Y escribió una orden para que dejasen entrar á Pepe el _Carpintero_

en el locutorio del presidio de mujeres. Bien sabía el director lo

que significaban aquellas relaciones entre penados, los galateos á

distancia y sin verse, de _chuchos_ y _chuchas_; el amor, rey del

mundo, que se filtra por todas partes como el sol, y llega donde éste

no llegó nunca, perforando muros, atravesando rejas.

Tenían casi todos los penados en la penitenciaría de mujeres una

_galeriana_ que por cariño remendaba y lavaba su ropa; una compañera de

infortunio á la cual no habían visto nunca v cuyas atenciones pagaban

con cartas, rebosando sentimentalismo ridículo... pero sincero. Era

el sacro amor, introduciéndose en aquel infierno para burlarse de la

severidad de las leyes humanas; la vida y sus afectos floreciendo allí,

donde el castigo social quiere convertir á los réprobos en cadáveres

con apariencia de vida. El presidio, un convento vetusto, y el penal

de mujeres, soberbio y flamante, contemplábanse desde cerca, mudos,

inmutables--pero un soplo de pasión contenida y ardiente, de primavera

amorosa, germinando entre la mugre de la _casa muerta_, iba de uno á

otro edificio como la caricia fecundadora que por el aire se envían las

palmeras de distinto sexo.

Tan grande emoción embargaba á Pepe al dirigirse al locutorio de

mujeres, que sus piernas temblorosas acortaban el paso... ¿Cómo sería

su _chucha_? ¡Por fin iba á verla! Y pensando en las formas de que

la había revestido su imaginación en las noches de insomnio ó en los

solitarios paseos patio abajo y arriba, todo el pasado revivía de

golpe en su memoria. Para comenzar, su entrada en presidio, resultado

de tener mal vino y pronta la mano; los primeros meses de sorda

excitación, de huraño aislamiento, viendo deslizarse los días como

pesadas ondulaciones de un río gris y triste. Después, cuando hizo

amigos, extrañáronse de que un muchacho cual él, guapo y terne, que si

estaba en trabajo era por ser muy hombre, no tuviera su _chucha_, su

_chucha_ como los demás. Ellos se encargaban del arreglo: escribirían

á sus amigas, y no faltaría en la casa de enfrente quien atendiese á

tan buen mozo. Un día le dijeron que su _chucha_ se llamaba Lucía, más

conocida por el apodo de la _Pelusa_, y Pepe la escribió, encontrando

dulce satisfacción en saber que más allá de aquellos muros había

alguien que pensaba en él y se interesaba por su vida. Pronto á este

goce espiritual se unieron satisfacciones del egoísmo; alababan la

limpieza de su ropa blanca y sentían envidia al ver ciertos manjares,

obra todo de la _Pelusa_, de la enamorada _chucha_, que, invisible

como un duende, tenía para él cuidados maternales.

--Pero, camarada, y qué suerte la tuya--le decían los compañeros de

pelotón con mal encubierta envidia.

--Esa _Pelusa_ es de oro--añadía un veterano del presidio, oráculo de

la gente joven.--Consérvala, chaval, que mujeres así entran pocas en

libra.

--Pero ¿cómo es?--preguntaba Pepe con creciente curiosidad.--¿Es joven?

¿Por qué está presa?

--Algo mayor que tú debe de ser, pues creo que no es ésta la primera

vez que visita la casa... Pero ¿qué te importa que sea joven ó vieja?

Tú déjate querer, que ésa es la obligación de los buenos mozos, y

cuando salgas en libertad búscate otra que te atienda lo mismo.

Pepe protestaba. Sentía duplicarse el agradecimiento hacia aquella

mujer; las relaciones, que al principio le parecían cosa de risa--buena

únicamente para distraer el tedio del encierro--le llegaban muy adentro

ya, y la gratitud se volvía atracción, viendo que no pasaba día sin que

en el rastrillo entregasen para él paquetes de tabaco, prendas de ropa

ó algo de comer que le sostenía fuerte y robusto y sano, librándole del

rancho insípido del penal, la peor engañifa para el hambre.

Pocos días dejaban de escribirse. Las primeras cartas respiraban ese

énfasis amoroso aprendido en los epistolarios populares; pero fueron

haciéndose más sinceras según los dos amantes, por aquel reiterado

contacto de alma, iban conociéndose. Hablaban de su situación, de la

desgracia en que se veían, en términos vagos--como si les causara rubor

decir por qué y de qué modo--y contaban fecha tras fecha el tiempo que

les faltaba para cumplir. Él saldría libre un año antes que ella...

