Nos recogimos al cenador, desgarramos la pared de enredadera

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está

encerrado entre guiones bajos (_cursiva_) y el texto en Versalitas se

representa en mayúsculas como en VERSALITAS.

La ortografía del texto que compone la serie de cuentos que se incluyen

no sigue las reglas actuales de la lengua española, sino las que

estaban vigentes cuando la edición usada para la transcripción de esta

obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el mapa de

Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas

acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el

acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está

en mayúsculas.

Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores

tipográficos y de ortografía.

El Índice con los títulos de las historias fue reubicado al principio

de la obra.

La portada de este libro electrónico fue modificada por el transcriptor

y ha sido incluida en el dominio público.

* * * * *

OBRAS COMPLETAS

DE

EMILIA PARDO-BAZÁN

CONDESA DE PARDO-BAZÁN

EN TRANVÍA

(CUENTOS DRAMÁTICOS)

EMILIA PARDO-BAZÁN

CONDESA DE PARDO-BAZÁN

OBRAS COMPLETAS.--TOMO XXIII

EN TRANVÍA

(CUENTOS DRAMÁTICOS)

[Ilustración]

RENACIMIENTO

SOCIEDAD ANÓNIMA EDITORIAL

Calle de Pontejos, 8, 1.º

MADRID

Es propiedad.

Queda hecho el depósito que

marca la ley.

Imprenta de Prudencio Pérez de Velasco, Campomanes, 4.

ÍNDICE

Pág.

En tranvía 5

Adriana 15

Vitorio 23

Las desnudadas 31

Semilla heroica 39

Justiciero 45

Elección 53

La chucha 61

El vino del mar 73

Fuego á bordo 79

La paz 103

Suerte macabra 111

El guardapelo 119

La ventana cerrada 125

Infidelidad 133

De vieja raza 139

Benito de Palermo 145

Ley natural 153

El comadrón 159

El voto de Rosiña 167

Vivo retrato 173

El décimo 179

La puñalada 183

En el Santo 191

Santos Bueno 197

Sustitución 201

La compaña 209

La dentadura 215

Inspiración 221

Oscuramente 227

El ahogado 233

El molino 239

Aventura 249

El oficio de difuntos 257

Juan Trigo 265

El camafeo 273

Voz de la sangre 279

EN TRANVÍA

Los últimos fríos del invierno ceden el paso á la estación primaveral,

y algo de flúido germinador flota en la atmósfera y sube al purísimo

azul del firmamento. La gente, volviendo de misa ó del matinal correteo

por las calles, asalta en la Puerta del Sol el tranvía del barrio de

Salamanca. Llevan las señoras sencillos trajes de mañana; la blonda de

la mantilla envuelve en su penumbra el brillo de las pupilas negras;

arrollado á la muñeca, el rosario; en la mano enguantada, ocultando el

puño del _encas_, un haz de lilas ó un cucurucho de dulces, pendiente

por una cintita del dedo meñique. Algunas van acompañadas de sus

niños; ¡y qué niños tan elegantes, tan bonitos, tan bien tratados! Dan

ganas de comérselos á besos; entran impulsos invencibles de juguetear,

enredando los dedos en la ondeante y pesada guedeja rubia que les

cuelga por las espaldas.

En primer término, casi frente á mí, descuella un _bebé_ de pocos

meses. No se ve en él, aparte de la carita regordeta y las rosadas

manos, sino encajes, tiras bordadas de ojetes, lazos de cinta,

blanco todo, y dos bolas envueltas en lana blanca también, bolas

impacientes y danzarinas, que son los piececillos. Se empina sobre

ellos, pega brincos de gozo, y cuando un caballero cuarentón que va á

su lado--probablemente el papá--le hace una carantoña ó le enciende

un fósforo, el mamón se ríe con toda su boca de viejo, babosa y

desdentada, irradiando luz del cielo en sus ojos puros. Más allá, una

niña como de nueve años se arrellana en postura desdeñosa é indolente,

cruzando las piernas, luciendo la fina canilla cubierta con la estirada

media de seda negra, y columpiando el pie calzado con zapato inglés

de charol. La futura mujer hermosa tiene ya su dosis de coquetería;

sabe que la miran y la admiran, y se deja mirar y admirar con oculta

é íntima complacencia, haciendo un mohín equivalente á «Ya sé que

os gusto; ya sé que me contempláis». Su cabellera, apenas ondeada,

limpia, igual, frondosa, magnífica, la envuelve y la rodea de un halo

de oro, flotando bajo el sombrero ancho de fieltro, nubado por la gran

pluma gris. Apretado contra el pecho lleva un envoltorio de papel de

seda, probablemente algún juguete fino para el hermano menor, alguna

sorpresa para la mamá, algún lazo ó moño que la impulsó á adquirir su

tempranera presunción. Más allá de este capullo cerrado va otro que se

entreabre ya, la hermana tal vez, linda criatura como de veinte años,

tipo afinado de morena madrileña, sencillamente vestida, tocada con una

capotita casi invisible que realza su perfil delicado y serio. No lejos

de ella, una matrona arrogante, recién empolvada de arroz, baja los

ojos y se reconcentra como para soñar ó recordar.

Con semejante tripulación, el plebeyo tranvía reluce orgullosamente al

sol, ni más ni menos que si fuese landó forrado de rasolís, arrastrado

por un tronco inglés legítimo. Sus vidrios parecen diáfanos; sus

botones de metal deslumbran; sus mulas trotan briosas y gallardas; el

conductor arrea con voz animosa, y el cobrador pide los billetes atento

y solícito, ofreciendo en ademán cortés el pedacillo de papel blanco

ó rosa. En vez del olor chotuno que suelen exhalar los cargamentos de

obreros allá en las líneas del Pacífico y del Hipódromo, vagan por la

atmósfera del tranvía emanaciones de flores, vaho de cuerpos limpios y

brisas del iris de la ropa blanca. Si al hacerse el pago cae al suelo

una moneda, al buscarla se entreven piececitos chicos, tacones Luis XV,

encajes de enaguas y tobillos menudos. Á medida que el coche avanza por

la calle de Alcalá arriba, el sol irradia más é infunde mayor alborozo

el bullicio dominguero, el gentío que hierve en las aceras, el rápido

cruzar de los coches, la claridad del día y la templanza del aire. ¡Ah,

qué alegre el domingo madrileño, qué aristocrático el tranvía á aquella

hora en que por todas las casas del barrio se oye el choque de platos,

nuncio del almuerzo, y los fruteros de cristal del comedor sólo

aguardan la escogida fruta ó el apetitoso dulce que la dueña en persona

eligió en casa de Martinho ó de Prast!

