visto el caso del capitán, recelaba aprovecharlos. Yo me decidí primero
que nadie. Ya quería, de un modo ó de otro, salir del paso. Pero
antes de dar el salto mortal, reflexioné un poco y determiné echarme
de soslayo, como los buzos, para que la corriente, en vez de batirme
contra el buque, me ayudase á desviarme de él. Así lo hice, y en
efecto, tras de la zambullida, fuí á salir bastante lejos del _San
Gregorio_. Oía los gritos con que desde el _schooner_ me animaban, y oí
también el último alarido de algunos de mis compañeros, á quienes se
tragó el agua ó zapatearon las olas contra los buques. Yo choqué con
la espalda en el casco del _Duncan_: un golpe terrible, que me dejó
atontado. Cuando me halaron, caí sobre cubierta como un pez muerto.
Acordé rodeado de ingleses. Me decían: _¡go! ¡cook! ¡go!_ ¡á la cámara!
Me incorporé y quise ir adonde me mandaban, pero no veía nada, y
después de tantos horrores me eché á llorar por primera vez, exclamando:
--_My no look_... ciego... enséñenme el camino...
Me levantaron entre dos y me abracé al primero que tropecé, que era un
grumete y rompió también á llorar como un tonto. No sé las cosas que
hicieron conmigo los buenos de los ingleses. Me obligaron á beber de un
trago una copa enorme de _brandy_, me pusieron un traje de franela, me
dieron fricciones, me acostaron, me echaron encima qué sé yo cuántas
mantas, y me dejaron solito.
¿Qué sentí aquella noche? Verá usted... Cosas muy raras; no fué
delirar, pero se le parecía mucho. Al principio sudaba algo y no tenía
valor para mover un dedo, de puro feliz que me encontraba. Después, al
oir el ruido del mar, me parecía que aún estaba dentro de él, y que
las olas me batían y me empujaban aquí y allí. Luego iban desfilando
muchas caras: mis compañeros, el tercero á la luz del cigarro, el
capitán, y gentes que no veía hacía tiempo, y hasta un chiquillo que se
me había muerto años antes...
En fin, por acabar luego: llegamos á Newcastle, se me alivió la vista,
el cónsul nos dió una guinea para tabaco, y á los pocos días nos
embarcamos en un barco español con rumbo á Marineda. ¡Qué diferencia
del buque inglés! Nuestros paisanos nos hicieron dormir en el pañol
de las velas, sobre un pedazo de lona: apenas conseguimos un poco de
rancho y galleta por comida: como si fuésemos perros.
De la llegada, ¿qué quiere usted que diga? Á mi mujer le habían dado
por cierta mi muerte; en la calle le cantaban los chiquillos coplas
anunciándosela. Supóngase usted cómo estaba, y cómo me recibió. Ahora
he de ir al santuario de la Guardia: no tengo dinero para misas; pero
iré á pie, descalzo, con el mismo traje que tenía cuando me halaron
sobre la cubierta del _Duncan_: chaleco roto por los garfios del
salvavidas, pantalón chamuscado, y la cabeza en pelo; se reirán de
verme en tal facha: no me importa: quiero besar el manto de la Virgen,
y rezar allí una _Salve_.
Me faltará para pan, pero no para comprar una fotografía del _San
Gregorio_... ¿Ha visto usted cómo quedó? El casco parece un esqueleto
de persona, y aún humea: el cargamento de algodón arde todavía:
dentro se ve un charco negro, cosas de vidrio y de metal fundidas y
torcidas... ¡Imponente!
¿Que si me da miedo volver á embarcarme?... ¡Bah! ¡Lo que está de
Dios... por mucho que el hombre se defienda...! Ya tengo colocación
buscada. ¿Quiere usted algo para Manila? ¿Que le traiga á usted algún
juguete de los que hacen los chinos? El domingo saldremos...
* * * * *
Di al cocinero del _San Gregorio_ unos cuantos puros. Tiene el cocinero
del _San Gregorio_ buena sombra y arte para narrar con viveza y
colorido. Durante la narración, vi acudir varias veces las lágrimas á
sus ojos azules, ya sanos del todo.
