Para aquel viaje había yo comprado todos los chismes del oficio; por

cierto que en la compra se me fué lo último que me quedaba: setenta

duretes. Los chismes eran preciosos: cuchillos de lo mejor, moldes

superiores, herramientas muy finas de picar y adornar; porque en el

barco, ya se sabe: le dan á uno buena batería de cocina, grandes

cazos y sartenes, carbón cuanto pida, y víveres á patadas; pero

ciertas monaditas de repostería y de capricho, si no se lleva con qué

hacerlas... Y como yo tengo este pundonor de que me gusta sobresalir en

mi arte y que nadie me pueda enseñar un plato... Por cierto que esta

vanidad fué mi perdición cuando sostuve _restaurant_ abierto. Me daba

vergüenza que estuviese desairado el escaparate, sin una buena polla

en galantina, ó solomillo mechado, ó jamón en dulce, ó chuletas bien

panadas y con su papillotito de papel en el hueso... Y los parroquianos

no acudían; y los platos se morían de viejos allí; y cuando empezaban á

oler, nos los comíamos por recurso: mis chiquillos andaban mantenidos

con trufas y jamón, y el bolsillo se desangraba... Si no levanto

el _restaurant_, no sé qué sería de mí: de manera que encontrar

colocación en el barco y admitirla fué todo uno. Pensaba yo para mi

chaleco:--Ánimo, Salgado: de veintiocho duros que te ofrecen al mes,

mal será que no puedas enviarle doce ó quince á la familia. No es la

primera vez que te embarcas: vámonos á Manila, ¿quién sabe si allí te

ajustas en alguna fonda y te dan mil ó mil quinientos reales mensuales

y eres un señor? Lo dicho: la suerte, que arregla á su modo nuestros

pasos... Estaba de Dios que yo había de perder mis chismes, y pasar lo

que pasé, y volver á Marineda desnudo.

¿En qué íbamos? Sí, ya me acuerdo. Faltaría hora y media para la

comida, cuando nos pareció que por la puerta del ropero salía humo.

El que primero lo notó no se atrevía á decirlo: nos mirábamos unos á

otros, y nadie rompía á gritar. Por fin, casi á un tiempo, chillamos:

--¡Fuego! ¡Fuego á bordo!

Mire usted, no cabe duda; lo peor, en esos momentos en que se suceden

cosas horrorosas, es aturdirse y perder la sangre fría. Si cuando

corrió el aviso se pudiese dominar el pánico y mantener el orden; si

media docena de hombres serenos tomasen la dirección imponiéndose,

y aislasen el fuego en las tripas del barco, estoy seguro de que el

siniestro se evitaba. Yo, que todo lo presencié, que no perdí detalle,

puedo jurar que no entiendo cómo en un minuto se esparció la noticia

y ya no se vieron sino gentes que corrían de aquí para allí, locas de

miedo. Para mayor desdicha empezaba á anochecer, y la mar cada vez más

gruesa y el temporal cada vez más recio aumentaban el susto. Aquello se

convirtió en una Babel, donde nadie se entendía ni obedecía á las voces

de mando.

El capitán, que en paz descanse, era un mallorquín de pelo en pecho,

valentón, y no tiene que dar cuenta á Dios de nada, pues el pobrecillo

hizo cuanto estuvo en su mano; pero le atendían bien poco. Acaso debió

levantar la tapa de los sesos á alguno para que los demás aprendiesen;

bueno, no lo hizo; él fué el primero á pagarlo, ¡cómo ha de ser!

Nos metimos él y yo por el corredor de popa, con objeto de ver qué

importancia tenía el incendio; y apenas abrimos la puerta de hierro,

nos salió al paso tal columna de humo y tal cortina de llamas, que

apenas tuvimos tiempo á retroceder, cerrar y apoyarnos, chamuscados y á

medio asfixiar, en la pared. Yo le grité al capitán:

--Don Raimundo, mire que se deben cerrar también las puertas de hierro

á la parte de proa.