¡Con qué tristeza lo repetía la pobre _chucha_! Y José protestaba

con entereza de muchacho enérgico, caballeresco á su manera, incapaz

de faltar á la palabra. Él esperaría á que saliera ella; se casarían

y serían felices; lo decía de corazón, sintiéndose ligado para toda

su vida por el reconocimiento á sacrificios que habían endulzado sus

amargas horas.

No sabía si aquello era amor; realmente nunca se había sentido

dominado por mujer alguna; no recordaba más que lances fáciles, los

encuentros casuales de su época obrera; pero á su _chucha_... la quería

sin conocerla y juraba no abandonarla jamás. No porque estuviese en

presidio era un canalla capaz de olvidar á aquella mujer que pensaba

en él á cada momento y trabajaba porque nada le faltase. Consistía

su única preocupación en saber algo de la historia ó del aspecto de

su _chucha_. Por desgracia, los mandaderos no la conocían; en la

Galera, regida por monjas, no entraba otro hombre sino el director; y

con escrupulosa delicadeza, ni él ni ella se atrevían en sus cartas

á hablar del pasado ni de sus personas, como temiendo que al entrar

luz se rasgara el ambiente del misterio amoroso y se disipase el

hechizo. Los últimos días, ¡qué turbación tan intensa!... Pepe hablaba

entusiasmado de la próxima salida, y ella contestaba lacónicamente;

sus palabras respiraban tristeza, casi se lamentaba de que el hombre

amado recobrase la libertad, recelando despertar del ensueño de seis

años. Y la misma impaciencia de sus últimos días de escribir dominaba á

Pepe cuando entró en el locutorio de las penadas. Después de entregar

la orden del director, quedóse solo, hasta que por fin, á través de

la tupida reja, oyó suaves pisadas femeniles. Dos monjas se apostaron

inmóviles en el fondo de la galería, donde no podían oir las palabras,

pero sí seguir con la vista todos los movimientos de la que ocupaba el

locutorio; y una galeriana fué aproximándose con paso torpe, cual si la

asustase llegar á la reja.

No hizo Pepe movimiento alguno. ¡Las monjas no le habían entendido!

Aquella mujer no era la que él buscaba; y miró con extrañeza á la

reclusa, especie de payaso de la miseria disfrazado con faldas grises;

criatura exigua, demacrada, encogida, los ojos saltones veteados de

sangre, el pelo canoso, cerril y escaso, alborotado sobre la frente, y

asomando entre los labios lívidos una dentadura enorme, amarillenta,

de caballo viejo. La mujer aparecía además mal pergeñada, sucia, como

si enfaenada en la furia del trabajo se hubiese olvidado de sí misma.

Se miraron algunos instantes con extrañeza, y acabaron sonriendo,

convencidos de la equivocación.

--No; no es usted--dijo Pepe.--Yo busco á la _Pelusa_. Me acaban de

poner en libertad y vengo á conocerla.

La galeriana se hizo atrás con rápido movimiento de mujer cuyo sistema

nervioso está en perpetua tensión por el género de vida.

--¿Eres tú... tú!... ¡Pepe!

Y se lanzó contra los hierros, como si buscase verle mejor, devorarle

con los ojos.

Permanecieron silenciosos breves instantes. Ella, pasada la primera

impresión, mostró profundo desaliento; sus ojos se llenaban de

lágrimas, tributo pagado á la decepción horrible. Él absorbía con la

mirada la degradación de aquella ruina, que parecía haber recogido en

su persona la vejez y la inmundicia de todo el presidio... ¡Dios, cuán

fea era! Tragándose el llanto, sofocando su tristeza, la _Pelusa_ fué

la primera en romper el silencio, como si deseara terminar cuanto antes

aquella escena penosa y difícil.

--¿Vienes á despedirte?... Bien hecho; se estima. Mira: yo mientras

viva, no te olvidaré.

Y bajó la cabeza para no mirarle: dijérase que su presencia la causaba

daño, revolviendo el rescoldo de su cariño de la entraña... condenado á

extinguirse.

--No, Lucía; vengo no más á verte. Ni me despido ni me voy... Vengo á

decirte... que soy el mismo... y á cumplirte la palabra.

Pepe profirió esto con fuerza, con acometividad, ofendiéndole la

sospecha de que aquella entrevista pudiese ser la última. Entonces

la _chucha_ se atrevió á contemplarle: pero con expresión de tierna

lástima, á estilo de madre que agradece dulces mentiras del hijo.

