desmedrado, nervioso, que atendía por el alias de _Cominiyo_. Venía la
criatura con los toreros en calidad de _mono sabio_, y era la perla de
su oficio: un chulapillo vivo y ágil como un tití, que parecía volar.
Desde la primera de las cuatro corridas de aquella temporada en H***,
_Cominiyo_ llamó la atención y se ganó una especie de popularidad por
su arrojo, su agilidad de tigre, sus gestos cómicos y su oportunidad
en acudir adonde hacía falta. La parte que representaba _Cominiyo_ en
el drama desarrollado en el redondel era bien insignificante; pero
él se ingeniaba para realzar un papel tan secundario, y cuando de
los tendidos brotaban frases de elogio para el rapaz, sus macilentas
mejillas se iluminaban con pasajero rubor de orgullo, y sus ojos
negros, ricamente guarnecidos de sedosas pestañas, irradiaban triunfal
lumbre.
_Cominiyo_ me había confiado sus secretas ambiciones. Como el poeta de
bohardilla sueña la coronación en el Capitolio; como el recluta sueña
los tres entorchados; como obscuro escribiente la poltrona, _Cominiyo_
soñaba ser picador. En vez de ir á las ancas del caballo, quería ir
delante, luciendo la fastuosa chaquetilla de doradas hombreras, el
ancho sombrerón de fieltro, los calzones de ante, el rígido atavío de
esos hombres curtidos y recios, de piel de badana, en que no hacen
mella los batacazos. Pero, ¿cuándo lograría _Cominiyo_ ascender tan
alto? Probablemente así que hubiese demostrado de una manera indudable
su gran corazón; así que hiciese «una hombrá». Y dispuesto estaba á
hacerla á cualquier hora, y más que dispuesto deseoso, que el valor
pide ocasión y tiempo.
En la cuarta corrida presentóse la ocasión tan anhelada, y por cierto
que con trágico aparato. El tercer toro, hermoso bicho, de gran poder,
dió un juego tal desde que salió á la plaza, que llegó á causar cierto
pánico: como aquél pocos. Después de destripar por los aires á dos
caballos, la emprendió con el que montaba el picador Bayeta, y en un
santiamén dejó al jinete aplastado bajo la cabalgadura, en la cual se
ensañó y cebó furioso. Crítica era la situación del picador: el peso
del jaco le asfixiaba, y si se rebullese, con él la emprendería el
toro. En vano la cuadrilla, á capotazos, quería engañar y distraer á la
fiera, y Bayeta, ahogándose, asomaba la cabeza por detrás del espinazo
del jaco moribundo. Ya el toro se lanzaba hacia la nueva presa, y ya
el picador se veía recogido y despedido hasta las nubes, cuando una
figurilla menuda apareció firmemente plantada sobre el vientre del
tendido caballo, y, retando al toro con temeraria bizarría, le hirió
repetidas veces con la mano en el inflamado morro y hasta osó juguetear
con los agudos cuernos... mientras salvaban al picador. _Cominiyo_,
que realizada la proeza intentaba salir escapado, saltó hacia atrás,
resbaló en la viscosa sangre, un charco rojo que el caballo había
soltado de los pulmones, y el toro le pilló allí mismo, contra las
tablas, y le enganchó y levantó en alto y le dejó caer inerte.
Corrí á la enfermería y reconocí la herida del muchacho, comprobando
una cosa horrible que, á pesar de la impasibilidad profesional, me
causó grima. El toro había cogido á _Cominiyo_ por la espalda, en la
región lumbar; sin duda la fiera tenía astillado el cuerno, y en la
astilla sacó un jirón del hígado, una sangrienta piltrafa. _Cominiyo_
no tenía salvación, y su lucha con la muerte, sostenida por la juventud
y la índole de la misma lesión, fué larga y cruel. Ocho días le
devoró la fiebre inflamatoria, y como él ignoraba la gravedad de la
herida, se agitaba en un frenesí de alegres esperanzas y de ambiciosas
aspiraciones. La ovación tributada á su hazaña le tenía borracho de
gozo, y me decía entusiasmado, mientras yo trataba de calmar sus
dolores, que eran atroces, sobre todo al principio:
--Me he portao como los hombres. Digasté, ¿seré picador?