Él daría la orden á cualquiera de los que andaban por allí atortolados;

puede que al tercero de á bordo; no sé; lo cierto es que no se cumplió,

y en no cumplirse estuvo la mitad de la desgracia. Nosotros, á toda

prisa, nos dedicamos á refrescar con chorros de agua las puertas

de hierro, para que el horno espantoso de dentro no las fundiese y

saltasen dejando paso á las llamas. ¿De qué nos sirvió? Lo que no

sucedió por allí sucedió por otro lado. Nos pasamos no sé cuánto tiempo

remojando la placa, envueltos en humareda y vapor; mas al oir que por

la proa salían las llamas ya, se nos cansaron los brazos, y huyendo de

aquel infierno pasamos á la cubierta.

Verdaderamente cesó desde entonces la batalla con el fuego y las

esperanzas de atajarlo, y no se pensó más que en el salvamento; en

librar, si era posible, la piel: eso, los que aún eran capaces de

pensar; porque muchísimos se tiraron en el suelo, ó se metieron á

arrancarse el pelo por los rincones, ó se quedaron hechos estatuas,

como el tercero de á bordo, que tan pronto se declaró el incendio se

sentó en un rollo de cuerdas, y ni dijo media palabra, ni se meneó, ni

soñó en ayudarnos.

Á las dos horas de notarse el fuego, la máquina se paró. Si no se para,

tenemos la salvación casi segura; ardiendo y todo, llegaríamos al

puerto. Lo que recelábamos era que el vapor comprimido y sin desahogo

hiciese estallar la caldera. Todos preguntábamos al _engineer_, un

inglés muy tieso, muy callado y con un corazón más grande que la

máquina. No se meneaba de su sitio, ni se demudó poco ni mucho; abrió

todas las válvulas, y nos dijo con flema:

--Mi responde con mi _head_, máquina _very-good_, seguros por ella no

explosión.

Al ver que la pobre de la máquina se paraba, nos quedamos, si cabe,

más aterrados; no creímos que el incendio llegase hasta donde, por lo

visto, llegaba ya: comprendimos que el fuego no estaba localizado y

contenido, sino que era dueño de todo el interior del buque y no había

más remedio que cruzarse de brazos y dejarle hacer su capricho.

--¡Barco perdido, D. Raimundo!--dije al capitán.

--Barco perdido, Salgado.

--¿Y nosotros?

--Perdidos también.

--Esperanza en Dios, D. Raimundo.

Y él se echó las manos á la cabeza y dijo de un modo que nunca se me

olvida:

--¡Dios!

Yo no sé qué le habíamos hecho á Dios los trescientos cristianos

que en aquel barco íbamos; pero algún pecado muy gordo debió de

ser el nuestro, para que así nos juntase castigos y calamidades.

De cuantas noches de temporal recuerdo--y mire usted que algo se

ha navegado--ninguna más atroz, más furiosa que aquella noche. Una

marejada frenética; el barco no se sostenía: ola por aquí, ola

por acullá: montes de agua y de espuma que nos cubrían: ya no era

balancearse; era despeñarse, caer en un precipicio: parecía que la

tormenta gozaba en movernos y abanicarnos para avivar el incendio.

Soplaba un viento iracundo; llovía sin cesar: y la noche tan

negra, tan negra, que sobre cubierta no nos veíamos las caras. Unos

lloraban de un modo que partía el corazón; otros blasfemaban; muchos

decían:--¡Ay mis pobres hijos!--No entiendo cómo el timonel era capaz

de estarse tan quieto en su puesto de honor, manteniendo fijo el rumbo

del barco para que no rodase como una pelota por aquel mar loco.

Pronto empezaron á alumbrarnos las llamas, que salían por la proa no

ya á intervalos, sino continuamente, igual que si desde adentro las

soplasen con fuelles de fragua. Lo tremendo de la marejada hizo que

no se pensase en esquifes; meterse en ellos se reducía á adelantar la

muerte. En esto gritaron que se veía embarcación á sotavento.