LA PAZ
Declarada la guerra entre los dos bandos enemigos, cada cual pensó en
armarse. La elección de jefes no ofrecía dificultad: Pepito Lancín era
aclamado por los de los bancos de la izquierda, y Riquito (Federico)
Polastres por los de la derecha. Merecían los dos caudillos tan
honorífico puesto.
Con su travesura y su viveza de ingenio inagotable, Pepito Lancín
conseguía siempre divertir á los compañeros de colegio, discurriendo
cada día alguna saladísima diablura, y volviendo loco al catedrático
de Historia, don Cleto Mosconazo, á quien había tomado por víctima.
Ya le metía dentro del tintero una rana viva; ya le disparaba con la
cerbatana garbanzos y guisantes; ya le untaba de pez el asiento, para
que se le quedasen pegadas las faldillas del gabán; ya le colocaba
un alfiler punta arriba en el brazo del sillón, donde el señor de
Mosconazo tenía costumbre de pegar con la mano abierta mientras
explicaba á tropezones las proezas de Aníbal ó las heroicidades de
Viriato el pastor. Verdad que, después de cada gracia, Pepito Lancín
«se cargaba» su castigo correspondiente: ya el tirón de orejas, ya el
encierro á pan y agua, ya la hora de brazos abiertos ó de rodillas;
y cuando algún disparo de la cerbatana hacía blanco en la nariz del
profesor, éste recogía el proyectil y lo deslizaba debajo de la rótula
del delincuente arrodillado. Parece poca cosa estarse de rodillas sobre
un garbanzo una horita, ¿eh? ¡Pues hagan la prueba y verán lo que es
bueno!
Lejos de mermar el prestigio de Pepito Lancín, los castigos sufridos
con estoicismo alegre, mezclando las muecas de burla con las
contracciones del dolor, le hacían más popular entre los muchachos.
En cuanto á Riquito Polastres, su fama reconocía otro origen: las
cualidades morales é intelectuales, la constancia y la agudeza eran
privilegio de Lancín; de Polastres, la fuerza física, unos puños como
pesas de gimnasia y un pecho como la proa de un navío. El diminutivo
de Federiquito parecía un epigrama, mirando aquel corpachón y aquellas
manazas descomunales, y presenciando cómo el muchacho, de una puñada,
hacía astillas el pupitre, y de una morrada deshacía una jeta _de
hombre_: porque en esto se fundaba la gloria, la prez de Riquito; á los
doce años había calentado los morros al asistente del papá de su novia,
que quería espantarle del portal como se espanta á un perro faldero.
Sí; ¡buen faldero te dé Dios! Aún tenía el zanguango del asistente un
ojo hecho una lástima y un carrillo inflado, de resultas de la trompada
fenomenal que le atizó Riquito...
Esta contraposición de aptitudes que se observaba en los dos jefes de
bando, provocó la declaración de guerra, porque cada día se chungueaban
los izquierdos á cuenta de los derechos, tratando á Riquito de _mulo_
y de _zoquete_, y los derechos acusaban á los izquierdos de _gallinas_
y de _señoritas almidonadas_, lo cual es altamente ofensivo y no puede
quedar impune. Nada, nada, á armar una guerra; el campo de batalla
sería el descampado fronterizo al hospital y á espaldas del cuartel
nuevo; allí se vería quién es quién, y si los de la izquierda gastan
enaguas ó pantalones. No ha de ser una pedrea vulgar, como otras veces,
sino una batalla en regla, igual que las que traen los periódicos; se
emplearán armas blancas y de fuego; cada cual recogerá en su casa lo
que encuentre, y los dos bandos se encontrarán á las seis de la mañana,
una hora antes de entrar en clase--porque después pasa gente y andan
cerca «los del orden»--en el sitio señalado, al mando de sus jefes
respectivos.
Ni un combatiente faltó de las filas.
El entusiasmo, el ardor bélico, se reflejaban en todos los semblantes.
De armamento, á decir verdad, andábamos medianamente: éste traía una
pistola de salón descargada, aquél un cuchillo de mesa; lo que más
abundaba eran las navajas y los cortaplumas, los sables de juguete y
algún bastón de estoque sustraído á papá. Sin embargo, Pepito Lancín,
entreabriendo su americana, mostró con orgullosa sonrisa un cinturón
de cuero, y atravesado en él un magnífico revólver de níquel. Riquito
se retorció de envidia. ¡Un revólver como Dios manda, un revólver de
verdad! Para aplastar completamente á su adversario, Lancín dijo con
fatuidad suma:
--Cargadito con seis tiros... Y en el bolsillo cápsulas.