El día en que le acompañamos al cementerio, yo, al ver que le echaban
encima la húmeda tierra, pensé mucho sobre el heroísmo. Sería una
irrisión plantar laureles en la sepultura del rapaz... y, sin embargo,
á mí me parecía que de la misma madera del alma de _Cominiyo_ están
hechas las almas de algunos que podrían reclamar la sombra del árbol
sagrado para su tumba.
Mientras regresábamos comentando la suerte del atrevido mono sabio, yo
recordaba una copla popular:
Hasta la leña en el monte
tiene su separación:
una sirve para santos,
otra para hacer carbón.
JUSTICIERO
De vuelta del viaje, acababa el _Verdello_ de despachar la cena, regada
con abundantes tragos del mejor Avia, cuando llamaron á la puerta de la
cocina y se levantó á abrir la vieja, que, al ver á su nieto, soltó un
chillido de gozo.
En cambio, _Verdello_, el padre, se quedó sorprendido, y, arrugando el
entrecejo severamente, esperó á que el muchacho se explicase. ¿Cómo se
aparecía así, á tales horas de la noche, sin haber avisado, sin más ni
más? ¿Cómo abandonaba, y no en víspera de día festivo, su obligación en
Auriabella, la tienda de paños y lanería, donde era dependiente, para
presentarse en Avia con cara compungida, que no auguraba nada bueno?
¿Qué cara era aquélla, rayo? Y el _Verdello_, hinchando de cólera su
cuello de toro, iba á interpelar rudamente al chico, si no se interpone
la abuela, besuqueando al recién venido y ofreciéndole un plato de
guiso de bacalao con patatas, oloroso y todavía caliente.
El muchacho se sentó á la mesa frente á su padre. Engullía de un modo
maquinal: conocíase que traía hambre, el desfallecimiento físico de
la caminata á pie, en un día frío de enero; al empezar á tragar daba
diente con diente, y el castañeteo era más sonoro contra el vidrio del
vaso donde el vino rojeaba. El padre, picando una tagarnina con la
uña de luto, dejaba al rapaz reparar sus fuerzas. Que comiese... que
comiese... Ya llegaría la hora de las preguntas.
No tenía otro hijo varón; una hija, ya talluda, se había casado allá en
Meirelle ¡lejos! Este chico, Leandro, endeble nació y endeble se crió.
Al cabo, fruto de una madre tísica. Para proporcionarles bienestar á
la madre y al hijo, el _Verdello_ trajinaba día y noche por anchas
carreteras y senderos impracticables, ejercitando con ardor su tráfico
de arriería, comprando en las bodegas de los señores cosecheros y
revendiendo en figones y tabernas el rico zumo de las vides avienses.
Vino que catase y adquiriese el _Verdello_, vino era ¡voto al rayo!
y vino de recibo en color y sabor. No necesitaba el arriero, para
apreciar la calidad del líquido, beber de él: se desdeñaría de hacer
tal cosa. Le bastaba, estando en ayunas, echar dos ó tres gotas en la
punta de la lengua, esto para el sabor: y para el color, otras tantas
en la manga de la camisa, arremangada sobre el fornido brazo. Tal
mancha, tal calidad. Y allí quedaban las manchas color de violeta,
como armas parlantes de la arriería. El _Verdello_ podía decir, con
sólo mirar á las manchas, qué bodegas del Avia daban el vino más
honradamente moro.
