Sin embargo, desde la mitad del camino--que era largo, por encontrarse

la prisión en las afueras de la ciudad y en el centro la plaza--, Ivona

de L’Hermine, enderezándose, demostró inquietud nerviosa, delatora

de una esperanza. Dos veces el oficial que mandaba la escolta de

_azules_ á caballo se había acercado á la carreta y murmurado al oído

de Ivona algunas palabras, un cuchicheo. Tiñó el carmín las mejillas

descoloridas de la doncella: no era el rubor de la modestia, ni el

dulce sofoco de la pasión; no eran los sentimientos que en un alma

joven despiertan las expresiones del amoroso rendimiento. Por más que

el oficial fuese mozo y gallardo, Ivona no reparaba en su apuesta

figura. Otra cosa encendía su rostro; la vida, la mágica vida, la vida

que no había saboreado y que iba á perder. Al casi paralizado corazón

acudía de nuevo la sangre, y los ojos de violeta recobraban su luz. ¡No

morir!

Instintivamente, desde que Ivona oyó la primer frase balbuceada por el

oficial, trató de desviar el rostro, evitando el de su madre. Ésta, en

cambio, clavaba en Ivona los ojos, fijos, ardientes, interrogadores.

Ya á la salida de la cárcel pudo notar la impresión producida en el

oficial por la hermosura de Ivona. La condesa no tenía ideas políticas;

no la importaba Luis XVII martirizado en el Temple; mal de su grado

se veía envuelta por los sucesos; deber la vida á un republicano no

la parecía humillante. Se la debería gustosísima, aceptaría la de su

hija, pero... ¿y la honra?--Por espacio de largos años, recluida en sus

haciendas, lejos del mundo, sólo había atendido la condesa á educar

á Ivona con máximas de honestidad y de recato, cultivándola entre

blancuras de azucena, fortificándola por el ejemplo de la más casta

viudez. La corrupción de la corte espantaba á la condesa, y hasta había

momentos en que, recordando á Luis XV, justificaba la revolución y la

consideraba castigo divino, merecido y necesario. La fe y el culto

supersticioso de aquella mujer no eran la monarquía ni el antiguo

régimen, sino la pureza, la religión del armiño que llevaba en su

título nobiliario y en la empresa de su blasón. Y al observar cómo el

oficial devoraba con la mirada á Ivona, al ver que deslizaba en su oído

palabras que la reanimaban instantáneamente, pensó para sí: «Quiere

salvarla. ¿Á ella sola? ¿Á qué precio?

Increíble parece que una idea triunfe del horror que nos domina, al

ver abierta la negra boca del no ser, las fauces de la eternidad. La

condesa, en tan decisivos momentos, olvidando el miedo, sólo pensaba

en Ivona ultrajada, mancillada, llevada por el oficial á su pabellón

como una mujerzuela, después de que la hubiese arrebatado al patíbulo.

Y no cabía duda: la niña aceptaba el trato: quizá su inocencia ignorase

las condiciones; pero lo admitía: era vivir, era evitar el amargo

trance. Mientras la indignación hervía en el alma de la madre, la

hija volvía la cabeza para buscar con sus ojos, antes amortiguados,

resplandecientes ahora, suplicantes, agradecidos, al jefe de la

escolta, que la dirigía una sonrisa tranquilizadora, de inteligencia...

Y ya llegaban; todo iba á consumarse; la carreta empezaba á abrirse

paso difícilmente por entre las oleadas de la multitud que llenaba

la plaza, en cuyo centro, siniestra y rígida silueta, se alzaba la

guillotina, recogiendo un rayo de sol en su cuchilla de acero...

Al detenerse la carreta, los soldados, atentos á una orden del oficial,

hicieron bajar á la condesa y á Ivona. Quedaron las demás sentenciadas

dentro, aguardando su turno: rezando las viejas, la esposa del

guerrillero renegando de su suerte y pidiendo compasión. La condesa

advirtió que la llevaban á ella primero y que su hija quedaba como

rezagada al pie de la escalera, medio perdida ya entre el gentío.