Sonrió Riquito con desprecio. No necesitaba armas, le bastaban sus
puños. Así lo declaró en alta voz; las armas para los cobardes, para
los gallinas de la izquierda del colegio. Los dos bandos se hicieron
muecas y cruzaron los insultos de costumbre; después, á la voz severa
de los jefes, se replegaron para situarse en línea de batalla. De
pronto, el denodado Lancín se adelantó al centro del espacio libre, y
encarándose otra vez con Riquito, exclamó perentoriamente:
--Ahora veréis lo que es el valor de los españoles. ¡Muchachos! ¡Viva
España! ¡Á la bayoneta!
El caso es que Riquito era tan cerrado de meollo, que al pronto
no entendió la significación de aquel grito, y lo repitió
inconscientemente, haciendo coro á su enemigo. ¿Que viviese España?
¡Claro! ¿Eso qué tenía de particular? Los murmullos de su tropa le
sorprendieron. ¿Por qué protestaban? ¿Por qué chillaban y enseñaban los
puños, no á los _izquierdos_, sino á él, á su excelencia el general
Polastres? Por qué repetían: «No nos da la gana, barajas. ¡Eso no,
contra!». Para comprender lo que sucedía, fué preciso que uno de los
más despabilados _derechos_, metiéndole los dedos por los ojos á su
jefe, le gritase:
--¡Barajas, tonto, que no queremos ser nosotros los mambises y que
ellos sean los españoles!
Tenía razón; ¿cómo no se le había ocurrido inmediatamente? ¡Aquel
tunarra de Lancín los quería fastidiar! ¡Ah, granuja! Rebosando
indignación, echando chispas, Polastres corrió hasta el general
enemigo, sin temor á que le envolviesen y le hiciesen prisionero
viéndole solo. Sentíase capaz de hundir paredes con la frente: iba
ciego, frenético, por lo sangriento de la burla. Por instinto de
caballerosidad, los adversarios aguardaron á que se explicase.
--Oyes tú, Lancín, ¿quién éramos nosotros?
--¡Anda éste! Érais los mambises--respondió Pepito, apretando la culata
de su revolver, por el fino gusto de acariciarla.
--¿Y vosotros?
--Éramos los españoles, ya se sabe. ¿Qué habíamos de ser?
--¡Claro, como que íbamos á entrar así! No vale. ¡No se nos antoja,
barajas! ¿Piensas que te moneas conmigo?
--Y entonces, ¿cómo va á ser, bruto, animal? Si no éramos contrarios,
cata que no había guerra.
--¡Pues que la haya ó que no la haya! Eres muy listo tú. Déjanos á
nosotros ser españoles, y ser vosotros los enemigos.
--No puedo--objetó con suprema dignidad Lancín.
--¿No? ¡Verás si puedes, rayo! Del lapo que te voy á soltar... te dejo
negro, y estarás muy propio.
--¡Pero, adoquín, si tengo la bandera ya!--contestó riendo
triunfalmente el general Pepito, que sacó del bolsillo un trapo de
percalina amarillo y rojo, resto probablemente de algún adorno de
mástil en las últimas fiestas que había celebrado la ciudad, y lo
tremoló orgulloso en el aire, repitiendo el patriótico grito lanzado
momentos antes y contestado antes y ahora por los dos ejércitos. Al
escucharlo por segunda vez, al ver ondear la bandera, la hueste de
Riquito se precipitó y rodeó á Lancín, aclamando lo mismo que él
aclamaba con voces atipladas y roncas, pero con una cordialidad y
alegría que revelaba disposiciones pacíficas; y el jefe, confuso,
no encontrando solución al problema--más fácil le parecía arremeter
contra todos, contra el enemigo y contra los que se le pasaban
traidoramente--exclamó avergonzado, llorando como un becerro:
--Me has partido... Esto _no sirve_... No puede haber batalla... Si
todos éramos españoles, no nos podíamos pegar... También te aseguro que
cuando yo te pille y no esté delante nadie y no tengas bandera...