¡Buen oficio el de arriero! ¡Buen oficio para el hombre que gasta pelos
en el corazón, que de nada se asusta y se lleva en el cinto sus cuatro
docenas de onzas, ó, ahora que no hay onzas, su fajo de billetes de á
cien, y como seguro de las onzas y los billetes, en un bolsillo del
chaquetón el revólver cargado, y en el otro la navaja, amén de la vara
de aguijón con puño y á veces la escopeta de tirar á las perdices en
tiempo de vacaciones! Porque hay sitios de la carretera que se pueden
pasar durmiendo; pero los hay que es poco rezar el Credo, y conviene
estar dispuesto á santiguar á tiros á los bromistas. Ya se habían
querido divertir con _Verdello_, y un corte de hoz y dos abolladuras de
estacazo tenía en la cabeza; pero llevó qué contar el gracioso. Mejor
dicho, no lo contó más que una semana.
Y sólo un _Verdello_ es capaz de andar siempre atravesado por los
caminos, sin parar y aguantando heladas, lluvias y calores. Así es que
no quiso que Leandro siguiera el perro oficio. El muchacho estaría
mejor á la sombra, bajo tejas, abrigado y comiendo á sus horas. Y así
que cumplió los trece años, le colocó en una tienda de Auriabella, una
casa muy decente. Al despedirse del chico con efusión de cariño brusco
y bárbaro, medio á pescozones, el padre le leyó la cartilla: «Aquí se
cumple... Aquí el hombre se porta, y si no, ojo conmigo... Honradez...
Trabajar... Como te descuides en lo menor, ya puedes prepararte,
¡rayo!».
No hubo necesidad de desplegar rigor. El principal de Leandro escribía
satisfecho. Era listo el chiquillo, sabía despachar, complacer, y
ascendía poco á poco desde la escoba de barrer la tienda y las cabezas
de cardo de alzar el pelo á los paños, al libro de contabilidad. Con
el tiempo vendría á ser el alma del establecimiento. La mujer del
_Verdello_, devorada por la consunción, murió tranquila respecto al
porvenir de su hijo, viéndole ya en su fantasía tendero acomodado,
grueso, tranquilo, de levita los domingos y en el bolsillo del chaleco
su buen reloj de oro.
Viudo, sin más compañía que la vieja, el _Verdello_, aunque robusto y
atlético, no pensaba en volver á casarse. Que se casase el rapaz, que
ya tenía sus diecinueve años. Alusiones y reticencias del principal
habían puesto al padre en sospechas de que Leandro andaba en pasos algo
libres. ¡Cosas de la edad! Que no le distrajesen de la obligación... y
lo demás no importa. ¿Á qué venía el ceño del patrón, cuando reconocía
que el chico no faltaba de su sitio nunca, y ni el mostrador ni la
caja quedaban desamparados ni un minuto? ¿Pues acaso él, el propio
_Verdello_, si rodaba por mesones y tugurios de ciudades, no tenía sus
desahogos, sin otras consecuencias? ¡Bah! Un hombre es un hombre... y
con más motivo, un rapaz.
Sin embargo, al verle llegar así, á horas impensadas, cabizbajo,
desencajado, el padre sintió allá dentro algo cortante y frío, como
el golpe de un puñal. ¿Qué sucedía? ¿Qué embuchado era aquél, demonio?
Y la mirada de sus pupilas fieras se clavaba en Leandro, queriendo
encontrar otras pupilas que rastreaban por el plato, mientras los
blancos dientes seguían castañeteando, ó de miedo ó de frío...
Acabóse la cena y salió abuela á preparar la cama, á rebuscar un jergón
y una manta, proyectando la añadidura de sus refajos colorados, ¡helaba
tanto aquella noche--! y sólo ya el padre con el hijo, salió disparada
la pregunta.
--¿Tú qué hiciste? ¡Rayo! ¿Tú qué hiciste? Sin mentir...
Como el muchacho callase, dando mayores señales de abatimiento, el
_Verdello_ pateó, y en un arranque, soltó la bomba:
--¡Tú has robado! ¡Tú has robado!