--No quieres darme mal rato... Bien, hombre... Dios te lo pague; pero

ya ves cómo soy: vieja, un susto, y además poca salud... ¡Si supieras

qué guerra les doy á las pobres hermanas con este corazón que siempre

me está doliendo!...

Se detuvo al llegar aquí, cual si se avergonzase. Su cara, de una

palidez blancuzca, tono de cera amasada con arcilla, se coloreó,

animándose. Hizo un esfuerzo y continuó:

--Estoy aquí por ladrona; no he hecho otra cosa en mi vida sino

robar... Y á ti ¡basta verte! tienes cara de bueno; habrás venido por

alguna desgracia... vamos, por bronca ó cosa parecida. No me engañes

¿para qué?... No vas á salir con que me quieres, hijo... Mírame bien...

¡Si puedo ser tu madre!

Impresionado por las palabras de la reclusa, Pepe quería discutirlas, y

las acogía con furiosos movimientos de cabeza; pero Lucía prosiguió sin

darle tiempo á que protestase:

--Estoy más enferma de lo que parece; después de este trago, ya sé

que no salgo de aquí con vida, ¡ay cómo me duele el perro corazón!...

Es que me han engañado; yo creí que eras uno de tantos, un verdadero

chucho, uno del presidio... Y por eso te quise. ¡Nada, cosas que se la

ponen á una en la cabeza; humo que se le mete allí!... ¡Y estaba yo

más atontecida! Ea, hombre, márchate y no te acuerdes del santo de mi

nombre. Dios te dé suerte, cuanta mereces, y que encuentres una mujer

según necesitas... Porque tú vales un imperio... ¡Eres mucho mozo,

caramba!

Lo murmuraba con el alma entera, pegando su pobre cabeza de caricatura

á los hierros, apretando contra ellos sus manos descarnadas, ansiosas

de tocar al deseado de sus ensueños, que se presentaba en la realidad,

joven, arrogante y con aquel aire de bondad y simpatía...

--No, _Pelusa_--contestó el mocetón con entereza--.Yo soy muy hombre,

y los hombres sólo tenemos una palabra. Prometí casarme contigo, y

esperaré á que salgas. No vengo á despedidas, sino á que me conozcas...

y á decirte hasta luego. Si te creerás que se olvidan seis años de

sacrificios, de vestirme y matarme el hambre, mientras tú sabe Dios lo

que comerías y cómo vivirías?... Pues ni que fuera yo un señorito de

ésos que viven estrujando á las mujeres...

Seguía la _Pelusa_ agarrada á los hierros, y vacilaba lo mismo que

si aquellas palabras cayesen con tremenda pesadumbre sobre su cuerpo

endeble.

--¿Pero va de veras?--murmuró con voz ronca--¿Serás capaz de quererme

así como soy?... ¿Vas á esperarme todo un año?

--Mira, _Pelusa_--continuó el muchacho--.Yo no sé si te quiero como á

las otras mujeres. Lo que te digo es que no pienso irme y no me iré...

¿Que no eres guapa, guapa? Conformes. ¿Pero es que en el mundo sólo las

guapas han de encontrar quien las quiera? No me importa lo que fuiste

ni por qué entraste aquí: á mi lado serás otra cosa. Esperaré trabajo;

el director, que es bueno, me empleará en las obras de la casa; si es

preciso pasaré necesidad, pediré limosna... Lo que te aseguro es que no

me largo, y que ahora soy yo, ¡yo! quien traerá á su _chucha_ ropa y

comida.

Lucía cerraba los ojos. Parecía que la deslumbraban las fogosas

palabras de aquel hombre, y echaba atrás el rostro contraído por

grotesca mueca, que expresaba asombro y felicidad.

--Tengo aquí clavado el agradecimiento--prosiguió Pepe--y ganas de

llorar cuando pienso en lo que has hecho por mí. ¿Dices que podrías

ser mi madre? Lo serás si quieres; yo no he conocido á la mía. Sales

y viviremos juntos; trabajaré para ti sin pensar más en copas ni en

amigos; á mi lado engordarás, te remozarás, y ¡á no acordarse de este

sitio! Tú aquí encontraste un hombre de bien, y yo la primera mujer de

mi vida.

--¡Dios mío!... ¡Virgen santísima! ¡Virgen!...

