--¡Ah!--murmuró el esposo.--Y se mordió los labios. Hay en el amor

verdadero un instinto de delicadeza y altivez que impone la discreción:

cuanto más crece el ansia de _saber_, mayor es la exigencia de que sea

franco y sincero, y que lo sea espontáneamente, el ser querido; se

desea deber la tranquilidad á una expansión de cariño y ternura. Sergio

sintió que su dignidad amorosa no le permitía insistir en la pregunta,

y fingió olvidarse de ella; pero le quedó la espina hincada muy

adentro. Aparentó estar alegre cuando realmente se encontraba abatido

y melancólico, y apenas acertaba á pensar sino en el guardapelo de su

esposa. ¿Qué contenía? Hubiese dado la vida por salir de dudas... pero

oyéndolo de boca de ella misma, de sus dulces labios, en uno de esos

arranques leales y divinos en que los espíritus se besan, entrelazan

y funden. Mas como Matilde, aunque siempre zalamera y halagadora,

continuaba callándose lo del guardapelo, Sergio comprendió que se

confundía su razón, que padecía mucho, y que, cuando tenía delante á

su mujer, linda, adornada, dispuesta á amantes expansiones, en vez de

ver su codiciada hermosura, sólo veía el siniestro punto de oro, el

guardapelo fatal.

Matilde notó por fin la preocupación de su marido, y con coqueterías

y mimos quiso arrancarle la confesión de sus causas. Un día, tanto

apretó, que Sergio, vencido--el que ama fácilmente se rinde--,

reclinando la cabeza en el seno de su mujer, declaró que le atormentaba

ignorar lo que contenía aquel tan estimado guardapelo.

--¿Y era eso?--respondió Matilde sonriente--¡Válgame Dios! ¿Por qué no

lo dijiste más pronto? En este guardapelo... hay un mechón de pelo de

mi padre.

La explicación parecía muy satisfactoria, y, sin embargo, Sergio, al

oirla, sintió hondo estremecimiento allá en lo íntimo de su conciencia.

No le había sonado bien la voz de Matilde; no encontraba en ella ese

timbre claro, que es como el eco de la verdad. Por primera vez desde su

boda tuvo un violento arranque, y señalando á la cadena, ordenó:

--Abre ese guardapelo.

Leve palidez se extendió por las mejillas de Matilde, pero obedeció;

apretó el resorte y Sergio divisó, tras su cristal, un mechón de pelo

fino, de un rubio ceniza... En vez de echar los brazos al cuello de su

mujer, que repetía: «¿Lo ves?» Sergio volvió á percibir otro golpe,

otra fría puñalada... Retiróse lentamente, y aquel día los esposos no

se hablaron. Matilde, quejándose de jaqueca, se acostó á medio día, y

Sergio salió al campo á pasear.

Cavilaba, discurría. Su suegro, ya difunto, y á quien había conocido

calvo, con cerquillo de pelos grises, ¿sería en su juventud tan

rubio? La cosa era bastante difícil de averiguar. Probablemente nadie

recordaba ese detalle, pues para nadie tenía importancia, sino para

él, Sergio, en aquella hora de su vida. ¿Quién le diría la verdad? Los

días siguientes, disimulando la inquietud, preguntó á troche y moche,

frecuentó el trato de los contemporáneos de su suegro, revisó retratos

antiguos, fotografías, una miniatura... Nada logró sacar en limpio, más

que noticias contradictorias.--Por fin, recordó que hacía pocos meses

Matilde le había interesado en una recomendación á favor de un quinto,

nieto de cierta buena mujer que había sido niñera de su padre, y que

vivía aún, en una aldea cercana. Sergio, afanoso, ensilló el caballo y

no paró hasta apearse ante la cabaña de la viejecita. Ésta, que frisaba

en los ochenta y tres años, estaba impedida, medio ciega y casi sorda.

Costóle gran trabajo á Sergio hacer comprender á la anciana su extraña

pregunta. ¿De qué color tenía el pelo su suegro cuando era niño? Al

fin, la vieja, meneando la cabeza decrépita, respondió en cascada voz,

alzando el dedo índice:

--¿El pelo? Lo tenía negrito, negrito como la endrina. ¡Ay! Era muy

guapo.

Sergio, que al pronto se quedó convertido en piedra, salió después

corriendo como un loco. Matilde había mentido. ¡La condenaba aquel

testimonio irrecusable! No podía ser recuerdo filial el mechón rubio.