¡Un buque! Desde que se declaró el incendio no habíamos cesado de

disparar cohetes y fuegos de bengala con objeto de que los buques, al

pasar cerca de nosotros, comprendiesen que el barco incendiado contenía

gente necesitada de socorro. Y vea usted cómo Dios, á pesar de lo que

dije antes, nunca amontona todas las desgracias juntas. Aún tenemos

que agradecerle que el sitio del siniestro es un punto de cruce, donde

se encuentran las embarcaciones que hacen rumbo al Atlántico y al

Mediterráneo. Pocas millas más adelante ya no sería fácil hallar quien

nos socorriese.

Al ver el buque, la gente se alborotó, y los más resueltos arriaron

los esquifes en un minuto. Allí no había capitán, ni oficiales, ni

autoridad de ninguna especie: los contramaestres se cogieron el

esquife mejor, y cabiendo en él treinta personas, resultó que lo

ocuparon sólo cinco. Ya se sabe lo que hace el miedo á morir: ni se

repara en el peligro, ni hay compasión, ni prójimo. Sin mirar lo

furioso del oleaje y lo imposible que era nadar allí, se echaron al mar

muchísimas personas, por meterse en los esquifes. Aún parece que oigo

las voces con que decían al contramaestre:

--¡Espere, nuestramo Nicolás, espere por la madre que le parió; la

mano, nuestramo!

Y él, en su maldita jerga catalana, respondía:

--_N’om fa rés; no’m fa rés._

Y cuando los infelices querían halarse al esquife y se agarraban á la

borda, los de dentro, desenvainando los cuchillos, amenazaban coserles

á puñaladas.

De esta vez hubo ya bastantes víctimas: los esquifes se alejaron y

nuestra esperanza con ellos. Después de recoger á aquellos primeros

náufragos, el buque siguió su rumbo, porque no le permitía mantenerse

al pairo el temporal.

¡Á todo esto, si viese usted cómo iba poniéndose la cubierta! Oíamos el

roncar del incendio, que parecía el resoplido de un animalazo feroz,

y á cada instante esperábamos ver salir las llamas por el centro del

buque y hundirse la cubierta. Nos arrimábamos cuanto podíamos á la

parte de popa, pues además el calor del suelo se hacía insoportable,

y del piso de hierro cubierto con planchas de madera salían, por los

agujeros de los tornillos, llamitas cortas, igual que si á un tiempo

se inflamasen varias docenas de fósforos sembrados aquí y acullá.

Ya ni el frío ni la obscuridad eran de temer: ¡qué disparate! buena

obscuridad nos dé Dios: la popa algunas veces estaba tan clara como

un salón de baile: iluminación completa: daba gusto ver el horizonte

cerrado por unas olas inmensas, verdes y negruzcas, que se venían

encima, y sobre las cuales volaba una orillita de espuma más blanca

que la nieve. También divisamos otro buque, un paquete de vapor, que

se paraba, sin duda, para auxiliarnos. ¡Estaba tan lejos! Con todo, la

gente se animó. El segundo, el señorito de Armero, se llegó á mí y me

tocó en el hombro.

--Salgado, ¿puede usted bajar á la cámara? Necesito un farol.

--Mi segundo, estoy casi ciego... Con el calor y el humo, me va

faltando la vista.

--Aunque sea á tientas... Quiero un farol.

Vaya, no sé yo mismo cómo gateé por las escaleras; la cámara era un

horno, el farol todavía estaba encendido; lo descolgué y se lo entregué

al segundo, convencido de que le daba el pasaporte para la eternidad,

pues el esquife en que él y otros cuantos se decidieron á meterse era

el más chico y estaba muy deteriorado. Lo arriaron, y por milagro

consiguieron sentarse en él sin que zozobrase. Entonces empezó la gente

á lanzarse al mar para salvarse en el esquife, y pude notar que, apenas

caían al agua, morían todos. Alguno se rompió la cabeza contra los

costados del buque; pero la mayor parte, sin tropezar en nada, expiró

instantáneamente. ¿Era que hervía el agua con el calor del incendio y

los cocía? ¿Era que se les acababa las fuerzas? Lo cierto es que daban

dos paladitas muy suaves para nadar, subían de pronto las rodillas á la

altura de la boca, y flotaban ya cadáveres.

