que ayudaba

á confirmar á Gonzalo en su idolatría filial, era la aprobación, la

simpatía de la gente. Por el hecho de respetar á su madre, el mundo

le respetaba á él, y las niñas casaderas le ponían azucarado gesto,

y las mamás le sonreían con más benevolencia. Cuando pasaba por la

calle llevando á su madre del brazo, una atmósfera de aprobación y de

consideración halagadora le acariciaba suavemente.

Á la edad en que se asimilan los elementos de cultura y se forma

el criterio propio, Gonzalo, á pesar de sus dudas sobre ciertas

materias arduas, se mantuvo en buen terreno, confesando que lo hacía

principalmente por no desconsolar y escandalizar á su santa madre. Con

ella oía misa muchas veces: por ella llevaba al cuello un escapulario

de los Dolores; y hasta cuando ella no estaba presente, por ella hacía

Gonzalo, sin analizarlas, mil graciosas y dulces niñerías.

Frisaba ya Gonzalo en los veintiocho, y su madre comenzó á insinuarle

que pensase en bodas. La casualidad le hizo conocer entonces á una

señorita hermosa, discreta, bien educada, rica; un fénix que ni

escogido con la mano. La misma madre de Gonzalo fué quien le obligó á

observar las perfecciones de Casilda, y le sugirió pretenderla. Casilda

aceptó con franca alegría y expansión los obsequios de Gonzalo, y á los

seis meses de conocerse los futuros, bendijo la Iglesia su matrimonio.

En una de esas largas y trascendentales conversaciones que se

entretejen durante el primer cuarto de la luna de miel, y que tanto

descubren los caracteres y los pensamientos, Gonzalo habló largamente

de su madre y del puesto que ocupaba en sus afectos y en su existencia.

Casilda escuchaba, primero sonriente, después reflexiva y grave.

Impulsado por la plenitud del corazón, Gonzalo confesó que había

pretendido á Casilda atendiendo á las indicaciones maternales, y que

por eso mismo creía segura la dicha, puesto que en su madre no cabía

error. Al oir esto relampaguearon los preciosos ojos de Casilda;

y apartando el brazo con que rodeaba el cuello de su esposo, dijo

firmemente estas ó parecidas razones:

--Has hecho mal en todo eso, Gonzalo; muy mal. No he de limitar el

cariño que tu madre te inspira, pero creo que no te es lícito quererla

más que á mí, y que en algo tan personal y tan íntimo como el lazo de

unión entre esposos, la iniciativa no puede ser ajena, sino propia. Á

los padres no los escogemos, pero el que hemos de amar toda la vida,

el dueño de nuestro albedrío, es un rey electivo, y somos responsables

de la elección. Por lo que veo, tú no me elegiste. Para tu modo de

entender el matrimonio, debiste buscar siquiera una niña apática, que

se contentase con un amor reflejo de otro amor; yo soy una mujer que

sabe amar y exige el pago; que quiere ser honrada y aspira á encontrar

en su esposo toda la felicidad á que tiene derecho. Lo absurdo de tu

modo de sentir engendra en mí otro absurdo semejante; y es que de hoy

más sentiré celos de tu madre, celos del alma... y ya no viviremos en

paz nunca; lo conozco, porque me conozco.

Gonzalo, aunque sorprendido, no dió gran importancia á las expansiones

de su mujer. Con halagos y ternezas probó á calmarla, y se creyó

victorioso así que reconquistó el brazo de Casilda, aquél que se había

desviado de su cuello. Pero un brazo no es un alma.