Una semana tardó Sergio en volver á su hogar. Anduvo errante,

desatinado, y durante aquella semana puede decirse que recorrió el

ciclo de la vida del sentimiento y que agotó entera la copa de la duda

y la desesperación, sufriendo la profunda miseria moral que acompaña

á los celos. Los dos primeros días dió por seguro que Matilde era una

gran culpable y decidió matarla.--Los dos siguientes supuso que el

mechón no recordaba sino algún inocente amorío de la adolescencia. Y

al correr los tres últimos empezó á sonreirle una hipótesis que á cada

paso se le figuraba más cuerda y razonable: la anciana, chocha ya, se

había equivocado, como se equivocan hasta en lo más patente otras dos

centenarias temblonas, la historia y la tradición. Al séptimo día,

en el alma de Sergio el amor consiguió reconstruir su mundo ideal:

la condenada vieja mentía, era una bellaca embustera y maliciosa; el

padre de Matilde tenía el pelo rubio, muy rubio, y en último caso, si

aquel mechón fuese _una memoria_... ¿qué importaba? No hay mujer que no

conserve un guardapelo y lo lleve, si no al cuello en el corazón, lo

cual es peor, ¡peor infinitamente!--Y Sergio, dolorido, pero resignado

y ferviente, volvió al lado de Matilde, acostumbrado ya al brillo

siniestro del punto de oro.

LA VENTANA CERRADA

Si alguna febril curiosidad he padecido en mi vida--declaró Pepe

Olivar, el original escritor que hizo ilustre el prosaico seudónimo de

_Aceituno_--; si me convencí prácticamente de que por la curiosidad

se puede llegar á la pasión, fué debido al enigma de una ventana

cerrada siempre, y detrás de la cual supuse que vivía--ó más bien que

moría--una mujer á quien no conseguí ver nunca... ¡Nunca!

--Eso parece leyenda de antaño, cuento misterioso de la época

romántica--exclamó uno de nosotros.

--¡Y tú te figuras, incauto--repuso _Aceituno_ sarcásticamente--que ha

inventado algo el romanticismo? ¿Supones que no hubo románticos sino

allá por los años del 30 al 40? ¿Desconoces el romanticismo natural,

que no se aprende? ¿Piensas que la imaginación puede sobrepujar á la

realidad? Las infinitas combinaciones de los sucesos producen lo que

ni aun entrevé la inspiración literaria. De esto he tenido en mi vida

muchas pruebas; pero la historia de la ventana... ¡ah! ésa pertenece,

no al género espeluznante, sino á otro, poco lisonjero ciertamente para

mí... Con todo, no careció de poesía: poesía fueron, y poesía de gran

vibración, las violentas emociones que logró producirme.

Supón que yo era muy muchacho: iba á cumplir los diecinueve, y desde

C... acababa de trasladarme á Madrid para completar mis estudios en la

facultad de Medicina y «despabilarme» (así decía mi padre, que me tenía

por un rapaz encogido y torpe). Es frecuente que los chicos, por exceso

de sensibilidad, parezcan lerdos; así me pasaba á mí; andaba por el

mundo como dormido, mientras en mi interior se representaban novelas,

dramas y tragedias, siempre con el mismo protagonista; el pobre

estudiante de medicina, que desde el balcón de una casa de huéspedes de

las más baratas, miraba pasar el torbellino de la corte, el descenso

de los elegantes trenes hacia el paseo y los toros, el movimiento

incesante, vertiginoso, de una de las grandes arterias madrileñas.

Dominaba mi balcón del cuarto piso, no sólo la ancha calle que sabéis,

sino las estufas, dependencias y jardines de cierto magnífico palacio.

Cuando el bullicio callejero me aburría; cuando, rendido de estudiar

para prepararme á los exámenes, ó de tragar libros y almacenar

conocimientos, ó de darme un atracón de versos, soñaba con siestas en

el campo y excursiones al través de las rientes campiñas galaicas,

reposaba fijando la vista en lo que familiarmente llamaba «mi jardín».

Dada la penuria de vegetación del interior de Madrid, el tal jardín

se me figuraba un oasis consolador de la estrechez de mi cuarto, del

tiesto de albahaca tísica que cultivaba mi patrona, de la falta de

dinero para salir al campo los domingos. Frondosos y crecidos eran

los árboles que sombreaban la fachada del palacio; pero, en otoño,

los de hoja caduca, al despojarse de su rozagante vestido verde, me

descubrían, en el segundo piso, en el ángulo del edificio, muy distante

del pórtico por donde salían los carruajes, _la ventana_...