Los del esquife remaban desesperadamente hacia el barco salvador. Supe

después que, á la mitad del camino, notaron que el esquife, roto por

el fondo, hacía agua y se sumergía; que pusieron en la abertura sus

chaquetas, sus botas, cuanto pudieron encontrar; y no bastando aún,

el señorito de Armero, que es muy resuelto, cogió á un marinerillo,

lo sentó ó, por mejor decir, lo embutió en el boquete y le dijo (con

perdón):

--¡No te menees y tapa con el...!

Gracias á lo cual llegaron al buque y les pudimos ver ascendiendo sobre

cubierta. No sé si nos pesaba ó no el habernos quedado allí sin probar

el salvamento. ¡Los muertos ya estaban en paz, y los salvados... qué

felices! El buque aquel tampoco se detenía; era necesario aguardar á

que Dios nos mandase otro, y resistir como pudiésemos todo el tiempo

que tardase. Es verdad que nuestro _San Gregorio_ aún podía durar. Al

fin era un gran vapor de línea, con su cargamento, y daba qué hacer á

las llamas. El caso era refugiarse en alguna esquina, para no perecer

abrasados.

Al capitán se le ocurrió la idea de trepar á la cofa del gran árbol

de hierro, del palo mayor. Mientras el barco ardía, creyó él poder

mantenerse allí, seguro y libre de las llamas, como un canario en su

jaula. Yo, que le vi acercarse al palo, le cogí del brazo en seguida.

--No suba usted, capitán; ¿pues no ve que el palo se tiene que doblar

en cuanto se ponga candente?

El pobre hombre, enamorado del proyecto, daba vueltas alrededor del

palo, estudiando su resistencia. Creo que si más pronto le anuncio la

catástrofe, más pronto sucede. ¡El árbol... pim! se dobló de pronto,

lo mismo que el dedo de una persona, y arrastrado por su peso, besó

el suelo con la cima. Por listo que anduvo el capitán, como estaba

cerca, un alambre candente de la plataforma le cogió el pie por cerca

del tobillo, y se lo tronzó sin sacarle gota de sangre, haciendo á

un tiempo mismo la amputación y el cauterio: respondo de que ningún

cirujano se lo cortaba con más limpieza.

Le levantamos como se pudo, y colocando un sofá al extremo de la popa,

le instalamos del mejor modo para que estuviese descansado. Se quejaba

muy bajito, entre dientes, como si masticase el dolor, y medio le oí:

«¡Mi pobre mujer!, mis hijitos queridos, ¿qué será de ellos?». Pero de

repente, sin más ni más, empezó á gritar como un condenado, pidiendo

socorro y medicina. ¡Sí, medicina! ¡Para medicinas estábamos! Ya el

fuego había llegado á la cámara, y á pesar del ruido de la tormenta,

oíamos estallar los frascos del botiquín, la cristalería y la vajilla.