Una sola mancha noté en la composición del tranvía. Es cierto que

era negrísima y feísima, aunque acaso lo pareciese más en virtud

del contraste. Una mujer del pueblo se acurrucaba en una esquina,

agasajando entre sus brazos á una criatura. No cabía precisar la edad

de la mujer; lo mismo podía frisar en los treinta y tantos que en

los cincuenta y pico. Flaca como una espina, su mantón parduzco, tan

traído como llevado, marcaba la exigüidad de sus miembros: diríase que

iba colgado en una percha. El mantón de la mujer del pueblo de Madrid

tiene fisonomía, es elocuente y delator; si no hay prenda que mejor

realce las airosas formas, que mejor acentúe el provocativo meneo de

cadera de la arrebatada chula, tampoco la hay que más revele la sórdida

miseria, el cansado desaliento de una vida aperreada y angustiosa,

el encogimiento del hambre, el supremo indiferentismo del dolor, la

absoluta carencia de pretensiones de la mujer á quien marchitó la

adversidad, y que ha renunciado por completo, no sólo á la esperanza de

agradar, sino al prestigio del sexo.

Sospeché que aquella mujer del mantón ceniza, pobre de solemnidad sin

duda alguna, padecía amarguras más crueles aún que la miseria. La

miseria á secas la acepta con feliz resignación el pueblo español,

hasta poco hace ajeno á reivindicaciones socialistas. Pobreza es el

sino del pobre, y á nada conduce protestar. Lo que vi escrito sobre

aquella faz, más que pálida, lívida; en aquella boca sumida por los

cantos, donde la risa parecía no haber jugado nunca; en aquellos ojos

de párpados encarnizados y sanguinolentos, abrasados ya y sin llanto

refrigerante, era cosa más terrible, más excepcional que la miseria:

era la desesperación.

El niño dormía. Comparado con el pelaje de la mujer, el de la criatura

era flamante y decoroso. Sus medias de lana no tenían desgarrones;

sus zapatos bastos, pero fuertes, se hallaban en buen estado de

conservación; su chaqueta gorda sin duda le preservaba bien del frío,

y lo que se veía de su cara, un cachetito sofocado por el sueño,

parecía limpio y lucio. Una boina colorada le cubría la pelona. Dormía

tranquilamente; ni se le sentía la respiración. La mujer, de tiempo en

tiempo, y como por instinto, apretaba contra sí al chico, palpándole

suavemente con su mano descarnada, denegrida y temblorosa.

El cobrador se acercó librillo en mano, revolviendo en la cartera la

calderilla. La mujer se estremeció como si despertase de un sueño, y

registrando en su bolsillo, sacó, después de exploraciones muy largas,

una moneda de cobre.

--¿Adónde?

--Al final.

--Son quince céntimos desde la Puerta del Sol, señora--advirtió el

cobrador, entre regañón y compadecido--y aquí me da usted diez.

--¡Diez!...--repitió vagamente la mujer, como si pensase en otra

cosa.--Diez...

--Diez, sí; un perro grande... ¿No lo está usted viendo?

--Pues no tengo más--replicó la mujer con dulzura é indiferencia.

--Pues quince hay que pagar--advirtió el cobrador con alguna severidad,

sin resolverse á gruñir demasiado, porque la compasión se lo vedaba.

Á todo esto, la gente del tranvía comenzaba á enterarse del episodio, y

una señora buscaba ya su portamonedas para enjugar aquel insignificante

déficit.

--No tengo más--repetía la mujer porfiadamente, sin irritarse ni

afligirse. Aun antes de que la señora alargase el perro chico, el

cobrador volvió la espalda encogiéndose de hombros, como quien dice:

«De estos casos se ven algunos». De repente, cuando menos se lo

esperaba nadie, la mujer, sin soltar á su hijo, y echando llamas por

los ojos, se incorporó, y con acento furioso exclamó dirigiéndose á los

circunstantes:

--¡Mi marido se me ha ido con otra!

Éste frunció el ceño, aquél reprimió la risa; al pronto creímos que se

había vuelto loca la infeliz, para gritar tan desaforadamente y decir

semejante incongruencia; pero ella ni siquiera advirtió el movimiento

de extrañeza del auditorio.

--Se me ha ido con otra--repitió entre el silencio y la curiosidad

general.--Una ladronaza pintá y rebocá como una paré. Con ella se ha

ido. Y á ella la da cuanto gana, y á mí me hartó de palos. En la cabeza

me dió un palo. La tengo rota. Lo peor, que se ha ido. No sé dónde

está. ¡Ya van dos meses que no sé!

Dicho esto, cayó en su rincón desplomada, ajustándose maquinalmente

el pañuelo de algodón que llevaba atado bajo la barbilla. Temblaba

como si un huracán interior la sacudiese, y de sus sanguinolentos ojos

caían por las demacradas mejillas dos ardientes y chicas lágrimas. Su

lengua articulaba por lo bajo palabras confusas, el resto de la queja,

los detalles crueles del drama doméstico. Oí al señor cuarentón, que

encendía fósforos para entretener al mamoncillo, murmurar al oído de la

dama que iba á su lado.

--La desdichada ésa... Comprendo al marido. Parece un trapo viejo. ¡Con

esa jeta y ese ojo de perdiz que tiene!

La dama tiró suavemente de la manga al cobrador, y le entregó algo. El

cobrador se acercó á la mujer y la puso en las manos la dádiva.

--Tome usted... Aquella señora la regala una peseta.

El contagio obró instantáneamente. La tripulación entera del tranvía

se sintió acometida del ansia de dar. Salieron á relucir portamonedas,

carteras y saquitos. La colecta fué tan repentina como relativamente

abundante.

Fuese porque el acento desesperado de la mujer había ablandado y

estremecido todos los corazones, fuese porque es más difícil abrir la

voluntad á soltar la primer peseta que á tirar el último duro, todo el

mundo quiso correrse, y hasta la desdeñosa chiquilla de la gran melena

rubia, comprendiendo tal vez, en medio de su inocencia, que allí había

un gran dolor que consolar, hizo un gesto monísimo, lleno de seriedad y

de elegancia, y dijo á la hermanita mayor: «María, algo para la pobre».