Al pronto, no extrañé que aquella ventana, alta y rasgada, fuese la

sola que jamás se abría, la única que, protegida siempre por el abrigo

de su tupido cortinaje de seda, permanecía velada como un santuario

y cerrada como la reja de una prisión. Así que caí en la cuenta, lo

único que me atraía del palacio espléndido era la ventana dichosa. Mi

vista, que antes registraba afanosamente los dorados salones, las bien

decoradas estancias, los gabinetes llenos de delicados chirimbolos,

el lujo severo del comedor, con sus bandejas de plata repujada y

sus flamencos tapices--cosas que daban idea de una vida superior,

desconocida para mí--, ahora desdeñaba tal espectáculo, y «atraída por

un imán más poderoso», como dice Hamleto, no se apartaba del ángulo del

edificio, de la ventana nunca abierta.

Con insinuantes preguntas á mi patrona; haciendo charlar á mis

compañeros de hospedaje y café, que se jactaban de conocer á fondo

la crónica madrileña--quise averiguar la biografía de los moradores

del palacio. Si bien todos afirmaban saberla á ciencia cierta y con

pelos y señales, al precisar sólo obtuve datos truncados y hasta

contradictorios, que me pusieron en mayor confusión.

El dueño del palacio era un opulento magnate que había pasado

larguísimas temporadas en el extranjero, desempeñando altos puestos

diplomáticos. Por su alejamiento de la patria y por su carácter

reservado y altanero, tenía en Madrid escasos amigos y contadas

relaciones, y era de los que ni se dejan ver ni quieren gente. Al

tratarse de la familia del señorón, empezaban las opuestas versiones

y las noticias novelescas. Según unos, el magnate estaba viudo de

cierta bellísima inglesa, y tenía consigo á una hija no menos hermosa,

único fruto de su enlace; según otros, la inglesa no había muerto y

residía en el palacio, secuestrada por los bárbaros celos del esposo...

Gentes de imaginación volcánica aseguraban que la dama emparedada del

palacio no era sino una odalisca robada en Constantinopla, y muchos la

convertían en princesa circasiana venida de los países donde es más

puro el tipo humano en la raza blanca, y donde la mujer, satisfecha con

tener á su lado al señor y dueño, no aspira ni á sentar en las losas de

la calle su diminuta babucha bordada de perlas... Estas suposiciones

me derramaron en las venas vitriolo y fuego. ¡Recuerdo que frisaba

yo en los veinte años, y que no había amado aún! Noches enteras me

pasé fantaseando la ventana cerrada, que guardaba, á mi parecer, la

clave de mi destino. Con el corazón palpitante espiaba la aparición

de la mujer que alguna vez, fatalmente, entreabriría el cortinaje y

pagaría mis miradas con una sola, resumen de la dicha... No me cabía

duda; la primer ojeada de la cautiva sería chispa de rayo, premio de mi

insensata y romancesca devoción... Me procuré unos gemelos marinos para

mejor escrutar el arcano de la ventana. Conté las mallas del encaje

del trasparente, las bellotas de pasamanería del cortinaje doble, los

arabescos del brocado... Cuando se encendían dentro las lámparas, yo

veía pasar y repasar una sombra gallarda, esbelta, ya arrastrando

flotante bata, ya ceñida por severo traje oscuro; sombra divina,

cuerpo de mi ensueño loco... ¿Lo creerán ó dirán que exagero? Hasta

tal punto me sacaban de quicio la dama invisible y la ventana cerrada,

que eran indiferentes á mi juventud fogosa todas las mujeres y se me

hacía aborrecible la lectura, como no encontrase en los libros alguna

situación semejante á la mía...

¡Los planes que forjé! ¡Los delirios que se me ocurrieron! ¿Por qué

secuestraban á aquella mujer celestial? ¿Qué tirano, qué verdugo era

el magnate? ¿Qué nombre daba á sus derechos? ¿Padre? ¿Marido? ¿Raptor

y amante celoso? ¿Había yo de tolerar el crimen? ¿No podría el oscuro

estudiante, el cero social, libertar á la prisionera? ¿Tanto costaba

escalar la tapia, salvar la puerta, aprovechar descuidos de los

servidores, deslizarme escalera arriba, aparecer de súbito en el cuarto

de la hermosa, caer á sus pies y decir en voz conmovida: «Aquí me

tienes; el cielo te depara un redentor».