Con inmensa angustia, con movimiento infantil, Leandro quiso echarse
en brazos del padre; pero éste le rechazó de un modo instintivo y
violento, lanzándole contra la pared. El muchacho rompió á sollozar,
mientras el arriero, entre juramentos y blasfemias, repetía:
--¡Has robado... cochino! Robaste la caja, robaste á tu principal...
¡Para pintureros vicios! Y ahora lloras... ¡Rayo de Judas! ¡Me...!
Echaba espuma por la boca, braceaba, cerraba los puños... De repente
se aquietó. Para quien le conociese, era aquella quietud muy mala
señal. Callado, derecho en medio de la cocina, alumbrado por el
hediendo quinqué de petróleo y las llamas del hogar, parecía una
grosera estatua de barro pintado, con trágicos rasgos en el rostro,
donde se traslucían los negros pensares. ¡Tener un ladrón en casa!
Él, el _Verdello_, había sido toda la vida hombre de bien á carta
cabal: su palabra valía oro, sus tratos no necesitaban papel sellado,
ni señal siquiera. Palabra dicha, palabra cumplida. En las bodegas y
las tabernas ya conocían al _Verdello_. Traficar y ganar; pero con
vergüenza, sin la indecencia de quitar un ochavo á nadie... ¿Quién se
fiaría ya del padre de un ladrón? ¡Rayos! Y con desdén glacial, como si
escupiese un resto de colilla, arrojó al rostro del muchacho la frase:
--El robar no te viene de casta.
No hubo más respuesta que sollozos, y el padre añadió con la misma
frialdad:
--¿Cuánto cogiste? Porque mañana temprano salgo yo á devolverlo.
Alentó algo el culpable, y tratando de asegurar la voz, murmuró
débilmente y entre hipos:
--Ciento noventa y siete pesos y dos reales...
No pestañeó el arriero. Podía pagar. Se quedaba sin economías, pero...
¡Dios delante! Eso, en comparanza de otras cosas... Mientras echaba
sus cuentas, con la mano derecha se registraba faja y bolsos, sin duda
requisando el capital que guardaba allí, fruto de las ventas realizadas
en Cebre y en Parmonde... Acabado el registro, se volvió hacia el
muchacho, y señaló á la puerta trasera de la cocina:
--Anda ahí fuera. ¡Listo!
¿Fuera? ¿Á qué? No servía replicar. Leandro obedeció. ¡Qué bocanada
de hielo al entrar en la corraliza! La noche era de las de órdago: las
estrellas competían en brillar en el cielo, la escarcha en el suelo,
y el pilón del lavadero se acaramelaba en la superficie. El mastín
de guarda ladró al divisar á los dos hombres; pero su fiel memoria
afectiva le iluminó al instante, y loco de alegría se arrojó á Leandro,
apoyándole en el pecho las patas. Y cuando padre é hijo pasaron el
portón de la corraliza, el can echó detrás, meneando todavía la cola,
brincando de gozo. Anduvieron por sembrados y maizales cosa de un
cuarto de hora, hasta que el _Verdello_ hizo alto al pie de las tapias
de un huerto, derruidas ellas y abandonado él. Y empujando al muchacho,
le arrimó al tapial, y se colocó enfrente, ya empuñado el revólver.
Leandro se desvió con un salto rápido, de instinto animal. Comprendía,
y su juventud, la savia de los veinte años, protestaba sublevándose.
¡No, morir no! Quiso correr, huir á campo traviesa. Y aquel temblor
de antes, el de los dientes, el de las manos, descendió á sus piernas
flacuchas de mozo enviciado en mujerzuelas, y le doblegó, y le hizo
caer postrado, medio de rodillas, balbuceando:
--¡Perdón! ¡Perdón!