El hielo del espanto, el estremecimiento que la vista del patíbulo

había derramado en sus venas, provocando un sudor frío instantáneo,

se convirtieron en una especie de furor silencioso, de desesperada

vergüenza. Ya veía los dedos del oficial desordenando los rizos rubios

de Ivona, y la imagen sensible, la representación de la afrenta, era

más cruel y más amarga que la del suplicio. «No lo conseguirá», decidió

con resolución terrible. Acordóse de que por descuido ó transigencia

la habían dejado desatadas las manos. Como si quisiese confortarse

el corazón, deslizó la mano por la apertura de su corpiño. Algo

sacó oculto en el hueco de la mano. Y cuando el verdugo se acercó á

sostenerla para que subiese los peldaños de la escalerilla, en rápida

confidencia le dijo no se sabe qué, deslizándole en la diestra un

puñado de oro. Se ignorará lo que dijo... pero, por los resultados, se

adivina.

Sucedió una cosa que al pronto no acertaron á explicarse los que

presenciaban la escena tristísima, y en aquellos tiempos ya casi

indiferente á fuerza de ser habitual. Y fué que el verdurgo,

retrocediendo, cogió brutalmente á la señorita de L’Hermine por el

talle, por donde pudo, y en un segundo la empujó á la escalera, y á

empellones la subió á la plataforma. La condesa le ayudaba, se hacía

atrás, impulsaba también á su hija y la arrojaba á los brazos del

ejecutor de la ley. Hízose tan rápidamente la maniobra, y era tal

el oleaje del pueblo, que rugía é insultaba, la confusión en que la

escolta se había apelotonado, que cuando el oficial, atónito, se

precipitó, quiso intervenir, Ivona caía en la báscula, y la media luna

se deslizaba mordiendo la garganta torneada, contraída por el espasmo

del terror supremo, que ni gritar permite... El verdugo agarró por los

mechones largos y rubios la lívida cabeza de la niña, que destilaba

sangre, y la presentó á los espectadores. Y la condesa de L’Hermine,

al acercarse sin resistencia para recibir la misma muerte, pensaba con

satisfacción heroica:

--¡Gracias que pude esconder en el pecho las monedas!

BENITO DE PALERMO

Preguntáronle sus amigos al marqués de Bahama--riquísimo criollo

conocido por su fausto, sus derroches y su aristocrática manía de

defender la esclavitud--por qué singular capricho llevaba á su lado en

el coche y sentaba á su mesa á cierto negrazo horrible, de lanuda testa

y morros bestiales, y por contera siempre ebrio, siempre exhalando

tufaradas de aguardiente, que no lograban encubrir el característico

olorcillo de la raza de Cam.--Hay--le decían--negros graciosos,

bien configurados, de dientes bonitos, de piel de ébano, de formas

esculturales; pero éste da grima; más que negro es verde violeta;

es una pesadilla.--Y el Marqués, sonriendo, defendía á su negrazo

con algunas frases de conmiseración indolente: «¡Pobrecillo! ¡Qué

diantre!... Yo soy así».

Al cabo, en una alegre cena donde se calentaron las cabezas, merced

á que se bebió más champagne y más manzanilla y más licores de lo

ordinario, y lo ordinario no era poco; viendo yo al marqués animado,

decidor--en plata, algo chispo--aproveché la ocasión de repetir la

pregunta. ¿Por qué Benito de Palermo--así se llamaba el negrazo--gozaba

de tan extraordinarias franquicias? Y el marqués, á quien le relucían

los hermosos ojos negros, de pupila ancha, contestó sonriendo y

señalando á Benito, que yacía bajo la mesa, completamente beodo:

--Por borracho, cabal; por borracho.

No logré que entonces se explicase más. Parecióme tan rara la causa

de privanza de Benito, como la privanza misma. De allí á dos días,

paseando juntos, recordé al marqués su extraña contestación, y él,

arrojando el magnífico _recorte_ que chupaba distraídamente, murmuró

con entonación perezosa:

--Bueno; pues ya que solté esa prenda, diré lo que falta... Ahora se

sabrá cómo si no es la borrachera de Benito, estoy yo muerto hace años,

y de la muerte más horrorosa y cruel.

No ignora usted que me he educado en los Estados Unidos, y me

aficioné á los viajes desde la niñez, porque allí el viajar se

considera complemento de toda escogida educación. Antes de cumplir

los veinticinco años había recorrido las principales ciudades de

Francia, Inglaterra y Alemania; sabía cómo se vive en cada nación

culta; en París, sobre todo, me había pasado inviernos enteros. Sin

embargo, la monotonía de la civilización empezaba á causarme tedio,

y me hurgaba el caprichillo de ver países menos cultos á la moderna.