Sólo que del pensamiento al hecho... Á pesar de mi fiebre amorosa y

heroica, el aspecto señorial del palacio, la gravedad del portero de

librea de gala, lo sólido del enverjado, los ladridos roncos de un

colosal dogo de Ulm, la saludable memoria del Código y también la

certidumbre de mi bolsillo vacío---no hay cosa que así cohiba--, hacían

que mis propósitos se desvaneciesen como el humo. Y quiso la pícara

casualidad que una mañana que me levanté muy resuelto, al mirar al

jardín y al palacio pensé que me daba un accidente... La ventana, ¡la

ventana! estaba abierta de par en par.

Exhalé un grito, asesté los gemelos... La habitación, un elegante y

muelle _boudoir_ femenino, se encontraba vacía, desierta, solitaria...

Recorrí las demás ventanas del palacio, todas abiertas, y en los

salones ni alma viviente... El portero, ya sin librea, fumaba en el

jardín; dos mozos retiraban plantas y jarrones á la estufa. Bajé mis

cuatro pisos, crucé la calle, me llegué á la verja, tiré de la campana,

pregunté... Los señores, la víspera, se habían marchado á Berlín.

--¿Y llegaste á averiguar, oh insigne _Aceituno_, quién era la dama

secuestrada?

Pepe Olivar sonrió con ironía y humorismo, no sin mezcla de tristeza y

nostalgia--su sonrisa propia, la marca de su estilo.

--Reíos también, ¡es muy chusco! Era la esposa del magnate, una

inglesa... y secuestrada, ya lo creo... pero por su propia voluntad,

único medio de que no rompa sus hierros una mujer. Ésta padecía una

enfermedad de la piel; una de esas afecciones tercas y repugnantes,

que desfiguran el rostro. De flor de Albión se había convertido en

berenjena madura... y como la prescripción era evitar la más leve

corriente del aire, no salía del tocador... Por otra parte, no quería

que la viese nadie con la cara echada á perder. Un doctor alemán

restauró las rosas y la nieve de aquella faz, que yo adoré sin haberla

visto.

INFIDELIDAD

Con gran sorpresa oyó Isabel de boca de su amiga Claudia--mujer formal

entre todas, y en quien la belleza sirve de realce á la virtud, como al

azul esmalte el rico marco de oro--la confesión siguiente:

--Aquí donde me ves, he cometido una infidelidad cruelísima, y si hoy

soy tan firme y perseverante en mis afectos, es precisamente porque me

aleccionaron las tristes consecuencias de aquel capricho.

--¡Capricho tú!--repitió Isabel atónita.

--Yo, hija mía... Perfecto, sólo Dios. Y gracias cuando los errores nos

enseñan y nos depuran el alma.

Con levadura de malignidad, pensó Isabel para su bata de encaje:

--Te veo, pajarita... ¡Fíese usted de las moscas muertas! Buenas cosas

habrás hecho á cencerros tapados... Si cuentas ésta, es á fin de que

creamos en tu conversión.

Y, despierta una empecatada curiosidad y una complacencia diabólica,

volvióse la amiga toda oídos... Las primeras frases de Claudia fueron

alarmantes.

--Cuando sucedió estaba yo soltera todavía... La inocencia no siempre

nos escuda contra los errores sentimentales. Una chiquilla de dieciséis

años ignora el alcance de sus acciones; juega con fuego sobre barriles

atestados de pólvora, y no es capaz de compasión, por lo mismo que no

ha sufrido...

La fisonomía de Claudia expresó, al decir así, tanta tristeza, que

Isabel vió escrita en la hermosa cara la historia de las continuas

y desvergonzadas traiciones que al esposo de su amiga achacaba con

sobrado fundamento la voz pública. Y sin apiadarse, Isabel murmuró

interiormente:

--Prepara, sí, prepara la rebaja... Ya conocemos estas semiconfesiones

con reservas mentales y excusas confitadas... El maridito se aprovecha,

pero por lo visto has madrugado tú... Pues por mí, absolución sin

penitencia, hija... ¡Y cómo sabe revestirse de contrición!

En electo; Claudia, cabizbaja, entornaba los brillantes ojos, velados

por una humareda oscura, profundamente melancólica.