Lo raro fué que la mujer ni manifestó contento ni gratitud por aquel

maná que le caía encima. Su pena se contaba, sin duda, en el número

de las que no alivia el rocío de plata. Guardó, sí, el dinero que el

cobrador la puso en las manos, y con un movimiento de cabeza indicó que

se enteraba de la limosna: nada más. No era desdén, no era soberbia, no

era incapacidad moral de reconocer el beneficio: era absorción en un

dolor más grande, en una idea fija que la mujer seguía al través del

espacio, con mirada visionaria y el cuerpo en epiléptica trepidación.

Así y todo, su actitud hizo que se calmase inmediatamente la emoción

compasiva. El que da limosna es casi siempre un egoistón de marca

que se perece por el golpe de varilla transformador de lágrimas

en regocijo. La desesperación absoluta le desorienta, y hasta

llega á mortificarle en su amor propio, á título de declaración de

independencia que se permite el desgraciado. Diríase que aquellas

gentes del tranvía se avergonzaban unas miajas de su piadoso arranque

al advertir que después de una lluvia de pesetas y dobles pesetas,

entre las cuales relucía un duro nuevecito, del nene, la mujer no

se reanimaba poco ni mucho, ni les hacía pizca de caso, Claro está

que este pensamiento no es de los que se comunican en voz alta, y por

lo tanto, nadie se lo dijo á nadie; todos se lo guardaron para sí y

fingieron indiferencia, aparentando una distración de buen género y

hablando de cosas que ninguna relación tenían con lo ocurrido--. «No

te arrimes, que me estropeas las lilas»--. «¡Qué gran día hace!»--.

«¡Ay! la una ya: cómo estará tío Julio con sus prisas para el

almuerzo...»--Charlando así, encubrían el hallarse avergonzados, no de

la buena acción, sino del error ó chasco sentimental que se la había

sugerido.

Poco á poco fué descargándose el tranvía. En la bocacalle de Goya

soltó ya mucha gente. Salían con rapidez, como quien suelta un peso y

termina una situación embarazosa, y evitando mirar á la mujer inmóvil

en su rincón, siempre trémula, que dejaba marchar á sus momentáneos

bienhechores, sin decirles siquiera: «Dios se lo pague». ¿Notaría que

el coche iba quedándose desierto? No pude menos de llamarle la atención:

--¿Adónde va usted? Mire que nos acercamos al término del trayecto. No

se distraiga y vaya á pasar de su casa.

Tampoco me contestó; pero con una cabezada fatigosa, me dijo

claramente: «¡Quiá! Si voy mucho más lejos... Sabe Dios, desde el

cocherón, lo que andaré á pie todavía».

El diablo (que también se mezcla á veces en estos asuntos compasivos)

me tentó á probar si las palabras aventajarían á las monedas en calmar

algún tanto la ulceración de aquel alma en carne viva.

--Tenga ánimo, mujer--le dije enérgicamente--.Si su marido es un mal

hombre, usted por eso no se abata. Lleva usted un niño en brazos...

para él debe usted trabajar y vivir. Por esa criaturita debe usted

intentar lo que no intentaría por sí misma. Mañana el chico aprenderá

un oficio y la servirá á usted de amparo. Las madres no tienen derecho

á entregarse á la desesperación mientras sus hijos viven.

De esta vez la mujer salió de su estupor; volvióse y clavó en mí sus

ojos irritados y secos, de horrible párpado ensangrentado y colgante.

Su mirada fija removía el alma. El niño, entretanto, se había

despertado y estirado los bracitos, bostezando perezosamente. Y la

mujer, agarrando á la criatura, la levantó en vilo y me la presentó.

La luz del sol alumbraba de lleno su cara y sus pupilas, abiertas de

par en par. Abiertas, pero blancas, cuajadas, inmóviles. El hijo de la

abandonada era ciego.

ADRIANA

Dejé caer el periódico, exclamando con sorpresa dolorosa:

--¡Pero esa pobre Adriana! Morirse así, del corazón, casi de repente...

¡Nadie estaba enterado que padeciese tal enfermedad!

--Yo sí lo sabía--declaró el vizconde de Tresmes--, y aun sabía más:

sabía cuándo y cómo adquirió el padecimiento, y es cosa curiosa.

--Entérenos usted--suplicamos todos--. Y el vizconde, que rabiaba

siempre por enterar, nos contó la historia siguiente:

Adriana Carvajal, casada con Pedro Gomara, vivía dichosísima. Los

esposos reunían cuanto se requiere para disfrutar la felicidad posible

en el mundo: juventud y amor, salud y dinero, que son la salsa ó

condimento de los dos primeros platos, sin él desabridos, amargos á

veces. Faltábales, sin embargo, un heredero, un niño en quien mirarse;

pero la suerte no había de mostrarse avara en esto, y les envió, por

fin, el rapaz más lindo que pudo soñar la fantasía de una madre,

apasionada y loca ya desde antes de la maternidad, como era Adriana.

Al nacer el chico (á quien pusieron por nombre Ventura, en señal de

la que les prometía su nacimiento) Adriana estuvo en grave peligro,

y el doctor declaró que no volvería á tener sucesión. El delirio con

que marido y mujer amaban á su Venturita, fué causa de que oyesen

complacidos el vaticinio del doctor. ¡Un solo hijo, y todo para él!

¡Adriana libre ya por siempre de riesgos y trabajos! Tanto mejor... y á

vivir y á cuidar del retoño.

Este se crió hermoso y lozano como una rosa. Yo, que no soy nada

aficionado á chicos--advirtió sonriendo el vizconde de Tresmes--,

confieso que aquél me hacía muchísima gracia. Aparte de su

lindeza--parecía uno de los angelitos que pintaba Murillo, morenos y de

pelo obscuro--, tenía un no sé qué simpático, una mezcla de inocencia y

de picardía, una risa tan fresca, unas acciones tan imprevistas y tan

originales, una precocidad--pero no de esas precocidades empalagosas

de chiquillo sabio y serio, que me revientan, sino la precocidad de un

diablillo con un ingenio celestial--, que, vamos, no había más remedio

que llevarle juguetes y dulces, por el gusto de sentarle un rato sobre

las rodillas.