Entonces el desdichado comenzó á rogar, con palabras muy tristes,

que le echásemos al agua, y usando, por última vez, de su autoridad á

bordo, mandó que le atásemos un peso al cuerpo. Nos disculpamos con

que no había con qué atarle, y él, que al mismo tiempo estaba sereno,

recordó que en la bitácora existe una barra muy gruesa de plomo,

porque allí no puede entrar hierro ni otro metal que haga desviar la

aguja imantada. Por más que nos resistimos, fué preciso arrancarla y

colgársela del cuello, y como el peso era grande y le obligaba á bajar

la cabeza, tuvo que sostenerlo con las dos manos, recostándose en el

respaldo del sofá. Como llevaba en el bolsillo su revólver, lo armó,

y suplicó que le permitiesen pegarse un tiro y le arrojasen al mar

después. ¡Naturalmente que nos opusimos! Le instamos para que dejase

amanecer; con el día se calmaría la tormenta, y algún barco de los

muchos que cruzaban nos salvaría á todos. Le porfiábamos y le hacíamos

reflexiones de que el mayor valor era sufrir. Por último, desmontó y

guardó el revólver, declarando que lo hacía por sus hijos nada más. Se

quejó despacito y se empeñó en que habíamos de buscar y enseñarle el

pie que le faltaba. ¿Querrá usted creer que anduvimos tras del pie por

toda la cubierta y no pudimos cumplirle aquel gusto?

Después del lance del capitán, ocurrió el del oficial tercero, y se me

figura que de todos los horrores de la noche fué el que más me afectó.

¡Lo que somos, lo que somos! Nada: una miseria. El tercero era un

joven que tenía su novia, y había de casarse con ella al volver del

viaje. La quería muchísimo, ¡vaya si la quería! Como que en el viaje

anterior le trajo de Manila preciosidades en pañuelos, en abanicos de

sándalo, en cajitas, en mil monadas. No obstante... ó por lo mismo...

en fin, ¡qué sé yo! Desgracias y flaquezas de los mortales... el pobre

andaba triste, preocupado, desde tiempo atrás. Nadie me convencerá de

que lo que hizo no lo hizo _queriendo_, porque ya lo tenía pensado de

antes y porque le pareció buena la ocasión de realizarlo. Si no, ¿qué

trabajo le costaba intentar el salvamento con el señorito de Armero?

Ya determinado á morir, tanto le daba de un modo como de otro, y al

menos podía suceder que en el esquife consiguiese librar la piel. Bien,

no cavilemos. Él no dió señales de pretender combatir el fuego, y

mientras nosotros manejábamos el _caballo_ y soltábamos mangas de agua

contra las puertas, envueltos en llamas y humo, él quietecito y como

atontado. Al marcharse el señorito de Armero, le llamó á la cámara para

entregarle su reloj--un reloj precioso con tapa de brillantes--y dos

sortijas muy buenas también, encargándole que se las llevase á su novia

como recuerdo y despedida. Lo que yo digo: el hombre se encontraba

resuelto á morir. Luego subió á popa, y le vi sentado, muy taciturno,

con la cabeza entre las manos. Á dos pasos me coloqué yo. Él se volvió

y me dijo:

--Cocinero ¿tiene usted ahí un cigarro?

--Mi oficial, sólo tengo picadura en el bolsillo del chaquetón... Pero

éste tiene tabacos, de seguro...--añadí, señalando á un camarero que

estaba allí cerca.--¿Querrá usted creer que el bruto del camarero se

resistía á meter la mano en el bolsillo y soltar el cigarro? Animal--le

grité--no seas tacaño ahora; ¿de qué te servirá el tabaco si vamos

todos á perecer?--En vista de mis gritos, el hombre aflojó el cigarro.

El tercero lo encendió, y daría, á todo dar, tres chupadas; á cada una

le veía yo la cara con la lumbre del cigarro: un gesto que ponía miedo.

Á la tercer chupada, acercó á la sien el revólver, y oímos el tiro.

Cayó redondo, sin un _ay_.

Nadie se asustó, nadie gritó: casi puedo decir que nadie se movió:

estábamos ya de tal manera, que todo nos era indiferente. Sólo el

capitán preguntó desde el sofá.--¿Qué es eso? ¿qué ocurre?--El tercero

que se acaba de levantar la tapa de los sesos.--¡Hizo bien!--De allí

á poco rato murmuró.--Echarle al mar.--Obedecimos, y á ninguno se le

ocurrió rezar el _Padre nuestro_.