Dediqué unos meses á registrar la hermosa Italia, parando mucho en

Roma y consagrando temporaditas á Florencia, Nápoles, Sicilia, Malta y

Córcega; y engolosinado ya--Italia siempre será un paraíso--propúseme

realizar al año siguiente otro delicioso viaje, el de Oriente: Grecia,

Turquía y Palestina. Para venir á lo que importa de este cuento,

lleguemos ya á Atenas, donde, por recomendaciones que llevaba, encontré

excelente acogida en el cuerpo diplomático y en la corte, lo cual, y

otra cosa que añadiré, contribuyó á que se prolongase mi estancia en la

capital de Grecia bastante más de lo que pensaba.

Es el caso que en una fonda magnífica de Florencia había yo visto, por

espacio de pocas horas, á una hermosísima inglesa, la cual grabó en

mi espíritu una impresión que no habían conseguido borrar el tiempo

ni la distancia. Era de esas mujeres que no se olvidan, porque á la

belleza plástica, incomparable, reunía una gracia, una viveza y una

originalidad excéntrica y picante, que empeñaban en perseguirla y

adorarla. El vulgo cree que todas las inglesas son sosas; pero yo

le aseguro á usted que la que sale donosa, vale por diez. Eva...

(suponga usted que se llamaba así) era viuda, y viajaba con una dama de

compañía, sin rumbo fijo, adonde la llevaba su imaginación artística y

fogosa. En los cortos momentos que conseguí hablarle, volvióme loco.

No me atreví á galantearla abiertamente, y sólo con los ojos le revelé

el efecto que en mí causaba. Debo advertir que no me hizo maldito el

caso, que me toreó, y en una vuelta que di me encontré con que había

desaparecido, sin que me fuese posible acertar con ella, por más que la

busqué desalado al través de toda Italia.

Calcule usted mi sorpresa y mi emoción, cuando en el primer sarao á que

asisto en la embajada inglesa en Atenas, me encuentro á Eva radiante de

hermosura, divinamente prendida y dispuesta á valsar. Excuso decir que

inmediatamente me dediqué á cortejarla, y á fuerza de atenciones logré

algunas ligeras señales de complacencia, pequeños indicios de que no la

era desagradable mi persona. Sin embargo, en los saraos sucesivos, y en

todos los lugares donde yo procuraba encontrarme con Eva y acompañarla,

noté cuán difícil era ganar terreno en aquel corazón caprichoso y

rebelde. Eva me desesperaba con sus coqueterías y sus arrechuchos;

nunca estaba yo seguro de llegar á vencerla; si me veía alegre, me

quería triste; si yo decía negro, ella respondía blanco. Creo que este

sistema me trastornaba más, y ya me encontraba á punto de darme á todos

los demonios, cuando...

--Pero--interrumpí--lo que no sale á relucir es Benito de Palermo; y

confieso que Benito me importa más que la hermosa Eva.

--Cachaza, ya llegaremos á Benito--respondió sonriendo el marqués--.

Iba á decir que por entonces fué cuando parte de la colonia inglesa que

se encontraba en Atenas dispuso organizar una excursión á caballo y en

coche, con objeto de visitar la célebre llanura de Maratón.

--¡Ah!--exclamé estremeciéndome involuntariamente.--¡Ya sé, ya sé!

¡Conque le tocó á usted ese chinazo! ¡Qué cosa tan horrible!