Desde el instante funesto, la luna de miel tuvo velo de nubes. No tardó

en ver Gonzalo que Casilda buscaba las distracciones, la sociedad

y el bullicio, como si quisiese aturdirse, ó explorase horizontes

nuevos. Poco á poco, Gonzalo, en su pesimismo, comenzó á dudar, primero

del cariño, y después de la fidelidad de Casilda. Herido, ulcerado,

rebosando humillación, fué á refugiarse en el único sitio donde creía

poder desahogar sus penas: el seno de su madre. Y al abrazarla, y al

bañarla el rostro de lágrimas ardientes, exclamaba el hijo: «No hay más

mujer buena que tú, mamá. Debí no repartir mi amor; debí conservarlo

para ti sola. Perdóname, y vivamos como si nada hubiese sucedido». En

efecto; aquel mismo día se separaron los esposos. Casilda se fué á

vivir á París.

De allí á un año ó poco más recibió Gonzalo dos golpes terribles.

Perdió á su madre... y supo que Casilda tenía una niña, nacida á los

seis meses de la separación.

Pasado el primer estupor, una claridad repentina iluminó su espíritu,

haciéndole ver todo de distinta manera que antes. La muerte de su

madre le enseñaba cómo el amor filial, con ser tan puro y tan sagrado,

no puede, por su esencia misma, acompañarnos hasta el sepulcro, de

suerte que la _compañera_ es únicamente la esposa; y el nacimiento

de aquella niña le decía á las claras que el amor es antorcha que

las generaciones se transmiten de mano en mano, y el que nos dieron

nuestras madres, se lo restituimos á nuestros hijos después.

Lo tremendo de la situación de Gonzalo consistía en que, á pesar de

la agitación y la emoción profundísima que el nacimiento de la niña

le causaba, su desconfianza mortal y las apariencias de última hora

no le permitían creer que fuese realmente su sangre. Le enloquecía

la idea de paternidad representada por aquella niña; pero faltábale

la fe, primera virtud del padre, base de su felicidad inmensa. El

silencio de Casilda, el tiempo que iba transcurriendo sin nuevas de

París, ayudaron al convencimiento amargo y vergonzoso de Gonzalo. Solo,

dolorido, misántropo, fué dejando correr su edad viril entre desabridas

diversiones y trasnochadas aventuras.

Hacía quince años que arrastraba vivir tan intolerable, cuando una

noche, en el teatro de la Comedia, mirando por casualidad á un palco

entresuelo, se creyó víctima de un error de los sentidos: tal vuelco

dió su sangre, viendo á la muchacha encantadora que acababa de dejar

los gemelos sobre el antepecho y se inclinaba para mirar hacia las

butacas, sonriente. La muchacha era el retrato vivo, animado, de la

madre de Gonzalo, tal cual la representaba precioso lienzo de Madrazo,

con la frescura de la primera juventud. Si la figura se hubiese bajado

del cuadro, no podría ser más asombrosa la semejanza, ayudada por el

parecido de la moda actual con la moda de 1830. Trémulo, espantado, al

mismo tiempo que frenético de alegría, Gonzalo entrevió, en el asiento

de respeto del palco, otra cabeza de mujer que conoció, á pesar del

estrago del tiempo transcurrido: su esposa, Casilda.--Y la conciencia

de que aquella jovencita era su hija del corazón, le inundó como una

ola que lo arrebata todo, dudas, penas, el pasado entero.

Habría que gastar muchas páginas en referir los pasos que dió Gonzalo,

la suma de actividad que desplegó para conseguir que le fuese permitido

vivir cerca de la hija revelada y adorada en un minuto, el minuto

divino de verla. ¡Inútil esfuerzo, lucha estéril en que consumió sus

últimas energías! Una carta decisiva, escrita por Casilda algunas

horas antes de regresar á Francia, decía, sobre poco más ó menos, lo

siguiente: «Nuestra hija me quiere á mí como tú quisiste á tu madre. Si

la separas de mí, no lo resistirá. Es tarde para todo: resígnate, como

yo me resigné en otra edad más difícil. Lo único que me dejaste es la

niña: no la cedo».

Y Gonzalo, mordiendo de dolor el pañuelo con que enjugaba sus ojos,

murmuró:

--Es justo.

EL DÉCIMO

¿La historia de mi boda?

Oíganla ustedes: no deja de ser rara.

En tranvía · 第 8 / 14 段