¡Es que se vuelve uno estúpido en ocasiones semejantes! Figúrese usted

que en los primeros instantes, recogió el capitán, de la caja, seis mil

duros y pico en oro y billetes; seis mil duros y pico que anduvieron

rodando por allí, sobre cubierta, sin que nadie les hiciese caso, ni

los mirase. En cambio, al piloto se le había metido en la cabeza buscar

el cuaderno de bitácora, y se desdichaba todo porque no daba con él,

lo mismo que si fuese indispensable apuntar á qué altura y latitud

dejábamos el pellejo. Pues otra rareza. En todo aquel desastre, ¿quién

pensará usted que me infundía más lástima? El perro del capitán, un

terranova precioso, que días atrás se había roto una pata y la tenía

entablillada: el animalito, echado junto al timón, remedaba á su

amo: los dos iguales, inválidos y aguardando por la muerte. ¡Si seré

majadero! El perro me daba más pena.

Ya las llamas salían por sotavento, y la mañana se iba acercando. ¡Qué

amanecer, Virgen Santa! Todos estábamos desfallecidos, muertos de sed,

de frío, de calor, de hambre, de cansancio y de cuanto hay que padecer

en la vida. Algunos dormitaban. Al asomar la claridad del día, salió

del centro del barco una hoguera enorme: por el hueco del palo mayor se

habían abierto paso las llamas, y la cubierta iba sin duda á hundirse,

descubriendo el volcán. Contábamos con el suceso, y á pesar de que

contábamos, nos sorprendió terriblemente. Empezamos á clamar al cielo,

y muchos á enseñarle el puño cerrado, preguntando á Dios:

--¿Pero qué te hicimos?

El capitán, que tiritaba de fiebre, me dijo gimiendo:

--¡Agua! ¡por caridad, un sorbo de agua!

¡Agua! Puede que la hubiese en el aljibe. Así que lo pensé fuí hacia él

y se me agregaron varios sedientos, poniendo la boca en unos remates

que tiene el aljibe y son como biberones por donde sale el agua. ¡Qué

de juramentos soltaron! El agua, al salir hirviendo, les abrasó la

boca. Yo tuve la precaución de recibirla en mi casquete y dejarla

enfriar. El capitán continuaba con sus gemidos. Tuve que dársela medio

templada aún. ¡Me miró con unos ojos!

--Gracias, Salgado.

--No hay de qué, capitán... ¡Se hace lo que se puede!

La tormenta, en vez de ir á menos, hasta parece que arreciaba desde que

era de día. Para no caer al mar, nos cogíamos á la barandilla. Pasó

un barco y por más señales que le hicimos, no se detuvo: y debió de

vernos, pues cruzó á poca distancia. Á mí me dolían de un modo cruel

los ojos, secos por el fuego, y cuanto más descubría el sol, menos veía

yo, no distinguiendo los objetos sino como al través de una niebla. Por

otra parte, me sentía desmayar, pues desde el almuerzo de la víspera no

había comido bocado, y se me iba el sentido. Casualmente se encontraban

sobre cubierta, descuartizadas y colgadas, las reses muertas para el

consumo del buque, y con el calor del incendio estaban algo asadas ya.

Los que nos caíamos de necesidad nos echábamos sobre aquel gigantesco

rosbif, medio crudo, y refrescamos la boca con la sangre que soltaba.

Nos reanimamos un poco.

Á medio día sucedió lo que temíamos: quedó cortada la comunicación

entre la proa y la popa, derrumbándose con gran estrépito media

cubierta y viéndose el brasero que formaba todo el centro del

barco. Salieron las llamas altísimas, como salen de los volcanes, y

recomendamos el alma á Dios, porque creímos que iban á alcanzarnos.