El padre se acercó; vió á la semiclaridad de los astros dos ojos
dilatados por el terror, que imploraban... é hizo fuego, justamente
allí, entre los dos ojos, cuya última mirada de súplica se le quedó
presente, imborrable. Cayó el cuerpo boca abajo, y el golpe sordo y
mate contra la tierra endurecida por la helada sonó extrañamente; el
perro exhaló un largo aullido, y el arriero se inclinó; ya no respiraba
aquella mala semilla.
ELECCIÓN
Lentamente iba subiendo la cuesta el carro vacío, de retorno, y sus
ruedas producían ese chirrido estridente y prolongado que no carece
de un encanto melancólico cuando se oye á lo lejos. Para el labriego,
es causa de engreimiento la agria queja del carro--pero esta vez, en
el corazón de Telme, resonaba con honda tristeza--. Á cada áspero
gemido sangraba una fibra. Tranquilos en su vigor, los bueyes pujaban,
venciendo el repecho; la querencia les decía que por allí iban
derechos al brazado de hierba, acabado de apañar. Sus hocicos babosos,
recalentados por la caminata, se estremecían aspirando la brisa del
anochecer, en que flotaba el delicioso perfume de la pradería.
Á la puerta de la casucha esperaba la mujer de Telme, la tía Pilara,
seca, negruzca, desfigurada, más que por la maternidad y los años, por
las rudas faenas campestres. Ayudó Pilara á su marido á desuncir el
carro, y mientras él encendía un cigarrillo, acomodó los bueyes en
el establo, separado por un tabique del _leito_ conyugal. No cruzaron
palabra. No era que no se quisieran; al contrario, queríanse bien
aquellos dos seres, á su modo; sino que el labriego es lacónico de
suyo, y la absoluta comunidad de intereses hace entenderse sin gastar
saliva. La actitud de Telme y su gesto decían á Pilara cuanto la
importaba saber. El hijo había salido útil, según el reconocimiento...
y por ende ya era _del rey_; era soldado.
Con un nudo á la garganta, con escozor en los párpados, dispuso Pilara
la cena, colocando sobre la artesa las dos escudillas de humeante
caldo _de pote_. Las despacharon, y, ahorrando luz, se acostaron al
punto. Oíase el rumiar de los bueyes, moliendo la hierba jugosa, y
no se oía á marido y mujer rumiar la pena, atravesada en el gaznate.
Dieron vueltas. Suspiró Pilara; Telme gruñó. ¡Vete noramala, sueño de
esta noche! De pronto--aún no pensaban en cantar los gallos--saltó de
la celdilla que sirve de cama al campesino mariñán, y encendiendo un
_misto_ y la candileja de petróleo, pasó al establo y se dispuso á
sacar la yunta. Pilara, sorprendida, medio soñolienta, le siguió. ¿Qué
era aquello? ¿Iba á la feria, por fin? Que esperase tan siquiera hasta
que ella trajese para los animales otra carga de _herbiña_... Y el
labriego, brusco y sombrío, respondió á media habla:
--No es menester... No van con el carro... No llevan más labor que
echar una pata delante de otra...
La mujer se quedó como de piedra. No insistió ¿Para qué? Sobraban las
explicaciones. Había comprendido. La limitada vida del labriego se
compone de hechos de significación indudable. Quien lleva á la feria la
yunta sin el carro, va á venderla. Á eso iba Telme: á deshacerse de sus
hermosos bueyes para librar al mozo.
Pasado el primer instante, como barril de mosto al que le quitan el
tapón, se soltó á chorros la aflicción de Pilara. La marcha de los
bueyes, para no volver más, era cosa tan dura, que la aldeana sintió
un dolor físico en las entrañas: la arrancaban lo mejor de su casa,
lo mejor de la parroquia, lo bueno del mundo. ¡En cuatro leguas _de
arredor_ no había yunta como aquélla, bueyes tan parejos, tan rojos,
de un rojo brillante como el limpio cobre, tan gordos, tan grandes, de
tanta ley para el trabajo, y tan mansos y amorosos, que un chiquillo de
siete años los lindaba!