--Veo que recuerda usted el episodio. ¡No es para olvidado, no! Toda

la prensa europea habló de eso detenidamente, publicando grabados,

retratos y pormenores, día por día. Pues sepa usted que la expedición

se combinó en la embajada, entre un rigodón y un vals de Strauss. La

colonia acogió la idea con fruición y entusiasmo; las mujeres, sobre

todo, estaban alborotadísimas. Pero yo, que había conversado largamente

con palikaros, intérpretes y comerciantes judíos, recordé las noticias

que me habían dado sobre una gavilla de bandoleros que infestaba

las inmediaciones de Atenas, y cuyo número, arrojo y sanguinarias

costumbres eran motivo suficiente para alarmarse y reflexionar. Emití

un dictamen de prudencia, indicando que convendría, ó llevar numerosa

y bien armada escolta, ó renunciar al proyecto. Y entonces adquirí la

persuasión de que todos los ingleses tienen vena. Lord *** y los demás,

que formaron parte de la fatal expedición, sonrieron desdeñosamente

cuando les hablé de peligros; y á aquella sonrisa, que ya me encendió

la sangre, correspondió Eva con algunas frases tan secas y burlonas,

que me restallaron como latigazos sobre las mejillas. Vino á decir que

el que no se sintiese con ánimos para arrostrar el riesgo, haría mucho

mejor en quedarse, pues las inglesas no quieren compañía sino de gente

resuelta, capaz de no achicarse ante los bandidos, caso de haberlos,

que eso estaba por ver. El que recuerde los veintiséis años que yo

tenía, y lo enamorado que andaba de Eva, comprenderá que me propuse

formar parte de la expedición, aunque supusiese que nos acechaban

todos los salteadores del mundo. ¡Ir con Eva de viaje! ¡Galopar á su

lado! ¡Qué felicidad!--Y ella, al conocer mi propósito, giró como

una veletilla, me sonrió, y estuvo conmigo insinuante, coqueta,

hasta mimosa. La excursión quedó fijada para la mañana siguiente:

al despuntar el día nos reuniríamos en un punto dado, fuera de las

murallas de Atenas, llevando cada cual ó coche ó caballo, provisiones y

armas. De los guías se encargaba lord ***.

Aquí aparece Benito de Palermo: no se impaciente usted, que ya sale

el figurón.--Nacido en casa de mis padres, yo le llevaba conmigo

como quien lleva un perro de lanas, porque la verdad es que no me

servía para maldita la cosa, pues siempre ha sido torpón y desidioso.

Escondiéndole la bebida, aún se lograba hacer carrera de él; pero en

cuanto lo cataba, un cepo, una piedra. En Atenas, á fuerza de prohibir

yo en el hotel que le diesen á probar ni vino ni alcohólicos, íbamos

saliendo del paso.--Al regresar de la embajada, la víspera de la

excursión, llamo al bueno de Benito, le doy órdenes y las llaves, y le

encargo repetidamente que al rayar el día tenga mi caballo ensillado y

preparadas mis armas, y me despierte aunque sea á trompicones: hecho lo

cual, me adormezco pensando en Eva.

Cuando abro los ojos, el sol entra á torrentes en mi cuarto.

Despavorido, me echo de la cama y miro el reloj; marcaba las once.

Grito como un insensato llamando á Benito: Benito no contesta. Salgo

al cuarto de tocador, de allí al pasillo... y tropiezo con un bulto

negro, una bestia que ronca... Es Benito, ¡Benito, más borracho que

un pellejo! Comprendo instantáneamente... Dueño de mis llaves, había

asaltado un armario donde yo guardaba, entre mis trastos, una _cave

à liqueurs_, y á aquellas horas la cabalgata se encontraría cerca de

Maratón, y yo sería para Eva el ser más despreciable y más ridículo.

Desde que estaba en el viejo continente, no había empleado el bejuco.

Cegué, y arremetiendo contra el negro, le di tal soba, que volvió

en sí llorando y gimiendo que le asesinaban. Cuando me harté de

pegarle, pensé en ensillar el caballo y reunirme á la comitiva... Pero

era preciso buscar guía, pues de otro modo, ¿cómo orientarme en la

planicie?--Y antes de que el guía pareciese, ya se divulgaba por Atenas

la noticia espantosa: los bandoleros habían copado la expedición,

cogiendo prisioneros á los expedicionarios, después de una heroica

resistencia y de herir gravemente á alguno; las mujeres habían sufrido

peor suerte, escarnecidas á la vista de sus maridos y hermanos, que

atados de pies y manos no las podían defender... Ya supone usted cual

me quedaría; no he sufrido nunca impresión más atroz.

--Recuerdo el caso... Se llevaron á los ingleses, exigiendo un

enorme rescate y amenazando con atormentarles mientras el rescate no

llegara... Si no me equivoco, á lord *** le fueron mechando y cortando

en pedacitos: no hay idea de martirio semejante...

--Ea, pues de eso me libré yo por estar Benito borracho perdido--afirmó

el marqués requiriendo la petaca--. Desde entonces le dejo beber lo que

quiera... y el amo, aquí, es él.

--Según eso, ¿habrá usted comprendido que un hombre de color no es un

perro?

--Claro que no. Los perros no se emborrachan nunca.

--¿Y Eva? ¿Sufrió el destino de las otras? Estaría muy bien empleado.

--¡Pues ahora caigo en que falta lo mejor!-exclamó el marqués--. Eva,

por un antojito, porque no la gustaba su traje de amazona, también se

había quedado en Atenas... ¡y si Benito me despierta y acierto á ir con

la expedición, no sólo pierdo la vida, sino los deliciosos ratos que

debí á Eva después... cuando ya se ablandó su corazón intrépido!