De la chifladura de sus padres sería inútil hablar, porque ustedes

la adivinan. Estaban chochitos; no conocían otro Dios que el tal

muñeco. Adriana no se había apartado un instante de su cuna, vigilando

á la nodriza, arrebatándola el pequeño así que acababa de mamar,

vistiéndole, desnudándole, bañándole y guardándole el sueño... Y así

que empezó á interesarse por el mundo exterior, á tender las manitas

y á pedir _tochas_, les faltó tiempo para darle cuanto deseaba y

mil objetos más, que ni se le ocurrían ni podían ocurrírsele. La

hermosa casa antigua con jardín que habitaban los Gomara se llenó

de cachivaches. ¡Y bichos! El arca de Noé. Los caballos de cartón

andaban mezclados con los pájaros vivos; sobre un ferrocarril mecánico

veríais un pulcro galguito de carne y hueso; el coche tirado por

carneros era abandonado por una gran caja dé soldados autómatas, que

hacían el ejercicio... Crea usted que derrochaban dinero en semejantes

chucherías, y yo le dije alguna vez á Adriana, porque tenía confianza

con ella:

--Hija, estáis malcriando á este pequeñín...

--Déjale que se divierta ahora--me contestaba--; demasiado rabiará

algún día... Ojalá pueda ofrecerle siempre lo que le haga dichoso.

El repertorio de los juguetes y sorpresas se agota pronto, y no sabía

ya Adriana qué nueva emoción dar á Ventura, cuando el cocinero de

la casa, que había andado embarcado diez años y conservaba amigotes

en todas las regiones del planeta, se descolgó un día regalando al

chico un mono. Soy poco inteligente en Historia Natural, y no me

pidan ustedes que clasifique la alimaña; sólo les diré que ni era de

esos monazos indecorosos y feroces que nadie se atreve á tener en las

casas, como el orangután, ni tampoco de esos titíes engurruminados

y frioleros que se pasan la vida tiritando entre algodón en rama.

Más bien era grande que pequeño; tenía el pelaje gris verdoso, y el

hocico de un rojo mate, como el del hierro oxidado; se veía que estaba

en la juventud y rebosando fuerza, y aunque goloso y travieso como

toda la gente de su casta, no era maligno. Inteligente é imitador en

grado sumo, no podía hacerse delante de él cosa que no parodiase, y su

agilidad y presteza nos divertían muchísimo; era cosa de risa verle

fingir que fregaba platos ó que rallaba pan en la cocina, y saltar

sobre el lomo de los caballos para ayudar al lacayo en sus faenas de

limpieza.

Á pesar de la índole relativamente benigna del mono, su inquietud y su

vivacidad obligaban á tenerle preso en una caseta con fuerte cadenilla,

porque ya dos veces se había escapado á corretear por árboles y

chimeneas; cuando se le soltaba había que vigilarle, y á Venturita,

que acababa de cumplir los tres años y que idolatraba en el mono, era

preciso guardarle también para que no desatase la cadenilla, pues lo

hacía con habilidad singular.

Una tarde que había yo almorzado en casa de Gomara y estábamos tomando

café en un cenador del jardín--me acuerdo como si fuese ahora mismo,

porque hay cosas que impresionan aunque uno no quiera--vimos cruzar

como un rayo al mono; tan como un rayo, que más bien le adivinamos que

le vimos. «Adiós, ya se ha escapado ese maldito de cocer», dijo Pedro

Gomara levantándose; y Adriana, con sobresalto instintivo, lo primero

que exclamó fué: «¿Dónde estará Ventura?». «Ése le habrá soltado, de

fijo», respondió Pedro, que frunció el entrecejo ligeramente. En el

mismo instante resonó un agudo chillido de mujer: un chillido que

revelaba tal espanto, que nos heló la sangre; y voces de hombres,

las voces de los criados que nos servían y que corrían hacia el

cenador clamando con angustia: «señorito, señorito», nos obligaron á

precipitarnos fuera. Adriana nos siguió sin decir palabra: un grupo

formado por los sirvientes y la desesperada niñera nos rodeó, señalando

hacia el tejado de la casa; y allí, al borde de la última hilera de

tejas, sentado en el conducto de zinc que recogía las aguas de lluvia,

estaba el mono con el niño en brazos.

El padre, con ademanes de loco, iba á precipitarse al zaguán para subir

á las buhardillas y salir al tejado; yo pedía ya una escalera para

intentar el desatino de subir por ella á la formidable altura de tres

pisos, cuando Adriana, muy pálida--¡qué palidez la suya, Dios!--y con

los ojos fuera de las órbitas, nos contuvo, murmurando en voz sorda

y cavernosa, una voz que sonaba como si pasase al través de trapos

húmedos:

--Por la Virgen... quietos... todos quietos... no se mueva nadie... Y

silencio... no chillar... no chillar... hagan como yo... Quietos... si

le asustamos le tira...

Sentimos instantáneamente que tenía razón la madre, y quedamos lo

mismo que estatuas. Era el mayor absurdo que intentásemos luchar

en agilidad y en vigor, sobre un tejado, con un mono. Antes que nos

acercásemos estaría al otro extremo del tejado, y el niño estrellado en

el pavimento.

Era preciso jugar aquella horrible partida: aguardar á que el mono,

por su libre voluntad, se bajase con el niño. Yo miraba á Adriana;

su palidez, por instantes, se convertía en un color azulado, pero

no pestañeaba. El mono nos hacía gestos y muecas estrafalarias,

apretando y zarandeando á su presa, y de improviso se oyó distintamente

el llanto de la criatura, llanto amarguísimo, de terror; sin duda

acababa de sentir que estaba en peligro, aunque no lo pudiese

comprender claramente. La madre tembló con todo su cuerpo, y el padre,

inclinándose hacia mí, sollozó estas palabras:

--Tresmes, usted, que es buen tirador... Una bala en la cabeza... Voy

por la carabina.

Idea insensata, delirante, porque aun siendo yo un Guillermo Tell, al

matar al mono hacíamos caer al niño; pero no tuve tiempo de negarme;

intervino Adriana con un _no_ tan enérgico, que su marido se mordió los

puños... Y la madre, terriblemente serena, añadió en seguida:

--Si le miramos, nunca bajará... Hay que retirarse... Hay que

esconderse; que no nos vea.

Nos recogimos al cenador, desgarramos la pared de enredaderas, y desde

allí, como se pudo, espiamos al enemigo. ¿Les estremece á ustedes

la situación? ¡Pues estremézcanse más! Duró veinte minutos. Sí; los

conté por mi reloj. En esos veinte minutos el mono depositó al niño

en el tejado, le acarició como había visto hacer á la niñera, le

obligó á pasear cogido de la mano, le aupó sobre la chimenea y le

llevó á cuestas, á caballito--un sainete, que en otra ocasión nos

haría desternillarnos.--Durante esos veinte minutos, Pedro anhelaba;

á Adriana no se la oía ni respirar. Por fin el mono miró hacia abajo,

hizo varios visajes, y cogiendo á Ventura, se descolgó rápidamente con

su carga lo mismo que un funámbulo sin cuerda, al jardín... Entonces

salimos con explosión todos--todos, menos la madre, que había caído

redonda--y el animal, asustado, soltó al chico ileso y se refugió en su

caseta...