Verdad que tampoco se conocía otro rapaz como Andresiño, más garrido,
más sano, más hombre... ¡Y también querían arrebatárselo! ¡Nuestra
Señora nos ayude, San Antonio nos valga! Pilara sollozaba á gritos,
arañándose el atezado rostro.
Telme, entretanto, en la corraliza, pasaba el _adival_ por entre las
astas de los bueyes, y rezongaba, rechazando á su desconsolada mujer.
--¡Pues ó los bueyes ó el mozo! Una de dos.
Echó la aldeana los brazos al buey de la izquierda, el Marelo--el más
guapo y forzudo, el que lucía una estrellita blanca en el testuz--y
á su manera, torpemente y hociqueando, besó los anchos ojos, tibios y
pestañudos, de la bestia.
La caricia equivalía á una despedida: la madre, lo mismo que el padre,
_escogían_ al suyo, al hijo: no querían enviarlo allá, á las islas
del demonio, donde la fiebre y la peste chupan á los hombres y el
machete los descuartiza. ¡Asus mío! Pero una cosa es _escoger_ á quien
cumple que se escoja, y otra no tener ley á la yunta, ¡que para no
tenérsela, había que ser de palo! Porque, á más de que aquella yunta
le ponía la ceniza en la frente á todas las de la Marina, se ha de
mirar de que Pilara y Telme llevaban años quitándose el mendrugo de
la boca para dárselo á los bueyes. La corteza de borona, la encaldada
de patatas, calabazo y berza, son alimentos que comparten el labrador
y el buey; lo que hace encaldada para el animal hace caldo para el
dueño. Si el buey engorda, es que el labrador se priva, mermando su
ración. La vanidad, ese tenacísimo sentimiento humano, que nunca pierde
sus derechos, también alienta en los labradores. Toda la parroquia
envidiaba la yunta, hasta tal extremo, que Pilara les había colgado de
las astas, de suerte que cayese en el remolino central del testuz, un
Evangelio y dos dientes de ajo encerrados en una bolsa, remedio contra
la _envidia_, que para el aldeano es una fuerza misteriosa, capaz de
maleficiar. Pero, aunque dañina, la envidia es lisonjera. Telme iba por
el camino real con sus bueyes, que ni el Papa en su silla. Y ahora...
ni fachenda, ni provecho, ni orgullo, ni labranza; al agua todo. EL
carro, perpetuamente inmóvil y en la corraliza; las tierras, sin arar;
los lucrativos _carretos_ de piedra y arena, para otros... No había
remedio. ¡La elección estaba hecha!
Así que se alejó Telme y dejó de oirse el paso acompasado de la yunta,
Pilara secó con el dorso de la áspera mano los últimos lagrimones, y,
resignadamente, se puso á disponer lo necesario para la cocedura. Con
llorar no se calienta el horno, ni se amasa la harina.
La aldeana bregó sin descanso. Mientras partía y disponía la leña y
sobaba la masa con las obscuras manos, la congoja iba calmándose.
Adiós los bueyes... pero ya vendría el rapaz. Si buena era la yunta,
Andresillo mejor. Á forzudo y á voluntario ninguno le ganaba. En un día
despabilaba él más obra que en una semana otros. Y ni pinga de vino, ni
camorrista, ni amigo de ir de tuna. Ganas tenía de arrendar un lugar
y casarse; pero ahora que sus padres se quedaban por él sin la luz de
los santos ojos... ya les ayudaría á juntar para otra pareja. Con lo
que tenían guardado en el pico del arca y el jornal de Andrés, en dos ó
tres años...