--¡Vaya una gracia que harás! Tienes una fuerza que pareces un
buey--contestó altivamente Lancín disparando su revólver al aire,
mientras los dos ejércitos fraternizaban, y Riquito se arrepentía ya de
su amenaza poco generosa.
Las mamás de los guerreros nunca supieron de la que habían escapado.
SUERTE MACABRA
Queréis saber por qué don Donato, el de los carrillos bermejos y la
risueña y regordeta boca, se puso abatido, se quedó color de tierra y
acabó muriéndose de ictericia? Fué que--oídlo bien--le cayó el premio
gordo de Navidad, los millones de pesetas...
Antes de este acontecimiento, don Donato era un hombre que podía
llamarse feliz, si tal adjetivo no pareciese un reto al destino, que
siempre está enseñando los dientes á los mortales. Encerrado en su
droguería y herboristería de la calle de Jacometrezo, haciendo todos
los días á la misma hora las mismas cosas insípidas y rutinarias, don
Donato era plácidamente optimista: sus excesos y lujos consistían
en alguna escapatoria á los teatrillos alegres, porque don Donato
aborrecía la literatura triste--al teatro se va á reir--y sus derroches
en traerse á casa las mejores frutas y legumbres del mercado del
Carmen, pues adoraba, á fuer de obeso, los alimentos flojos.
Jugador empedernido de lotería, nunca perdió sorteo, y no sólo se
arriesgaba él sino que tomaba parte con amigos, y hasta les encomendaba
la adquisición de décimos en administraciones que por cualquier motivo
juzgaba afortunadas, dentro de las laboriosas combinaciones que
realizaba para perseguir y acorralar á la suerte, á quien un día ú otro
estaba cierto de coger por las alas. ¿En qué se fundaba tal seguridad?
No podía decirlo, pero le alentaba una fe robusta, un instinto ó
presentimiento--llámenle los escépticos como quieran--. Supersticioso
y calculista pueril, sucedíale á veces pararse en seco ante el número
de una casa ó el de un coche simón, y correr á la administración á
pedir el mismo número. Lo que más le confirmaba en su manía, era una
circunstancia que realmente parecerá extraña á todo el que conozca la
lotería un poco: en la ya larga existencia de jugador de don Donato,
que jugaba en cada sorteo, en algunos doble y triple, no le había
caído, no digamos un premio regular, pero ni una aproximación, ni un
reintegro en Nochebuena, ni nada, nada, nada... Esta singular reserva
de la fortuna le parecía á don Donato signo infalible de que sólo se
ocultaba para venir un día de pronto, fulminante, terrible, con los
brazos abiertos y las manos tendidas, llenas de oro.
Hará dos años, estudiando don Donato la marcha del _gordo_, del premio
deslumbrador de Navidad, observó que desde tiempo inmemorial no había
caído en M...; y, herida su imaginación por esta circunstancia, encargó
á un amigo y corresponsal que allí tenía que le tomase _un billete_
nada menos. Á vuelta de correo recibió la respuesta y el número del
billete adquirido, en el cual el comprador se reservaba un décimo.
Giró el dinero don Donato; guardó como oro en paño el número y la
carta comprobante, y esperó el sorteo con fatalismo de musulmán. Sin
emoción compró la lista cuando la oyó vocear, y al fijar los ojos en
el glorioso número, una oleada de sangre afluyó á su cabeza... Era el
número adquirido en M...; el propio número... el suyo, el esperado,
el de los millones... allí estaba, claro como la luz. ¡El premio, el
premio... La fortuna, abierta de brazos, derramando oro con sus anchas
manos pródigas!
Se repuso pronto don Donato. ¿Pues qué, no contaba con aquello, desde
tantos años hacía? ¡Era lógico que al fin viniese! Una alegría intensa,
serena, le embargaba plácidamente, mientras corría á cerciorarse...
aunque estaba seguro de que resultaría verdad.--Y verdad resultó. No
quedaba más que recoger, cobrar y disfrutar á pulso lo cobrado.
No queriendo hacer pública su dicha, por quitarse de murgas y sablazos;
pensando que nadie ejecuta las cosas mejor que el interesado, aquella
misma noche tomó el tren y no paró hasta dar con su cuerpo en M...