Aquella tarde Adriana sufrió dos sangrías, que no sacaron más que gotas

negras--y desde entonces padeció del corazón--. Parecía que se había

repuesto mucho en estos últimos años, pero ¡bah! la herida era mortal,

y ella no lo ignoraba...

--¿Y qué fué del mono?--preguntamos como chiquillos.

--Tuve yo que pegarle el tiro... ¡Si viesen ustedes que me daba

lástima!--repuso el vizconde.

VITORIO

Sí, señores míos--dijo el viejo marqués, sorbiendo fina pulgarada

de _cucarachero_, golpeando con las yemas de los dedos la cajita de

concha, lo mismo que si la acariciase--. Yo fuí, no sólo amigo, sino

defensor y encubridor de un capitán de gavilla. ¿No lo creen ustedes?

¡Histórico, histórico! Á mi ladrón le ahorcaron en Lugo, y consta en

autos.

Lo que se ignoró siempre (los jueces, en ese punto, no consiguieron

hacer ni tanto así de luz) es el verdadero nombre que llevaba el

ladrón, allá en sus mocedades, antes de dedicarse á tan infamante

oficio, cuando se educaba conmigo en el Colegio de Nobles de Monforte.

Desde que se metió á capitán de forajidos, le conocieron por _Vitorio_:

así le llamaremos: ¡líbreme Dios de echar baldón sobre una familia

antigua é ilustre, y deshacer lo que el pobrecillo llevó á cabo con el

valor que ustedes verán, si me atienden!

Les aseguro que en el Colegio de Nobles no tuve compañero que me

pareciese más simpático. De carácter vivo y vehemente, de inteligencia

clara y feliz memoria, estudiaba con suma facilidad; los maestros

estaban encantados de él. Al mismo tiempo, travesura que en el colegio

se ejecutase, era sabido: ¿quién la discurrió? Vitorio. No sé qué

maña se daba, que siempre era cabeza de motín, y todos nos poníamos

á sus órdenes, reconociendo su iniciativa y su autoridad. Era en sus

resoluciones tenacísimo y violento, pero pundonoroso hasta dejárselo de

sobra, y, si alguien me dice entonces que Vitorio pararía en ladrón,

creo que al tal le deshago yo la cara á bofetones.

Como siempre fuí enclenque y enfermizo, Vitorio me había tomado bajo su

protección, y más de una vez escarmentó á los colegiales que me jugaban

pasaditas. Esto, y el ascendiente que ejercía por su manera de ser,

hicieron que yo fuese consagrando á Vitorio apasionada adhesión.

Un día recibió Vitorio cartas de su casa, y con ellas la amarguísima

noticia de que su padre, que era viudo, se disponía á contraer segundas

nupcias. El paroxismo de ira del muchacho, que adoraba en el recuerdo

de su madre, fué tremebundo; espumaba de rabia, se retorcía, se quería

romper la cabeza contra la pared del dormitorio. Le consolé lo mejor

que supe, y, cuando ya le creía aplacado, he aquí que se levanta de

noche y me propone que nos descolguemos por la ventana, atando las

sábanas unas á otras, y que andando diez leguas, lleguemos á tiempo de

impedir la boda de su padre. La fascinación de Vitorio era tal, que al

pronto consentí en el absurdo proyecto, y si invencibles dificultades

materiales no nos lo estorbasen, creo que lo realizamos.

Poco tardé en salir del Colegio, y en bastantes años nada supe de

Vitorio. Estudié Derecho en Compostela, me casé, enviudé, y, teniendo

que arreglar cuestiones de intereses, me establecí en mi casa de aldea

de los Adrales, situada entre Monforte y Lugo, en país montuoso.

Hablábase mucho, en las veladas junto al fuego, de la gavilla que

recorría aquellas inmediaciones, y de la original conducta de su jefe.

Contábase que tenía prohibido matar y atormentar, á menos que le

hiciesen resistencia; que jamás despojaba por completo una casa, sino

que siempre cuidaba de dejar algún dinero á los robados, para que no

careciesen de todo en los primeros instantes; que algunas veces sus

robos llenaban el fin de reparar antojos de la suerte, pues daba al

pobre lo del rico, al segundón lo del mayorazgo, al seminarista lo

del racionero y al arrendatario lo del señor. Añadían que era galante

con las damas, y que éstas, aunque robadas, no le querían mal, ni

mucho menos. En resumen, la clásica silueta del _bandido generoso_; y

si de Vitorio no hubiese más que decir, se podía ahorrar el relato ó

sustituirlo por historias muy análogas, verbigracia, la de José María.

Aun cuando yo, por precisión, guardaba en casa dinero (entonces no

era tan fácil como hoy ponerlo á buen recaudo), y aunque no alardeo

de valiente, ello es que las noticias referentes á la gavilla me

alarmaron poco, y seguí cenando siempre con las ventanas abiertas--era

muy calurosa la estación--y quedándome entretenido en leer hasta

que me entraba sueño, sin pensar en cerrarlas. Una noche, estando

bien descuidado, cátate, que, lo mismo que una bala, cae á mis pies

un hombre, pálido, demacrado, con la ropa hecha trizas, y sin que

yo tuviera tiempo á nada, exclama, cogiéndome de un hombro, en tono

lastimero: «¡Sálvame, Jerónimo! Soy Fulano... tu compañero, tu antiguo

amigo. Me persiguen. Mi vida está en tus manos».

Le hice seña de que no temiese; corrí á atrancar la ventana con barra

doble; cerré también las puertas, y tendí los brazos á Vitorio, porque

ya le había reconocido. Aunque desfigurado y muy variado por la edad,

reconstruí aquella cabeza hermosa, morena, de facciones tan delicadas y

de tan viril expresión. No sin gran sorpresa mía, Vitorio se resistió

á abrazarme, y murmuró fatigosamente: «Dame algo...; hace tres días

que no pruebo alimento». Le serví de la cena que aún estaba allí

sin recoger, y así que reparó sus fuerzas, me dijo: «No me abraces,

Jerónimo. Soy el capitán de gavilla de quien tanto habrás oído, y por

milagro no estoy en poder de los que quieren ahorcarme. Si me conservas

algún cariño, ocúltame y déjame dormir; si no, échame, pero no digas á

nadie cómo y dónde me conociste...».