No sucedió esto por dos razones: primera, por tener el buque, en

vez de obra muerta de madera, barandilla de hierro; segunda, por

estar las puertas de hierro cerradas hacia la parte de popa, lo cual

contuvo el incendio por allí, obligándole á cebarse en la proa. De

todas maneras, no debían las llamas de andar muy lejos de nuestras

personas, ya que á eso de las tres de la tarde empezamos á advertir

que el piso nos tostaba las plantas de los pies. Atamos á una cuerda

un cubo, y lo subíamos lleno de agua de mar, vertiéndolo por el suelo

para refrescarlo un poco. Ya comprendíamos lo estéril del recurso, y

en medio de lo apurados que estábamos, no faltó quien se riese viendo

que era menester levantar primero un pie y luego bajar aquél y levantar

el otro, para no achicharrarse. Serían las tres. El capitán me llamó

despacito.

--Salgado, ¡cuánto mejor era morir de una vez!

--Para morir siempre hay tiempo, mi capitán. Aún puede que la Virgen

Santísima nos saque de este apuro.

Claro que yo se lo decía para darle ánimos: allá en mi interior

calculaba que era preciso hacer la maleta para el último viaje. Bien

sabe Dios que ni pensaba en las herramientas que había perdido, ni en

mi propia muerte, sino sólo en los chiquillos que quedaban en tierra.

¿Cómo los trataría su padrastro? ¿Quién les ganaría el pan? ¿Saldrían

á pedir limosna por las calles? Á lo que yo estaba resuelto era á no

morir asado. Miré dos ó tres veces al mar, reflexionando cómo me

tiraría para no romperme la cabeza contra el casco y no sufrir más

martirio que el del agua cuando me entrase en la boca. Para acabar de

quitarnos el valor, pasó un barco sin hacer caso de nuestras señales.

Le enseñamos el puño y hubo quien le gritó:--Permita Dios que te veas

como nos vemos.

Ya nos rendía los brazos la faena de bajar y subir baldes de agua,

que era lo mismo que querer apagar con saliva una hoguera grande: y

convencidos de que perdíamos el tiempo y que era igual perecer un

cuarto de hora antes ó después, el que más y el que menos empezó á

pensar cómo se las arreglaría para hacer sin gran molestia la travesía

al otro barrio. Yo me persigné, con ánimo de arrojarme en seguida al

mar. ¡Qué casualidades! Hete aquí que aparece una embarcación, y en vez

de pasar de largo, se detiene.

Ya estaba el barco al habla con nosotros: una goleta inglesa, una

hermosa goleta que desafiaba la tempestad manteniéndose al pairo. Los

que conservaban ojos sanos pudieron leer en su proa, escrito con letras

de oro, Duncan. Empezamos á gritar en inglés, como locos desesperados:

--_¡Schooner! ¡Schooner! ¡Come near!_

--_¡Throw to the water!_ nos respondían á voces, sin atreverse á

acercarse. ¡Echarnos al agua! ¡No quedaba otro recurso, y éste era tan

arriesgado! En fin, qué remedio: los esquifes no podían aproximarse,

por el temporal, y el buque menos aún. Nuestro _San Gregorio_, cercado

por todas partes de llamas inmensas, ponía miedo. Había que escoger

entre dos muertes, una segura y otra dudosa. Nos dispusimos á beber el

sorbo de agua salada.

El primer chaleco salvavidas que nos arrojaron al extremo de un cabo,

se lo ofrecimos al capitán.

--Ánimo, le dijimos. Póngase usted el chaleco y al mar: mal será que no

bracee usted hasta la goleta.

--¡No puedo, no puedo!

--Vaya, un poco de resolución.

Se lo puso y medio murmuró, gimiendo:

--Tanto da así como de otro modo.

Y acertaba. Aquello fué adelantar el desenlace y nada más. Se conoce

que ó la humedad del agua ó el sacudimiento de la caída le abrieron

las arterias del pie tronzado y se desangró en un decir Jesús; ó acaso

el frío le produjo calambre; no sé: el caso es que le vimos alzar los

brazos, juntarlos en el aire, y colarse por ojo del salvavidas al fondo

del mar. Quedaron flotando el chaleco y la gorra: á él no le vimos ya

más en este mundo.

En tranvía · 第 4 / 14 段