LEY NATURAL

Voy á escribir una historieta de amores. Á pesar de la ciencia, de la

economía política, de la política contra la economía, de los problemas

militares, de las huelgas y las manifestaciones, el amor conserva aún

su atractivo pueril, su gracia patética ó sonriente. Es el amor todavía

un angélico revoltoso, salado y dulce, y el aire de sus rizadas alitas,

durante las abrasadas siestas del verano, refresca las sienes de mucha

gente moza.--Fáltale al amor actualidad, pero le sobra eternidad.--Mi

cuento demostrará por millonésima vez que el dominio del amor se

extiende á todas las criaturas y que, según á porfía repiten poetas y

autores dramáticos, no hay para el amor desigualdades sociales.

Llamábase mi heroína Muff, que en alemán quiere decir _manguito_, y la

pusieron tal nombre porque, en efecto, el fino pelaje que la revestía

daba á su diminuto corpezuelo cierta semejanza con un manguito de rica

piel gris. Dama hubo que se equivocó y echó mano á Muff; pero la dueña

de la lindísima grifona intervino exclamando:

--Cuidado... que salgo perdiendo yo. No hay manguitos de ese precio.

Verdad indiscutible, de las que se demuestran con cifras. Hasta dos mil

francos puede costar un manguito, si es de chinchilla de primera, y

por Muff se pagaron al contado tres mil. Hoy las pieles han subido: me

refiero á los precios de entonces. Todavía es preciso agregar al coste

de Muff el importe de sus joyas: dos collares _chien_, de perlitas uno,

otro de coral rosa con pasadores de diamantes, y un par de cascabeles

de oro incrustados de rosas y zafiros--dije útil, pues revelaba con su

tilinteo la presencia de Muff y la salvaba de morir aplastada de un

pisotón--. No omitamos tampoco en el presupuesto de Muff--nada hay que

omitir tratándose de presupuestos--el valor del elegante _trousseau_

remitido de París, donde existen modistas y talleres especialmente

dedicados á este ramo. Poseía Muff y lucía con frecuencia, según la

estación, sus mantas acolchadas de terciopelo, raso y gro Pompadour,

con bolsillito para el microscópico pañuelo perfumado de _lilas blanc_,

sus botas de caucho ó cabritilla, sus collarines de rizada pluma, y

creo ocioso añadir que dormía en lecho de edredón con múltiples cojines

bordados y blasonados.

¡Ah! Si las riquezas, la ostentación, el lujo, la vanidad bastasen á

los corazones sensibles, ¡quién más feliz que Muff! Era su existencia

la realización de un cuento de hadas. Habitaba un palacio lleno de

preciosidades artísticas, tenía á su servicio una doncella, diligente,

cuidadosa y mimosa, la Paquita, que después de bañar á Muff en agua

tibia, frotarla con jabón exquisito, enjuagarla con suave lienzo y

peinarla hasta esponjar sus plateadas sedas, le servía en cuencos de

porcelana golosinas selectas, y, terminada la refacción, frotaba los

dientecillos de su ama con un cepillo empapado en elixir, á fin de que

tuviese el aliento balsámico y fresca la boca. Si Muff salía, iba en

coche, por supuesto, enganchado para ella expresamente; llevábanla al

Retiro, y el lacayo, bajándola en el punto más solitario y de aire más

puro, la dejaba brincar y correr, hacer ejercicio higiénico, solazarse

á su libertad. Tampoco faltaban á Muff satisfacciones de amor propio.

Cuantos la veían, extasiábanse con la monada del manguito vivo y

alababan el pelo argentado, los ojos negros, inmensos, medio velados

por las revueltas sedas, el hociquito diminuto, semejante á una trufa,

la jeta encantadora. Así y todo, entre tantos mimos y esplendores,

andaba mustia la grifona y á veces sus vastas pupilas expresaban

nostálgica aspiración...

Cuando Dios creó á los seres allá en las frondas tupidas del Edén,

clavóles adentro, muy adentro, en lo íntimo y profundo de la voluntad,

un aguijón, un estímulo, especie de alfiler que sin cesar punza y

se hinca y no consiente minuto de sosiego. Reclinada en sus fofos

almohadones de seda ó agasajada en brazos del lacayo, acariciada por

Paquita ó correteando por las sendas enarenadas del Retiro, Muff sentía

la punta aguzada hincarse más hondo. «No eres feliz, pobre Muff; te

falta la sal de la vida, la esencia del licor», sugería el alfiler por

medio de tenaces picaduras reiteradas; y Muff, en lánguida postura,

con el hocico ladeado y una patita péndula, suspiraba, y al anhelar

de su pecho, el cascabel de oro del collar hacía misterioso _tilín_.