Existía en los Adrales un precioso escondrijo antiguo, una especie de

desván practicado bajo otro desván, oculto por un segundo tabique, y

con salida á una escalerilla recatada en el hueco de la pared, y que

moría al pie del bosque. Allí metí á Vitorio, y aunque la fuerza que

le perseguía rodeó mi casa, y aunque se la dejé registrar sin oponer

reparo, no encontraron al fugitivo, ni era posible, á no estar en el

secreto, que sólo sabíamos el mayordomo y yo. Conjurado el peligro,

no quise que se alejase Vitorio hasta que descansó bien, se lavó, se

afeitó, se vistió con ropa mía y tuvo en el cinto dos ricas pistolas

inglesas y en la bolsa oro. No le pregunté palabra, no le dirigí

observaciones ni le di consejos, y esta delicadeza fué, sin duda, la

que le movió á decirme poco antes de marchar: «Jerónimo, ¿te acuerdas

de la boda de mi padre y de aquel disparate que queríamos hacer en

el colegio? Pues de no hacerlo vino mi perdición. Cuando llegué á mi

casa, encontré dueña de ella á una madrastra que obligaba á mi hermana

á que la sirviese, y que hasta la pegaba delante de mí, ¡delante de

mí!,--tú me has conocido... Recordarás mi carácter... ¡Asómbrate! Yo,

al pronto, supe reprimirme, y hablé á mi padre como un hombre habla á

otro hombre. Le dije que quería llevarme á mi hermana, y que sólo le

pedía algún auxilio en dinero para que ella no se muriese de hambre.

Me contestó con desprecio, con enojo, y me ordenó que respetase á mi

madrastra. Entonces, fuera de mí, le dije que mi madrastra no merecía

respeto, y que se lo demostraría antes de un año. Y así fué, Jerónimo;

á los pocos meses mi madrastra y yo... ¿Entiendes? ¡Me lo propuse y lo

conseguí... lo conseguí! Por _aquello_, y no por _lo de ahora_, merezco

que me cojan y me ahorquen... En fin, lo cierto es que mi padre no pudo

dudar de su afrenta, y me echó de casa maldiciéndome, apaleándome y

prohibiéndome que usase su nombre jamás. El resto ya lo sabes... Adiós;

voy á reunirme con mi gente, que andará esparcida por la montaña».

Desapareció, y supe que la gavilla se había retirado de aquellos

contornos, metiéndose sierra adentro, por sitios casi inaccesibles.

Dos años después del imprevisto lance, se habló mucho de un robo

cometido por Vitorio en casa de un señor canónigo de Lugo. Consistía

la originalidad en que el robo lo había realizado Vitorio solo, en

una ciudad y á las doce del día. Hallábanse juntos el buen canónigo y

cierto clérigo de misa y olla, jugando al tute, por más señas, cuando

vieron entrar á un caballero apersonado y galán, que les saludó muy

cortesmente. «Soy Vitoro»--dijo--«pero no se asusten ustedes, que no

traigo ánimo de hacerles ningún mal. Entendámonos como se entiende

la gente de buena educación; vengo por los cinco mil duros en onzas

de oro que el señor canónigo guarda ahí, debajo de esa arquilla; con

levantar un ladrillo numerado, aparecerá el escondrijo». «¡Cinco

mil duros!» gritó el canónigo más muerto que vivo. «Pero, señor de

Vitorio, ¡si jamás he poseído esa suma!». Y el clérigo, oficiosamente,

exclamaba: «Ea, señor canónigo, no haya más; dé usted al señor de

Vitorio esos cuartos, siquiera por la gracia, y la amabilidad con que

los pide». «Déselos usted si los tiene, y no disponga de caudales

ajenos», replicaba afligido el canónigo. Y Vitorio, siempre afable,

añadía:--«Bien dice el señor canónigo; este cura, mientras le aconseja

á usted que se desprenda de tan gruesa suma, se está escondiendo en

la pretina una tabaquera de plata, como si Vitorio fuese algún ratero

que cogiese porquerías semejantes. Pero señor canónigo, yo sé que

los cinco mil duros ahí están; yo me veo en un grave apuro (que si

no, no molestaría á persona tan respetable como usted). Buen ánimo;

si puedo, he de restituírselos». Y con gallardo ademán entreabrió su

abrigo, viéndose relucir la culata de unas pistolas (quizá las mías).

El trémulo canónigo y el abochornado clérigo alzaron el ladrillo y

entregaron á Vitorio los talegones. El forajido se inclinó, hizo

mil cortesías, y los dos hombres, que con un grito hubieran podido

perderle, se quedaron más de diez minutos sin habla, mientras él,

tranquilamente, bajaba las escaleras.

Sin embargo, el clérigo, que era sañudo y rencoroso, la tuvo guardada,

como suele decirse. Un día de feria, saliendo de la catedral, creyó

reconocer á Vitorio en un aldeano que llevaba á vender una pareja de

bueyes, y le siguió con cautela. Notó que el aldeano tenía las manos

blancas y finas, y corrió á delatarle. Hizo rodear la taberna donde

había observado que entraba, y así cogieron en la ratonera al célebre

capitán, á quien ya sin esperanzas de alcanzarle perseguían por montes

y breñas.

La causa de Vitorio tardó mucho en fallarse. Se susurraba que, por ser

de muy esclarecida y calificada familia, no se atrevían los jueces á

mandarle ahorcar, y que si revelaba su verdadero nombre, se le dejaría

evadirse ó le indultaría la reina. Yo me encontraba entonces lejos de

mi país, y las noticias en aquel tiempo no volaban como ahora. Por

casualidad llegué á Lugo el mismo día en que pusieron en capilla á

Vitorio. Corrí á verle, afectadísimo. Habíanme asegurado que la noche

anterior una dama muy tapada, penetrando en la prisión, habló largo

tiempo con Vitorio, y sospechando amoríos, compromisos, lazos que

quedaban en el mundo, pregunté á mi antiguo compañero si tenía algo

que encargarme para alguna mujer. «No, respondió sonriendo con calma;

no tengo á nadie que me llore; la señora que estuvo á verme ocultando

el rostro es mi hermana, á quien he prometido solemnemente dejarme

ahorcar, sin que me arranquen mi nombre de familia. Y éste es el único

favor que te pido, Jerónimo; ¡que nadie, nadie sepa nunca!... No he de

deshonrar á mi padre dos veces».