Llegó á hora avanzada de la noche siguiente, molido y asendereado, como
sedentario que viaja sin ganas y por precisión, y hubo de recogerse á
una posada, para aguardar con la luz del día la hora de presentarse á
su corresponsal y reclamar el billete. Al acostarse pensó madrugar, mas
de puro quebrantado le tomó el sueño, y despertó muy tarde. Vistióse,
y con indefinible sobresalto corrió á casa del amigo en cuyas manos se
encontraba el tesoro. En la esquina de la calle vió gentío; monagos,
mujerucas que lanzaban exclamaciones de compasión; escuchó las notas
del piporro, la salmodia de los curas; rompió por entre la compacta
muchedumbre, se abrió paso hasta el portal, y al querer enfilar la
escalera, tropezó con un ataúd que bajaba en hombros... Ya lo adivinas,
lector: encerraba el cadáver del poseedor del billete premiado...
Después de cortos momentos de angustia cruel, don Donato se resolvió á
penetrar, sin encomendarse á Dios ni al diablo, hasta el gabinete donde
lloraba la viuda. Brutalmente--millones quitan escrúpulos--formuló la
cuestión y reclamó el billete. Era de temer un desmayo: no lo hubo;
la viuda, digna y tranquila, franqueó á don Donato el mueble donde
el difunto guardaba sus papeles de mayor interés. Á las primeras de
cambio encontraron en el cajón central una cédula de letra del muerto,
que decía así: «Día tantos... he comprado para el señor don Donato
Galíndez, droguero en Madrid, un billete entero de lotería, número
tantos, que conservo en mi poder...». Y debajo: «Día tantos, recibida
letra importe billete, menos un décimo que reservo para mí...». Abrió
tanto ojo la viuda con lo del décimo, y desde aquel mismo instante se
consagraron ella y don Donato, rivalizando en celo, á registrar la
casa de abajo arriba; pero aun cuando gastaron tres días en pesquisas
minuciosas, nada pudieron encontrar. El billete había desaparecido.
Al cuarto día, don Donato, que ya tenía fiebre y estaba medio loco, iba
á retirarse amenazando con la Justicia, cuando la viuda, llamándole á
un rincón y titubeando, le dijo quedamente:
--¿Sabe usted... que... que pienso una cosa? Se me ha clavado aquí--y
apoyaba el índice en el entrecejo.
--¿Qué cosa, señora mía?
--Que... que tal vez... ese... ese billete... esté... Sí, casi de fijo
está...
--¿Dónde, voto á mil pares?...
--¡Está... enterrado... con mi esposo!...
--¡Enterrado!--exclamó don Donato, á punto de que lo enterrasen también.
¿Lo creerán ustedes? Si no lo creen hacen mal. El terror á los muertos
era tan profundo en don Donato, que si no le anima y envalentona la
viuda, tal vez renuncia entonces á perseguir su billete. «No dude que
está allí--insistía ella más resuelta cada vez--, porque _llevó puesta_
su levita buena, la de paño fino, y es la misma que usó tres ó cuatro
días antes de morir... Juraría que el billete va en el bolsillo. Como
mi esposo falleció casi de repente...».
Azuzado por la valerosa señora, don Donato se enteró de las
formalidades necesarias para hacer exhumar judicialmente un cadáver,
y pareciéndole empresa erizada de dificultades y hasta de peligros,
resolvió echar por la calle de en medio y sobornar al encargado de
la custodia del cementerio, para que abriese el nicho y el ataúd.
Encuéntrase el cementerio de M... situado á orillas del mar, y la noche
en que se realizó la lúgubre hazaña era de tormenta horrible; silbaba
el viento entre los negros cipreses, y el sordo é imponente murmurio
del océano tenía tonos de queja, de maldición y de llanto; clamores
sobrehumanos por lo amenazadores y tristes, parecidos á un coro de
voces de muertos. Á don Donato le corría el sudor, en frías gotas,
desde el cráneo hasta la nuca; sus dientes castañeteaban, y sus piernas
flaqueaban como si fuesen de algodón. Destapiaron el nicho; para sacar
la caja, tuvo el droguero que ayudar, pues pesaba bastante; y cuando
se alzó la tapa de zinc, la primer bocanada de putrefacción, el hedor
cadavérico, dió, más que en las narices, en el alma á don Donato. La
viuda, siempre animosa, le dijo al oído:
--Ea... registre usted; no vaya á creer, si registro yo, que le engaño.