--Dieciséis años; era mi edad... y había un ser á quien entonces quería

acaso más que á ninguno. Todos los momentos de que podía disponer, los

dedicaba á acariciarle, á hacerle demostraciones de ternura, que él

pagaba con otras, mil veces más apasionadas y alegres...

--¡¡Claudita!!--esclamó Isabel con pudibundo mohín.

--Isabel...--repuso ésta--tranquilízate, y que no te parezca cómica la

revelación... ¡Si vieses qué lejos de mí está el tomar á broma este

episodio! ¡Ojalá pudiese! El ser querido era un perro...

--¡Ah!--gritó Isabel, que no pecaba de necia--Debí figurármelo...

Sólo un perro justifica el lirismo con que te expresabas... Sólo el

corazón del perro encierra lealtad, sinceridad y nobleza bastante para

satisfacer á una soñadora como tú...

--Y ahí está la razón de mis remordimientos...--afirmó seriamente

Claudia--Si yo hubiese vendido á un ser capaz de venderme... mi

conciencia estaría casi tranquila. Habría arriesgado algo, me habría

expuesto á represalias... mientras que así...

--Comprendo, comprendo--balbució Isabel, conmovida á pesar suyo.

--Á pesar del tiempo transcurrido, aún me persiguen los recuerdos de

mi maldad... Los años nos hacen más blandos de corazón; la juventud

ve delante de sí tantas esperanzas, que no quiere mirar al dolor, ni

apiadarse del daño que aturdidamente ocasiona... Mi error no tuvo

disculpa, ni siquiera la del buen gusto. Ivanhoe, mi primer favorito,

era un perrazo magnífico, un terranova de pelo ensortijado y negrísimo,

como denso tapiz de alto astracán. De cabeza noble é inteligente, el

mirar de sus grandes ojos de venturina destellaba una bondad ideal;

¡decía un mundo de cosas! Cuando venia á descansar la cabezota en

mi regazo, y fijaba en mis pupilas las suyas magnéticas, yo leía en

ellas la resolución de morir por mí, si fuese preciso. La sombra de

un peligro, la entrada de una persona desconocida, contraían con

repentina ferocidad el hocico de Ivanhoe, que enseñaba sus blancos

dientes amenazándoles, gruñendo sordamente. De día, me seguía paso á

paso; de noche, dormía atravesado en el umbral de mi puerta. Mi pureza

no necesitaba otro guardián, y mis padres acostumbraban decir que con

Ivanhoe iba yo más defendida que con tres criados.

En esto sucedió que vino de París mi tía la de Bellver, y me trajo un

regalo carísimo. Empezaban á ponerse de moda los grifones, y dentro del

manguito me presentó uno, diminuto hasta la ridiculez y feo hasta la

sublimidad: «una delicia», voz unánime de cuantos le admiraron en la

tertulia. Un matorral de pelo gris sucio se cruzaba y confundía en la

cara del animalejo, escondiendo sus ojos desproporcionados, parecidos

á enormes cuentas de azabache y descubriendo sólo la nariz, trufita

húmeda, reluciente y donosa hasta la caricatura. _Clown_--así se

llamaba el bichejo--fué nuestro juguete, frágil, original y envidiado,

porque no se conocía otro en Madrid; y la miseria de mi vanidad me

incitó á consagrar á Clown exclusivamente todos mis halagos, á no

separarle de mí, á adoptarle por favorito, olvidando enteramente á

Ivanhoe. Es más; llegué á expulsar á Ivanhoe de mi presencia y de mi

cuarto, porque asustaba al grifón, el cual, muy tembleque, como todos

los perros chiquitines, se convertía en azogado al ver al colosal

terranova. Me entregué sin reparo al nuevo cariño, y si no le encargué

á Clown un _trousseau_ lujosísimo de sedas, encajes y plumas (ya sabes

que esto se hace hoy, como que existen modistas especiales y hasta

figurines para perros), al menos me dediqué á lavarle, peinarle,

perfumarle y atusarle, y le construí un collarín precioso de perlitas,

sacrificando mi mejor brazalete para los pasadores de diamantes. Mis

amigas rabiaban por no tener otro Clown; yo le sacaba en carruaje, en

el manguito ó en el rincón de mi chaqueta, entre el brazo y el seno;

y al lucir tan gracioso dije viviente, al ostentarlo como una niña

ostenta una muñeca más cara que todas, me pavoneaba y me hinchaba de

orgullo, sin pensar ni un instante en el olvidado...