Era la _Pelusa_, que se desplomaba lentamente, mientras sus manos se

cubrían de arañazos al desasirse y deslizarse por el enrejado duro y

pinchador.

Cayó como un fardo de harapos, estremeciéndose, balbuceando entre

convulsiones, con vocecilla infantil:

--¡Pepe, Pepe mío!

Las dos monjas, mudos testigos de la entrevista, vieron caer á

la _Pelusa_ y corrieron para recoger del suelo aquel montón de

infelicidad.

Otras monjas, atraídas por los gritos, comenzaron por expulsar á Pepe

del locutorio; á pesar de sus ruegos y exclamaciones, las hermanas no

se daban cuenta de lo ocurrido. Si gustaba, podía volver otro día, con

permiso del director...

Pero ni lo pidió ni tuvo que buscar trabajo... ¿Para qué? Al día

siguiente la _Pelusa_ era borrada del registro del penal. El soplo de

ventura y de vida que el _chucho_ había llevado consigo al locutorio,

rompió el corazón de la miserable y la hizo libre.

EL VINO DEL MAR

Al reunirse en el embarcadero para estibar el balandro _Mascota_, los

cinco tripulantes salían de la taberna disfrazada de café, llamada de

_América_ y agazapada bajo los soportales de la marina fronterizos al

Espolón; tugurio donde la gentualla del muelle, marineros, boteros,

cargadores y _lulos_, acostumbra juntarse al anochecer. De cien

palabras que se pronuncien en el recinto obscuro, mal oliente, que

tiene el piso sembrado de gargajos y colillas y el techo ahumado á

redondeles por las lámparas apestosas, cincuenta son blasfemias y

juramentos, otras cincuenta suposiciones y conjeturas acerca del

tiempo que hará y los vientos reinantes. Sin embargo, no se charla

en _América_ á proporción de lo que se bebe; la chusma de zuecos

puntiagudos, anguarina embreada y gorro catalán es lacónica, y si

fuéseis á juzgar de su corazón y sus creencias por los palabrones

obscenos y sucios que sus bocas escupen, os equivocaríais como si

formaseis idea del profundo océano por los espumarajos que suelta

contra el peñasco.

Acababan de sonar las ocho en el reloj del instituto, cuando

acometieron aquellos valientes la faena de la estibadura, entre

gruñidos de discordia. Y no era para menos. ¿Pues no se emperraba el

terco del patrón en que la carga de bocoyes de vino, si había de ir

como siempre en la cala, fuese sobre cubierta? Aquello no lo tragaba

un marinero de fundamento como tío Reimundo, alias _Finisterre_, que

había visto tanta mar de Dios. Ahí topa la diferencia entre los que

navegaron en mares de verdad, donde hay tiburones y huracanes, y los

que toda la vida chapaletearon en una ponchera. ¡Zantellas del podrido

rayo! ¿Quería el patrón que el barco se les pusiese por sombrero?

¡Era menester estar loco de la cabeza, corcias! ¡Para más, en noche

semejante, con lo falsa que es esa costa de Penalongueira, y habiendo

empezado á soplar el sur, un viento traidor que lleva de la mano el

cambiazo al _nordés_! No se la pegaba al tío Reimundo la calma de la

bahía, sobre cuya extensión tersa y plácida prolongaban las mil luces

de la ciudad brillantes rieles de oro; al viejo le daba en la nariz el

aire _de allá_, de mar adentro, la palpitación del oleaje excitado por

la mordedura de la brisa. Todo esto, á su manera, broncamente, á media

habla, lo dijo _Finisterre_. El _Zopo_, otro experto, listo de manos y

contrahecho de pies, opinaba lo mismo.

Pero Adrián y el _Xurel_--mozalbetes que acababan de alegrarse unas

miajas con tres copas de caña legítima, y sentían duplicados sus

bríos--ya estaban rodando los bocoyes para encima de la _Mascota_.

Sabedores de que aquellos toneles encerraban vino, los manejaban con

fiebre de alegría codiciosa, calculando la suma de goces que encerraban

en sus panzas colosales. ¿Á ellos qué les importaban los gruñidos de

_Finisterre_? Donde hay patrón no manda marinero.

Entre gritos furiosos para pujar mejor, el _¡ahiaaá!_ y el _¡eieiea!_

del esfuerzo, acabóse la estibadura en una hora escasa. Sobre el cielo,

antes despejado, se condensaban nubes sombrías, redondas, de feo cariz.