Acercó el sepulturero la linterna; don Donato, con esfuerzo
sobrehumano, se inclinó sobre la caja; vió una cara espantosa, verde
ya, unos ojos abiertos, vidriados y aterradores, una barba fosca, unos
labios lívidos... y sólo cuando la viuda repitió con energía:
--¡Pero regístrele usted!
Sólo entonces, lo repito, se dió cuenta de lo más horroroso... ¿Qué
había de registrar? ¡El cadáver estaba desnudo! Cayó desplomado el
droguero, mientras la viuda, con acento de desesperación, exclamaba:
--¡Estúpida de mí! ¡Por qué no picaría yo á tijeretazos la ropa!
¡Cuando la ven entera, se la llevan, los muy ladrones!
* * * * *
Se dió el oportuno aviso á la policía: se registraron las casas de
empeño y préstamos de toda España, mas no pareció el siniestro billete,
y el premio se lo guardó la Hacienda frotándose las manos (es una
manera de decir). Probablemente, el ladrón de la levita arrojó al mar,
sin examinarlos, los papeles que halló en los bolsillos, por temor á
que le comprometiesen... Lo cierto es que don Donato, á su vez, cayó
enfermo y murió consumido de hipocondría, enseñando los puños á una
figura imaginaria, que debía de ser la descarada, la indinota de la
suerte.
EL GUARDAPELO
Aunque son raros los casos que pueden citarse de maridos enamorados
que no trocarían á su mujer por ninguna otra de las infinitas que en
el mundo existen, alguno se encuentra, como se encuentra en Asia la
perfecta mandrágora y en Oceanía el pájaro lira ó menurio. ¡Dichoso
quien sorprende una de estas notables maravillas de la naturaleza y
tiene al menos la satisfacción de contemplarla!
Del número de tan inestimables esposos fué Sergio Cañizares, unido
á Matilde Arenas. Su ilusión de los primeros días no se parecía á
esa efímera vegetación primaveral que agostan y secan los calores
tempranos, sino al verdor constante de húmeda pradera, donde jamás
faltan florecillas ni escasean perfumes. Cultivó su cariño Sergio
partiendo de la inquebrantable convicción de que no había quien
valiese lo que Matilde, y todos los encantos y atractivos de la
mujer se cifraban en ella formando incomparable conjunto. Matilde era
para Sergio la más hermosa, la más distinguida, donosa y elegante,
la más discreta y simpática, y también, por añadidura, la más
honesta, firme y leal. Con esta persuasión él viviría completamente
venturoso, á no existir en el cielo de su dicha--es ley inexorable--una
nubecilla tamaña como una almendra, que fué creciendo y creciendo y
ennegreciéndose y amenazando cubrir y asombrar por completo aquella
extensión azul, tan radiante, tan despejada á todas horas, ya reflejase
las suaves claridades del amanecer, ya las rojas y flamígeras
luminarias del ocaso.
La diminuta nube que oscurecía el cielo de Sergio era un dije de oro,
un minúsculo guardapelo que, pendiente de una cadenita ligera, llevaba
constantemente al cuello Matilde... Ni un segundo lo soltaba; no se
lo quitaba ni para bañarse--con exageración tal, que como un día se
hubiese roto la cadena cayendo al suelo el dije, Matilde, pensando
haberlo perdido, se puso frenética de susto y dolor; hasta que,
encontrándolo, manifestó exaltado júbilo--. Desde el primer momento de
intimidad conyugal, que permitió á Sergio ver brillar sobre el blanco
raso del cutis de Matilde el punto de oro del guardapelo, aquel punto
se le clavó en el alma, atrayendo sus ojos como si le hipnotizase.
No llevaba Matilde cerca del corazón otra alhajilla, ni escapulario,
ni cruz, ni medalla, y Sergio, deseando arrojar de sí vagos temores,
supuso buenamente que el guardapelo encerraría algún emblema
religioso. Alzándolo como al descuido, preguntó:
--¿Tienes aquí una virgen?
--No--respondió lacónicamente Matilde.
--¿Algún santo de tu devoción?
--Tampoco.