El olvidado había procedido con la mayor dignidad, con la delicadeza

más absoluta. Bastaríale mover una pataza para aplastar al rival

intruso, pero se desdeñó hasta de ladrarle: tan mezquino enemigo no

merecía los honores del ataque y de la protesta. Si se hubiese tratado

de un perrazo... ya Ivanhoe disputaría mi ternura á dentelladas. Ante

aquel ser exiguo, Ivanhoe comprendió que no le tocaba descender á

ningún extremo celoso; se abatió, encogió la cola, agachó la cabeza, y

resignadamente descendió á la cuadra, donde los cocheros se encargaron

de cuidarle.

--Ese perro era _un caballero_--interrumpió Isabel.

--Y yo... _¡una infame!_--declaró amargamente Claudia.--Ivanhoe, solo,

enfermo, abandonado entre gente grosera y estúpida... No me enteré sino

cuando no había remedio.--Tiene la rabia mansa--me dijeron--y aunque

no hace daño ni muerde, habrá que pegarle un tiro.--Sentí un golpe

repentino en el corazón; me escapé, me escurrí furtivamente hasta la

cuadra, y me acerqué al montón de paja mal oliente en que yacía tendido

Ivanhoe. Á mi voz, entreabrió las pupilas y meneó débilmente la cola,

como diciendo: «Gracias, soy tu amigo, soy aquel mismo, á pesar de

todo...». Habían notado mi escapatoria y me arrancaron de allí deshecha

en llanto, ahogada por los sollozos, convulsa; me encerraron en mi

habitación, y á la media hora oí en el patio dos detonaciones de arma

de fuego...

Claudia calló y apretó en silencio, enérgicamente, la mano de Isabel.

Después de una pausa, dijo sonriendo:

--Ivanhoe me perdonó, porque en él no cabía otra cosa; ¡quien no me

ha perdonado ha sido el destino... el gran vengador! No me ha traído

suerte la infidelidad... El que á hierro mata...

DE VIEJA RAZA

Á cada salto de la carreta en los baches de las calles enlodadas y

sucias, las sentenciadas á muerte se estremecían y cruzaban largas

miradas de infinito terror. Sí, preciso es confesarlo: las infelices

mujeres no querían que las degollasen. Aunque por entonces se

ejercitaba una especie de gimnasia estoica y se aprendía á sonreir y

hasta á lucir el ingenio soltando agudezas frente á la guillotina,

en esto como en todo las provincias se quedaban atrasadas de moda,

y los que presentaban su cabeza al verdugo en aquella ciudad del

Poitou no solían hacerlo con el elegante desdén de los de la «hornada»

parisiense.--Además, las víctimas hacinadas en la carreta no se

contaban en el número de las viriles amazonas del ejército de Lescure,

ni habían galopado trabuco en bandolera con las partidas del _Gars_

y de Cathelineau. Señoras pacíficas sorprendidas en sus castillos

hereditarios por la revolución y la guerra, briznas de paja arrebatadas

por el torrente, no se daban cuenta exacta de por qué era preciso

beber tan amargo cáliz. ¿Ellas qué habían hecho? Nacer en una clase

social determinada--ser aristócratas, como se decía entonces--. Nada

más. Los cuatro cuarteles de su escudo las empujaban al cadalso. No lo

encontraban justo. No comprendían. Eran _sospechosas_, al decir del

tribunal; _malas patriotas_. ¿Por qué? Ellas deseaban á su patria toda

clase de bienes; jamás habían conspirado. No entendían de política. ¡Y

dentro de un cuarto de hora...!

Cinco mujeres iban en la carreta: dos hermanas solteronas, viejísimas,

las que mayor resignación demostraban en el trance; una dama como de

treinta años, esposa de un guerrillero, separada de él desde el mismo

día de sus bodas, que no le había visto nunca más porque no podía

sufrirle, y pagaba ahora el delito de llevar tal nombre; una viuda,

la condesa de L’Hermine, y su hija Ivona, criatura de dieciocho años,

de primaveral frescura y perfecta belleza. Bajo el gorrillo ó cofia

de blancos vuelos, el pelo suelto y rubio de la niña se escapaba

formando aureola á la cara cubierta de mortal palidez, y en que las

pupilas color de violeta y los cárdenos labios parecían toques de

sombra sepulcral. Las manos, atadas atrás, temblaban; los dientes

castañeteaban; doblábase desmayado el cuerpo.

En tranvía · 第 6 / 14 段