En efecto, Vitorio murió callando; el clérigo de la tabaquera de plata

acudió á presenciar cómo perneaba en la horca; pero el señor canónigo,

que no podía olvidar los finos modales con que le habían quitado sus

cinco mil duros, aplicó muchas misas por el alma del infeliz.

LAS DESNUDADAS

Una tarde gris, en el campo, mientras las primeras hojas que arranca

el vendaval de otoño caían blandamente á nuestros pies, recuerdo que,

predispuestos á la melancolía y á la meditación por este espectáculo,

hablamos de la fatalidad, y hubo quien defendió el irresistible influjo

de las circunstancias y de fuerzas externas sobre el alma humana, y

nos comparó á nosotros, depositarios de un destello de la Divinidad,

con la piedra que, impelida por leyes mecánicas, va derecha al abismo.

Pero Lucio Sagris, el constante abogado de la espiritualidad y del

libre albeldrío, protestó, y después de lucirse con una disertación

brillante, anunció que, para demostrar lo absurdo de las teorías

fatalistas, iba á referirnos una historia muy negra, por la cual

veríamos que, bajo la influencia de un mismo terrible suceso, cada

espíritu conserva su espontaneidad y escoge, mediante su iniciativa

propia, el camino--, bueno ó malo, que en esto precisamente estriba la

libertad.

Pertenece mi historia--añadió--, á un cruento período de nuestras

luchas civiles, después de la revolución de 1868; y evoca la siniestra

figura de uno de esos hombres en quienes la inevitable crueldad

y fiereza del guerrillero se exaspera al sentir en derredor la

hostilidad y la enemiga de un país donde todos le aborrecen: hablo

del contraguerrillero, tipo digno de estudio, que mueve á piedad y á

horror. Mientras el guerrillero, bien acogido en pueblos y aldeas,

encontraba raciones para su partida y confidencias para huir de la

tropa ó sorprenderla descuidada, el contraguerrillero, recibido como

un perro, sólo por el terror conseguía imponerse; siempre le acechaban

la traición y la delación; siempre oía en la sombra el resuello del

odio. En guerras tales, el país está de parte de los guerrilleros;

ó, por mejor decir, las guerrillas son el país alzado en armas, y el

contraguerrillero es el Judas contra el cual todo parece lícito, y

hasta loable.

Ahora, pues, el contraguerrillero de mi historia--supongamos que se

llamaba el _Manco de Alzaur_--, había conseguido realizar el triste

ideal de esta clase de héroes; al oir su nombre, persignábanse las

mujeres y rompían á llorar los chicos. Interpelado el Gobierno en pleno

Parlamento acerca de algunas atrocidades de aquel tigre, protestó de

que eran falsas, y que, si fuesen verdad, recibirían condigno castigo;

pero, realmente, las instrucciones secretas dadas al general encargado

de pacificar el territorio en que funcionaba la contraguerrilla del

_Manco_, encerraban la cláusula de dejarle terrorizar á su gusto,

y cuanto más, mejor. Sin embargo, el general, á quien repugnaban

y estremecían ciertos actos de barbarie, y que además tenía hijas

y era padre tiernísimo, solía encargar mucho al contraguerrillero

que, al menos, no se oprimiese violentamente á las mujeres; y el

_Manco_ se comprometió á ello, jurando que si alguno de su partida

incurría en tal delito, le cortaría inmediatamente las dos orejas.

Los contraguerrilleros, que conocían las malas pulgas de su jefe, se

guardaban bien de contravenir á lo mandado.

Si en alguna ocasión lamentó el _Manco_ haber empeñado su formidable

palabra al general, fué el día en que, evacuado por las fuerzas de

Radica y Ollo el pueblo de Urdazpi, penetró la contraguerrilla en este

foco del carlismo. Es de saber que el párroco de Urdazpi se encontraba

desde hacía año y medio al frente de una partidilla, tan escasa en

número como resuelta y hazañosa, y más de diez veces había puesto la

ceniza en la frente al _Manco_, yéndole á los alcances, batiéndole,

cogiéndole prisioneros y dispersando á su gente, con harto corrimiento

y rabia del contraguerrillero. El odio al cura de Urdazpi era ya

como un frenesí en el _Manco_, y en Urdazpi vivían cinco lindas y

honestas muchachas, carlistas y devotas, sobrinas del párroco faccioso,

hijas de su única hermana, fusilada por los liberales en la anterior

guerra. Cuando trajeron ante el _Manco_, amarillas cual la muerte

y tan sobrecogidas que ni podían llorar, á las cinco infelices, se

alzó un tumulto en el alma feroz del contraguerrillero; la promesa

al general combatía los ímpetus salvajes de un corazón sediento de

venganza, la venganza inicua de ensañarse en la familia de su enemigo,

y devolvérsela vilipendiada y manchada, como se devuelve un trapo

que ha limpiado el suelo de la cámara donde se celebra orgía impura.

Meditó un instante, frunciendo las hirsutas cejas, bajo las cuales

escandecían dos ojos de brasa; de pronto, una sonrisa feroz dilató su

boca; había encontrado el medio de no faltar á su palabra, y al mismo

tiempo de mancillar al cura en la persona de sus sobrinas. Dió en

vascuence una orden terminente, y poco después las cinco doncellas,

enteramente despojadas de sus ropas, eran paseadas y empujadas al

través de las calles del pueblo, entre rechifla, denuestos, golpes y

groseros equívocos de los inhumanos que las rodeaban, ebrios de vino

y de sangre. El _Manco_ había anunciado que sería reo de pena capital

cualquiera de sus contraguerrilleros que no se limitase á mofarse de

la desnudez de aquellas desdichadas vírgenes, las cuales, estúpidas

de vergüenza, intentando velarse el rostro con el pelo, echándose por

tierra para que el fango de las calles las sirviese de vestido, pedían

con llanto entrecortado y desgarrador que las devolviesen su ropa y las

fusilasen pronto; y al verlas como estatuas de dolorido é injuriado

mármol, el _Manco_ en persona, ó satisfecho ó ablandado ya, escupió

á los desnudos y mórbidos hombros de la más joven, y dijo con bestial

risa:

--Ahora, ya pueden volverse á su madriguera estas carcundas.