Un soplo frío rizaba la placa lisa del agua. Juró _Finisterre_ entre

dientes, y renegó el patrón de los agoreros miedosos. Mejor si se

levantaba viento; ¡así irían con la vela tan ricamente! El balandro

no era una pluma, y necesitaba ayuda, ¡carandia! Y ocupó su lugar,

empuñando el timón. ¡Ea, ala, rumbo avante!

Como por un lago de aceite marcharon mientras no salieron de la bahía.

Según disminuía y se alejaba la concha orlada de resplandor y el rojo

farol del Espolón llegaba á parecer un punto imperceptible, y otro

la luz verde del puerto, el vientecillo terral insistía, vivaracho,

como niño juguetón. Habían izado la cangreja, y la _Mascota_ cortó el

oleaje más aprisa, no sin cabecear. Descansaban los remeros, bromeando.

Sólo _Finisterre_ se ponía fosco. Á cada balance de la embarcación le

parecía ver desequilibrarse la carga.

Ya trasponían la barra, y el alta mar luminosa, agitada por la resaca,

se extendía á su alrededor. Para _ponchera_, según el despreciativo

dicho del tío Reimundo, la ponchera «metía respeto». El patrón, á

quien se le iba disipando el humo de la caña, fruncía las cejas,

sintiendo amagos de inquietud. Puede que tuviese razón aquel roñicas

de _Finisterre_; la mar, sin saber por qué, no le parecía _mar de

gusto_... Tenía cara de zorra, cara de dar un chasco la maldita...

Al vientecillo se le antojó dormirse, y una especie de calma de plomo,

siniestra, abrumadora, cayó encima. Fué preciso apretar en los remos,

porque la vela apenas atiesaba. El balandro gemía, crujía, en el penoso

arranque de su marcha lenta. Súbitas rachas, inflando la cangreja

un momento, impulsaban la embarcación, dejándola caer después más

fatigada, como espíritu que desmaya al perder una esperanza viva. Y

cuando ya veían á estribor la costa peligrosa de Penalongueira, que era

preciso bordear para llegarse al puertecillo de Dumia y desembarcar el

género, se incorporó de golpe _Finisterre_, soltando un terno feroz.

Acababa de percibir, allá á lo lejos, ese ruido sordo y fragoroso de

la tempestad repentina, del salto del aire que azota de pronto la masa

líquida y desata su furor. El patrón, enterado, gritaba ya la orden de

arriar la vela. Aquello fué ni visto ni oído.

Enormes olas, empujándose y persiguiéndose como leonas enemigas,

jugaban ya con el balandro llevándolo al abismo ó subiéndolo á la

cresta espantosa. De cabeza se precipitaba la embarcación para

ascender oblicuamente al punto. El patrón, sintiendo su inmensa

responsabilidad, hacía milagros, animando, dirigiendo. ¡La tormenta!

¡Bah! Otras había pasado y salido con bien, gracias á Dios y á

nuestra Señora de la Guía, de quien se acordaba mucho entonces, con

ofrecimientos de misas y exvotos de barquitos, retratos de la _Mascota_

para colgar en el techo del santuario... Verdad; no era el primer

temporal que corrían; pero... no llevaban la carga estibada sobre

cubierta, sino en el fondo de la cala, bien apañadita, como Dios manda

y se requiere entre la gente del oficio. Y los que habían cometido

aquella barbaridad supina, ahora, á pesar de las furiosas voces de

mando del patrón, perdían los ánimos para remar, como si sintieran

en las atezadas mejillas el húmedo beso de la muerte... Sólo una

resolución podía salvarles. _Finisterre_ la sugirió, mezclando las

interjecciones con rudas plegarias. El patrón resistía, pero el cariño

á la vida tira mucho, y por unanimidad se resolvió largar al agua los

maldecidos bocoyes. ¡Afuera con ellos, antes que se corriesen á una

banda y sucediese lo que se estaba viendo venir! Sin más ceremonias

empujaron una de las barricas para lanzarla por encima de la borda...

Los que intentaron la faena sólo tuvieron tiempo de retroceder á

saltos. La barrica andaba; la barrica se les venía encima, ella sola.

Y las demás, como rebaño de monstruos panzudos, la seguían. Corrían,

rodaban, locas de vértigo, á hacinarse sobre la banda de babor, y el

balandro, hocicando, con la proa recta á la sima, daba espantoso salto,

el _pinche-carneiro_ vaticinado por _Finisterre_, y soltando en las

olas toda su carga, barricas y hombres, flotaba quilla arriba, como una

cáscara de nuez.