No pasaba de medio día cuando regresó Telme, cabizbajo, solo ya, con
las manos vacías, enrollado el _adival_ alrededor del cuerpo. Esta vez,
Pilara preguntó ansiosa: ¿cuánto? ¿cuánto? Telme tardó en responder. Al
cabo, mohíno, al sentarse á comer el pote con unto rancio y la _borona_
enmohecida--la _bolla_ fresca no había salido aún del horno, ni saldría
hasta la tarde--desató la lengua, entre reniegos, porque ya sabía
Telme que lo que bajase de cinco mil y pico era regalar la yunta; y
en aquella maldita feria no parece sino que se habían juramentado los
compradores para no ofrecer arriba de cuatro mil. Y era pillada y _mala
idea_, porque tan pronto como se los dejó á un chalán desconocido, con
acento andaluz, en cuatro mil y pico, otro de Breanda le dió ventaja
al chalán y se los llevó. ¡Pero tenían que ir al arca...! Y pronto,
pronto. Que él pediría emprestada la burra á Gorio de Quintás, y á las
tres, Dios mediante, había de estar en Marineda, depositando el dinero
á cambio del hijo...
Abrieron el arca, como si se hubiesen abierto las venas. Pilara cruzaba
las manos, gemía bajito, alzaba al cielo los ojos, se cogía la cabeza,
al volver del revés sobre la artesa el calcetín de lana gorda: los
ahorriños de tanto tiempo. Estaban en moneda sonante, en metálico:
el labriego no quiere guardar papel. Había duros relucientes del
nene, otros oxidados, mucha peseta, calderilla roñosa. Aunque sabían
al dedillo la cantidad, recontaron: sobraba un pico. Telme añudó lo
necesario en un pañuelo de algodón azul, por no mezclarlo con lo de la
venta, que iba casi todo en billetes de á cien, oculto á raíz de la
carne. Hecho esto, salió en demanda de la pollina.
Pilara aguardó, aguardó hasta las altas horas. No sabía si su hombre
dormía aquella noche en Marineda, para volver con el mozo, temprano.
Se acostó al fin. Á cosa de la una oyó llamar á voces, y conoció la
de Telme. La sangre le dió una vuelta. Saltó en camisa, encendió la
candileja, abrió: Telme, con la cara color de difunto, estaba delante
de ella. ¡Madre mía de las Angustias! ¿Qué pasaba! ¿Y Andresiño?
--¡Calla!--profirió Telme--; no me hables, que pego fuego á la casa, y
te parto los lomos y se los parto al mismísimo divino Dios... Ya hemos
quedado solos, mujer, sin bueyes y sin hijo. ¡El chalán de la feria...
me metió cuatro billetes falsos!
Y el padre, en vez de realizar sus amenazas de partir los lomos á
todo el mundo, se dejó caer al suelo y se arrancó el pelo á puñados,
llorando como las mujeres.
LA CHUCHA
Lo primerito que José San Juan--conocido por el _Carpintero_--hizo al
salir de la penitenciaría de Alcalá, fué presentarse en el despacho del
director.
Era José un mocetón de bravía cabeza, con la cara gris mate, color
de seis años de encierro, en los cuales sólo había visto la luz del
sol dorando los aleros del tejado. La blusa nueva no se amoldaba á
su cuerpo, habituado al chaquetón del presidio; andaba torpemente,
y la gorra flamante, que torturaba con las manos, parecía causarle
extrañeza, acostumbrado como estaba al antipático birrete.
--Venía á despedirme del señor director--dijo humildemente al entrar.
--Bien, hombre; se agradece la atención--contestó el funcionario--.
Ahora á ser bueno, á ser honrado, á trabajar. Eres de los menos malos;
te has visto aquí por un arrebato, por delito de sangre, y sólo con
que recuerdes estos seis años, procurarás no volver... Que te vaya
bien. ¿Quieres algo de mí?
--¡Si usted fuera tan amable, señor director... si usted quisiera!...
Animado por la benévola sonrisa del jefe soltó su pretensión.
--Deseo ver á una reclusa.
--Es tu _chucha_, ¿verdad?... Bueno: la verás.