Considerar el estado de ánimo de las sobrinas del cura después

del afrentoso suplicio, es como si nos asomásemos á un abismo de

desesperación. Nótese que eran mujeres de intachable conducta, de grave

recato, de profunda religiosidad, más bien exaltada; que las respetaban

en el pueblo por honradas y las celebraban por hermosas; que á pesar

de su fe no tenían vocación monástica, y entre los mozos incorporados

á la partida del cura, más de uno rondaba sus ventanas y pensaba en

bodas á la conclusión de la guerra. Pero después del horrible atropello

del _Manco_, para las sobrinas del párroco de Urdazpi se había cerrado

el horizonte, se habían acabado las perspectivas de la vida y del

mundo. La gente, al hablar de ellas, sólo las llamaba _las desnudadas_,

y este apodo infamante era como inmensa mancha extendida sobre su

piel, quemada por tantos impuros ojos. Abrumadas bajo la carga de la

desventura, permanecían recluidas en casa, sin asomarse á la ventana

siquiera, sin salir ni á la iglesia: ¡la iglesia, que es el refugio de

todos los dolores! Como si estuviesen contaminadas de lepra, como á

los lazarados que la Edad Media aislaba, les traía una amiga, movida á

compasión, lo necesario para su sustento, y se lo dejaba en el portal,

en un cesto, diariamente, pues ni aun de ella consentían ser vistas y

habladas. Así vivieron un año...

--Pues por ahora--dijimos á Lucio Sagris interrumpiéndole--su historia

de usted demuestra que sometidas á unas mismas circunstancias, las

cinco sobrinas del cura de Urdazpi adoptaron un género de vida

absolutamente idéntico.

--¡Aguarden, aguarden!--clamó Lucio--. No se ha concluido el episodio.

Al año, la consabida amiga avisó para el entierro de una de las

sobrinas, la menor: aquélla á cuyos cándidos hombros desnudos había

escupido el _Manco_. Enferma de tristeza desde el día de su desgracia,

había ocultado su padecimiento por no ver al médico, ó más bien porque

el médico no la viese; y la primer salida de _la desnudada_ fué con los

pies para adelante, camino del cementerio. Pocos días después dejó la

casa otra _desnudada_, la mayor: hizo su viaje de noche, con la cara

envuelta en tupido velo, y apareció en Vitoria, en la casa matriz de

las religiosas de una orden que tiene por misión asistir á los enfermos

y amparar á los niños abandonados.

Quedaban solamente en Urdazpi tres de las sobrinas del cura; pero de

allí á medio año escapáronse juntas dos de ellas, y se incorporaron á

la partida, que por entonces recorría las cercanías en triunfo. Una

de las muchachas tuvo ocasión de pelear como un hombre, con denuedo

rabioso, contra las tropas liberales, hasta que una bala le atravesó el

fémur y pereció desangrada; en cuanto á la otra...

--¿Murió también?--preguntamos.

--Peor que si muriese--contestó melancólicamente el narrador.--No

sé qué será de ella; rodará por Bilbao; es lo probable. Ésa no supo

comprender que por mucho que desnuden el cuerpo, el pudor y el decoro

sólo se pierden cuando se desnuda el alma.

--¿Y la quinta sobrina del cura de Urdazpi?

--¡Ah! Ésa vive hoy al lado de su tío, que se acogió á indulto al

terminar la guerra civil. Humilde y resignada, ya madura, atendiendo á

sus labores domésticas y á sus devociones, no parece recordar que en

algún tiempo quiso vivir apartada de sus semejantes... Y en el pueblo

la respetan, ¡vaya si la respetan! Á pesar de que no puede olvidarse la

espantosa acción del _Manco_, nadie se atrevería á llamarla _desnudada_

en alta voz.

SEMILLA HEROICA

Si la santidad de la causa es la que hace al mártir, lo mismo podremos

decir del héroe--declaró Méndez Relosa, el joven médico que desde un

rincón de provincia empezaba á conquistar fama envidiable.--Sólo es

héroe el que se inmola á algo grande y noble. Por eso aquel pobre

arrapiezo, á quien asistí y que tanto me conmovió, no merece el nombre

de héroe. Á lo sumo fué una semilla que, plantada en buena tierra,

germinaría y produciría heroísmo...

--Con todo--objeté--si respecto al mártir las enseñanzas de la Iglesia

nos sacan de dudas, sobre el héroe cabe discutir. El concepto del

heroísmo varía en cada época y en cada pueblo. Acciones fueron heroicas

para los antiguos, que hoy llamaríamos estúpidas y bárbaras. Hasta que

los ingleses lo prohibieron, en la India se creía--y se creerá aún, es

lo probable--que constituye un rasgo sublime, edificante, gratísimo

al cielo, el que una mujer se achicharre viva sobre el cadáver de su

marido.

--No niego--declaró Méndez--que la gente llama heroísmo á lo que

realiza su ideal, y que el ideal de unos puede ser hasta abominable

para otros. El embrión de héroe cuya sencilla historia contaré, estuvo

al diapasón de ciertos sentimientos arraigados en nuestra raza. Lo que

le causó esa efervescencia que hace despreciar la muerte, fué _algo_

que embriaga siempre al pueblo español. Lo único que revela que el

ideal á que aludo es un ideal inferior, por decirlo así, es que para

sus héroes, aclamados y adorados en vida, no hay posteridad; no se les

elevan monumentos, no se ensalza su memoria...

--Las plazas de toros--continuó después de una breve pausa--han

cundido tanto en el período de reacción que siguió á la revolución de

septiembre, que hasta nuestra buena ciudad de H*** se permitió el lujo

de construir la suya,--á la malicia, de madera, pero vistosa.--Cuando

se anunció que el célebre _Moñitos_, con su cuadrilla, estrenaría

la Plaza durante las fiestas de nuestra patrona la Virgen del Mar,

despertóse en H*** más que entusiasmo, delirio. No se habló de otra

cosa desde un mes antes; y al llegar la gente torera, nos dió--no me

exceptúo--por jalearla, obsequiarla, convidarla y traerla en palmitas

desde la mañana hasta la noche. Les abrimos cuenta en el café, les

abrumamos á cigarros y les inundamos de jerez y manzanilla. Nos

cautivaba su trato franco y gravemente afable, aunque tosco; nos hacía

gracia su ingenuidad infantil, su calma moruna, aquel fatalismo que

les permitía arrostrar el peligro impávidos, y, en suma, aquel estilo

plebeyo, pero castizo, de grato sabor nacional. En pocos días cobramos

afición á unos hombres tan desprendidos y caritativos, valientes

hasta la temeridad y nunca fanfarrones, creyendo descubrir en ellos

cualidades que atraían y justificaban la simpatía con que en todas

partes son acogidos.

En tranvía · 第 1 / 14 段