* * * * *

La primer noticia del naufragio se supo en el puertecillo de

Ángeles, frontero á la bahía, porque dos bocoyes salieron allí, á

la madrugada, y quedaron varados en la playa al retirarse la marea.

Corrió el rumor de la presa, y se apiñaron en la orilla más de cien

personas--pescadores, aldeanos, carreteros, carabineros, sardineras,

mujerucas, chiquillería--. Nadie ignoraba lo que significa la aparición

de bocoyes llenos en una playa de la costa. Aún les retumbaba en los

oídos el bramar de la tormenta. Pero ahora hacía un sol hermoso, un

día magnífico, _criador_. Era domingo; por la tarde bailarían en el

castañal; y con la presa, no había de faltar vino para remojar la

gorja. Nadie hizo comentarios tristes sino los pescadores--que, sin

embargo, se consolaron pensando en el rico vientre de las barricas...!

Sólo una vejezuela, que había perdido á su mozo, su hijo, de veinte

años, en un lance de mar, escapó de la playa dando alaridos, y apostada

cerca del carro en el cual fueron llevados los toneles al campo de la

romería, chillaba:

--¡No bebades, no bebades! Ese vino sabe á la sangre de los hombres y

al amarguío de la mar.

La hicieron el mismo caso que los tripulantes del balandro á

_Finisterre_.

FUEGO Á BORDO

Cuando salimos del puerto de Marineda--serían, á todo ser, las diez

de la mañana--no corría temporal, sólo estaba la mar rizada y de un

verde... vamos, un verde sospechoso. Á las once servimos el almuerzo, y

fueron muchos pasajeros retirándose á sus camarotes, porque el oleaje,

no bien salimos á alta mar, dió en ponerse grueso, y el buque cabeceaba

de veras. Algunos del servicio nos reunimos en el comedor, y mientras

llegaba la hora de preparar la comida, nos divertíamos en tocar el

acordeón y hacer bailar al pinche, un negrito muy feo: y nos reíamos

como locos, porque el negro, con las cabezadas de la embarcación y sus

propios saltos, se daba mil coscorrones contra el tabique. En esto, uno

de los muchachos camareros, que les dicen _estuarts_, se llega á mí.

--Cocinero, dos fundas limpias, que las necesito.

--Pues vaya usted al ropero, y cójalas, hombre.

--Allá voy.

Y sin más, entra y enciende un cabo de vela para escoger las fundas.

¡Aquel cabo de vela! Nadie me quitará de la cabeza que el condenado...

Dios me perdone, el infeliz del camarero lo dejó encendido, arrimado

á los montones de ropa blanca. Como un barco grande requiere tanta

blancura, además de las estanterías llenas y atestadas de manteles,

sábanas y servilletas, había en el _San Gregorio_ rimeros de paños de

cocina, altos así, que llegaban á la cintura de un hombre. Por fuerza

el cabo se quedó pegadito á uno de ellos, ó cayó de la mesa, encendido,

sobre la ropa. En fin, era nuestra suerte, que estaba así preparada.

Yo no sé qué cosa me daba á mí el cuerpo ya cuando salimos de Marineda.

Siempre que embarco estoy ocho días antes alegre como unas castañuelas,

y hasta parece que me pide el cuerpo algo de broma con los amigos y la

familia. Pues de esta vez... tan cierto como que nos hemos de morir...

tenía yo el viaje atravesado en el gaznate, y ni reía ni apenas

hablaba. La víspera del embarque le dije á mi esposa:

--Mujer, mañana tempranito me aplancharás una camisola, que quiero ir

limpio á bordo.

Por la mañana entró con la camisola, y le dije:

--Mujer, tráeme el pequeño que mama.

Vino el chiquillo y le di un beso, y mandé que me lo quitasen pronto

de allí, porque las entrañas me dolían y el corazón se me subía á

la garganta. También la víspera fuí á casa del segundo oficial, el

señorito de Armero, y estaba la familia á la mesa; y la madre que es

así una señora muy franca, no ofendiendo lo presente, me dijo:

--Tome usted esta yema, Salgado.

--Mil gracias, señora, no tengo voluntad.

--Pues lléveles éstas á los niños... ¿Y qué le pasa á usted, que está

qué sé yo cómo?

--Pasar, nada.

--¿Y qué le parece del viaje, Salgado?

--Señora, la mar está bella, y no hay queja del tiempo.

--No, pues usted no las tiene todas consigo. Le noto algo en la cara.

En tranvía · 第 3 / 14 段