Un sagaz observador comprendería al punto lo que le dolía á Muff;

pero no supieron entenderlo sus poseedores--ó no quisieron, si se da

crédito á versiones que parecen autorizadas. En consejo de familia fué

sentenciada Muff á ignorar eternamente las alegrías amorosas y las

sublimes pero arduas faenas de la maternidad. Objeto de lujo, primoroso

_bibelot_, no debía estropearse. Y al notarla melancólica, decía la

Paquita, presentando tentador plato de dorados bizcochos:

--¡Anda, monina, tontina, no _pienses_ en _eso_!

Un atardecer, al bajarse Muff de su coche en las umbrías del Retiro,

vió que se acercaba á ella, muy brincador y animado, feísimo perrucho.

Era un ruin gozquejo callejero, de ésos que por turno mendigan y

muerden, que rebuscan ávidamente piltrafas entre la basura, y perecen

extrangulados á manos de laceros municipales. Al ver al chucho, con

su zalea amarillenta y sucia, el primer movimiento de Muff fué un

remilguito desdeñoso. Viólo el lacayo y atizó al gozque soberano

puntapié, que le hizo exhalar un alarido doliente. La compasión

reemplazó al desdén, y Muff corrió hacia el lastimado, deseosa de

consolarle.

Ya él volvía, sin miedo ni rencor, á rabisalsear en torno de Muff.

Empezó el juego con amistosos ladridos, mordisquillos en chanza,

hociqueos y otras manifestaciones expresivas é indiscretas de la

cordialidad perruna. Los separaron, y Muff fué recogida á casa;

pero al siguiente día, apenas descendió del coche, halló de nuevo

al gozquecillo, alegre, insinuante, porfiado como él solo. Quiso la

maliciosa casualidad que también el lacayo guardián de Muff tuviese un

encuentro, el de su paisana la niñera Lucía, muchacha rubia, de buen

palmito. Mientras los dos paisanos pegaban la hebra, la aristocrática

grifona y el can plebeyo se entendían gustosos. Quizá la sentimental

perrita confesó sus aspiraciones románticas y el vacío de su dorada

esclavitud; acaso el pobrete apasionado de aquella beldad de alto

coturno refirió sus luchas por la existencia, sus días de inanición,

la vagancia, los palos recibidos, el poema de una miseria sufrida con

estoico desprecio. Lo cierto es que, insensiblemente, aprovechando

la distracción de su custodio, Muff se apartó del coche, y guiada

por el perrucho, perdióse entre las alamedas y macizos de árboles,

en dirección á la salida del Retiro, hacia Atocha. ¡El seductor iba

delante, enseñando el camino; Muff le seguía, intrépida, sin volver el

hocico atrás; y al rápido trotecillo de sus menudas patitas, tilinteaba

suavemente, en ritmo musical, con una especie de emoción, el áureo

cascabel, al cual enviaba corrientes de electricidad el corazón

venturoso!

Todos los periódicos anuncian la pérdida de Muff. La gratificación

ofrecida es cuantiosa. Muff, sin embargo, no parece. ¿Qué ha sido del

manguito viviente, del rebujo de argentadas sedas, entre las cuales

lucen las negrísimas pupilas enormes? ¿Qué hicieron de Muff la vida

nómada, el abandono, la necesidad? ¿La robó un aficionado, y no quiere

restituirla? ¿Yace en la alcantarilla, tiesa, helada, despojada de su

collar y su cascabel de oro y piedras? ¿Ó aceptando su humilde destino,

ha dejado voluntariamente las galas de la riqueza, y, tiritando,

acompaña á su esposo, ronda con él al amanecer, y hoza en los montones

de estiércol para engañar el hambre--el hambre, enemigo del amor,

severo juez que inflexible lo castiga, verdugo que lo mata?

EL COMADRÓN

Era la noche más espantosa de todo el invierno. Silbaba el viento

huracanado tronchando el seco ramaje, desatábase la lluvia y el granizo

bombardeaba los vidrios. Así es que el comadrón, hundiéndose con

delicia en la mullida cama, dijo confidencialmente á su esposa:

--Hoy me dejarán en paz. Dormiré sosegado hasta las nueve. ¿Á qué loca

se le va á ocurrir dar á luz con este tiempo tan fatal?

En tranvía · 第 7 / 14 段